XXVII. Feliz año nuevo
El vapor empañaba el espejo y Sofía se reía de sí misma mientras el agua le escaldaba la piel, todavía sentía en su cuerpo la escena de hacía un rato.
Marcel nunca se dio la vuelta, utilizó aquella casi súplica a su favor…
y decidió, sin dar explicaciones acompañarla hasta la mismísima entrada de su casa.
Bajó del auto, le abrió la puerta y se despidió con un beso tierno en la comisura y la sonrisa de quien sabía quedarse con las ganas sin perder la dignidad…
y, de paso, dar una lección. Ella curvó los labios y le lanzó una mirada incisiva, disfrazando —con elegancia— uno de esos reclamos contundentes que no llegaban a pronunciarse.
Marcel le había pedido el número de teléfono; pero ella, en represalia juguetona, se mantuvo firme en su negativa. Él encogió los hombros con desdén; casi se oyó su no importa, ya sé dónde vives , mientras daba media vuelta para volver al auto.
El agua seguía resbalando por sus rincones y, mientras se acariciaba el cuello, era incapaz de sacudirse el recuerdo de la mano de aquel hombre sobre su piel.
El simple roce había despertado algo que aún continuaba ahí, latiendo bajo la superficie.
Y sí, le gustaba la idea de tenerlo, de repente, en su vida.
Mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Pero una cosa era hacerle un hueco en sus días y otra muy distinta permitirle instalarse en su cabeza.
El año estaba por terminar y el próximo no podía tener grietas. Sofía estaba clara de lo que quería y ya iba en camino hacia ello. «Qué bueno que estoy en casa».
***
El último día del año llegó con destellos de invierno y esas reuniones familiares que renovaban los músculos de la cara de tanto reír.
A las doce en punto, en la casa de Sofía estaba toda la familia reunida.
Brindaron, se abrazaron y dieron las gracias.
Tiraron un cubo de agua a la calle como ritual de desprendimiento para dejar lo malo atrás; Isabel preparó una maleta para darle la vuelta a la manzana y asegurar su meta de conocer el mundo; y poco después, los vecinos empezaron a aparecer.
Sarah también llegó. Tenían la promesa de abrazarse después de las doce desde que eran niñas.
Habían vivido puerta con puerta casi toda la vida.
—Se acabó el año, Sofi.
—¡Se acabó! Parecía que no iba a terminar nunca.
—Este que entra será grandioso para todas. Estoy segura —espetó Sarah.
—Para ti todo siempre es grandioso… ¿no te das cuenta? —le respondió Sofía, rodeándole el hombro con el brazo—. Tienes esa bendita capacidad de bloquear lo feo del mundo; puede explotarte en frente, que tú no lo ves.
—Mandemos un selfie al grupo —sugirió Sarah.
Para entonces, el chat de Y ahora qué hiciste, ya estaba lleno de audios, textos y videos de celebración. Entonces entró un mensaje de Paula:
Paula:
Nos vemos mañana a las 4:00 p. m. Ya les paso la dirección de Oscar.
—Uy, verdad —dijo Sofía, mostrándole el mensaje a Sarah—. Lo había olvidado por completo.
—Veremos qué tal se porta el villano —añadió Sarah risueña, antes de despedirse y volver a la casa de su abuela; Ariel estaba por llegar a buscarla.
Sofía perdió la mirada en el vacío. «Qué año ha sido este», pensó.
Amor, desamor, dolor, desapego, despedidas...
Sacudió la cabeza. Pensar en él —en Adam—, no era una opción, tampoco esa secuencia de imágenes de todo lo que podía haber sido y nunca fue.
No se engañaba disfrazando el año nuevo de oportunidad milagrosa para volver a empezar, más bien lo usaba como excusa para dejar atrás lo que ya había decidido soltar. Excusa que, en realidad, no necesitaba.
El teléfono vibró. Otra notificación.
Cesar:
Que tengas un año tan maravilloso como tú. Que sonrías mucho más.
Que publiques ese libro. Que te vuelvas a enamorar…
Que seas muy feliz… doctora.
Una lagrimilla se le escapó al leerlo. Parpadeó rápido para disimular y escribió de vuelta:
Sofía:
Y que pueda seguir teniéndote en mi vida. Por muy egoísta que suene.
Aunque sea así.
Cesar:
No lo es. Además, comprendo que es necesario. Ja, ja, ja, ja.
No se puede vivir sin «el efecto Cesar» una vez que se prueba.
Sofía:
No puedes evitar quererte tanto, ¿verdad?
Cesar:
Si lo hiciera, no me «necesitaras como me necesitas».
Por cierto… Se me olvidó pedir otra cosa.
Sofía:
¿ ?
Cesar:
Que nos volvamos a encontrar.
Ella cerró los ojos y reaccionó al mensaje con un corazón rojo. No quiso volver a pensar en esa posibilidad, ni mucho menos debatirla. No tenía espacio para ilusiones tróspidas.
XXVIII. Efecto sorpresa
Sofía se enfundó un suéter color tierra de cuello amplio, unos vaqueros que le dibujaban la silueta y eligió unas zapatillas cómodas.
Quería un look relajado, que no le demandara demasiado esfuerzo.
Su nuevo propósito de año nuevo consistía en ir ligera y efímera por la vida; sin excesos.
