XXX. Fake it Till You Make It
Los inicios de año siempre tenían algo de ruleta.
Entre el brindis repetido, los excesos de sal, azúcar y el alcohol que disfrazaba los dolores, las guardias solían llenarse de crisis hipertensivas, accidentes cerebrovasculares y promesas de año nuevo rotas antes del mediodía.
Sin embargo, hasta ese momento el hospital se sostenía tranquilo, pestañeando lento. Pensarlo nada más ya daba vértigo.
Sofía aprovechó el respiro. Estaba sentada en una de las camas del cuarto de descanso, con las piernas cruzadas, y el portátil pequeño que le había enviado Cesar por su cumpleaños, apoyado sobre los muslos.
Ese regalo se le había vuelto un amuleto.
Era liviano, silencioso, entraba en cualquier bolso y la seguía a todas partes.
Trabajaba en un artículo de su libro que la doctora Niurka le había recomendado afinar, trataba sobre el desfile de perfecciones en la era digital y la idea de que el cerebro rendía mejor si sustituía los hábitos en vez de romperlos abruptamente.
Tres golpes suaves en la puerta la trajeron de vuelta al presente.
—¿Se puede? —la voz llegó antes que el rostro, luminosa y divertida.
Sofía cerró el documento por reflejo y alzó la vista.
—Pasa.
Era Alejandro, con la risa despreocupada y coqueta de sus veintipoquitísimos años.
Guapo, sí, pero en total desconexión con la vida real —o al menos eso parecía—.
Siempre con la energía eléctrica de los que viven convencidos que el tiempo les sobra.
Llevaba un scrub azul claro y, por supuesto, el móvil en la mano.
—¡Feliz año nuevo, doctora! —Abrió los brazos como si estuviera en una fiesta y no en el ambiente azul grisáceo del cuarto médico—. No sabía que te tocaba guardia.
—A alguien le tenía que tocar —respondió Sofía, entrelazando sus dedos bajo su barbilla—. ¿Tú también?
Alejandro recogió sus brazos abiertos en vano.
—Yo también. Y justo vengo a… —Alzó la carpeta— a pedirte auxilio. Hay una imagen que me tiene con dudas. Me dijeron que buscara al neurólogo de guardia.
—¿Y por qué no llamaste por teléfono a la sala?
—Llamé, pero estaba ocupado…
Sofía afinó el oído y alcanzó a escuchar a la enfermera coordinando por el teléfono un traslado a otra provincia.
Cerró la laptop y la deslizó a un costado, sin perder la posición cómoda de las piernas.
Notó cómo él la miraba un segundo de más, curvando las comisuras hacia arriba.
Con Alejandro siempre había esa chispa prematura que le gustaba confundir con invitación.
A ella no le caía mal; al contrario, le hacía gracia su desparpajo, pero no estaba interesada en jugar ese juego.
Pues claro, ahora estaba jugando en las ligas mayores. «Bandida».
—Trae —dijo, tendiendo la mano hacia al historial—. ¿Qué paciente?
Él le pasó una imagen abierta en el celular.
—Urgencias cama 2. Masculino, 58. Llegó hace un rato con cefalea intensa, vómitos y un pico de presión. Le hicimos un TAC. No estoy seguro de si estoy viendo una hemorragia pequeña o un artefacto. Y preferí no quedarme con la duda.
—Muy bien —bromeó Sofía con ceremonia—, control del impulso en progresión… Hay esperanza. Vamos a verla en el ordenador.
Se incorporó. Alejandro siempre iba unos centímetros por delante, como si la prisa formara parte de su anatomía. Le recordaba a sí misma un par de años atrás.
—Por cierto —dijo él, girando un poco el rostro—, te iba a escribir por el Año Nuevo, pero recordé que no tenía tu número. Pensé que a lo mejor a la Sofía no doctora , le gustaría empezar el año con un poco de adrenalina.
—A la Sofía no doctora , le gusta empezar el año con silencio —respondió ella, seca, pero con un tono aun amable en la voz.
Él rio, sin ofenderse.
—Prometo hablar menos.
—Eso. Ahora lo que hace falta es mirar bien la imagen.
Alejandro alzó las manos, rendido, teatral.
Sofía se colocó frente al monitor, arrastró el mouse y empezó a recorrer los cortes axiales.
—¿Tiempo de inicio de síntomas? —preguntó sin mirarlo.
—Aproximado: hace dos-tres horas. La esposa cuenta que anoche bebió bastante; hoy comieron fuerte y después de una siesta, despertó con dolor.
—¿Presión arterial de ingreso?
—217/108
Sofía hizo una mueca corta.
—Bien. —Amplió, ajustó contraste y saturación—. Mira aquí. —Señaló con el índice—. Esta hiperdensidad sutil en el núcleo lenticular. No es artefacto, es una microhemorragia. Vamos a ver al paciente; al final tendré que ingresarlo yo en la sala.
