Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXXIII. Las señales del Burnout
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XXXIII. Las señales del Burnout

XXXIII. Las señales del  Burnout

El viernes por fin había llegado, pero no traía descanso; más bien se sentía como la meta torcida de una carrera mal diseñada.

Había sido una semana extenuante. Maratón de estudio para seminarios adelantados, pacientes en Urgencias a todas horas, la consulta del martes que se extendió un par de horas, una guardia extra por las vacaciones de su compañera Mariam…

y Niurka, detallista al extremo con los arreglos de los últimos capítulos del libro y bastante intensa y exigente con las primeras páginas del nuevo proyecto que a Sofía le estaba consumiendo más tiempo del que había imaginado.

Solo había visto a Marcel el miércoles, y porque él fue al hospital a verla con la excusa de llevarle algo de comida a la guardia.

Ahora tenía la mañana libre y había decidido quedarse en la sala de conferencias para aprovechar la velocidad del internet del hospital que, aunque seguía siendo chueco, era más rápido que el de su casa.

Escribía una oración y la borraba. Ctrl+x, Ctrl+v, Ctrl+z.

Ctrl+ ya no puedo más . Entrecruzó los dedos y estiró los brazos por encima de la cabeza hasta sentir cómo la columna estallaba.

Apoyó la espalda en el respaldo de la silla y volvió sobre el escritorio pasándose los dedos por el puente de la nariz, parar tratar de organizar las ideas.

«¿De verdad es esto lo que quiero? ¿Dónde rayos está mi vida? Estoy demasiado cansada», pensaba mirando fijo el parpadear del cursor en el documento Word de la pantalla.

En ese instante, el profesor Fernando entró en la sala con la sonrisa de siempre, esa que parecía desconectar el presente del resto de las preocupaciones del mundo, como si no hubiera nada más importante que ese preciso segundo en el que el corazón latía y el aire entraba en los pulmones para asegurarse de que pudiéramos seguir existiendo.

—Chiquita… ¿qué tienes? —preguntó al verla presionándose las sienes—. ¿Y esa cara?

—Ay, profe… es que estoy muy cansada —suspiró Sofía, girando la silla hacia él que tomaba asiento frente a ella—. Creo que estoy acaparando más de lo que puedo y pierdo el entusiasmo.

—Yo creo que solo estás experimentando agotamiento profesional y necesitas relajarte —respondió, hojeando la carpeta que traía en la mano—.

Si miras a tu alrededor, eres la única que está en tantas cosas a la vez…

Pero, si te detienes a pensarlo, es justo por eso que vas a lograr cosas que los demás no, porque te estás adaptando a las velocidades del mundo en vez de quedarte donde estás cómoda.

—Ya… Mientras más grande el sacrificio, más grande la recompensa, ¿no?

—No, no, no. No vuelvas a decir eso nunca —negó con suavidad—.

Esa es una mentira que nos han contado… y yo me la creí toda la vida.

Pero a mis setenta y dos años puedo asegurarte de que nada se ha sentido como sacrificio.

Eso no sucede cuando lo que haces te apasiona.

—Alzó la mirada y recorrió con los ojos las paredes de aquel sitio que también era su hogar—.

Cada hora dentro de este hospital me la he disfrutado incluso si era Navidad, fin de año, mi cumpleaños, el de mi esposa o mis hijos…

Mi familia siempre me apoyó. Porque cada minuto aquí he estado haciendo algo grande, algo que amo: estudiar cómo sanar al ser humano… y luego hacerlo.

—No sabe cómo admiro su pasión y su lealtad a la vocación.

—Yo también admiro la tuya, chiquita —replicó, mirándola por encima de los lentes—.

Y no solo por la vocación, sino por la vida.

Pero tienes que empezar a equilibrar todas tus autoexigencias, Sofía.

Porque el cuerpo y la mente pueden llevarte a un estado de cansancio profundo y te puedes bloquear.

Y no queremos que eso pase, ¿verdad? No puedes querer resolverlo todo al mismo tiempo sin preguntarte dónde quedas tú.

—No quiero que parezca que me estoy quejando… pero siento que el día no me alcanza, y que simplemente no puedo con tanto. Quizás debí… no sé…, decir que no a algunas cosas. —Se encogió de hombros mientras se mordía las mejillas por dentro—. Prefiero no hacerlo que hacerlo mal o mediocre.

—¿Sabes por qué dicen que el ignorante es más feliz?

Sofía puso expresión de incredulidad.

—¿Por qué?

—Porque no es consciente de sus ineptitudes ni de sus debilidades. Y, por tanto, confía ciegamente en su potencial …y hasta en su suerte para lograr sus metas. Y mira, que muchas veces las logran.

Sofía soltó una risa corta. «Qué rico debe ser vivir sin enterarse de nada».

—Confía en ti. Queda primero bien contigo… y olvídate de las expectativas de los otros.

—¿Hasta de las suyas? —preguntó Sofía, divertida.

—Bueno, las mías debes considerarlas cuando te vayas a examinar —bromeó el profesor—.

Pero sí, hasta de las mías. Es importante dosificar las fuerzas y no sacrificar la ilusión ni el entusiasmo.

Los talentos como el tuyo hay que cuidarlos para que duren muchos años y logren grandes cosas.

—Se inclinó un poco hacia ella, concentrado—.

Y dime, ¿qué estás haciendo para relajarte?

