Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXIV. Finge demencia #2
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XXIV. Finge demencia #2

—Voy a estar un tiempo largo. Tengo proyectos y negocios pendientes por acá…, pero todo depende.

Sofía asintió, neutralizando la comisura de la boca. «Genial. Nada de planes a largo plazo».

—Pues muy bien… me alegro de que tengas una vida tan… diferente . Puedes sentirte afortunado —dijo, poniéndose de pie mientras organizaba el escritorio—. Ahora sí terminamos acá.

Él se levantó casi al mismo tiempo. Parecía que iba a abrirle la puerta, pero, en cambio, se interpuso justo en su camino. Ella chocó con su pecho y rebotó levemente. Levantó la vista. «Por Dios… qué alto es».

—Quizás invitarte a una fiesta esta noche en mi casa sería pedir mucho… y demasiado pronto —dijo él, muy cerca de su rostro, curvando la comisura con perversión—, pero no me sale mucho eso de ignorar algunos impulsos.

Sofía frunció el ceño.

—¿Una fiesta en tu casa?

—Me reúno con algunos amigos los veintisiete de diciembre, siempre que estoy en Cuba. Despedimos el año, nos ponemos al día, tomamos vino… descargamos un rato con una guitarra.

—Pero yo no soy tu amiga.

—Eres mi doctora —musitó él, bajando un poco la voz—. Eso te hace casi… más imprescindible.

Sofía contuvo el aire par de segundos antes de hablar. La idea le resultaba atractiva, pero era muy prematura.

—No creo que sea buena idea.

Marcel ladeó la cabeza, sin apartarle la mirada.

—Las buenas ideas no siempre son las más interesantes —murmuró guiñándole un ojo.

Ella trató de esquivar el azul profundo de sus ojos, alcanzando el picaporte con una mano en tanto lo apartaba apenas lo suficiente para salir.

«Definitivamente, mala idea» pensó, pero los latidos en su cuello no opinaban lo mismo.

—Haré un Trofie       al pesto  que no deberías perderte y un carpaccio       de res  con limón, rúcula, aceite de oliva y queso parmesano, que —se pasó la lengua por los dientes con sensualidad, mientras giraba su torso hacia ella—, te vas a morir.

«Ah, porque también cocina», pensó ella.

—No soy fan de la carne cruda.

—Dices eso porque te quedas en lo que tu cerebro te hace sentir cuando dices carne cruda . Tienes que probarlo con los ojos cerrados.

«¿Que sabrás tú del cerebro?… ¿No te basta con pintar lienzos en Florencia, cocinar de maravillas… tener esa estatura de muerte y…?». Sofía desvío los ojos, tratando de rodar el llavín, rozando sin querer el costado de su torso con el antebrazo.

—¿Vas a venir? —insistió él, sosteniéndole con suavidad la muñeca justo cuando bajaba la manilla de la puerta.

Y en ese gesto, su pelo negro, espeso y ondulado, cayó un tanto desordenado sobre su frente haciéndolo lucir despiadadamente sexy.

Los párpados de Sofía fibrilaron.

«Te mereces el intento, Sofía. Ya tienes demasiada curiosidad. ¿Qué puedes perder?».

—Iré, pero solo un rato. Tengo que volver temprano a trabajar en mi libro.

—¿Tu libro?… Uff, supongo que me queda mucho por saber de ti aún.

—Es que de mí tú no sabes nada. Anótame la dirección —le pidió ella, sacando un modelo de prescripción médica en blanco de su bolsillo.

—Ya sabes dónde vivo.

—Oh, ¿es en aquella casa de thriller  donde te vi la primera vez?

—Ahí mismo —dijo él, ufano—. Igual, si me das tu número de teléfono, puedo enviarte las coordenadas exactas y así no te pierdes… o, también puedo ir a buscarte…

—No será necesario —lo interrumpió Sofía.

—Ok, entonces ¿nos vemos a las 8:00 p. m.?

—No prometo nada... puede ser... —respondió ella con el impulso de salir corriendo, tomando el control sobre su cuerpo.

Pero él, de inmediato, apoyó las manos contra la puerta, una a cada lado de ella, y terminó de borrar la escasa distancia que aún quedaba entre los dos. Le sostuvo la mirada y después, en un gesto tan inesperado como desarmante, le alzó la barbilla con las yemas de dos dedos.

Sofía tuvo que cerrar los ojos y tragar saliva.

Sintió cómo él recorría despacio la línea de su rostro hasta detenerse junto a la comisura de sus labios y permaneció allí un instante más, con la vista fija en su boca, antes de apartarle detrás de la oreja un mechón de cabello que le caía sobre la cara.

Aquel roce fue suficiente para alterarla.

Y, cuando él le rozó la nariz con una ternura que no había visto venir, terminó de descolocarla por completo.

A Sofía se le nubló la mente y, sus piernas, de pronto, no parecían ser capaces de sostenerla. Colocó las palmas de sus manos en la puerta donde se apoyaba su espalda, sintiendo un fuego inoportuno arderle en las entrañas. «Respira».

—¿Estás nerviosa verdad? —sonrió él con descaro.

—No —respondió ella sin vacilar, sintiendo su aliento entre los labios.

—Estamos demasiado cerca —le susurró él al oído, mientras le deslizaba el dorso del pulgar por la piel de su cuello—. Puedo respirar esa mentira sin tener que esforzarme.

«Finge demencia, Sofía… Derrotada jamás».

—Vale… —se rindió por fin él, inclinando la frente hasta que sus labios quedaron alineados en diagonal—. Solo quiero que sepas que es una cena informal… puedes ir cómoda. Si de verdad decides ir, me harás muy feliz.

Esa última «z» le rozó a ella el labio superior con una precisión espeluznante.

—Me tengo que ir —advirtió Sofía con la voz temblorosa, al notar la sequedad en su boca.

—Claro. —Marcel se apartó, frunciendo los labios para tragarse la carcajada de triunfo que pretendía escapársele, en tanto le abría la puerta despacio, sin romper el contacto visual.

Y la vio alejarse, traspasar el umbral principal de la clínica… y voltearse, apenas, con una casi sonrisa, antes de doblar hacia la salida.