—Necesitamos control de presión inmediato y repetir imagen en seis horas para asegurarnos de que no progrese —agregó Alejandro casi sin pensarlo.
—Sí, justo eso necesitamos —confirmó Sofía, orgullosa—. ¿Toma anticoagulantes?
—No referidos —dijo Alejandro ya más serio.
—Verifícalo. Y avisa a Urgencias que nada de trombólisis; esto no es un infarto. —Hizo una breve pausa para mirarlo—. Tranquilo, hiciste bien en venir antes de dar el informe; es una hemorragia pequeña, pero hay que hacer las cosas en orden.
Alejandro asintió en medio de un silencio diminuto.
—Gracias, doctora Sofía —dijo él con sorna—. Me encanta trabajar con usted; siempre aprendo. Si no es de Neurorradiología, es de…
Ahí estaba… la línea que siempre amagaba con cruzar.
—Alejandro, párale ya al flirteo. Somos colegas… me caes bien y me gusta tu pelo rubio de película de Hollywood, pero céntrate —repuso Sofía, sin suavizar del todo—. Vamos a pasar mucho tiempo juntos a partir del próximo mes y no quiero que sea incómodo.
Él sonrió, no del todo vencido. La miraba como quien pensaba: A esta… mejor de aliada que de enemiga.
—Bueno, ahora que lo dices… eres muy exasperante y un tanto mayor para mí.
«El mejor cumplido que me has hecho», pensó Sofía. A ella le encantaba el terreno que esa diferencia de edad le hacía ganar en aquella situación innecesaria.
—Ves, ahora sí nos entendemos. Acabas de ganarte mi número de teléfono.
Y bajaron juntos a Urgencias a examinar al paciente e informar la tomografía al clínico de guardia.
Horas más tarde, cuando el hospital había bajado a ese murmullo de máquinas y pasos rápidos, Sofía volvió al portátil para ponerse a trabajar. Iba a retomar el artículo cuando apareció la notificación: Dra. Niurka. Propuesta.
Abrió el correo con una mezcla rara de calma y escepticismo
Asunto: Propuesta de colaboración y divulgación de resultados.
Hola Sofía,
Espero que tu guardia haya sido llevadera.
Te escribo porque he compartido tu manuscrito con una colega del grupo: la doctora en Neurociencia Elena Monteagudo.
Es rigurosa (algo más estricta que yo) y su lectura nos ha dado una pista valiosa: considera que tu enfoque es «tan humano como científico».
Lo dijo con media sonrisa, y añadió que tu manera de escribir nos facilita el puente con la comprensión real.
En otras palabras, que tienes el don de provocar en la gente el deseo de entender lo que, a primera vista parece tedioso, y eso queremos usarlo.
Así que decidimos proponerte una colaboración remota vinculada a un estudio sobre el sueño que estamos finalizando.
Nosotros prepararemos los informes para la comunidad científica; y nos gustaría que tú redactaras, en paralelo, sus versiones de divulgación para público no especializado.
Además, estamos valorando convertir ese trabajo en un libro escrito a seis manos.
(Dos de ellas serían las tuyas). Si aceptas, claro.
Las condiciones bajo las cuales trabajarías incluyen un contrato formal con nuestra institución, remuneración como si residieras en España y un calendario de entregas pactado con tiempo.
Si te interesa, te envío de inmediato el borrador de cronograma y el material científico de base. Piénsalo y me dices. Creo que tu voz haría una diferencia sustancial.
Un abrazo,
Dra. Castillo.
A Sofía se le humedecieron los ojos y el pecho se le abarrotó de una emoción imposible de definir.
Leyó el mensaje otra vez, y el corazón le palpitó fuerte contra las costillas.
Ilusión, sí; y junto a ella, una confusión ligera, de esas que llegan cuando una mete la mano en el bolso y toca algo que no se esperaba encontrar.
Todo lo que estaba ocurriendo en su vida parecía caer de golpe y, sin embargo, era maravilloso.
¿Lo merecía? ¿Tenía que ver con eso que a veces pensaba, de que su cabeza funcionaba como una antena desbloqueada para sintonizar las energías del mundo?
No lo sabía. Pero estaba en modo sí, a todo.
Lo que le ofrecía Niurka no hería su fidelidad a la ciencia; al contrario, la afinaba.
Consistía en aterrizar un estudio en palabras que un lector fuera del medio pudiera habitar.
Si tenía que elegir entre la arquitectura del dato y la satisfacción de quien lo leería, prefería el puente.
Eso también era la Neurociencia Aplicada, que alguien entendiera su mente desde adentro.
«Acepto. Claro que acepto. Desesperadamente acepto».
Sonrió sola. Escribió una respuesta accediendo y agradeciendo, pero no pulsó enviar.
La desesperación no era elegante, y lo bueno se hacía esperar; eso ya lo había aprendido.
