Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXV. Nuevos sabores
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XXV. Nuevos sabores

—Ustedes nunca van a crecer, ¿verdad? —les decía Marcel mientras los abrazaba, feliz de tenerlos en casa.

—Es que no todo el mundo se pudre tan rápido como tú.

Dales tiempo —bromeó Melissa, asomando la cabeza desde el columpio de madera, su exprometida y ahora mejor amiga, que se fumaba un cigarro con las piernas cruzadas, disfrutando de la escena—.

Y para la próxima, deja la llave en algún escondite o avísanos que te vas a demorar —soltó un poco el humo con dramatismo—.

Llevamos más de una hora esperándote y no contestas al móvil.

Marcel se acercó a darle un beso en la coronilla, y luego señaló el pequeño cenicero de cerámica sobre la mesita del portal

—No se te ocurra tirarlo afuera otra vez —farfulló—. Ya sabes que odio ver colillas en el jardín.

Melissa hizo un mohín casi infantil.

—Estoy invirtiendo en el jardín, si no lo has notado —alegó Marcel cruzando los brazos.

El jardín del frente era grande y luminoso, de esos que daban ganas de caminar descalzos.

Las flores silvestres crecían en armonía y los rosales blancos y rojos delineaban par de franjas intercalados con girasoles.

En las esquinas, helechos, malangas y un limonero cargado completaban el cuadro.

Era un espacio simple, pero con gusto. Al parecer, todo lo que tenía que ver con Marcel, poseía una capacidad irritante para resultar hermoso.

—Le estás ganando la batalla al abandono —dijo Román, estudiando cada rincón como si estuviera delante de uno de sus proyectos de diseño—. Cuando te ponga las luces bajas que compraste, esto te queda de portada de revista.

—Y si arreglas ese escalón, mejor —añadió Juan, señalando el borde roto de uno de los pasos en la escalera del portal.

Melissa dio una calada más, luego apagó el cigarro en el cenicero con resignación.

—¿Y bueno? —preguntó Román, rompiendo el silencio— ¿Tendremos hoy invitada misteriosa?

—Es veintisiete de diciembre —interrumpió Juan—. Desde que Mel salió de la ecuación, siempre hay invitada misteriosa.

Marcel miró hacia Melissa que levantaba las cejas, luego al jardín y devolvió la vista a sus amigos.

—Tal vez —dijo, con ambigüedad en su expresión—. Si decide venir. Esta es… un poco complicada. —Sonrió.

Melissa chasqueó la lengua.

—¿Y quién es esta ?

—Una mujer bastante irascible, que me incomoda más de lo que me gustaría y que aún no sabe que le gusta la carne cruda. —Y les sonrió así, dejando sin aire a quien lo mirara de frente

El columpio crujió cuando Melissa se disponía a relajarse más.

—Suena al tipo de mujer que necesitas, pero que se te resiste. ¿Y de dónde salió? —le preguntó intrigada.

Marcel se giró, apoyando el antebrazo en el marco de la puerta.

—Tranquila, Mel. Dudo mucho que venga…

—¿Y cómo te fue en la consulta hoy? —le preguntó con preocupación.

—Muy bien. Estoy entero. —La sonrisa se le ensanchó al recordar a Sofía.

—Síguetela dando de porno star  y verás —bromeó Román.

—Oh, por Dios… ¿no será la causante de tu cefalea la invitada misteriosa? —preguntó Melissa poniendo los ojos en blanco.

Marcel sonrió por partida doble. Primero, porque era cierto que tenía la costumbre —desde que había terminado con ella hacía seis años ya— de invitar a una chica distinta cada veintisiete de diciembre a la cena con sus amigos, y luego no volver a verla; y segundo, porque ni siquiera recordaba el nombre de la acróbata responsable de aquella cefalea unos días antes. «Eso, Marcel. Muy elegante todo».

—Pónganse cómodos, sírvanse lo que quieran… Voy a ducharme y me pongo con la cena.

Cuando iba de camino a su habitación, Melissa se le acercó con discreción.

—Marcel, espera… —Lo agarró por el antebrazo—. Por fin conseguí hablar con Paola.

Él se recostó a la jamba, respiró hondo y cerró los ojos.

—Lo siento —dijo ella, bajando la voz—. Dice que no va a venir, que puedes cancelar su boleto… y que, si quieres volver a verla, tendrás que regresar.

Los ojos de Marcel se cristalizaron.

—Hey. —Le sujetó los hombros con firmeza—. Dale un tiempo. Es una reacción completamente normal. Ya se le pasará.

Marcel asintió con los labios apretados sin decir una palabra y empujó la puerta de su habitación mientras Melissa volvía hacia el columpio con la frustración a cuestas por no poder hacer más por él. «Ojalá y venga la misteriosa irascible, para que se distraiga».

***

Sofía había caminado veinticinco minutos para que la mente se aclarara y no fuera la curiosidad la que decidiera por ella, pero no funcionó.

Abrió la puerta de su casa, dejó caer el bolso junto a la mesa de entrada y se desplomó en el sofá con toda la intención de ignorar que Troya estaba a punto de arder y que retirarse a tiempo, podría ser una victoria.

