Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXVIII. Efecto sorpresa #2
34%

XXVIII. Efecto sorpresa #2

Ella estaba sola. No mal…, sola. Se debatía entre sentirse especial, empoderada e independiente… o fuera de lugar. Ironías de su nuevo plan de vida. Ella misma lo había elegido así, ¿o no?

«Qué raro se siente esto». El vacío se le instaló frenético, como un eco retumbante en una casa grande.

Tal vez era la añoranza de aquellas tardes en que todas estaban solteras y se sentían suficientes; pero, a juzgar por el brillo en los ojos de sus amigas —enamoradas y radiantes—, parecía ser ella la única que lo anhelaba.

«Todo está bien…», se repitió, dándole un sorbo al mojito.

Paula y Rachel se acercaron casi al mismo tiempo a la esquina donde ella estaba recostada a una columna, mirando el celular.

—Andas muy pendiente del teléfono, Sofía —ironizó Paula.

—Ni tanto —respondió, guardándolo en el bolsillo trasero del pantalón—. Estaba revisando mis guardias del mes que, por cierto, mañana empiezo.

—¿Estás contenta, Pau? —se giró Rachel, sin rodeos.

Paula respiró hondo, intentando ajustar sus latidos antes de contestar.

—La verdad es que sí… Esto todavía no se abre del todo, pero ya nos vamos entendiendo. Pasamos más tiempo juntos y me encanta conversar con él —aclaró, disimulando la electricidad que Oscar le provocaba.

Pero su lenguaje extraverbal alternaba el esto es algo musical con un me encantaría que se complique .

El villano  —como lo llamaban en broma para preservarle el beneficio de la duda— se desdoblaba en atenciones y detalles para que Paula se sintiera cómoda con sus amigas en el ranchón de su casa.

Ella se veía feliz, orgullosa y merecedora de cada gesto.

Sin embargo, a Sofía le rozaba otra inquietud.

Si la fiesta era de Oscar, ¿por qué solo estaban los amigos de Paula?

«Pero ella se ve plena. Eso es lo que importa».

Miró a su alrededor una vez más. La felicidad de su tribu era también la suya, aunque las circunstancias de sus amigas hubieran cambiado de repente y, con la honestidad digna de una mujer de veintisiete años, se permitió nombrarlo sin culpa.

A veces la soledad ardía un poco y, aunque quería sostenerse a sí misma, verlas a todas así, le recordaba que no siempre tenía por qué hacerlo sola.

«Deja el existencialismo, Sofía. Estás justo donde dijiste que querías estar».

La traicionó un deseo consciente y, de paso, las ganas de recordarles a sus amigas que ir por libre tenía ventajas.

Algunas, además, bastante entretenidas. Pensó en Marcel.

En que quizá tendría ganas de verla y como no tenía su número, se lo pidió a Samir en un mensaje.

La respuesta llegó al instante, sin preguntas

Sofía se quedó un momento mirando la pantalla. «Bueno, ya que has llegado hasta aquí...». Y fue ella quien envió el primer mensaje.

Sofía:

Feliz año nuevo.

La respuesta llegó al instante.

Marcel:

Feliz año nuevo, doctora.

«¿Cómo sabe que soy yo?».

Sofía:

…

(Escribiendo)

Marcel:

Sí, tenía tu número desde el día del hospital. Uno tiene sus contactos…,       y sus encantos.

Sofía:

Bien por ti… y gracias por no usarlo antes.

Marcel:

Esperaba a que me dieras permiso… o a que tuvieras necesidad.

Sofía acababa de leer cuando entró una llamada. Era él. Se movió hacia una esquina más privada donde el bullicio llegaba amortiguado.

—Nunca pensé que pasaría primero lo segundo —se escuchó su risa pletórica al otro lado de la línea.

—¿Perdona?

—Eso… Que tuvieras la necesidad de buscar mi número.

—Solo quería felicitarte.

—¿Solo eso? ¿Segura?

—Segura.

—Venga, ya suéltalo, tengo razones de sobra para no fiarme de ti cuando dices esa palabra. Estoy convencido de que hay algo más.

Sofía contuvo la risa.

—¿Qué tal tu inicio de año? —preguntó.

—No iba bien… —respondió él, soltó un suspiro corto—, hasta ahora.

Y ahí estaba la melancolía. Sofía suspiró.

—¿Tienes tiempo hoy?

—¿Para ti?... la vida entera —dejó escapar otra risita.

—Me basta con lo que queda de noche.

—Soy todo oídos.

Ella carraspeó, sopesando el atrevimiento.

—Es que… verás… estoy en una fiesta con mis amigas —explicó por lo bajo—, y por muy inmadura que suene… ahora quiero molestarlas. Están todas enamoradas, en las nubes, y seguro piensan que mi vida está aburridísima.

Del otro lado, la risa que Marcel intentaba contener seguía siendo totalmente audible.

—¿Y lo está?

—Bueno… depende. Hay personas que, después de no darse la vuelta cuando se los pido, pasan días sin aparecer, incluso teniendo mi número de teléfono... Y eso lo complica todo. Creo que tendré una crisis de autoestima.

—Culpable por no aparecer… pero no te esfuerces con lo de la crisis de autoestima— dijo Marcel, con un amago de complacencia—. Deja ver si entendí…, ¿te molesta estar sola en esa fiesta?

—No —se apresuró Sofía—. Al contrario, me siento especial. O al menos eso me digo…

Marcel entrecerró los ojos, saboreando la suerte de haberla conocido, incluso con lo compleja que podía llegar a ser.

