XXXIV. El truco más viejo del mundo
La noche antes del desayuno con las chicas, Paula se había quedado a dormir en casa de Oscar.
Le había avisado de sus planes para el domingo y él había asumido la noticia bastante peor de lo que estaría dispuesto a admitir.
Por eso insistió varias veces en que se quedara para pasar la mañana juntos, aferrándose a unas horas que sentía perdidas de antemano.
Paula lo escuchó. Incluso se planteó ceder, porque cuestionarse las cosas también formaba parte del proceso.
Pero al final se negó. No ir a encontrarse con sus amigas nunca había estado sobre la mesa.
Aquello no era un plan improvisado ni una excusa de última hora; era su vida antes de conocerlo, y no estaba dispuesta a apartarla para que encajar mejor en la vida de él.
Pero hay hombres que saben mover las piezas en el tablero sin que parezca que están jugando, y Oscar era uno de ellos.
Aquella noche invitó a cinco amigos a una partida de dominó que se prolongó indecentemente entre tragos, discusiones inútiles y una nube de humo que terminó adueñándose de la casa.
Dieron las tantas —casi las tres de la madrugada— y la noche romántica que Paula había imaginado se fue diluyendo sin hacer ruido, de esa forma en que se deshacen algunos planes cuando nadie parece dispuesto a reconocerlo.
Aun así, ella se movió con elegancia. Recogió, sirvió, sonrió cuando tocaba e, incluso, se sentó a jugar alguna partida.
Cuando él por fin cayó rendido en la cama, Paula se tumbó a su lado con el cansancio pegado al cuerpo y una incomodidad persistente que prefirió no examinar todavía.
Cerró los ojos. Se repitió que no pasaba nada, que ya hablarían otro día, que no merecía la pena darle más vueltas.
Pero mientras buscaba una postura para dormir, empezó a intuir que sostener aquello —amor o lo que fuera— se le estaba pareciendo demasiado a tener que tragar en seco, una y otra vez.
Se despertó el domingo a las ocho y media, se dio una ducha rápida y se maquilló sin entretenerse.
Estaba ajustándose su vestido azul cielo frente al espejo cuando oyó el colchón crujir a su espalda.
Al girarse, encontró a Oscar sentado en la cama, con una mano sobre el estómago y la expresión compungida.
—Amor, me siento fatal. Creo que voy a vomitar.
Paula lo observó durante varios segundos…
y sí, tenía mala cara, pero ya conocía esa tendencia suya a convertir cualquier molestia en un asunto de Estado.
Había bebido toda la noche; encontrarse así entraba dentro de lo previsible.
Lo que no terminaba de encajar era el tono, aquel empeño en presentar una resaca bastante corriente como si estuviera al borde del colapso.
«Qué casualidad», pensó, sin llegar a fruncir el ceño.
Más que preocupación, sintió cansancio. Porque no era la primera vez.
—No me hagas esto ahora, Oscar. Sabes que tengo que ir, que quiero ir.
—Por favor, no te vayas. No quiero quedarme solo… Me siento horrible —suplicó él, extendiéndole los brazos con cara de niño enfermo.
No tuvo que pedirlo muchas veces más. El vestido azul cielo tardó poco en volver a la mochila.
Y era jodido el asunto porque Paula lo tenía casi claro: Oscar exageraba, estaba empujando las circunstancias a su favor.
Pero aquella duda mínima —absurda e insistente— bastaba para paralizarla. «¿Y si me voy y de verdad está mal?».
Ella odiaba ese pensamiento. Porque, si algo sabía muy bien, era que al final nunca sería una sola renuncia, sino la suma de muchas pequeñas concesiones que terminaban moviendo los límites sin que una se diera cuenta.
Paula tenía amigas, tenía planes, una vida propia que había construido mucho antes de conocer a Oscar y, aun así, empezaba a descubrir lo fácil que era ir cediendo terreno cuando la manipulación aparecía disfrazada de cuidado.
Porque lo jodido del chantaje afectivo es que no llega con carteles de advertencia.
Se nos cuela en la incertidumbre y encuentra siempre la manera de cuestionar nuestras certezas.
Casi nunca se presenta como algo oscuro; suele parecer amor, preocupación o necesidad. Ese era su truco más antiguo.
Esa mañana, por supuesto, ella acabó quedándose a su lado y dejó atrás el desayuno con las chicas.
Él volvió a dormirse en cuestión de minutos.
Despertó cerca de la una de la tarde con un: Ya me siento mejor, que le revolvió a Paula las entrañas.
Después le dio un beso rápido y al salir del baño se despidió con un: Te veo luego. Voy a ocuparme del negocio.
El negocio, probablemente, era volver a jugar dominó, o básquet, o quién sabía qué.
***
—Joder, Pau… qué situación tan difícil —masculló Sofía sentada en la esquina de la cama de Marcel, con el móvil pegado a la oreja.
—Tengo mucha rabia conmigo misma. Siento que quiere aislarme de todo y no sé por qué—. La voz de Paula sonaba contenida, como si hablara desde una burbuja.
—Porque no puede con tanto. Porque es machista. Porque le molesta tu libertad —enumeró Sofía—. El por qué da igual, en realidad lo que importa es que no se lo permitas más.
Eso era lo más triste. Paula no era ingenua ni frágil.
