XXXI. Le crème brûlée #2
Eligió sandalias negras de tacón fino y pulsera al tobillo; el rojo marrón de las uñas de sus pies brillaba discreto.
Al alzarse sobre ellas, su columna se tradujo en elegancia.
Los pendientes eran unas perlas blancas, sencillas; llevaba un anillo dorado fino en el anular derecho, el reloj de salir de su madre en la muñeca izquierda; y una chaqueta ligera al brazo por si el restaurante exageraba con el aire.
El perfume cerraba la ecuación: fresco y con un toque cítrico que daba paso a un delicado aroma floral.
Asentado en sus muñecas, la parte baja del cuello y detrás de las orejas.
En su mano, un sobre pequeño, color vino, con lo imprescindible, Just in case incluido, por supuesto.
El timbre sonó a las ocho en punto. Ella caminó hasta la puerta lo más despacio de pudo, ensayando el rostro neutro que pondría al abrirla.
Al empujarla, Marcel estaba ahí, con el codo flexionado contra la pared lateral.
Traía una camisa azul marino, desabotonada arriba que dejaba ver un collar de cuentas redondeadas de madera oscura, atravesadas por un hilo de cuero, y le aportaba una frescura despreocupada y bohemia.
La tela, ceñida sin excesos, le definía el torso y los brazos y resaltaba sus ojos mar y su piel clara.
Cuando él la vio, no pudo evitar devorarla con la vista como si sus deseos más instintivos acabaran de alinearse…
Alzó las cejas, abrió los ojos sin disimulo y, claro, lo hizo.
Atrapó el labio inferior entre sus dientes, lo dejó escapar y…
con ese gesto fugaz de la lengua, bueno…
ya saben lo que siguió. Y a Sofía, que había logrado recibirlo con una ecuanimidad impecable, de repente se le escapó la expresión irreverente y se quedó en Babia.
El recorrido de la mirada de él hacia ella fue deliberado, primero a los labios rojos, luego a la línea del escote, y de regreso a los ojos. Otro mordisco mínimo al labio, un segundo de silencio.
— Wow. —Apretó los labios por fin—. Estás… deslumbrante.
Sofía inclinó la cabeza acomodándole una onda del cabello que caía sobre su ceja, con la punta del dedo. Le sonrió.
—Tú también —respondió acercándose.
Cuando sus brazos se rozaron, una corriente muy reveladora se le instaló a ella bajo la piel.
Ya le iba quedando claro cuánto le gustaba ese hombre.
Él se sostuvo en el marco de la puerta un instante más, quería mirarla hasta que se le gastaran los ojos, quería grabarla para dibujarla después, a su manera, con sus colores, con sus tantísimas ganas.
—No sé si el restaurante está a la altura —dijo jugueteando con uno de los tirantes del vestido de ella—, pero vamos a comprobarlo.
Le sostuvo el rostro con una de sus manos, ásperas y seguras, y le rozó los labios con un beso efímero, pero tierno. A Sofía el suelo se le volvía ligero. Daba igual la altura de los tacones, él todavía debía inclinarse hacia abajo para mirarla, y a ella, aquello la derretía.
«Por Dios, se le sale la perversión por los poros y, sin embargo, sigue siendo condescendiente». Sofía lo observaba sin pudor. Esa manera de estar de pie —elegante, protectora— la volvía un poco loca. Él sonreía a un suspiro de su boca, demorándose en el recorrido de su mirada unos segundos más.
—¿Lista?
La sensación apareció bajo su vientre de forma lenta y reconocible, como una constatación. «A todas nos pasa —se justificó en silencio—. Que algunas se hagan las puras y las castas es otra historia».
—Lista —respondió ella al fin, con el cosquilleo de aquel beso todavía suspendido en las comisuras.
***
Veinte minutos después llegaron al único restaurante francés que había en la ciudad, y eso gracias a que un turista marsellés se había enamorado de una cubana quince años atrás…
y había elegido quedarse a vivir en el eterno verano caribeño, pero, claro, cada año pasaba cinco o seis meses en el sur de Francia.
Sofía conocía la historia porque Samir le había vendido al hombre algunos de sus cuadros para la decoración del restaurante.
Conseguir mesa allí era una pequeña odisea si no se reservaba con semanas de antelación, pero a esas alturas ya Sofía no se sorprendía de que Marcel tuviera sus atajos. En el balcón, una mesa para dos los esperaba con un Moët helado listo para cantar.
El lugar mezclaba a París con el mar Caribe.
Persianas de madera color crema, ventiladores de techo que giraban con elegancia, baldosas hidráulicas en damero, manteles de lino y faroles de gas que dejaban una luz ámbar.
De la cocina salía un aroma a mantequilla, lima y maracuyá; en las paredes, mapas antiguos de puertos —Marsella, Saint-Martin, La Habana— y un espejo gastado con marco dorado que desafiaba el paso de los siglos.
—Es mi primera vez en un restaurante francés —dijo Sofía, acomodándose en la silla que él le deslizaba—, he tratado varias veces, pero, cuando he querido venir, siempre está lleno.
—La comida francesa es… diferente —concedió Marcel—, pero la italiana sigue siendo la mejor del mundo.
—Yo diría que la española me enamora más.
—Imperdonable —rio él teatral—. La española es encantadora, sí, pan, aceite, ibéricos siempre, una ovación al ajo… y luego siesta. ¿Eso cuenta como comida o como tradición?
—Debe ser por el ajo —bromeó Sofía— y por los ibéricos, por supuesto.
Sonrieron. El sommelier se acercó con discreción.
—¿Les apetece abrir la botella?
Ambos asintieron. El corcho suspiró mientras la espuma se derramaba por el cuello verde. Servidas las copas, Marcel alzó la suya.
—Por aquella tarde de agosto en la que te cruzaste en mi camino con ese vestido azul.
Ella le sostuvo la mirada con el centelleo de las luces recortándole las pestañas y le regaló una sonrisa.
—Por la chica que te provocó la cefalea… y te envió al hospital meses después.
El brillo en los ojos de él delataba su fascinación.
—Salud.
Por el balcón subía el olor inconfundible de los adoquines recién regados. Un camarero pasó junto a ellos con un plato de pulpo a la parrilla cuyo aroma bastó para despertarles el apetito.
—Entonces —dijo él—, ¿vas a dejar que Francia entre hoy en la competencia?
—Sorpréndeme —respondió Sofía—. Pero sé que me va a gustar. Siempre que hay mantequilla, hay felicidad.
Pidieron un lomo de pescado con colombo suave y un arroz cremoso al estilo francés, cocido en fumet, terminado con mantequilla y un toque de crème fraîche .