Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXIX. Confesando heridas
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XXIX. Confesando heridas

A las once de la noche del primer día del año, Sofía se mecía en el columpio viejo del portal de la casa de thriller .

Sostenía una copa alta, vacía; enfrente, Marcel descorchaba un Sauvignon       blanco       francés con la toda la intención de demorarse para que la noche le durara un poco más.

Cuando el corcho cedió; sirvió y se sentó a su lado.

Sus miradas se encontraron a pocos centímetros.

«Por Dios, aleja esa boca de la mía», suplicaba Sofía para sus adentros antes de alzar la copa para brindar.

—Por ese mensaje que me escribiste —propuso él.

—Porque fuiste a rescatarme —bromeó ella de vuelta.

Chocaron las copas y bebieron en silencio mientras el columpio crujía arrastrando años de confesiones y de falta de mantenimiento. Ella había notado a Marcel raro desde que estaban en la casa de Oscar, amable, sí, como siempre, pero con la expresión dispersa.

—¿Te pasa algo? —le preguntó al fin sin rodeos.

Él recorrió el borde de la copa con los dedos y la miró con escepticismo. Quizá era pronto para dejar caer las fachadas y mostrar fisuras; pero, aun así, había algo en ese espacio íntimo con ella que lo hacía sentirse peligrosamente cómodo.

—Sí —admitió con cierto desánimo—. Desde que empezó el año no estoy del todo bien. —Se encogió de hombros—. Paola no me ha dado respiro.

—¿Paola? —Sofía arqueó las cejas.

Marcel la miró notando la incertidumbre en su rostro. No lo habían hablado antes.

—Mi hija —dijo—. Tiene diecinueve.

Sofía reaccionó con los ojos, nada más. Bebió otro sorbo. «Hija», se repitió en silencio, acomodando la noticia en sus planes.

—Vive en Florencia —prosiguió él—. Nos queremos, pero es como si no termináramos de entendernos. Creo que no me perdona el tiempo en que no estuve. No lo sé.

El azul de sus ojos se humedecía y se hacía más profundo. Sofía lo dejó hablar.

—La tuve a los veinte. Su madre y yo nunca fuimos una pareja formal. Fue una noche… ya sabes, de locura. Ella estaba de vacaciones aquí; la conocí en la playa. Meses después, cuando supe del embarazo me invitó a estar en el nacimiento y decidí irme a Italia.

«¿Y no dudaste ni un segundo? ¿Te fuiste sin saber si era verdad… o también querías irte? No te juzgaría, puedo entenderlo… Cállate, Sofía. Ni se te ocurra…».

—Te imaginarás… Fue una decisión a ciegas. Ni siquiera sabía si… —suspiró—. Ya sabes, si de verdad era mi hija. Pero sí, Paola es idéntica a mí. Hasta en lo testaruda —completó, curvando la comisura.

—Hey, no he dicho nada.

—Pero lo pensaste —replicó, curvando los labios—. Créeme, yo también lo pensé.

Hablaba con los ojos clavados en algún punto del jardín; parecía que la conciencia le ardiera en el pecho.

—Pero fue caótico. Ella no quería que conociera a la niña, lo que quería era que nos casáramos, y yo no acepté.

—¿Y… entonces?

—Vivían en Milano… y allí no encontraba mi sitio.

Trabajé donde pude, aprendí a cocinar, fui ayudante de cocina en varios restaurantes, pinté donde me dejaron, pero todo era por gusto.

Estaba estancado… y solo. —Se dio un sorbo de vino y volvió a mirarla—.

Por eso cuando un amigo después de un año me ofreció un trabajo como asistente de profesor de Pintura en Florencia me fui sin pensarlo.

Ahí aprendí de verdad a vivir en otro país —le explicó sin dramatismo—.

A veces salió bien, y otras veces fue terrible.

Pero Paola creció lejos de mí y yo…, yo también seguí viviendo lejos de ella, solo que ahora…

—Hizo un gesto breve con los hombros, con la culpa latiéndole en el estómago— ahora cada conversación con ella es una confrontación.

—Entiendo —susurró Sofía.

Marcel asintió con una risa corta, agradeciendo la palabra y la presencia.

—No deberíamos estar hablando de esto ahora; es traer ruido a una noche bonita y tranquila. Estoy arruinando el momento.

—No estás arruinando nada. Estamos conversando de tu vida y, si te hace bien, pues aquí estoy para escucharte. No me molesta, en serio —y de verdad que no le molestaba. A ella le encantaba descifrar a las personas—. ¿Ella vive contigo ahora?

—¡Algo así…! No convivimos antes, hasta hace par de años —respondió sin rodeos—. Todo fue un desastre desde el principio.

—¿Por haberte ido a Italia?

—No, por cómo me cambió la vida —negó sin dureza—.

Cuando llegué no tenía a nadie. Solo una mujer egocéntrica que me exigía matrimonio sin quererla y una hija por nacer.

Y yo sabía que quería ser su padre… Dios también lo sabe —la voz se le volvió más ronca—.

No hablaba el idioma, no conocía el sistema…

—¿Y qué pasó?

—Lo de siempre cuando no hay acuerdos. Ella me hizo la guerra.

No me dejó ver a la niña hasta que tuvo casi tres años y eso porque la abuela la hizo entrar en razón y me buscó.

Intenté acercarme muchas veces —añadió, con expresión de culpa y resignación—.

De verdad, te lo juro, pero me fue imposible.