—Lo que pasa es que no les he hablado de ti —continuó ella—. Y no es que tenga nada que decir, pero… — «Joder, Sofía, cállate ya».

—Auch… —replicó él, divertido.

—No lo tomes personal —alegó intentando sonar tranquila, justo cuando los nervios comenzaban a crisparse.

Marcel sabía que ella tenía el intelecto veloz; alargar el diálogo con circunloquios, por mucho que le gustaba la chispa que desprendían, lo volvería eterno.

—Vale. ¿Y qué quieres de mí?

—Es que si llegaras… de pronto… Dame un segundo —pidió Sofía—. ¡Pau!

Su amiga se acercó y ella ella cubrió el micrófono del teléfono con la mano.

—¿Puede venir un amigo?

Paula arqueó las cejas, desconcertada. ¿Desde cuándo había un amigo  del cual ella no tenía detalles?

—Me haces sentir culpable. Parece que no te estamos prestando suficiente atención.

Sofía rodó los ojos.

—Un poco eso… y, por otro lado, esta fiesta merece animarse. Mi amigo es muy… —buscó la palabra justa—. Nada, sabe cómo divertirse.

Paula la observó, intentando descifrarla, y al final le dio un empujoncito en el hombro.

—Pues, claro. Que venga. Muero por conocer a tu… amigo .

—¿No tienes que consultarlo con Oscar?

—Para nada; que venga. Él dijo que esta fiesta era para mí.

Se sintió más tranquila y retomó la llamada con Marcel.

—Entonces… ¿vienes?

—Voy. Pero dime qué me pongo, porque me has vendido como animador nocturno de verano en la playa.

—No te esfuerces… no te hace falta. Sé tú. Solo quiero que te vean.

A Marcel no se le había borrado la sonrisa desde que había iniciado la llamada.

Captó el halago al vuelo y, aunque fuera superficial, le valía por dos razones.

Sofía estaba reclamando su presencia sin que tuviera que acosarla…

y, además, podría verla ese mismo día. Le venía bien distraerse; el año había arrancado áspero. Llevaba días pintando sin rumbo.

Sofía colgó y regresó con sus amigas. Los roces entre ellas se hicieron susurros en cuanto se acercó.

—¿Algo que decir en voz alta? —les preguntó.

—¿Quién es tu amigo , Sofía? —saltó Rachel, con su gesto de jefa de grupo rodeada de insubordinadas—. Estoy perdiendo facultades; me están omitiendo información importante.

Sofía no había hablado de él. Jugaba a no tener que hacerlo… pero eso ya había dejado de ser opción.

—Está de camino. Ten paciencia.

—Ya empecé a rezar —dijo Amber, alzando la copa.

Brindaron de nuevo y, entre historias aleatorias, Camila, que lucía contenta pero preocupada, soltó un tema más serio.

Les contó que la razón por la que Raúl no la había invitado a la cena de Navidad era porque su relación con la madre resultaba tensa y hasta violenta…

y no quería exponerla a ese mal rato. Aun así, con la insistencia, terminó desahogándose y contándole algunas cosas muy íntimas de su vida que Camila creyó oportuno no develar allí…

Sofía se detuvo a observarlo a lo lejos, se veía distraído, fuera de lugar, cabizbajo… y, después de pensarlo bastante, decidió acercársele.

—¿Todo bien, Raúl? —le preguntó.

—Todo bien. Gracias.

—Voy por una cerveza… ¿te traigo?

— Okey.

Sofía volvió con la botella y se la tendió, sosteniéndole la mirada.

—Sé que no apruebas nuestra relación —le soltó él de forma repentina y directa—. Y si yo fuera tú, quizá tampoco lo haría. Eso es lo que hacen los buenos amigos. Pero quiero que sepas que Camila es muy importante para mí.

—Solo no quiero que sufra. Y eso no puedes prometérmelo… ¿verdad?

—¿Alguien puede?

—Te ves un poco agobiado. Quizás son ideas mías.

—Es que… estoy buscando trabajo hace ya semanas y, como imaginas, nadie quiere contratarme.

—¿Y qué sabes hacer?

—Estudié Socioculturales en la universidad, pero ahora mismo hago cualquier cosa… lo que haga falta.

Raúl era, sin dudas, un muchacho culto; se le notaba en la educación y en la forma de hablar. Y aunque de qué iba Socioculturales aún no le quedaba claro a Sofía, el coeficiente intelectual del muchacho se percibía más allá de cualquier título académico.

—Dile a Cami que te dé mi número, mándame tu CV e incluye un párrafo en el que hables de lo que te mueve, de lo que te apasiona hacer.

A lo mejor puedo conseguir algo para ti —le dijo pensando en el puesto disponible de promotor cultural que su madre —editora principal en una editorial local— había mencionado días atrás.

—Gracias, Sofía— dijo Raúl con sinceridad.

En eso vibró el teléfono. Miró la pantalla:

Marcel:

Estoy afuera… Creo

Ella se dirigió a la puerta de la entrada —con el previo visto bueno de Oscar— y abrió.

Ahí estaba él, recostado a su Audi, con sus casi cuarenta a cuestas y ese aire de año nuevo que todavía le brillaba en la piel.

Sus bíceps se notaban tensos bajo el jersey  blanco; el cabello oscuro, peinado sin esfuerzo, hacía contraste con esos ojos azules que parecían pecado, y, por supuesto, traía la sonrisa bien puesta.

Sofía se quedó quieta, suspendida en su contemplación.

La sola presencia de ese hombre le bajaba el ruido exterior y le subía el pulso interno.