Era brillante, independiente, sociable, resolutiva.
Pero ni siquiera las mujeres así escapaban a veces de perderse un poco cuando alguien empezaba a recortarles la libertad por los bordes…
, sobre todo si se trataba de alguien que había logrado ganarse un lugar privilegiado entre sus afectos con exquisita pericia.
—Porfa, no le cuentes aún a Rache… Ya lo hablaré yo con ella en persona, que si no se pone intensa.
Ahí estaba la línea fina, querer proteger a una amiga sin invadir su proceso. Amar sin pretender salvar. Acompañar sin empujar. Qué difícil se hacía, a veces, no romperle la puerta para sacarla.
—No te preocupes. No voy a decir nada —prometió Sofía—. Pero, por favor… cuídate. No te pierdas a ti misma.
—No lo haré. Te lo prometo —respondió Paula, con la voz entrecortada—. Te tengo que colgar, que acaban de llegar mis padres.
—Vale. Te llamo mañana.
Sofía colgó, dejó el móvil sobre la mesita de noche y se acurrucó bajo el brazo de Marcel.
Sintió un latigazo extraño. ¿Cómo era posible que ella y Paula estuvieran viviendo cosas tan opuestas al mismo tiempo?
Mientras ella respiraba cómoda en un vínculo que la expandía, su amiga empezaba, casi sin darse cuenta, a aguantar el aire y a encogerse en uno que la apagaba.
—¿Todo bien? —preguntó él besándole el hombro.
Sofía soltó el aire despacio, con la pregunta atravesándole la garganta.
—Marcel… —se volteó para mirarlo de frente—. ¿De dónde es que tú conoces a Oscar?
—¿A Oscar, el novio de tu amiga?
—Ajá.
—Pues… nos conocimos cuando trabajábamos en la playa hace muchísimos años. Y luego, salíamos bastante cada vez que yo venía a Cuba… A los dos nos encanta bailar.
—Ya… ¿y qué tal es él? —preguntó Sofía, con una preocupación que ya se le estaba dibujando en la frente.
—Como persona es espectacular —admitió Marcel—. Un tipo muy humano… pero con su vida privada siempre ha sido misterioso. Bastante cerrado.
Sofía arqueó una ceja. Esa combinación de humano y misterioso nunca era simple.
—No creo que sea una mala persona, la verdad —continuó él—, pero parece que se ha creado un personaje para sus relaciones personales. Uno que le permite, quizás, cierto poder sobre las mujeres con las que anda.
—Parece que sabes mucho de él… —dijo Sofía midiendo sus palabras.
—Es que estaba casado con una prima de Melissa hasta hace… unos meses, supongo…—Marcel se encogió de hombros—, digo yo… como ahora es el novio de tu amiga.
Sofía abrió los ojos, como si la información le cayera fría en la nuca.
—¿Ah, sí?
—Sí. Tengo entendido que ella lo pasó bastante mal. Después se fue a Estados Unidos. Él tiene una visa o algo así, pero no se fue… No sé por qué. No tengo muchos más detalles.
—¿Se divorciaron?
—Escuché que iban a hacerlo, pero no le seguí el rastro al asunto.
La inquietud de Sofía se apretó un poco más. Era extraño cómo, al escuchar historias así, el cuerpo se incomodaba, algo se le anudaba por dentro y una intuición silenciosa pedía ser escuchada.
—Si tu amiga es como tú, sabrá en qué posición jugar —añadió Marcel, suavizando el tono—. Solo que mantenga los ojos abiertos y no se ilusione demasiado hasta conocerlo mejor.
—Bueno, eso es algo que tenemos que hacer todas… —respondió Sofía, ladeando la cabeza con una sonrisa que no dejaba de ser un desafío—. ¿Y si tú también te has creado un personaje?
Marcel desvió la comisura izquierda y se le formó esa casi sonrisa de costado, marcando ese pliegue que le nacía en la esquina de la boca.
—Bueno… también lo he hecho algunas veces —admitió—. Y es jodido, porque llegado un punto uno termina confundiéndose sobre su verdadera identidad y puede olvidarse incluso de lo que sí quiere, para priorizar lo que le conviene.
—¿Y eso está mal? —preguntó Sofía—. Considerando que a veces lo que quieres te hace daño.
—Depende —explicó él, acomodándose en el respaldo de la cama—.
Creo que hay una brecha peligrosa cuando esas cosas no coinciden.
Si quieres algo que no te conviene, debes usar la lógica para asegurarte de que no te destruya.
Pero si te conviene algo que no quieres…
y aún así lo eliges, ¿en qué punto eres feliz?
Sofía lo escuchaba fascinada. Hablar con personas sabias siempre había sido adictivo para ella; era como sentir que alguien le encendía lámparas en los rincones oscuros de la mente.
—¿Te ha pasado? —indagó ella.
—Mucho.
—¿Y qué has elegido?
—A veces lo que quiero, porque soy testarudo —confesó con una sonrisa breve—. Otras veces lo que me conviene, porque lo que quiero no me merece. Y otras… nada. Sigo de largo.
Sofía tragó saliva. Había una vulnerabilidad nueva en esa conversación que le recorría la piel como un escalofrío.
—Bueno y… ¿qué pasa conmigo? —preguntó, casi en susurro.
—¿Sincero?
—Sincero.