XXXII. En penumbras #3
Ella observó esa marca que se le hacía en el costado de la sonrisa.
«No puedes preguntarme estas cosas mirándome así, sonriéndome así…
». Desvió la vista hacia su pecho… sin camisa , hacia sus brazos…
con esos bíceps , con esas manos . Notó en el tono blanco de su piel, la forma en que las venas se insinuaban en sus antebrazos, el pulso sereno en la base del cuello.
«Genial. Pregúntame cosas importantes mientras pareces modelo de anuncio de café italiano».
Volvió a sus ojos, como si ahí estuviera la única respuesta posible.
—Me gusta, sí. Me hace bien.
Él esbozó una sonrisa, dio un sorbo a su taza y volvió la mirada hacia ella, curioso y calmado.
—Al principio, cuando te conocí, estabas muy a la defensiva, ¿verdad? —añadió, entrecerrando los ojos—. El día que pasaste por aquí, cuando te intercepté con la moto ni siquiera te planteaste darme acceso, no me dejaste entrar…
Sofía jugueteó con el borde de la taza, ganando unos segundos.
—Estaba… se puede decir que en detox .
Él arqueó una ceja.
—¿ Detox ?... Estabas enamorada, supongo. Porque cara de yonqui no tienes.
Sofía revoloteó un segundo en su certeza antes de responder:
—Más bien dejando de estarlo. Un neurocirujano —aclaró—, que me abrió el cerebro donde no sabía cerrar… y dejó el sangrado a su suerte.
Él la miraba con atención, intentando descifrar la tristeza que veía en sus ojos.
—Ya sé, mala asociación —dijo ella levantando las manos en señal de lo siento .
—No, no… La explicación se entiende muy bien —admitió Marcel, inclinando un poco la cabeza—, pero… ¿qué le pasó a él? Se le voló la cabeza, ¿no?
—Creo que solo tenía cabeza para ser… neurocirujano —bromeó Sofía con una sonrisa, poniéndole cuerdas de contención a los recuerdos que amenazaban con asomarse—, y para sí mismo.
—Definitivamente no era una persona cuerda… —espetó Marcel, desviando la vista hacia la mata de mangos del patio—. Nadie con un mínimo de coherencia te dejaría ir.
—Aquel día que pasé por aquí acababa de cortarme el pelo… —Empezó a darle vueltas a un mechón con los dedos—. Había pasado mucho tiempo buscando el fallo dentro de mí. Más tiempo del que debí. Hasta me di cuenta de que me había aferrado a una esperanza que yo misma me inventé… Somos así, ¿o no?
Marcel acomodó el brazo sobre los hombros de ella y apoyó la barbilla en su cabello, casi besándolo, dándole permiso silencioso para soltarse.
—Creo que el corazón y la mente lograron ponerse de acuerdo en algún punto para mandarme la advertencia —continuó ella—.
Hubo un momento en que sentí clarísimo… —la imagen de aquella llamada desde la terminal, cuando se iba con Julia a la capital, le invadió la mente y se le subió a los ojos—, que ese no era mi camino.
Pero luego me aferré a señales, que no eran señales, de que sí lo era. En fin…
—Parece que te dolió bastante.
—Me demoré mucho en admitir que me había roto. Ya sabes, una es orgullosa. Aprendí a respirar con poco oxígeno y creí que era normal… pero, como ya debes saber, algunas heridas no pueden suturarse y hay que dejar que cierren por segunda intención… con el tiempo. Dolió, sí, pero crecí.
—Es muy notable, créeme.
Ella se acomodó entre los brazos de él para terminarse el café. Estar allí era muy tranquilizador.
—¿Y tú fumas? —Soltó Sofía la pregunta con curiosidad.
—La verdad es que no… Solo lo hago cuando tengo la energía muy arriba. Me ayuda a calmarme.
—Gracias por la parte que me toca.
Él sonrió por la bajo y decidió cambiar el tema.
—¿Y tú qué piensas hacer hoy?
—Pues no tengo planes… —dijo ella haciendo un ademán casi tímido con los hombros.
—¿Te quieres quedar a ver una película conmigo? Tengo vino… buena música… puedo cocinar alguna pasta y…
Ella dejó su taza sobre la mesa y se sentó sobre él, rodeándole el cuello con las manos, haciéndose cargo en ese instante de su propia felicidad.
—Me encantaría —respondió con rotundidad.
Marcel no la dejó decir más y le dio un beso bonito, de esos que dan cosquillas en la comisura, y dejan la piel de gallina.
—Es que somos un jodido cliché… ¿No te das cuenta? —bromeó él, rozando su mejilla con la nariz.
—Nada que ver. Cuarenta y veintisiete… Eso no está en ninguna canción —protestó ella traviesa.
Él presionó los labios contra su frente.
—Creo que debemos aprovechar lo que queda del mes… —interrumpió Sofía con un suspiro—. A principios de febrero debo viajar a La Habana a un curso que tengo que pasar. Serán cuatro meses… No hay garantías para nosotros con tanta distancia en medio.
—¿Nosotros? —preguntó Marcel sorprendido.
«Trágame tierra y escúpeme en el otro hemisferio. ¿Qué te pasa, Sofía? ¿Qué dices, qué hablas, te has vuelto tonta…?».
—Me encanta cómo suena ese nosotros en tu boca —añadió él, ufano, saboreando la palabra.
Sofía giró los ojos, intentando disimular el rubor que le encendía las mejillas, mientras Marcel se recostaba de nuevo en el respaldo, cruzándose de brazos con una sonrisita taimada.
—Y yo pensando en atrasar mi viaje a la capital para pasar más tiempo contigo aquí… —dijo—. El universo está siendo muy bondadoso conmigo últimamente.