Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXVI. Como si fuera la primavera
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XXVI. Como si fuera la primavera

La noche avanzaba y Sofía se descubría muy a gusto en el mundo bohemio de Marcel.

Era como si perteneciera a él, como si necesitara habitarlo.

Había algo en ese universo que la obligaba a bajar la guardia.

Una parte de su espíritu comprendía a los artistas sin esforzarse.

Esa libertad para vivir y ser le resultaba profundamente admirable.

Después de la cena —aquel famoso Trofie       al pesto  que nadie paraba de elogiar— los amigos de Marcel se reunieron en el portal a conversar y rememorar anécdotas en común.

Sofía estaba de espectadora pasiva, escuchando a Melissa contar sobre su viaje a Praga con Marcel y el spa  donde se bañaron en tinas llenas de cerveza, cuando vio llegar a su amigo Samir, un poco tarde, claro... , para no romper con su estilo.

La coincidencia tenía sentido. Samir también formaba parte de ese cosmos de lienzos, esculturas, instalaciones y pinceles, aunque sin el cliché de los pantalones de lino ni las sandalias de cuero.

Él iba a contracorriente sin proponérselo, siendo simplemente él.

Tal vez por eso Sofía se sentía tan cómoda a su lado.

Un alivio cálido la recorrió al verlo. Al fin un rostro conocido, un ancla entre tanta novedad, pero la calma se disolvió al instante cuando Melissa se levantó de su silla y corrió a abrazarlo con entusiasmo.

La mirada que Samir cruzó con ella fue demasiado explícita para Sofía.

«Ay, no… Estos dos tienen algo». Ya conocía a Samir demasiado bien. No se resistía a una mujer bonita, menos si era inteligente, y menos aún, si era tan histriónica como Melissa. Aquel abrazo, aquella mirada… hablaban por sí solos.

Samir se sorprendió al encontrarse a Sofía allí. Hacía días que no se veían, así que, tras saludar a todos y darle a ella un abrazo apretado, caminó a su lado con disimulo apartándola del grupo.

—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó, aún confundido.

—Marcel me invitó —respondió Sofía divertida—. Es mi paciente, antes de que empieces con el interrogatorio.

—Ya… ¿solo tu paciente?

—Solo mi paciente —repitió ella con tono socarrón—. ¿Y tú?

—Marcel y yo somos amigos desde hace mucho. Estudiamos juntos.

—Ah, claro, si son contemporáneos —bromeó.

Samir frunció el ceño.

—Él solo es un poco más alto… y tiene esos ojos… ya sabes —le lanzó una mirada de soslayo.

—Sí, eso nada más —respondió Sofía entre risas.

Ella había conocido a Samir un par de años atrás, una de esas noches en El Templo en las que Rachel se empeñaba en cruzar los caminos de sus personas favoritas.

De otro modo, quizá no se habrían encontrado.

Él tenía una estatura mediana y una presencia serena, marcada por cejas anchas y una barba tupida siempre bien cuidada.

No era un hombre especialmente tonificado, pero se notaba que prestaba atención a su cuerpo, a la forma en que se movía y se mostraba en el mundo.

Tenía una sonrisa abierta y bonita, de esas que invitaban a quedarse y conversar sin mirar los relojes.

Entre ellos siempre hubo una química especial y sin dobles lecturas.

Nunca cruzaron esa línea. De vez en cuando se reunían para hablar, desahogarse, darse algo parecido a terapia o compartir el café sin más expectativas que acompañarse un rato y volver el mundo alrededor más liviano.

Samir era inteligente, agradable y apuesto sin tener que esforzarse. Su debilidad siempre habían sido las mujeres y, quizá por eso, a los cuarenta aún no había encontrado un único camino, porque siempre estaba dispuesto a recorrerlos todos.

—¿Y qué hay con Melissa? —preguntó Sofía con mirada inquisitiva.

—Te das cuenta de todo, ¿eh? —respondió él alzando una ceja—. A Mel la conozco hace tiempo. Vivió en Europa y regresó hace unos meses. Volvimos a coincidir y… bueno, han pasado cosas.

—Conque han pasado cosas, ¿eh? —repitió Sofía dándole un empujoncito por el hombro.

—Nada serio —masculló él riendo—. Ella es como yo… un alma libre. Quizás por eso ella y Marcel no funcionaron.

—Ah, ¿porque Marcel no es un alma libre? —preguntó Sofía, arqueando una ceja.

Samir sonrió.

—No veo por qué te interesa, si solo es tu paciente —alcanzó a decir justo antes de que Marcel regresara con una botella de vino nueva en una mano y una guitarra en la otra.

«Ay, no, que no sepa tocar la guitarra. Eso no». Se dijo Sofía llevándose una mano a la nuca mientras se mordía el labio inferior.

—¡Eh! ¿y ustedes ya se conocen? —preguntó Marcel al verlos conversando mientras apoyaba el instrumento en la pared y se disponía a descorchar el vino.

—Sí. Somos muy buenos amigos —respondió Sofía con naturalidad.

Marcel lanzó una mirada interrogante a Samir. Este soltó una carcajada.

—Puedes estar tranquilo. No somos ese tipo de amigos —le aseguró marcando comillas con las manos—. Aunque casi nadie nos crea.

—No nos creen por tus antecedentes, no por los míos —replicó Sofía con una sonrisa ladeada.

Marcel la miró bonito a los ojos.

—Te creeré a ti. Él no es de fiar.

Sofía curvó las comisuras hacia arriba.

