Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXVI. Como si fuera la primavera #2
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XXVI. Como si fuera la primavera #2

Marcel no la dejó terminar. Le retiró la copa con cuidado y la dejó en la mesita baja junto al sofá para rodearla por la cintura con uno de sus brazos enormes y atraerla hacia él sin brusquedad, pero sin margen de duda.

Sus rostros quedaron cerca. Muy cerca. Ella lo miraba desde abajo.

—Tengo calor —murmuró.

Él no pidió confirmación. Le deslizó el blazer  por los hombros y lo dejó caer sobre el sofá.

—Ahora sí —dijo Sofía.

Marcel le acarició la parte alta de la espalda, despacio, marcando el ritmo lento de la música. Durante un instante perdió el compás cuando su nariz quedó suspendida en el olor a jazmín del pelo de Sofía. Inspiró sin disimulo.

Le separó apenas el rostro, sosteniéndole la mejilla en la palma y obligándola a mirarlo.

♪When I look into your eyes, I can see a love restrained

But darlin´, when I hold you. Don´t you know I feel the same ♪ [21]

La letra de la canción flotaba entre sus respiraciones, tentando al autocontrol de una manera despiadada.

—Me gustas mucho, doctora —murmuró él, tan cerca que la palabra le rozó los labios.

Un corrientazo recorría la columna de Sofía y le bajaba hasta las piernas.

—Necesito pasar al baño —se separó de pronto de él con una urgencia que no logró suavizar.

—Claro, usa el de mi habitación, es la primera puerta del corredor a la izquierda. —Señaló con la mano—. Este de afuera ya lo usaron todos.

Sofía asintió y caminó hacia la puerta indicada.

Al empujarla, una luz tenue amarillenta, proveniente de una lámpara de pie, la envolvió con su calidez.

Localizó enseguida la puerta del baño y entró.

Tenía que controlar las sudoraciones en las palmas de sus manos, y ensayar la respiración para volver a su eje.

Se miró al espejo y se dedicó algunas palabras de ánimo.

«Que no se diga, Sofía, que esto es pan comido».

Se mintió. Hacía meses que no se sentía tan nerviosa.

Lavó sus manos más tiempo del necesario y, movida por la intriga, decidió explorar un poco.

La habitación de Marcel era amplia y sobria.

Una cama enorme ocupaba el centro y, frente a ella, una cómoda alta de madera oscura, de estilo renacentista, sostenía un espejo grande salpicado por las manchas del tiempo.

Junto a la ventana, que daba al patio lateral —donde había distinguido antes un pequeño sembrado de girasoles silvestres— había un escritorio con lo imprescindible, ordenado sin exceso.

El clóset, con puertas de espejo, se integraba en la pared con discreción. «Sin dudas es artista».

Detrás de la cama, un óleo monumental dominaba la escena.

Torsos y curvas desnudas entrelazadas, fundidos en una danza de colores cálidos que parecían oscilar entre el deseo y la ternura.

Era una pintura intensa, pero no escandalosa; más bien una celebración del cuerpo humano, de su libertad y de su misterio.

Hacia la esquina inferior derecha, pudo leer su nombre.

«¡ Wow , lo ha pintado él!». Sobre la cómoda, sus ojos se toparon con una imagen familiar, era una reproducción exquisita de El nacimiento de Venus sobre un mini caballete artesanal que le servía de sostén.

La reconoció de inmediato. Aquella figura desnuda, erguida sobre una concha abierta al mar, irradiando esa pureza que se insinuaba tanto como quemaba.

Sofía recordó haberla estudiado en su adolescencia, en las viejas enciclopedias de arte que su madre guardaba en la biblioteca familiar.

Había pasado horas frente a aquellas reproducciones, intentando descifrar los secretos del Renacimiento italiano y, se percató de que desde entonces la perseguía la misma duda: ¿era aquella Venus pagana y sensual… o divina y eterna?

Marcel notó que ella demoraba en regresar y quiso asegurarse de que todo estuviera bien. Empujó la puerta con sutileza y, al verla consternada frente al cuadro, una sonrisa tembló en su rostro.

—¿Te gusta?

—¿Botticelli? —respondió ella sin apartar la vista del lienzo—. Todas sus pinturas me dan la sensación de estar viviendo el instante preciso en que el mundo se hizo consciente de su propia belleza.

«Ciertamente… esta mujer es jodidamente rara», pensó Marcel en silencio.

—El original está en un museo importante de Florencia…

Hay una sala entera dedicada a él. El cuadro está pintado sobre lienzo, no sobre tabla.

Eso era rarísimo en el siglo xv  —le comentó él observando la pintura unos segundos, y luego a ella…

—Creo que eres demasiado sensible a los detalles para ser científica.

«No tienes idea», pensó Sofía conteniendo la sonrisa.

—Bueno, de vez en cuando escribo poemas… y otras cosas extrañas a las que ni yo misma sé ponerles nombre.

—Ah, eso lo explica todo… —le dijo, traspasándola más allá de las palabras con el azul de sus ojos.

Y Sofía… Sofía se sintió más hermosa bajo esa mirada que en el espejo en el que recién se había observado a sí misma.

—¿No vas a parar de mirarme así?

Él se le acercó solo un poco.

—No puedo evitarlo —respondió en voz baja—. Mi mente no está en su lugar cuando te tengo enfrente.

—¿Y dónde está?

Marcel inclinó el rostro hacia su oído y la sostuvo por el brazo opuesto aplicando una presión ligera con sus dedos.

—En cada centímetro de la piel que me imagino debajo de tu ropa —susurró.

—Marcel… —dijo Sofía, separándose un poco con celeridad—. Mira, no es que yo sea residente de tercer año de Neurología ni mucho menos, es que, incluso en mi tiempo libre, me dedico a estudiar a fondo cómo funciona el cerebro humano. Eso significa…