Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXVIII. Efecto sorpresa #3
34%

XXVIII. Efecto sorpresa #3

Finalmente reaccionó. Los labios se le curvaron en una sonrisa inevitable.

Caminó hacia él con ese contoneo exasperante y le dio un beso en la mejilla que él respondió con otro en la comisura de sus labios.

Ella rozó su cuello con la punta de la nariz y volvió al rastro de su aroma: cítricos fríos y pimienta con fondo amaderado.

Fresco y cálido a la vez; civilizado y un poco salvaje…

casi como él. Los olores eran un ancla peligrosa para la memoria, y ella lo sabía.

Y, por si fuera poco, contaba con el alivio bendito de tener que mirar hacia arriba para alcanzarle los ojos.

Esos diecitantos centímetros de diferencia eran la mismísima gloria.

Aquel hombre era un refugio momentáneo… un… «Ay no, Sofía; vuelve a tierra».

—¿Y la guitarra?

—No me pediste que la trajera… Además, está desafinada. —Sonrió—. Otro día invitamos a tus amigas a mi casa y me desquito.

—Oh… vas a mil millas por hora —protestó ella cruzando los brazos sobre el pecho.

—Lo dice quien me trae a una fiesta, después de la primera cita, para presentarme a sus amigas.

—Buen punto —asumió Sofía soltando una carcajada e invitándolo a pasar—, pero aquello no fue una primera cita; fue una emboscada. Y no te traje para presentarte a mis amigas. Te traje para molestarlas.

—Lo que tú digas —asintió Marcel, divertido.

El corazón de Sofía empezó a tamborilear. No por él, no exactamente, sino porque sus amigas no tenían idea del avatar que estaba a punto de cruzar el umbral. «Tú respira y disfruta el efecto sorpresa».

Las chicas ya estaban sobreaviso, fingiendo una conversación interesantísima alrededor de la barra del ranchón.

Marcel entró detrás de Sofía con la misma seguridad despreocupada con la que parecía haber nacido.

Rachel se quedó en una pieza; Paula le dio un codazo y en respuesta ladeó la cabeza, incrédula.

—Yo lo conozco —masculló enseguida Rachel entre dientes.

Sofía lo presentó a su tribu, una por una. Cuando ya se dirigían hacia el grupo de los chicos, Oscar levantó la vista del dominó, dejó la ficha sobre la mesa y se acercó antes de que ella pudiera decir nada.

—¡Hombre, Marcel! Cuánto tiempo.

Marcel abrió los ojos, también sorprendido, y lo abrazó con fuerza.

Rachel aprovechó para inclinarse hacia Sofía.

—Estos dos se conocen. Ya deberías empezar a preocuparte.

—Son de la misma generación —respondió.

—Y del mismo clan de bandidaje —añadió Rachel—. Por cierto… yo también lo conozco.

—¿Ah, sí? Pues definitivamente es un asunto generacional —bromeó Sofía, haciendo el alegato implícito de que su amiga era la mayor de la tribu, aunque aún no llegara a esos números—. ¿Y de dónde lo conoces?

—Fue novio de mi amiga Jennifer cuando eran muy jóvenes. Y, además, a Marcel lo conoce medio mundo… por lindo.

—El medio mundo de tu generación —remató Sofía, divertida, encogiéndose de hombros, sin perderlo de vista mientras él terminaba de saludar a los muchachos y se ponía al día con Oscar.

Camila se acercó al oído de Sofía.

—Cuando sea grande, quiero ser como tú.

—Tienes mucho que explicar —añadió Sarah, rozándole el brazo con el suyo.

—Está lindo, ¿eh? —preguntó Sofía en modo afirmativo, sin dejar de contemplarlo.

—Mujer, disimula ese fuego uterino, por favor —interrumpió Amber—. ¿Rompiste la soltería? Yo sabía.

—Qué va. Solo somos… no sé, no sé qué somos. Pero yo sigo soltera.

—¿Y él lo sabe? —pinchó Paula, mientras las seis se sincronizaban para mirarlo.

—Sofía —inquirió Camila concentrada en la vista con los brazos cerrados—. Tú tienes un problema serio con los ojos claros ¿eh?

—No se le puede juzgar… —acotó Sarah dejando escapar el aire despacio—. Mira eso.

—Hey, se me concentran —rio Sofía—. Que aquí sí que ninguna está soltera.

