Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXXI. Le crème brûlée
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XXXI. Le crème brûlée

Era jueves y el crepúsculo ya delineaba las ventanas con franjas doradas.

La casa estaba en silencio. Sofía había dejado el portátil cerrado sobre la mesita de la sala y se había rendido al sofá, en medias, con una manta ligera en las piernas…

Estaba soñando que se encontraba con William Levy en una playa de Pacífico, cuando el timbre del teléfono la hizo dar un brinco inoportuno y muy fuera de lugar.

Se cubrió el rostro con la manta, intentó ignorarlo, reconectar el sueño donde se había quedado, pero, cuando vio el nombre de Rachel en la pantalla, su propia consciencia la manipuló haciéndola pensar en todas las posibles razones detrás de aquella llamada.

—Dime, Rache —respondió bostezando.

—¿Llamé en mal momento?

—¡Qué va!, si has sido de lo más oportuna —respondió con ironía—. Estaba a punto de ver a William Levy surcando una ola, erguido sobre una tabla de surf, y tú me acabas de devolver, despiadadamente, a la realidad.

—Ah, te quedaste dormida. —Se burló Rachel del otro lado—. Pues, querida, ahora tienes una muy buena alternativa para recrear esos sueños. Vete con Marcel a la playa.

—Aquí no hay olas tan altas.

—Joder, que las olas son lo de menos. Ya tienes el abdomen, el tamaño, los ojos, la sonrisa, la testosterona.

—Ya entendí, Rachel, suficiente.

Las dos se rieron a la vez.

—Entonces, cuéntame… me tienes al margen, ¿cómo van las cosas con él?

—Bien, pero despacio. No hemos pasado de algunos besos intensos y conversaciones largas. Me lo estoy tomando con calma… —«no tengo de otra, no nos vemos desde el domingo, ni siquiera me ha llamado, ni un mensaje, ni nada»— y parece que él también.

—Ventajas de salir con hombres que ya se equivocaron —argumentó Rachel—. A cierta edad, algunos aprenden. Y a él se le nota que lo ha hecho.

«Ventajas dice». Sofía tenía veintisiete, pero los últimos meses la habían hecho madurar a otra velocidad.

No eran los años, sino cómo asumía sus decisiones, incluso cuando todavía no se reconciliaba con todas.

Después de salir del hueco emocional que Adam había excavado con precisión, la presencia de Marcel se agradecía.

Él era lo diferente a lo diferente, pero en equilibrio.

A su lado, todo se sentía fácil; la risa a tiempo, el silencio que no empujaba, la pregunta que sabía esperar.

Estar con él era como entrar en una casa con las luces encendidas y la mesa puesta.

—Justo por eso me asusta —confesó—. Es demasiado cómodo que se haya equivocado tanto y que lo haga todo tan perfecto . Es inevitable que la mente empiece a buscarle el truco.

—La mente ama los rompecabezas —dijo Rachel, en tono de conspiración—. Y la tuya, más. Pero esta vez, queridita, si no hay piezas sueltas, por favor, no te las inventes. De eso sabes tú más que yo. Escribiste un libro, ¿recuerdas?

Sofía soltó la manta. El vapor del café que hacía su madre en la cocina le empañó un segundo los lentes.

—Creo que él ya notó que ahora soy un desastre, pese a que no se lo haya dicho, y pareciera que… no le importa. Me da paz, aunque también un poco de vértigo.

—Te devuelvo tu frase de la fiesta de Oscar. —Sonrió Rachel—: Deja que todo fluya y nada influya . Y cambiando de tema… ¿Has hablado con Eddy?

—Joder, Rachel… ¿Cómo te enteraste?

—Sasha es pariente de Rafa… Los chismes familiares corren rápido.

—Pues sí, anoche hablamos… pero no mucho. Últimamente casi ni me responde los mensajes. Y me llama cuando insisto. —Chasqueó la lengua—. Pero sí noté que anda cerrado, haciéndose el duro. Hasta conmigo le cuesta asumir lo mal que ha salido todo esto.

—Es que él es muy orgulloso… Pero ¡qué fuerte todo!

—Tiene el corazón roto, no obstante, por suerte, muy poco tiempo libre para dilatar el dolor. Imagínate que está trabajando en la construcción casi doce horas al día… ¡Eddy! ¿Puedes imaginarlo?

—Allá hay que hacer lo que sea para sobrevivir, Sofi, cuando emigras dejas de ser ingeniero, médico o catedrático… Eso allá no vale al principio —espetó Rachel frunciendo los labios—. Tienes que buscar tu sitio primero y luego luchar por reconstruirte. Creo que no es para todo el mundo.

—Él va a salir adelante. Lo sé. —Sofía suspiró—. Ella va a ser la que lo va a extrañar.

—¿Y qué fue lo que pasó? Porque aquí la familia la anda justificando, diciendo que la estaba pasando muy mal y que por eso se fue a Chicago con los tíos.

—Pues él solo me contó que ella eligió irse con su familia en vez de seguir trabajando en un Burger King, porque ellos están muy bien posicionados y le ofrecieron cubrirle todo para que se centrara en la reválida de su título sin tener que trabajar, pero que solo podían hacerse cargo de ella.

