Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXV. Nuevos sabores #3
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XXV. Nuevos sabores #3

Sofía corrió un poco la cadera y le hizo espacio. Sorprendida, podía ser, pero intimidada jamás.

—Melissa. Mucho gusto— dijo la mujer extendiendo su mano—. Soy amiga de Marcel hace muchos años… supongo que su mejor amiga.

—Sofía. Encantada.

—Estuvimos comprometidos hace tiempo, pero no queríamos las mismas cosas y no funcionó. Sin embargo, como amigos ha salido genial.

«Joder. Supongo que esta noche, una simple cena ya no será», pensó.

Un escalofrío le subía por la espina dorsal —uno de esos que suelen poner a una en alerta cuando otra mujer, segura y bella, pisa con ventaja el mismo territorio.

Aun así, no había incomodidad; a Sofía le encantaba la gente que no daba vueltas; así que disimuló el efecto de la estocada con un sorbo pequeño.

—¿Tienen algo? —preguntó Melissa

—No. —Sofía se sonrió—. Solo somos… casi amigos. De hecho, soy su doctora.

—¡Oh! ¿Tú eres la neuro?

—Ajá.

«Eso explica por qué regresó tan tarde de la consulta», pensó Melissa.

—¿Y… recién lo conoces?

—¿A Marcel?

Melissa asintió.

—Sí. Se puede decir que sí.

—Él es una gran persona… con un pasado compli…

—Eh… Mel —interrumpió Juan, ya un poco pasado de vino, asomando la cabeza como un niño curioso—, venga, preséntame a la cita misteriosa.

Melissa le clavó una mirada de advertencia —cortante, casi súplica de cállate ya —, pero él ni lo notó.

—¿Cita misteriosa? —preguntó Sofía divertida.

—Juan, vete a otro sitio —le sugirió Melissa, sin perder la sonrisa.

—Cita misteriosa, sí —insistió él—. No es un secreto para nadie, así que te lo puedo contar.

Todos los años, el veintisiete de diciembre, nuestro querido Marcel invita a una chica distinta.

—La señaló con la palma abierta hacia arriba— y cada año trae a una más bonita que la anterior. Ese es el reto.

Melissa le lanzó otra mirada de eres hombre muerto  que Sofía captó al instante, pero, contra todo pronóstico, ella solo soltó una carcajada.

—Oh… pues bueno. —Se volvió hacia él, entrecerrando los ojos—. ¿Y tú cómo te llamas?

—Juan. Me llamo Juan.

—Bueno, Juan… ¿y superó el reto este año o no?

—Superado con creces —dijo él, socarrón, tendiéndole un aperitivo ensartado en un palillo.

—Uff, ¡qué alivio! —respondió Sofía colocándose una mano en el pecho con teatralidad y aceptando el obsequio con la otra.

Los hombros de Melissa se relajaron al notar que Sofía era emocionalmente funcional.

—Es un tonto. No le hagas caso —alcanzó a decirle, justo cuando Marcel se acercó.

—Ya veo que se conocieron… —Sonrió—. ¿Cómo va todo?

—Que te lo diga tu doctora —respondió Melissa, poniéndose de pie—. Me falta invitarla a un café sin sabotajes de testosterona… y te diré con más seguridad.

Y se fue con pasos elegantes, en tanto Marcel se quedaba de nuevo embobado frente a Sofía, recostado a la viga del columpio.

—¿Todo bien?

—Extraordinariamente bien —dijo ella, con una sonrisa de triunfo, mientras mordía una aceituna del pincho que le había dado Juan.

—Ven conmigo —le pidió Marcel—. Quiero que pruebes algo.

Sofía dejó que la copa oscilara un segundo entre sus dedos antes de tomarse el último trago. La dejó en la mesita de al lado y le tomó la mano.

Marcel la condujo hacia una esquina de la cocina, donde la luz era más cálida y el bullicio del resto se diluía.

Sobre la encimera, una bandeja plana de porcelana blanca aguardaba con finas láminas de res cruda bañadas en un hilo de aceite de oliva, salpicadas por ralladura de queso parmiggiano reggiano  y gotas de limón recién exprimido que brillaban como pequeñas joyas.

—No…, de ninguna manera —se quejó Sofía, retrocediendo en seco, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Yo no voy a probar eso.

Marcel sonrió sin perder la ternura y colocó su dedo índice sobre los labios de ella.

—Shhh… —susurró—. Solo cierra los ojos y abre la boca.

Sofía negó unos segundos más, pero la media sonrisa la traicionó. La intriga le podía más que el orgullo. Así que por fin cerró los ojos y abrió despacio la boca.

Él tomó el tenedor, enrolló con precisión un pequeño fragmento y lo acercó hasta posarlo sobre su lengua.

—Ahora… ciérrala —le dijo en voz baja—. No mastiques rápido. Déjalo vivir un segundo dentro de ti.

El sabor la tomó por sorpresa. Primero el limón punzante, luego la suavidad del aceite, el golpe salado del queso desintegrándose y, al final, algo metálico, difícil de definir, pero muy placentero.

Al principio hizo una mueca leve —resistiéndose—, pero enseguida su expresión cambió; los hombros se relajaron y los labios se entreabrieron sutilmente.

Marcel la observaba fascinado, con el tenedor suspendido en el aire. Cuando ella abrió los ojos, él estaba allí, muy cerca, sus narices hacían contacto, y sus ojos se gritaban muchas cosas.

—¿Qué te ha parecido?

Y en la última sílaba de la pregunta, sus labios se rozaron en una insinuación milimétrica, que fue suficiente para que el pulso de Sofía se desordenara por completo y se olvidara de cómo sostenerse otra vez.

Ella bajó la cabeza, mordiéndose el interior de la mejilla, y le respondió entre dientes.

—Espectacular… quiero más.