Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXV. Nuevos sabores #2
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XXV. Nuevos sabores #2

—Estás…—dijo él acercándose a su oído, después de rozarle la mejilla con un beso—, preciosa.

Sofía sonrió con discreción.

—Y tú… —lo recorrió despacio y sin disimulo, de arriba a abajo—, muy artista plástico ahora mismo.

—Acabas de hacerme muy feliz apareciendo así —respondió él extendiéndole la mano—. Ven conmigo que te presento a algunos amigos y luego te hago un tour  breve por mi casa de thriller .

La guio hasta la cocina, le sirvió una copa de vino y, a quienes se cruzaron los presentó con naturalidad como si la conociese de hacía muchos años. Una amiga , decía.

Melissa, Román y Juan estaban en una esquina negociando la música cuando Román advirtió su presencia.

—Cita misteriosa confirmada —susurró haciendo un ademán hacia ella con la barbilla.

Melissa la traspasó de lejos con mirada de rayos X y sonrió, intrigada pero complacida. «Siempre ha tenido buen gusto el muy cabrón», pensó, haciéndose un guiño a sí misma mientras se reorganizaba sus rizos largos y rojos frente al espejo de la sala.

Volvieron al portal. Sofía se detuvo frente al columpio; aparte de cliché romántico, le pareció una esquina triste y reconfortante al mismo tiempo. Lo empujó con un dedo y sintió cómo chirrió levemente.

—Tengo que pintarlo —dijo él—, y engrasarlo un poco.

—Engrasarlo, sí —respondió ella—. Pero no lo pintes. Dice muchas cosas así.

—¿No se supone que el melancólico soy yo? —preguntó con ironía, mientras seguía consternado mirándola.

Dieron un paseo lento por el jardín delantero. Marcel le contó que la casa se la había comprado a un americano de ochenta años que había hecho mucha resistencia para venderla, pero que se había quedado solo y ya no tenía cómo impedir que se viniera abajo.

Había que restaurarla completa, pero era hermosa.

Tenía portales amplios y techos planos que mantenían la frescura interior, sostenidos por arcos de medio punto y columnas esbeltas, gruesas, cansadas…

y ese tono blanco hueso golpeado por el tiempo y las lluvias del Caribe, le daba el toque de misticismo preciso.

—Me costó convencerlo —dijo—. Aceptó hace apenas unos seis meses. Yo es que tengo un apartamento en La Habana y es allí donde suelo pasar la mayor parte del tiempo cuando vengo a Cuba; tengo algunos negocios por allá… Pero últimamente me da una nostalgia rara esta comarca.

—Es una propiedad bastante grande para ser solo un capricho —comento Sofía, rozando con los dedos la pintura descascarada de una columna.

—Es para el futuro —respondió sin dudar—. Llámame ingenuo, pero espero morir en este país. Y libre.

—Creo que tienes mucha fe.

El portal rodeaba la casa por los cuatro costados, lleno de macetas y muebles viejos acomodados según la posición del sol. Un par de butacas de mimbre gastado mirando el amanecer, una hamaca orientada al oeste, una mesa de hierro negra bajo una buganvilia domada a medias.

Sofía observaba todo el lugar, extasiada y él, la observaba a ella como si fuera una obra irrepetible. No sabía por qué —no lo entendía—, pero estar al lado de esa mujer era lo único que quería en ese momento.

—Ya deja de mirarme así —le pidió ella sonrojada, cuando notó que sus ojos no se desviaban.

—Es que estás hermosa… y debo confesarte —se detuvo y le rozó los dedos, sosteniéndole la mano— que no pensé que fueras a aparecer.

—Dudé bastante…

—¿Y qué fue lo que te hizo venir al final?

—La posibilidad de descubrir a un artista plástico con pantalones de lino ancho y sandalias de cuero… que se disfraza de empresario cuando va a consulta.

Marcel le acarició la parte de la clavícula que le quedaba expuesta con la yema de los dedos, rodeó su cuello con la palma de la mano encajando el pulgar en el arco de su mandíbula y se acercó a su rostro rozándole sutilmente el labio inferior mientras hacía ese gesto suyo con la boca, justo antes de una sonrisa oblicua tironeara de sus comisuras y pudiera disimular el fuego que se le estaba subiendo a los ojos.

Sofía se sorprendió tragando saliva… Tuvo que parpadear dos veces seguidas. Pretendía que eso la ayudara a recordar cómo respirar, pero no ayudó, él lo notó, le acarició la nariz para desactivar el voltaje y siguieron caminando despacio.

—¿Cuántos años tienes, Sofía?

—Trece menos que tú.

Hizo cálculos mentales.

—¿Veintiséis?

—No, veintisiete.

—Entonces son doce… —replicó él.

—Vamos, Marcel… te queda un mes para los cuarenta.

Él soltó una carcajada franca.

—Uno va al médico buscando curarse… y sale entonces con un problema mayor.

—¿Y cuál sería ese problema si se puede saber? —preguntó ella socarrona.

—Pues la doctora.

Sofía curvó los labios de esa manera en las que se anuncian los desastres exquisitos, y bebió un sorbo de vino.

—Tengo que darle el último toque a la cena. Hay tablas de queso y prosciutto  para picar… Date una vuelta y siéntete cómoda. Estaré contigo en cinco minutos.

—Voy a estar en el columpio —dijo ella, localizándolo con la vista por encima del hombro.

Sofía se acomodó entre los almohadones con su copa en mano y dejó que el vaivén y la brisa le organizaran los nervios. La gente seguía muy bohemia en su frugalidad, entre conversaciones bajas y risas sueltas. Excepto aquella, la mujer de la esquina —la del cigarro— que la miraba con filo.

Era delgada, elegante, un poco más alta que ella. Tenía aire de modelo europea. Nariz respingada, el cabello largo en rizos rojos y los labios bien pintados, en contraste impecable con el tono de su piel. Treinta y tantos, no muchos.

«¿Y esta mujer por qué me mira así?». Sofía le sostuvo la vista. La otra sonrió ligeramente, y, tras exhalar el humo por última vez, apagó el cigarro en el cenicero del costado y comenzó a caminar hacia el columpio.

—¿Te molesta si te acompaño?