XXXII. En penumbras
Pasaban las diez de la noche cuando el auto se detuvo frente a la casa de Marcel. Desde el jardín, una hilera de luces ámbar —recién instaladas por Román— emergían del suelo y, en halos suaves, contorneaban la escalera hasta el portal.
—¿Me acompañas a un vino y luego te llevo a tu casa?
Sofía asintió y sonrió, con la certeza de que estaba eligiendo algo más que el vino antes de cruzar aquella puerta.
Subieron. Él abrió e hizo un ademán con el brazo extendido para invitarla a pasar.
Ella se detuvo ante las pinturas de la sala.
Lienzos hiperrealistas, de cuerpos desnudos entrelazados, o abrazados, o acariciándose…
u otras cosas tan hermosas como perturbadoras.
—¿Todos los has pintado tú?
—Todos. ¿Te gustan?
—Ahora mismo me inquietan más de lo que me gustan —dijo, dándose vuelta hacia él y sosteniéndole la mirada.
Él acortó la distancia y le rozó el labio inferior con el índice antes de besarla, sin contenciones ni reparos.
Sofía le respondió con la misma urgencia y el espacio se redujo al aliento compartido y a los suspiros ahogados entre sus bocas.
Las manos de él, descendieron por su espalda en un trazo firme hasta aferrarse la parte posterior de sus muslos.
La sostuvo justo allí, arrugando la tela de su vestido hasta elevarlo a la altura necesaria y la alzó contra su pelvis con una ligereza que casi le hizo olvidar que era humana.
Ella lo rodeó con sus piernas mientras él caminaba hacia la habitación, besándole el cuello a tientas.
La puerta cedió a un empujón de cadera y el escritorio de madera recibió el cuerpo de Sofía con un crujido seco.
Los tirantes, vencidos, resbalaron sin pudor dejando sus hombros expuestos.
Él le apartó el cabello con una mano, inclinó la cabeza y buscó la piel de su cuello.
El recorrido de sus labios descendió despacio por la curva de la clavícula hasta detenerse en el borde del escote e inspirar profundo allí, sosteniendo el roce en una pausa larga e insoportablemente consciente.
—Has entrado en penumbras a la habitación de un desconocido —susurró él, tan cerca que el aliento fue caricia—. ¿Lo sabes de verdad?
—Lo sé —respondió ella arqueando el cuello en un hilo de voz—. Y este desconocido tiene mi consentimiento esta vez.
—¿Para qué? —preguntó, tirando de su cabello hacia atrás con suavidad y dejando un trazo húmedo con la lengua en su cuello.
—Para todo —respondió ella, sin cavilar, apretándolo entre sus piernas.
Él deslizó el cierre del vestido, que nacía a la mitad de su espalda.
La tela cedió y resbaló, dejando al aire el encaje negro de su ropa interior, que fue sustituyendo por su boca con una precisión exquisita.
Bajó con su lengua por el valle de sus senos hasta su vientre…
extasiado con el ritmo en que el cuerpo de ella se entregaba, pleno.
Sofía le hundió los dedos en el pelo, sintiendo como sus propios músculos se contraían y lo presionó más contra su pelvis, temiendo desvanecerse si lo soltaba.
—Marcel… —gimió buscando áncora.
Él levantó la vista; ella le tomó la cara entre las manos para encontrar sus ojos.
—Sube —pidió.
Marcel esbozó una sonrisa pérfida e intentó grabarse aquel gesto de rendición en la memoria.
Sofía sentía cómo la anticipación en su cabeza le tensaba cada músculo del cuerpo mientras él se demoraba entre sus piernas rozando el encaje de sus bragas con la boca e inhalando lento sobre la tela, consiguiendo activarle todas las terminaciones nerviosas de su piel.
Luego desplazó el elástico con los dientes y exploró con la lengua cada uno de sus recovecos, haciendo que ella volviera a arquearse contra la pared y que su nombre escapara de sus labios en un susurro desesperado.
Él hizo con la lengua todo lo que sabía —los roces y las presiones en los lugares justos—.
Jugueteó un rato en los bordes de la explosión, en ese límite incierto donde el placer empezaba a volverse insoportable, demorándose donde ella más lo sentía y retrocediendo lo suficiente para obligarla a perseguirlo, sintiendo cómo su propia sangre se redireccionaba y tensaba sus sitios más íntimos.
Disfrutaba cada estremecimiento que lograba arrancarle.
Entonces aceleró, más firme y más sostenido, sin concederle tregua, hasta que la vio arquearse bruscamente y una serie de espasmos la hizo apretar los muslos alrededor de su cabeza.
Marcel permaneció allí, inmóvil y atento, dejándola atravesar la sacudida completa. Solo cuando la tensión empezó a abandonarla y la sintió aflojarse poco a poco —exhausta y todavía temblorosa— levantó la vista para contemplarla al regresar del estallido.
Entonces emprendió el camino de regreso, ascendiendo por su piel a besos y pequeñas exhalaciones que parecían dejar una marca invisible a su paso.
No se detuvo hasta alcanzar su cuello, donde la encontró todavía jadeante, vulnerable al eco de aquella tormenta reciente, y totalmente ajena a la expresión que acababa de instalarse en sus ojos, y a lo que vendría después.
