XXXI. Le crème brûlée #3
Sofía no tenía claro la mitad de los nombres de lo que habían ordenado, pero todo sonaba rico y, si no…
Se interrumpió sus propios pensamientos cuando notó que las dos señoras de la mesa de al lado no paraban de mirar a Marcel.
Ella les sostuvo la vista para incomodarlas y las mujeres enseguida bajaron los ojos a sus platos, sonrojadas.
«¿Qué importa cuán buena esté la comida francesa?
Si la sugerencia del chef, sin dudas, la tengo yo en mi mesa».
—¿No hay ninguna de estas cremas que sirva para echártela encima y nos largamos? —susurró Sofía, con un gesto mínimo hacia las indiscretas.
Marcel soltó una carcajada.
—Anda… ¿pero de dónde has salido tú? —Se mordió el labio—. Eres tremenda… pero no. Hay sabores que son mejores al natural.
—¿Seguro?
—Ponme a prueba.
—¿Por qué yo? —soltó ella, alzando la vista mientras probaba su arroz cremoso, que estaba ridículamente bueno.
—Pues porque pasaste por delante de mi casa una tarde con una insolencia muy sexy, me hiciste perder la apuesta con Juan de que te traería de vuelta en mi moto y…, porque al final va a resultar que soy el cliché de hombre que tiene debilidad por las mujeres con carácter y nombres bonitos.
—No me queda claro si te gusto por mi carácter o a pesar de él —bromeó ella.
—Lo que de verdad me gusta es cómo le plantas la cara a las cosas. Y cómo te ríes después.
Sofía arqueó una ceja, entre escéptica y complacida.
—¿Y qué tiene que ver Juan en esta historia?
—Ese día estaba allí, ayudándome con la mudanza. Se burló de mí cuando agarré la moto y salí a alcanzarte.
Sofía negaba con la cabeza, intentando imaginar la escena. Marcel en modo héroe romántico involuntario y Juan de público sarcástico.
—¿Y Juan sabe que tu cita misteriosa del veintisiete, o sea, yo y aquella somos la misma persona?
—Se lo dije, pero no me creyó… Dice que veo demasiadas comedias románticas.
—No se le puede culpar… yo hubiera dicho lo mismo.
Los dos rieron al mismo tiempo y volvieron a chocar las copas, brindando en medio de una trama hollywoodense que, contra todo pronóstico, se estaba viviendo en presente, nada más y nada menos, que en una ciudad de Cuba.
Y así la noche fue acomodándose a ellos como una espectadora pasiva. Desde el balcón, las luces se multiplicaban en los charcos recientes y la ciudad, con su melancolía suave, hacía de telón perfecto.
Después de compartir una crème brûlée exquisita —casi indecente, por la forma en que Marcel se llevaba la cucharilla diminuta a su boca—él pagó la cuenta y se fueron.
Al llegar al primer piso y cruzar el umbral de la salida, Marcel se volvió hacia ella y, despacio, le rozó la mejilla con los dedos; luego la miró con esa ternura de todas las veces, sin terminar de creerse que estuviera a su lado.
Los adoquines húmedos y las casas coloniales con pinturas desgastadas y ladrillos rojizos salpicados de musgo, se imponían con resiliencia a sus pasos.
Él se detuvo bajo la sombra de un balcón pequeño de barandillas oxidadas. Le acomodó el cabello revuelto por la brisa y dejó la palma abierta sobre su nuca, con el pulgar a disposición de acariciarle los contornos de su rostro. Entonces se aseguró de que los ojos de ella conectaran con los suyos.
—Me la paso genial contigo. Me preocupa acostumbrarme a esto.
—La vida está llena de riesgos —respondió Sofía, con una sonrisa socarrona en los labios.
Marcel no articuló ninguna palabra. Se limitó a acorralarla un poco más y besarla, profundo y sin prisa, mientras el dedo que tenía apoyado en la base de su cuello, dibujaba círculos lentos sobre su piel.
La pared tibia a su espalda se convirtió en el único lugar firme que Sofía encontró para sostenerse.
Cuando el aire empezó a faltarle, tuvo que apartarse unos centímetros para recuperar la respiración y recordar cómo se suponía que debía funcionar el resto de su cuerpo.
—Dejar que me beses así… cuenta como uno de esos riesgos —le susurró ella, con un brillo recién estrenado en la mirada.
—Y como acierto —respondió él, rozándole otra vez la comisura, antes de deslizar los labios hacia su oído y enredarle los dedos en el pelo.
—Me gustas, Sofía. Me gustas mucho. —Inhaló sobre su cabello.
Ella humedeció el labio inferior con el borde de la lengua y luego se lo mordió en un intento torpe de armarse de autocontrol. Pero con ese hombre… el autocontrol era un espejismo que se disolvía en cuanto él respiraba cerca.
La ciudad seguía en lo suyo, pero ahí, en ese tramo de adoquines, todo tenía la velocidad justa de sus deseos.
—Hablando de riesgos… ¿caminarías un rato conmigo por el centro antes de volver?
—¿Y cuál es el riesgo en eso?
—Pues… ¿qué te guste? ¿Que nos crucemos con gente conocida? ¿Que después quieras repetir?
—En los tres casos, el índice de probabilidad del riesgo es mucho más alto para ti que para mí—replicó ella con sarcasmo, entrelazando sus dedos con los de él.
Él la atrajo hacia sí y la ajustó por la cintura; le alzó el mentón con un gesto suave y deslizó la otra mano por su espalda expuesta…
y, claro, la besó de nuevo. Esta vez visceral, como una nota al margen que exigía ser subrayada.
Porque pensaba besarla muchas veces esa noche, en todas las esquinas, en los bancos de los parques, en los callejones de farolas parpadeantes, en la esquina del café, en la plaza de la iglesia, incluso en medio del mundo si hacía falta.
Y sin darse cuenta ya andaban de la mano por la vida, sin GPS ni hora estimada de llegada.