Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXVI. Como si fuera la primavera #3
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XXVI. Como si fuera la primavera #3

—¿Qué significa? —la interrumpió él, deslizando los dedos por el lateral de su cuello hasta rozar el arco de su mandíbula.

Sofía intentó anular la contracción involuntaria que aquella caricia le provocaba.

—Significa… —tragó saliva—, significa que sé muy bien lo que estás haciendo. Y por mucho que mi cuerpo reaccione primero, puedo desmontar tu campañita de manipulación mental con un chasquido de dedos.

Marcel sonrió, y colocó con ternura la palma de su mano sobre la nuca de ella.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Pero… muy segura? —insistió, acariciándole los labios con el pulgar de la otra mano.

—Sí, muy segura.

—Pues veamos si es verdad. Tú solo pídeme que pare.

Él decidió que no iba a permitirle sostener la indiferencia, así que rozó con los labios el hueco de su clavícula y subió despacio por la piel del cuello hasta el lóbulo de su oreja; lo mordió sutil e inhaló lo justo para provocarle un espasmo estremecedor; después siguió el contorno de su mandíbula hasta detenerse frente a sus labios y sonrió, y Sofía, que ya temblaba, apenas tuvo margen para pensar cuando él la tomó por la cintura y la atrajo contra sí, tan cerca que el pulso en sus párpados la delataba.

Entonces mordió su labio inferior, despacio.

Sofía cerró los ojos y ahogó un gemido.

—¿Lo dejamos aquí? —pregunto él.

«Pero… ¿cuál es el morbo de la gente con dejar las cosas a medias», pensaba ella a la vez que negaba con la cabeza. Entonces él la besó —largo, con ternura y estrategia— mientras, con todo el peso de su cuerpo, empujaba sus caderas suavemente contra la pared.

Cuando se separó, lo hizo despacio, como si temiera romper algo delicado entre los dos.

—Ya puedes abrir los ojos —susurró junto a su oído.

El cuerpo de Sofía estaba en shock ; su mente, hipnotizada. «Ay, no… ¿qué ha sido esto?». Marcel sonrió con una expresión de triunfo y fingido desconcierto.

—Tendré que desconfiar de ahora en adelante cuando me digas que estás segura de algo —murmuró tan cerca de su boca que el aire entre ambos parecía una prolongación del beso.

Sofía se deslizó hacia un lado, intentando recuperar el control.

—Necesito un poco de agua.

Dios, ella estaba deseando tanto a ese hombre que justo por eso sabía que no podía quedarse allí un minuto más.

—Claro —respondió él, conteniendo una sonrisa en tanto le señalaba la salida hacia la cocina—. No faltaba más.

Marcel le sirvió un vaso de agua y se apoyó de espaldas a la encimera, con los brazos cruzados. Seguía mirándola, sereno en apariencia, aunque su mente rodaba a mil revoluciones por minuto.

—Es tarde —dijo Sofía—. Mañana… bueno, hoy tengo que levantarme temprano. —Notó que el reloj marcaba ya pasada la una.

—Entiendo —respondió él, mirando la botella—. Al final dejamos la mitad.

—Supongo que me mantuviste demasiado entretenida —espetó, mientras recogía su bolso de la silla.

Él la rodeó por la cintura y la guio hacia la salida. La noche los aguardaba silenciosa y cómplice. Le abrió la puerta del auto con un gesto cortés, esperó a que se acomodara y luego tomó posición al volante.

—Uy… ¿Cuándo dejaste de ser… el de la moto ?

—Ah… es que esa es mi versión premium . No siempre está disponible—. Chasqueó la lengua.

Durante los primeros minutos, un silencio sepulcral los envolvió. Ella miraba por la ventana, intentando empujar hacia lo más profundo de su mente las imágenes recientes, buscando superficies emocionales férreas para no resbalar. Pero no las encontraba. Parte de ella se arrepentía de haberse ido.

Le lanzó una mirada de costado. Él lo notó.

—¿Estás bien? —preguntó Marcel.

—Yo sí —dijo ella, insinuando la sonrisa—. Solo que sigues siendo un desconocido que, además, me ha besado sin consentimiento…, así que no eres de fiar.

Marcel detuvo el auto hacia el lateral de una calle vacía. Se soltó el cinturón y giró hacia ella con calma.

—Entonces será mejor que no confíes en mí —murmuró, acariciándole la mejilla.

Su voz le rozó la piel antes que los labios. La tomó suavemente del cuello, acercándola hasta quedar a un aliento de distancia.

—Me gustas mucho —susurró, derramando las palabras sobre la comisura de su boca.

El roce fue casi imperceptible, pero el cuerpo de Sofía lo tradujo en una descarga. El temblor era cada vez más paralizante y un pálpito distinto la hacía sentir muy viva. Marcel lo percibió y se inclinó un poco más, rozando con el pulgar la silueta de sus senos sobre la blusa.

Acercó los labios a su oído.

—Me muero por verte estallar y sentir en mis manos las contracciones de tu vientre —inhaló despacio allí y siguió susurrando—.

Llegado ese punto, me suplicarás para que no pare.

Pero para eso tendrás que atreverte a volver a entrar en penumbras…

a la habitación de este desconocido en el que, según tú, no se puede confiar.

Luego volvió a su posición en el asiento, abrochó el cinturón y le hizo un guiño de ojo seguido de aquel maldito gesto con la boca, que siempre terminaba en una exquisita sonrisa ladeada.

—Dime, ¿por dónde tengo que doblar para llegar a tu casa?

Sofía lo observó unos segundos, todavía trepidando entre la risa y la rendición.

—Date la vuelta.