«¿Voy o no voy?». Taquicardia sinusal. Manos húmedas.

Estaba experimentando otra vez esa disautonomía que conocía demasiado bien y que había jurado esquivar.

Un hombre como Marcel no debía irrumpir en su vida ahora.

No cuando se había prometido cero suicidios emocionales y una temporada de paz mental sin interrupciones.

«Aquí no habrá regla de una sola vez . No porque no pueda sostenerla…

sino porque yo misma voy a querer romperla».

Con un hombre así no habría una única vez  en nada.

No sabía por qué estaba tan segura, pero lo estaba.

Nada más había que verlo. Solo tres encuentros previos —casi inevitables— le habían bastado a sus alarmas emocionales para apagarse y firmar cualquier proposición que apareciera sin leer la letra chica.

Decidió tomar una ducha y cuando salió del baño, se dejó caer en la cama. Los párpados se le cerraron al instante.

Dos horas después despertó sobresaltada. En la pantalla del móvil vio que ya eran las 8:15 p. m. «Ya es tarde… Tal vez es una señal».

Se giró al otro lado para continuar durmiendo, pero, volvió aquella imagen despiadada.

La sonrisa embriagadora, el gesto que hacía con los dientes y la lengua sobre sus los labios carnosos, su boca casi rozando la de ella, las manos grandes que parecían saber dónde terminaba la calma y empezaba el fuego.

«Sí, es una señal —se corrigió—. Mueve el cuerpo, Sofía. Vámonos a ver cómo arde Troya».

***

Un taxi la dejó frente a la reja abierta.

La casa, blanca y despintada, flotaba en la penumbra de la esquina silenciosa, custodiada por árboles sin podar demasiado crecidos para resultar tranquilizadores.

Sofía pagó al chofer, respiró profundo y avanzó.

El portal se veía apenas iluminado; dos o tres personas se movían con lentitud arrastrando conversaciones en voz baja.

Atravesó el sendero corto del jardín, subió los escalones y se detuvo un poco insegura frente a la puerta principal.

Había poca gente, pero cada cual lucía inmerso en su propio mundo.

Al fondo de la sala, a su derecha, una estantería descomunal cubría la pared repleta de libros desde el piso hasta el techo.

En una esquina, un tocadiscos clásico reproducía un vinilo de Guns N’ Roses.

Las paredes sostenían pinturas grandes, sin demasiados adornos alrededor.

Las luces eran tenues y bajas, de esas que favorecen las confesiones o los silencios prolongados.

Nadie volvió la cabeza al verla allí. A ninguno parecía llamarle la atención su llegada.

Las ganas de darse media vuelta y salir huyendo se le instalaron enseguida, pero, al mismo tiempo, tenía la extraña sensación de que la vida le estaba pidiendo un poco de fe antes de mostrarle las cartas.

Cruzar aquel umbral podía terminar en una simple cena, en un error monumental o, peor aún, en una historia nueva.

Observó aquellos rostros desconocidos, las risas ajenas, las copas alzadas... hasta que, al fondo de un pasillo largo que atravesaba la casa de lado a lado, lo vio. Y maldita sea. Parecía parte de la decoración el muy...

Marcel conversaba con dos hombres junto a la encimera de la cocina, de brazos cruzados, con un delantal negro anudado sobre una camisa oscura con las mangas remangadas.

El pantalón de lino beige caía sobre unas sandalias de cuero gastadas que, por supuesto, en él parecían una decisión estética y no simple comodidad.

Encima, sonreía como si aquello no tuviera consecuencias.

No era un dios griego, ¡qué va! Era bastante peor.

Era un hombre de carne y hueso que no necesitaba presumir de nada para que todo el mundo terminara mirándolo igual.

Y para rematar la faena, destilaba ternura por los cuatro costados.

Estaba tan guapo que era difícil soportarlo.

Ella dudó de nuevo —seguía a un palmo de darse la vuelta fácil a su nueva vida calmada y cronometrada— pero en medio de ese debate interno, él levantó los ojos.

«Ay, Dios, esos ojos…» y haciendo con ellos un barrido de 180 grados, la encontró.

Sofía vio el gesto inequívoco de sorpresa y alegría en su rostro y, en ese minuto, las ganas de mirarlo un poco más de cerca la hicieron por fin cruzar el umbral y avanzar por el pasillo.

Él dejó la copa sobre la encimera, desabrochó el delantal, lo soltó sobre el respaldo de una silla y, sin apartarle los ojos, se abrió paso entre la gente como si solo existieran esos siete u ocho metros que lo separaban de ella. «Ella no es consciente de sí misma», pensaba mientras la observaba.

Sofía llevaba un pantalón negro, suelto, de corte ancho y ajustado a la cintura que contorneaba sensualmente sus caderas sin apretarlas.

Un top satinado color perla cuyos tirantes finos caían sobre sus hombros, tirando de la tela y formando un escote drapeado que insinuaba más de lo que mostraba, encima, un blazer  a juego con el pantalón, abierto al frente.

El cabello, recogido con descuido bien calculado, dejaba caer algunos mechones que le rozaban el cuello…

y, por supuesto, sus lentes de marco negro sellaban la expresión sofisticada que dejaba al andar.