Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXXII. En penumbras #2
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XXXII. En penumbras #2

Antes de que ella se decidiera a moverse, Marcel aplastó la colilla contra el alféizar y dejó escapar el último hilo de humo hacia afuera.

Entonces Sofía, tras contar un par de minutos, decidió que ya era hora: se movió despacio entre las sábanas, abrió los ojos y por fin lo vio recostado en el marco de la ventana, desnudo —en cuerpo y alma— mirando al vacío.

Le sonrió sin culpa y le tendió la mano con fingida inocencia.

No pretendía engañarlo, pero era consciente de que aquel gesto tenía la eficacia silenciosa de las tormentas que, aún viéndolas venir, elegimos no esquivar.

—Buenos días —murmuró somnolienta.

Él ya sabía bien que ella no era inocente, y que solo, a veces…

, se mostraba tierna. Sin embargo, tomó su mano y volvió a la cama a besarle la sonrisa.

Ella no se resistió, como no se resiste nunca nadie a lo que le hace bien…

y volvieron a hacerse el amor sin preguntas ni consentimientos.

Volvieron a poseerse el uno al otro porque no podían no hacerlo.

—Buenos días, extraña —dijo por fin él, después de bajarla del mismísimo cielo—. ¿Quieres café?

Sofía hizo una expresión de obvio  con los ojos y él se apresuró a ponerse un pantalón de lino cómodo antes de salir hacia la cocina.

Ella dio un par de vueltas más en la cama…

cayendo por fin en cuenta de lo que había sido la noche anterior, de que lo que había sentido era algo nuevo.

Había habitado el placer desde otro sitio, más hondo y más tranquilo, sin prisas ni demostraciones, sin exigencias, y había ocurrido de todo.

Le habían hecho el amor —o como fuera que se llamara aquello—, con trece años de diferencia; un detalle que solo amplificaba la forma en la que él la había puesto en el centro de todo sin que ella tuviera que pedirlo.

Y pensó que pocas cosas le habían resultado tan satisfactorias como ver a un hombre capaz de deshacerse del egoísmo en la cama, uno que no corría, que no presumía, que simplemente estaba atento a cada gesto y a cada respiración.

Era un lujo que no había pedido, pero del que, a partir de entonces, no pensaba prescindir.

Arrastró su cuerpo hacia el baño para recomponerse…

Un dolor en el suelo pélvico la tomó por sorpresa…

, pero era lógico, no podía quejarse. Después de una ducha breve, tomó su ropa interior, se puso la camisa de Marcel —la de la noche anterior— y caminó descalza hasta la cocina.

Allí lo vio, con el torso al descubierto, horneando unos cornettos  y preparando cappuccinos en unas tazas grandes de porcelana blanca.

—Es desconcertante que te veas tan bien al amanecer —le dijo ella de brazos cruzados, apoyada en el marco de la puerta del corredor, contemplando aquella espalda ancha y firme, como esculpida a cincel, lista para arrastrar el mundo si hacía falta.

Él sonrió al escucharla y, al girarse, la vio despeinada y envuelta solo en su camisa.

—Lo que es desconcertante —respondió, acercándose con la taza en la mano— es que seas tan dormilona. Vamos a desayunar en la terraza.

Sofía miró la espuma en su taza con destellos carmelitas.

—¿Y esto no lleva canela?

Él la fulminó con la mirada y luego puso los ojos en blanco.

—Apréndete esto muy bien cariño: El cappuccino … NO lleva canela.

« Cariño … Uyyy».

—¿Y whipped cream ?

—¿Me estás preguntando en serio, Sofía?

—Pues… ya sé que no debe llevar, pero me encanta como sabe… Siento que la crema y el café forman un sabor a caramelo, es como…

—Deja, deja… mejor no me lo expliques —la interrumpió, alzando su taza.

Sofía se rio y abrazó la suya con las dos manos.

—Igual siempre me ha encantado cómo suena. Cappuccino  —intentó imitar el acento italiano.

Marcel ladeó la cabeza, entre resignado y divertido.

—¿Sabes por qué se llama así?

—No sé, pero puedo tirar una piedra…

—A ver… ilústrame.

—Pues porque… ¿se le pone una capucha de espuma de leche?

Marcel casi escupió el sorbo que tenía en la boca de la risa que aquello le dio…

—Por Dios… Una oda a la creatividad hay que hacerte.

—Se reía a carcajadas—. Es que lo tuyo es mucho…

de verdad. Se llama así por el color de las capas que llevaban los monjes capuchinos       —dijo, señalando la mezcla entre el café y la espuma—.

Cappuccio  es capucha. Cuando notaron que el café con la espuma de la leche agarraba ese tono, parecido al de sus hábitos, empezaron a llamarlo cappuccino .

Sofía volvió a observar la superficie, como si de pronto estuviera mirando algo sagrado.

—O sea que además de rico, tiene historia. Me gusta más todavía.

—Claro que te gusta. Y por eso mismo no lleva canela ni crema sintética. Es simple, perfecto y ya.

—Pues el mío va a seguir siendo un poco hereje —respondió, desafiante—. Al menos de vez en cuando.

Marcel ladeó la cabeza de derecha a izquierda.

—Eres incorregible. Anda, prueba el mío y luego me dices.

Ella curvó los labios hacia arriba y se acomodó tranquila, con los pies entrelazados sobre un sofá de mimbre con almohadones azules. Él se sentó en la esquina a su izquierda y colocó un plato con los cornettos  de jamón y queso en la mesita del café.

—Está muy bueno… pero con un poquito de whipped …

—¿Te gusta estar conmigo, Sofía? —la interrumpió sin anestesia.