Cerró el correo, tomó una captura de pantalla y se la envió a Cesar, con un mensaje breve que le salió sin adornos:
Sofía:
Mira lo que la doctora Niurka me acaba de enviar.
A los pocos minutos, una llamada de audio de Cesar la sacó de su ensoñación.
—¿Sí?
—Tesoro, felicidades. Esto es fenomenal.
—Estoy un poco en shock , pero contenta, Cesar. De verdad.
—Se te nota. Yo también estoy contento por ti.
A Cesar siempre se le encendían los ojos cada vez que hablaba con Sofía.
No se comunicaban todos los días ni se escribían con la misma frecuencia de antes, pero ambos tenían la certeza de que seguían ahí, en la retaguardia.
Él, con su sonrisa de no pasa nada , insistía en que ella era la muchacha más bonita de su vida, y ella, con su irreverencia, se obligaba a no creerle, a recordar la distancia y a aterrizar los impulsos.
Sin darse cuenta, ya se habían soltado las manos y aceptado que no fuera posible; aun así, seguían viviéndose como quienes estaban destinados a no ser , bajo la posibilidad constante de intentarlo.
—Dijiste que sí, ¿verdad?
—Aún no respondo, pero claro que será un sí.
—¿Has pensado qué viene después de todo esto?
—¿Después de qué?
—De que seas especialista en Neurología, hagas un diplomado en Neurorradiología y publiques un libro en España.
—Pues… no. Aún no proceso que todo eso esté camino a suceder. Supongo que empezaré a vivir la vida de mis sueños. —Soltó una risita confusa.
—¿Eres feliz?
—Creo que sí… mmm…. Sí
—Si pudieras cambiar algo ahora mismo en tu vida ¿qué sería?
—Las decisiones que atrasaron todo esto…, mi mala costumbre de seguir esperando a que la gente vea lo que no está lista para ver… y este miedo que me ha entrado de que de verdad haya que elegir entre una cosa y la otra.
—Mmmm… esa no debería ser la respuesta correcta.
—Supongo que no.
—¿Crees que la vida de tus sueños está en Cuba?
—Me encantaría pensar que sí…—Soltó un suspiro— aunque, como van las cosas dentro de esta isla, cada vez lo veo más difícil. Supongo que en algún momento me iré… pero no voy a forzarlo.
Cesar sabía que la ingenuidad de Sofía no era torpe, sino estratégica, que nunca se quedaría con los deseos a medias, que siempre correría hacia donde pudiera cumplirlos; y que, en ese instante, solo jugaba con el efecto placebo que esa inocencia le concedía.
No insistió. Él ya se había hecho esas preguntas una vez y sabía que las respuestas dolían.
—Estoy orgulloso de ti —«No voy a debatir el tema ahora, eso uno nunca lo entiende hasta después»—. ¿Qué tal el inicio del año?
—Pues hoy de guardia…
—¿Traes los espejuelos esos?
Sofía soltó una carcajada.
—Y dale con lo espejuelos. Siempre, Cesar, siempre los traigo.
—Imaginarte con ellos me sigue resultando demasiado inquietante.
Ella ladeó la cabeza, pero ignoró la provocación.
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
—Voy de camino a una cena en casa de mis… suegros.
Se hizo un silencio. La sonrisa de Sofía se volvió rezagada.
—En casa de tu novia, Cesar. Dilo con todas las letras. No pasa nada.
—No… Es que ella no vive con ellos —masculló nervioso—, ahora está viviendo conmigo.
—Oh…—Sofía tragó saliva—. Pues nada, entonces pásala fenomenal. Te mando un abrazo.
—Sofía…
—¿Qué?
—Nada…—«sigo creyendo que eres tú»—. Enhorabuena por el nuevo proyecto. Otro abrazo para ti.
Colgaron a la vez y, durante un segundo, ambos se quedaron quietos con el teléfono en la mano y un suspiro en la garganta. Ellos eran eso. El halo de luz que nace del caos… y también, a veces, su reverso.
***
A la una de la mañana, Sofía se recostó en la cama para descansar algo; había atendido algunas urgencias en la noche y se sentía agotada.
Muchas cosas le pasaron por la cabeza. Cuando respondiera que sí a ese correo, tendría otro trabajo sujeto a cronogramas, otra responsabilidad.
Lo primero era concentrarse en continuar la especialidad; luego, el diplomado de Neurorradiología que comenzaba en un mes en la capital, al tiempo de las prácticas de Neurofisiología que tenía que cumplir.
También estaba la revisión de un libro denso que le llevaba horas de investigación y que estaba decidida a publicar.
«¿Cómo le hago?». No paraba de preguntárselo.
Fake it till´ you make it . «Fíngelo hasta que lo consigas», así decía Cesar cuando sentía que no estaba listo para algo y, sin embargo, lo haría de todos modos; una frase muy americana, pero con sentido.
Así que, tras un «puedes con esto, Sofía», cerró los ojos y dejó que el sueño la venciera.