Se sonrió a sí misma frente al espejo y, después de deslizar el creyón rojo sobre sus labios, improvisó su pequeña coreografía de me da lo mismo todo .
Una representación que resultó muy poco convincente para alguien que rara vez dejaba que las cosas le dieran igual.
El cabello iba suelto, había crecido un poco pero aún no bajaba de la altura de sus hombros.
Unos lentes de sol negros y anchos completaron el outfit.
Era domingo, primero de enero y ya pasaban las cuatro de la tarde…
así que pidió un taxi y se pasó el camino repasando sus propósitos para la ocasión: darle una oportunidad al villano , abrazar a sus amigas, intentar ser más amable con Raúl y, si se daba la ocasión, contarles…
que un hombre de casi cuarenta años, alto como el Empire State, con ojos color mediterráneo, había llegado a su vida… y le estaba gustando bastante.
En la entrada de la casa de la fiesta —donde Oscar, el nuevo ¿novio?
de Paula, era el anfitrión—, se dio cruce con Rachel y Rafa destilando amor, con los dedos entrelazados y envueltos en esa paz que no se puede disimular cuando el alma vibra bonito.
Sofía los saludó y los felicitó por el nuevo año.
Rachel se acomodó el cabello y, sin demorarse mucho, disparó la indirecta:
—Todavía esta fiesta no me convence.
—Tú deja que fluya y nada influya —dijo Sofía intentando guiñarle un ojo, para que se relajara—. No entres predispuesta.
—Vale, pero no insistas más en el guiño Sofía, que no te sale, parece que tienes un tic nervioso.
Entraron riéndose a carcajadas. Paula y Oscar los recibieron con una sonrisa de catálogo; casi todos los demás ya habían llegado.
Mientras cruzaban el umbral, Sofía sintió que su lugar seguro estaba concentrado, esa tarde, en el patio de la casa de un posible villano, en período de prueba gratis. «Dale el chance, Sofía, lo prometiste».
Después del saludo efusivo —con risas, besos en las mejillas y abrazos que se encadenaban— las chicas se apartaron a la cocina para preparar margaritas y mojitos y comenzar a lanzar pronósticos para el año entrante.
Paula insistía sarcástica en que se abriría el cielo para que todas pudieran cumplir sus sueños fuera de Cuba, cuando Amber la interrumpió y anunció sin anestesia:
—Bueno…, sobre eso… Nosotros nos vamos a España en abril.
El silencio fue demoledor. Sofía bajó la cucharilla con la que removía su mojito.
—¿Nosotros? —preguntó Paula.
—Sí, Nelson y yo. Ya tengo listo mi pasaporte español y él está tramitando una visa de turismo. En cuanto la tenga, nos vamos. Debe ser en abril.
Sofía tragó en seco.
—Pues enhorabuena… España debe ser como una casa grande para nosotras. Estoy feliz por ti —le dijo como pudo, mientras se limpiaba una lagrimilla y se acercaba a darle un abrazo al que, increíblemente, Amber cedió.
—Pues ya tengo excusa para usar mi pasaporte español —añadió Paula, que era ciudadana española desde hacía dos años—.
Ahora me toca reunir el dinero. Del misterio con el que has llevado a cabo este plan, hablamos otro día.
—Acotó algo escéptica, para no reconocerse molesta por la bomba tan inesperada, que una de sus mejores amigas acababa de soltarle.
—Estoy feliz por ti, pero te vamos a extrañar —dijo Sarah.
—Habla por ti —bromeó Camila, abrazando a Amber y deseándole lo mejor.
Rachel, recostada a la barra, tenía los ojos húmedos y los brazos cruzados.
—Rache… cambia esa cara —le sugirió Sofía—. Es impactante, pero sigue siendo una buena noticia.
—No sé por qué tengo la sensación de que cada una se irá desprendiendo… y nuestros caminos se van a separar irremediablemente.
Otra pausa incómoda cayó como el peso del acero.
—Ya nos veo —dijo Sofía— caminando juntas por la Gran Vía de Madrid y tomándonos un buen vino en una de esas plazas al aire libre… o probando cocteles en la terraza del hotel ese, la del piso de cristal,, el que sale en la serie de Valeria.
—El hotel Riu Plaza —apuntó Paula.
—Ahí, ahí mismo. Tan arquitecta como eres. Te sabes todos los nombres —Sofía le hizo una mueca cariñosa—. Tenemos que anotar ese sueño… y darlo por hecho.
—La verdad es que yo no me imagino la vida sin mis muchachitas —agregó Rachel con un hilo de voz y los ojos llenos de lágrimas.
Se abrazaron y, de una, rompieron la melancolía.
—Pues qué tal si celebramos que estamos juntas ahora —propuso Sarah.
Hicieron un brindis colectivo y luego salieron a reunirse con los chicos, que ya andaban preparando un dominó.
«Respira, Sofía. Esto también es crecer», pensaba, con el vaso frío en la mano y la sospecha dolorosa de que el año nuevo también vendría con despedidas… «Pero que no nos falten las puertas abiertas».
Inspeccionaba el entorno con premeditación cuando la idea de que alguien había repartido parejas por turnos comenzó a incomodarla. Camila había llegado con Raúl, Amber con Nelson, Rachel con Rafa, Sarah con Ariel; Paula las había recibido con Oscar. Y, bueno… «Esto no tiene ninguna gracia».