Sofía notó en su rostro y en sus frases que se había juzgado a sí mismo con demasiada fuerza.

—¿Y después de que te conoció?

—Ha sido duro —admitió—. La imagen que su madre le pintó de mí me ha costado desmontarla, y aún no lo logro del todo.

Pero estudia Artes en Florencia y estoy orgulloso de ella.

Se queda en mi apartamento casi todo el tiempo que está allá.

—Sonrió—. Quería que viniera a conocer a su abuela, a su tía…

a mi familia. Teníamos los pasajes comprados para fin de año y al final nada.

Me dejó plantado. Y como veníamos acercándonos, ahora lo único que hace es reprocharme que me fui de nuevo  —dijo marcando comillas en el aire.

Sofía lo miró con ternura. «No lo interrumpas», se ordenó.

—A veces le escribo y borro —siguió él—. A veces llamo y entonces no me atiende, y, cuando atiende, pelea con el fantasma. Conmigo no, con el que le contaron.

Sofía giró el cuerpo hacia él, apoyando el hombro en el respaldo del columpio. Marcel la contemplo; y ella notó que la expresión se le había relajado un poco.

—Debe ser… complicado tener hijos —dijo ella sincera.

—Lo es —asintió—. Es complicado y en mi caso ha sido emocionalmente devastador. He sufrido mucho todos estos años. No supe hacerlo bien.

Sofía notó la frustración en las líneas de su frente y en la mirada que volvía a cristalizarse.

—¿Y por qué no vas tú a verla ahora? —preguntó ella—. Ya pasaron las fiestas.

—Tengo compromisos acá los próximos seis meses. Aún no he ido a La Habana y no puedo descuidar mis negocios allá.

—¿Negocios? ¿Aquí en Cuba…, en La Habana? —preguntó ella enarcando una ceja.

—Mercado de arte y turismo de intercambio. Sobre todo, con Italia y Portugal. Represento artistas, organizo rutas culturales, gestiono hospedajes y talleres de pintura. En fin, estos meses los tengo a tope.

—¿Tienes una agencia o algo así?

—Sí, pero la agencia es italiana, no cubana. —La miró, sabiendo que ella entendería la letra pequeña.

—Sí, ya sé —admitió Sofía—. Conozco las limitaciones para los negocios privados en este país arbitrario. —Bebió un sorbo, pensándolo—. ¿Y si le enseñas a Paola fotos de La Habana? Es una ciudad preciosa, distinta. A los europeos les resulta… exótica.

—Tengo miles. —Sonrió Marcel—. Del Malecón al atardecer, de las fachadas descascaradas, de la gente triste y obstinada por la calle. A Paola le gusta la fotografía…

—Pues envíaselas… cuéntale un poco de historia —dijo Sofía—. Así ve de dónde vienes… y luego quizás ella misma quiera saber quiénes son los otros que la esperan del lado de acá.

—Paola es muy obcecada —le explicó Marcel— y yo no he sido un buen padre. Pero ya no hablemos más de mí. Y perdona por no aparecer antes. No era que no tuviese ganas de verte. Pero he estado… distraído.

—Es entendible —respondió, desviando la mirada hacia él.

Una brisa repentina hizo que las puntas del cabello de Sofía le rozaran la piel sobre la clavícula que su suéter de cuello abierto dejaba al descubierto.

—Me encantó que me escribieras hoy. Me sorprendiste —susurró Marcel cambiando el tema, con una ternura inquieta, mientras decidía fusilar los centímetros que separaban sus bocas.

Con las yemas de los dedos le recorrió la clavícula y ascendió despacio por el lateral del cuello hasta acariciarle la mejilla con el pulgar. Sofía apoyó el rostro en la palma de su mano sin oponer resistencia y se contrajo lo justo para domesticar sus espasmos. Sonrió.

—¿Quieres besarme? —preguntó directa.

—¿Quieres que te bese? —devolvió él.

—Sí, quiero.

Las copas quedaron a un lado. Marcel apoyó la frente contra la de Sofía hasta acompasar sus respiraciones.

El roce de sus labios fue lento al principio, mezclando la ternura con todas las ganas que se tenían.

El pulgar de él recorrió su rostro mientras ella le rodeaba la nuca con una mano, cerrando los ojos.

Entonces el beso se hizo más profundo y más largo.

Sofía terminó aferrándose a sus hombros cuando sintió que todo su cuerpo se rendía.

Cuando Marcel volvió a rozarle la mejilla con la nariz, Sofía tardó un instante en recordar dónde estaban.

Ya pasaban de las doce y se habían quedado abrazados, envueltos por la música que flotaba de fondo.

Ella se había acomodado sobre él, con el torso apoyado contra su pecho y las piernas estiradas al otro lado del columpio.

El vino daba su último giro en la botella y los besos breves que él dejaba en su cabello la mantenían en una zona segura y a la vez, frágil.

Sofía bajó la mirada hacia el reloj. El tiempo, incluso allí, seguía avanzando.

—Tengo que irme a casa —miró el reloj en su muñeca—. En unas horas estoy de guardia. Aunque confieso que me encantaría quedarme.

Marcel la apretó contra sí, presionó los labios contra su cabello y dejó allí la calma.

—Yo también quisiera que te quedaras —murmuró—. Pero hoy no es día para eso.

♪  Estoy bien si estás tú.

Si hoy estás tú,

yo beberé…

sauvignon blanc

a tu lado ♪ [22]