Él le sostuvo el rostro entre las manos y Sofía sonrió, ebria de placer, apresurándose a desabrocharle la camisa y dejar al descubierto su pecho, para besarlo sin vergüenza.
Y al verlo así, expuesto, se sintió dichosa.
Marcel era un hombre hermoso; uno que sabía lo que hacía y que encima, lo hacía muy bien; uno que acababa de provocarle con su lengua un orgasmo devastador.
Por fin la levantó del escritorio y la llevó a la cama, despojándose al paso de la poca ropa que le quedaba.
Sofía le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo sobre sí, a besos suaves, para poder saborearlo con calma.
Pero él se apoyó sobre sus palmas y volvió a mirarla, apartándose apenas un poco, para luego descender otra vez sobre su cuerpo, y besarla entera.
El sudor en su piel bajo la luz tenue, le daba un brillo especial que a ella la excitaba todavía más.
—Sofía —inquirió él, con la respiración entrecortada—, ¿estás segura?
—Completamente.
Él no tenía prisa. Más que sentir placer, quería disfrutarla íntegra, desatada. Aquella noche era para hacerla vibrar, para llevarla al límite, para que después fuese ella quien le pidiera más. Porque estaba seguro de una cosa: quería a esa mujer en su cama muchas otras veces.
—¿Y tú? ¿Estás seguro? —preguntó Sofía, aún jadeante, con una sonrisa perversa.
—¿Y por qué no iba a estarlo?
—Solo quiero asegurarme de ser la mujer que te lleva a la cama, no la que te acompaña al tomógrafo —respondió con un guiño, mordiéndose el labio.
—Golpe bajo —replicó él, divertido, justo antes de que su lengua empezara a recorrerla de nuevo con una paciencia demoledora, descubriendo cada milímetro de su cuerpo en busca de territorios no conquistados.
Sofía se olvidó hasta de su propio nombre.
El placer era brutal, sostenido; una sucesión de descargas que la dejaban sin suelo.
Solo alcanzaba a registrar el roce de sus manos sujetándola justo donde necesitaba, el calor de su aliento en la piel y la certeza absurda de que, si la gravedad decidía fallar, ese hombre sería suficiente para retenerla en este mundo.
Él estiró la mano hacia la mesita de noche, encontró a tientas el preservativo y lo abrió con una destreza que a Sofía le arrancó una sonrisa.
Se lo colocó sin apartar la mirada de ella y se acomodó encima, apoyando el peso de su cuerpo en el antebrazo, rozándole los pezones con el pecho en cada movimiento.
Cerró los ojos un segundo… y por fin, decidió poseerla por completo.
Sus cuerpos se comunicaron por ellos durante un largo rato, encontrándose, ajustándose, aprendiendo el ritmo del otro.
Hasta que él volvió a sentir aquel temblor en los muslos de ella y sus gemidos ahogándose sobre su pecho, y supo, orgulloso, que lo había conseguido otra vez, y que, ahora, por fin era su turno.
Se dejó ir. El orgasmo lo recorrió en oleadas tan intensas que tuvo que aferrarse al colchón para no derrumbarse sobre ella.
Un jadeo de placer le vibró a Sofía cerca del oído.
—Sofía… —murmuró contra su boca, dejando que el suspiro se le escapara por los labios mientras todo su cuerpo se relajaba y cedía.
Ella clavó las manos en su espalda, le rodeó las caderas con las piernas y lo sostuvo allí, abrazándolo todo el tiempo que pudo, como si no quisiera soltar la prueba física de lo que acababan de hacerse el uno al otro.
Marcel se dejó caer a su costado para recuperar el aliento, mientras acariciaba distraído la curva de uno de sus pechos.
—Eres hermosa —murmuró todavía en estado de contemplación.
Sofía soltó una risa baja, aún embriagada de todo lo que acababa de sentir.
— Wow …—inspiró profundo— ¿qué ha sido todo esto?
—¿Un orgasmo? —preguntó él divertido.
—De hecho… —Curvó las comisuras de los labios—. Dos.
***
Ella comenzaba a remolonear en la cama envuelta en una sábana blanca, con la luz de la mañana colándose por sus párpados.
Marcel la contemplaba dudoso de merecer el milagro de su presencia.
Su mente se llenaba de dudas que no quería diseccionar, y hasta de miedos.
Así que abrió la ventana hacia el sembrado de girasoles y encendió un cigarro.
Negaba con la cabeza mientras daba la primera calada, pretendiendo no cuestionarle los caprichos a su suerte.
Tenía unas ganas obscenas de amarrarla allí, que convivían, incómodas, con las ganas de dejarla ir.
Sofía seguía con los ojos cerrados, pero no dormía.
Ahogaba la sonrisa y disfrutaba de su gloria, egoísta e irreverente, segura de que él la estaba observando, y le temblaban las pestañas por las ganas de mirarlo también.
Le molestaba el olor a cigarro —casi sentía que se ahogaba— y habría sido lo más natural del mundo quejarse, pero él necesitaba la nicotina para su estrés y ella lo había notado.