—Varias personas han especulado que tenemos algo, solo porque nos han visto juntos y saben de sus debilidades. Pero jamás ha pasado nada, ni pasará. Lo nuestro es demasiado valioso como para estropearlo así… y, además —Sofía frunció los labios—, él no es tan apuesto como se cree.

Marcel entrecerró los ojos, mientras Samir se reía con los hombros.

—Igual, ¿por qué te preocupa tanto? —preguntó ella cruzándose de brazos.

—Porque él es mi amigo… y tú me gustas mucho. ¿Alcanza esa razón?

—¡Oh no, por favor! Déjenme fuera de esto —los interrumpió Samir, tapándose los oídos con teatralidad—. No quiero escuchar nada más.

—Arriba, Marcel, tócanos algo —sugirió Melissa uniéndose a ellos, mientras agarraba el brazo de Samir.

—¿Qué te gustaría escuchar? —preguntó Marcel, mirando a Sofía.

—Pues no lo sé, sorpréndeme.

—Vale, entonces escojo yo.

Arrastró una silla, se sentó y tomó la guitarra con confianza. Sus dedos rozaron las cuerdas con una cadencia pausada e íntima. Antes de comenzar a tocar, le lanzó a ella una sonrisa preciosa.

Los primeros acordes le resultaron familiares a Sofía, aunque no lograba identificar la melodía… hasta que lo escuchó cantar:

♪ De qué callada manera se me adentra usted sonriendo,

como si fuera la primavera… Yo muriendo ♪ [20]

Sofía cerró los ojos. Aquella era una canción hermosa de Pablo Milanés. Una que su padre solía cantarle a su madre a cappella   por la casa. Era difícil hacerle justicia en otras voces, sin embargo, la voz de Marcel la sorprendió.

Cantaba bien. Tocaba bien. Cocinaba bien. Se veía bien… y la miraba así… así.

«¿Qué es lo que está mal aquí? ¿Por qué este hombre está solo?» Pero decidió no buscar fantasmas, no analizar y simplemente dejarse llevar, cantar y sentir. Al fin y al cabo, ¿por qué tenía que haber algo mal?

***

Pasada la medianoche los amigos de Marcel comenzaron a despedirse. Sofía pensó en pedirle a Samir que la llevara a casa, pero al verlo tan entretenido con Melissa decidió no interrumpir. Marcel se acercó, notando su mirada perdida hacia ellos, y redirigió la suya hacia la pareja.

—Se ven bien esos dos —comentó con media sonrisa.

—¿No te molesta? —preguntó Sofía, directa.

Él pareció sorprendido. Se inclinó un poco hacia ella, retirándole con suavidad un mechón de cabello que se había posado en la comisura de su boca.

—No, para nada…—Se mordió el labio—. Ya veo que Melissa te contó bastante.

Sofía alzó los hombros con un gesto ambiguo.

—Algo se le escapó… aunque no tanto como a Juan con esa historia adolescente de los veintisiete de diciembre.

Marcel dejó escapar una carcajada que interrumpió tapándose la boca con la mano.

—¿Entonces ya sabes por qué te insistí tanto para que vinieras hoy?

Sofía se cruzó de brazos y puso los ojos en blanco.

—La verdad no sé si sentirme halagada o decepcionada.

—¡Dios! Con amigos como Juan, no necesito enemigos. —Se balanceó en su posición metiendo las manos en los bolsillos—. Pero ¿qué te puedo decir? Eres mi doctora…, honestamente, con ese plus  le ganas a todas las citas anteriores.

En ese momento, Samir y Melissa se acercaron a despedirse.

—¿Quieres que te lleve? —preguntó Samir a Sofía, dedicándole a Marcel una sonrisa amable que no terminaba de ocultar la advertencia.

—Ya la llevo yo… tú atiende lo tuyo —respondió Marcel haciendo un ademán hacia Melissa que se llevaba a Sofía tomada del brazo con disimulo.

—Tenle paciencia… vale la pena. Al menos date el chance de conocerlo —le dijo Melissa a Sofía en tono bajo.

Sofía negó con la cabeza, divertida y escéptica a la vez. En la entrada del jardín, Marcel y Samir también se despedían.

—¿Qué tanto la conoces? —preguntó Marcel a su amigo casi en un susurro.

—Lo suficiente para decirte que es una mujer bastante difícil… y jodidamente extraña —respondió Samir con rotundidad.

—Gracias a Dios —espetó Marcel ufano, volviendo la vista hacia Sofía con expresión de curiosidad.

Samir sonrió, relajando los hombros, mientras le hacía un gesto cómplice a Melissa que ya bajaba apresurada las escaleras del portal.

***

Por fin se quedaron solos en aquella casa enorme, ahora en silencio. Había cierto desorden, copas olvidadas, platos sobre la mesa, cojines fuera de lugar. Sofía, casi por instinto, comenzó a ayudarlo a recoger mientras Marcel apilaba algunos trastes y abría otra botella de vino.

—¿Mañana trabajas? —preguntó él, sirviendo ambas copas al detenerse en el reloj de la pared—, o sea, ¿hoy?

—Y temprano. —Sonrió ella con resignación.

—¿No alcanzas a terminarte este vino conmigo?

—Depende… —dijo Sofía, agarrando una copa— de si logras mantenerme entretenida.

Marcel sonrió ante aquel  sí  disfrazado de condición y la tomó de la mano para guiarla hasta la sala. Colocó la aguja en el tocadiscos y una melodía suave empezó a llenar el silencio entre los dos.

—¿Bailas conmigo?

Ella apretó los labios mientras sentía el rubor cálido en sus mejillas… pero seguro que era por el vino.

—¿No te parece que esa música es demasiado romántica para…?