—En estos días, pues muy poco —respondió. «Solo se me ocurre un nombre, una imagen, un cuerpo alto de ojos azules y músculos indecentes… mmm… no abras la boca, Sofía»—. Hace mucho que ni siquiera leo otra cosa que no sea literatura científica.

—Ah, mira, pues estás de suerte… —Fernando rebuscó en su maletín—.

Traía este libro para prestárselo a Rolando, pero no le digas nada.

Es un thriller de Dan Brown. No es la literatura que más me gusta, pero es una crítica bastante temeraria a la revolución de la inteligencia artificial que se nos viene encima…

Te deja con la duda de si todo lo que damos por sentado es cierto.

—¿Cómo se llama?

— Origen  —dijo, extendiéndole el ejemplar.

Sofía tomó el libro y acarició el lomo, lo abrió y lo olió.

—Gracias, profe.

—Léelo con calma chiquita —añadió Fernando—. Hay libros que llegan cuando uno no sabe que los necesita. A veces te enteras después para qué.

***

La mañana del domingo presagiaba confesiones. A las diez en punto, Rachel y Amber ya ocupaban la mesa favorita de todas en el bar Lumière. Las seis habían quedado para desayunar juntas y actualizar The Green Notebook .

—Ya este cuaderno me está empezando a joder un poco… —se quejó Rachel, abanicando las hojas como si quisiera espantar algo más que el calor—. Siento como que ya he cerrado mi lista.

—Ustedes están enfermas —replicó Amber, con su cara amarrada de siempre—. Crezcan que ya no son adolescentes. ¿A quién se le ocurre tener un cuaderno con nombres y evaluaciones?

—Aburrida como eres, tu lista es corta y sosa —contraatacó Rachel—. Menos mal que nosotras la hemos ido llenando con lo que transmites con tu lenguaje extraverbal. Quizás acertamos, quizás no… pero estás ahí.

Amber arqueó una ceja, fingiendo indiferencia. En ese momento llegó Sofía.

—Uyyy… The Green Notebook  —saludó, dejando el bolso en la silla—. Tengo evaluaciones pendientes.

—Qué envidia me das —resopló Rachel—. Mi lista está cerrada. No sé si reír o llorar.

—Tienes que celebrar —comentó Sofía—. Has encontrado el amor. Una vez dijimos que este cuaderno dejaría de tener sentido cuando halláramos el amor verdadero.

Camila apareció enseguida, se quitó una bufanda ligera y la colgó en el respaldo de la silla, luciendo los últimos vaqueros de pata ancha que estaban en trending de moda en Europa.

—Oh… The Green Notebook  —dijo sentándose—. A mí me falta darle notas a Raúl, ¿no?

Amber ladeó la cabeza, decepcionada por algo que no dijo; Rachel hizo un mohín de y yo nada nuevo , y Sofía soltó una risita.

—¿Y las otras dos arpías? —preguntó Camila, mientras Sofía sacaba el teléfono y abría el grupo para invocarlas.

Sofía:

Sarah, Paula… están tarde. ¿Por dónde vienen? Tengo hambre.

La respuesta de Sarah llegó casi al instante:

Sarah:

Chicas, me siento muy mal. Parece un virus… Hoy no llego.

Manden fotos.

Debajo, apareció el nombre de Paula con los tres puntos de escribiendo .

… Escribiendo .

Nada.

… Escribiendo  otra vez.

Hasta que no apareció nada más.

Rachel y Sofía se miraron, compartiendo una preocupación silenciosa que no necesitaba traducción.

—Paula no va a venir —sentenció Rachel, molesta—. Pidamos lo nuestro y desayunemos de una vez.

Camila las miró intrigada mientras terminaba de escribir en el cuaderno.

—¿Sucede algo con Pau?

—Drama —respondió Amber sin levantar mucho la vista—. Un novio celoso, supongo.

—Y una mujer… me atrevo a decir, enamorada —añadió Rachel, con esa mezcla de intuición y experiencia que la caracterizaba.

Sofía hizo una seña al camarero. Se pidió un cappuccino  sin canela, pero con whipped cream , unas tostadas francesas y una tortilla con queso. Las otras la imitaron enseguida, cada una eligiendo un desayuno distinto, por supuesto.

—Lo que más me llama la atención —dijo Sofía apartando el menú a un lado— es que Paula no es así. Su ausencia en una reunión nuestra a causa de un hombre… es más propia de —miró a Camila— cualquiera de nosotras que de ella. Si no aparece hoy, iré a su casa esta semana.

—Y Sarah… de un tiempo para acá siempre se siente algo  —añadió Amber rodando los ojos.

—Esa es más probable que haya decidido quedarse follando el domingo con Ariel como dos conejitos —soltó Camila, apoyando el codo en la mesa.

Las tres se rieron, excepto Rachel.

Ella seguía callada. Su intuición le susurraba algo incómodo, era una alarma leve pero persistente. Aun así, respiró hondo y decidió hacer switch,  como decía ella… y cambiar de tema para enderezar el ambiente.

—Y bueno, Sofía… —Rachel levantó la mirada con una sonrisa que sabía falsa, pero funcional—. ¿Tú qué nos cuentas de Marcel? Actualiza el cuaderno.

—Un diez de diez en todo.

«Once de diez. Quince de diez. Cien de diez». Solo tenía que imaginarlo frente a ella, desnudo, cocinando, riendo…

—La verdad es que me estoy sintiendo muy cómoda con él… —confesó—. Y eso me asusta, porque una se ilusiona sin querer ilusionarse.