El suspiro de Rachel fue épico.

—Duele admitirlo… —se quedó pensando—. Ya saben, extraño nuestros buenos tiempos.

—La evolución es parte del proceso —la compadeció Paula con par de palmaditas en el hombro—.

O crecemos o nos morimos solas…, y si tenemos suerte, con gatos —volvió a mirar a Marcel y frunció los labios mientras asentía despacio—.

Algo mal tiene que haber con ese hombre ¿eh…

? Que esté tan bueno y no se noten las red flags,  no es normal…

Lee la parte de las contraindicaciones y los efectos adversos Sofi, por si acaso.

Las seis se rieron divertidas, pero a Sofía, en ese instante, todo comenzó a darle igual.

Ya no era el satélite solitario de la fiesta, había traído al mejor de los ejemplares masculinos —eso no pensaba discutirlo con nadie— y, por si fuera poco, ya ninguna pareja feliz tendría que desviarse luego para llevarla a casa. «Bien jugado».

El rumor del patio retomaba su ritmo y Marcel se ocupaba de desplegar su arsenal de encantos sin proponérselo.

Ser adorable le salía tan natural. Escuchaba sin interrumpir, hacía chistes a tiempo, preguntaba a las chicas por sus trabajos y sus pasiones en la vida.

Ellas lo miraban como si fuese un espectáculo imperdible; pero a Sofía, por dentro, algo la distraía. Rachel lo notó.

—¿Te pasa algo?

—Nada… Solo que no quiero que se encariñen. Tal vez metí la pata invitándolo.

—Bájale dos, Sofía. Este hombre seguro que está acostumbrado a no comprometerse; debe ser su estilo de vida. Tranquila.

Él les estaba contando a Rachel, Sarah y Camila la historia de aquel día en que se presentó como el de la moto , cuando la música se apagó de repente y las conversaciones se quedaron suspendidas.

Al otro lado de la cocina, Oscar discutía con Paula con el teléfono en la mano.

No levantaba la voz, pero su mandíbula tensa decía bastante.

Paula ponía los ojos en blanco y repiqueteaba con los dedos sobre la encimera.

Nadie los miraba directamente, o eso intentaban.

Las conversaciones se reiniciaron, aunque con el esfuerzo embarazoso que aparece cuando algo está pasando y todos esperan averiguar cuánto va a tardar en estallar.

—Seguimos luego —murmuró Marcel, y se apartó hacia la hielera.

La risa de antes no regresó del todo. Paula se acercó a sus amigas con paso medido. El brillo inicial de sus ojos había desaparecido.

—¿Qué pasó, Pau? —preguntó Rachel, ya preocupada.

—Un mensaje de Danilo —dijo Paula en tono bajo—. Oscar estaba usando mi celular para poner música.

—Pero Danilo es tu mejor amigo desde que eras una niña.

—Ya… pero Oscar es de los que no cree en mejores amigos. Y la palabra cariño  parece molestarle cuando no me la dice él.

Rachel alzó las cejas de brazos cruzados; la escena para ella no era una sorpresa, pero sí una confirmación y eso le encendía las alarmas con respecto a la estabilidad emocional de su amiga.

Sofía desvío la mirada del mojito y la redireccionó a Paula.

—La confianza lleva tiempo para construirse.

—Pero es que yo no le he dado motivos para desconfiar, Sofi —respondió ella, con un hilo de voz.

Rachel apretaba su vaso cuando notó que, desde la barra, Oscar levantaba la vista para localizarlas. A Sofía se le contrajo algo detrás del esternón. Galante toda la tarde, sí; pero bastó un sesgo en su control, para que el anfitrión perfecto le cambiara todo el clima a la fiesta.

«Esto ya dio todo lo que tenía que dar». Sofía localizó a Marcel entre la gente y le hizo una seña para que se acercara.

—Tengo que irme, Pau. Mañana entro temprano a una guardia. Agradécele a Oscar —se despidió, mirando hacia la esquina de la barra, donde él ya no estaba a la vista.

Su iniciativa encendió el efecto dominó y un par más empezaron a recoger abrigos y vasos. Paula y Oscar necesitaban quedarse solos. Y, conociendo bien a Paula, a él se le venía una película difícil.

—No le permitas esto, Pau. Deja las cosas claras —le dijo Rachel mientras la abrazaba fuerte—. No dejes que te manipule.