Si él se iba, tenía que empezar de cero, y ya tiene un trabajo fijo que no puede permitirse perder.

Dice que le pidió que aguantara un par de meses más para juntar algo de dinero e irse juntos, pero ella no quiso.

—Sofía soltó el aire—. Nada, la jugada clásica.

Lo usó de trampolín y de cajero automático.

—Se jodió el amor… Sasha ya tenía sus intereses creados.

—No fue por falta de advertencia… Todos pudimos ver a Sasha más allá de Sasha, pero él estaba ciego.

—Hablando de ver más allá, y de ceguera emocional… —dijo Rachel, pero Sofía la interrumpió.

—¿Vas a soltar una bomba?

—No lo sé… ¿Has hablado con Paula?

—La llamé y nada. Le he mandado mensajes y me responde en monosílabos.

—Entonces no es solo conmigo. Estoy preocupada, Sofi. Desde aquel día está rara. No quiero que ese hombre la apague.

—Paula es fuerte, Rache. Está intentando que funcione. Oscar le gusta, y… ya nos conocemos, siempre pensamos que podremos cambiarlos. Déjala que choque un poco con la realidad.

—Con él, mejor que no intente probar nada —Rachel había oído bastante los antecedentes de Oscar—. Este fin de semana tengo trabajo, pero… ¿Qué tal un desayuno de chicas el fin de semana más arriba?

—Por mí no hay problemas —rectificó su agenda—. Estoy libre. Ponlo en el grupo.

Se despidieron en tanto la madre de Sofía se sentaba a su lado para tomarse un café.

—Recursos Humanos aprobó a Raúl para promotor. Empieza el lunes. Ya le avisé.

—Ajá. Seguro que fue Recursos Humanos  sin un empujoncito. —Le dedicó una sonrisa—. Ojalá aproveche la oportunidad.

—Ojalá —dijo la madre, apurando el último sorbo.

***

El viernes a Sofía le tocó cubrir la guardia de Karen, que estaba enferma en casa con un virus.

Ese mismo día recibió un correo: El 8 de febrero debe presentarse a las 07:30 horas en el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía,  y ya Alejandro —por supuesto— le había enviado un mensaje tonto para no perder la costumbre : ¿Nos rentamos juntos?

al cual ella respondió con un no  rotundo sin derecho a réplica.

El sábado decidió que pasaría el día en cama con el aire acondicionado bien frío, y se pondría al día con las series de Netflix pendientes y los sobres de palomitas acumulados.

Necesitaba relajarse pues en menos de cuarenta y ocho horas arrancaría una semana intensa.

Tenía trabajo con Niurka en el nuevo proyecto, debía seguir puliendo los detalles de los últimos capítulos de su libro antes de enviarlos a la correctora editorial y, además, le esperaban una avalancha de seminarios y prácticas clínicas que el profesor Rolando había programado para antes de que se fuera. Tenía mucho que estudiar.

Casi a las cinco de la tarde, una llamada de Marcel hizo que sus ojos se encendieran, y se incorporara de golpe en la cama. No se había dado cuenta, pero su subconsciente ya había dejado de esperar a que apareciera.

—Buenas tardes, Sofía —se apresuró a saludar él apenas ella aceptó la llamada.

—Buenas tardes, Marcel… Casi te vuelves un desconocido otra vez.

—No he tenido ningún drama, solo que tuve que terminar unas pinturas que debía enviar hoy para La Habana… y, si te escribía un solo mensaje sabía que me iba a desconcentrar demasiado y no iba a terminar en tiempo.

«Los artistas y sus introspecciones», pensó ella.

—Ya…, luego decido si te perdono.

—Déjame convencerte…, ¿cenas conmigo hoy?

Sofía pudo sentir el calor enrojeciendo sus mejillas. Por suerte, era una llamada solo de audio.

—¿Vas a cocinar tú?

—No, esta vez no. Quiero que salgamos a algún lugar… juntos. ¿Qué me dices?

«¿Juntos?» ¿Qué había en la letra pequeña de esa invitación? La incertidumbre le comió las palabras, pero las ganas de verlo le anulaban cualquier argumento que pudiese tener en contra.

—Me encantaría —respondió al fin.

—Paso por ti a las ocho.

***

Sofía abría el clóset como quien ajustaba un dimmer  hasta dar con la luz precisa.

Deslizó la yema por las perchas y el satén  negro respondió primero.

Tirantes finos, caída limpia, escote insinuado y una espalda que respiraba por ella.

Se lo ciñó sin prisa; subió la cremallera hasta rozar la curva lumbar, y la tela, dócil, se acomodó justo donde debía.

El espejo estaba a favor de la elección que había hecho.

El cabello negro con su volumen medido y unas ondas suaves que ya casi rozaban el borde de las clavículas.

El rojo en los labios encendía el centro del rostro contrastando con un delineado de ojos escaso y pestañas alzadas con sutileza, un destello de rubor insinuado en los pómulos y nada más. Su sonrisa hacía el resto.