XXIV. Finge demencia
Sofía salió al recibidor a saludar a los pacientes y escaneó a los presentes con disimulo.
Él no estaba. Podía ser que lo hubiese citado un poco más tarde…
o que ya se sintiera bien y hubiese decidido no ir.
La segunda opción le desordenó algo inesperado por dentro.
Por un lado, le laceraba el ego y la expectativa; por el otro, le traía cierta paz.
«No necesito distracciones ahora. No las quiero».
Pero esa certeza, sin embargo, tenía fisuras.
A las cinco en punto ya había visto a catorce.
Uno canceló. Quedaban dos turnos y, afuera, solo un señor mayor esperaba con su hija.
Sofía supuso que Marcel no llegaría y, con esa conclusión como dique, concentró toda su energía en atender bien al hombre que se quejaba de temblor en reposo y rigidez al andar; al cual debía interrogar y explorar con cuidado, pensando en una posible enfermedad de Parkinson.
Sabía que esas eran sospechas muy difíciles de comentar con los pacientes.
Le indicó un grupo de exámenes complementarios y lo citó para una próxima consulta.
—Gracias, doctora. Nos vamos más tranquilos —dijo la hija, agarrando a su padre por el brazo cuando se disponía a la salida.
Sofía los despidió, cerró el historial clínico y comenzó a guardar sus cosas en el bolso, cuando una voz grave —esa voz grave— le interrumpió la quietud.
—No tan rápido, doctora. Aún le queda el último paciente.
Sofía levantó la vista. En la hendidura de la puerta, notó asomarse aquel rostro de rasgos angulares y labios bien dibujados que se curvaban frente a ella en una sonrisa preciosa.
Sintió un leve desvanecimiento en sus piernas, pero se mantuvo erguida, intentando permanecer estoica, lo cual no resultaba nada fácil.
Aquel ser superaba cualquier definición terrenal de hombre apuesto sin preocuparse demasiado por conseguirlo.
Devolvió la carpeta a la mesa, apoyó las manos abiertas sobre el escritorio, luego se acomodó los espejuelos y lo miró de frente, por fin.
—No me gustan los pacientes impuntuales.
Un soplo entró por la rendija de la ventana y le movió levemente los cabellos.
—¿Y los pacientes amables? —replicó él.
Sofía alzó una ceja y volvió a hundirse en su silla.
—Creo que fui el primero en llegar —continuó él dando unos pasos hacia adelante—.
Estaba aquí incluso antes que tú. Pero la verdad es que noté que las otras personas tenían más necesidad de verte que yo, digo…
, más asuntos graves que tratar —aclaró mordiéndose el labio inferior—, así que decidí esperar hasta el final.
—Señaló la silla vacía frente a ella— ¿Puedo?
Ella asintió haciendo un gesto con la mano y él arrastró la silla con delicadeza.
—¿Entonces esperaste más de cuatro horas solo porque eres amable? —preguntó ella esquivándole un segundo la mirada.
—Por eso… y porque sabía que mi consulta iba a ser la más larga.
—¡Qué considerado!
A Sofía se le escapó una sonrisa que intentó domesticar al instante. Marcó su nombre en la lista y dejó que el silencio los acomodara durante unos segundos.
—Bueno, Marcel… ahora sí. ¿Cómo te has sentido? ¿Qué tal los dolores de cabeza?
Él le sostuvo la mirada con toda la intención de ponerla nerviosa.
—Estoy de maravillas.
«Se te nota muchísimo… créeme», pensaba ella.
—Me alegro —dijo con esa elegancia impostada para no tropezar con sus propios latidos frente a él.
Se recolocó el estetoscopio en el cuello, innecesariamente y se acomodó el pelo. «Ay, contrólate, Sofía, que los nervios no son un accesorio muy elegante que digamos».
Al observarlo con un poco más de calma, Sofía reparó en su barba apenas insinuada, que parecía improvisada, pero que no lo era en absoluto, y en el polo gris oscuro que se tensaba sobre sus bíceps, como si la tela también estuviera intentando disimular… y fallando con bastante dignidad.
Sofía sintió un poco de calor. «Ufff… ¿pero esto qué es, por favor?». Meneó la cabeza para volver a su centro.
—¿No has vuelto a tener ningún incidente similar?
—Espontáneo no… pero no he vuelto a tener sexo, así que no canto victoria.
Sofía se mordió, de forma inconsciente, el labio inferior; él notó el gesto.
—¿Estás esperando a que te dé permiso para tener sexo otra vez? —le preguntó filosa.
—No... Es otra cosa lo que estoy esperando.
Su respuesta tardó un instante en alcanzarla. Solo entonces desvió la mirada desde sus labios hasta sus ojos.
—Estás de alta; siéntete libre.
—Ser libre es mi estado natural, doctora —se humedeció los labios, apoyando el antebrazo en el escritorio para inclinarse un poco más hacia ella. Cuando estuvo lo bastante cerca, sonrió.
A Sofía se le encendieron todas las alarmas, pero se quedó estática sin separar sus ojos de aquellas manos grandes y fuertes, perdiéndose el trayecto marcado por el relieve de sus venas en el dorso.
Otra pequeña detonación recorrió sus arterias.
Pero consiguió alzar el mentón y clavar los ojos en él con la dignidad que le quedaba, en tanto lograba apoyarse en el respaldo, con sorna.
Él dejó caer los hombros y la imitó, divertido.
—Te voy a dejar por escrito un tratamiento de mantenimiento y otro de ataque, por si reaparece la crisis —retomó Sofía en modo profesional—. Además, una lista de medidas para evitar factores desencadenantes.
—Esa lista de medidas me preocupa —dijo él, cruzándose de brazos.
Sofía lo ignoró ladeando la cabeza mientras escribía. Le hizo un par de preguntas focalizadas y luego cerró la carpeta intentando parecer irreverente.
—Eso es todo. Hemos terminado.
—¿Cómo que todo ? —protestó él—. Si ni siquiera me has tocado.
—No es necesario. De hecho, si no viviéramos en Cuba, esta consulta habría sido por videollamada. Lo que pasa es que aquí todavía no tenemos la tecnología; el wifi es un símbolo y los datos móviles, una utopía. Solo por eso estás aquí…
—¿De verdad no quieres saber más nada de mí? —la interrumpió Marcel, casi rozándole los dedos de la mano derecha.
Sofía sintió un cosquilleo en la nuca y, sin planearlo, lo diseccionó con la mirada. Su expresión era divergente, transpiraba control y, a la vez, ternura. Su postura elegante, sobria, y sofisticada la hizo sentir un poco en desventaja.
—¿Y por qué querría yo saber más? —le preguntó ella, ignorando lo fuerte que le latía el corazón— ¿Es que eres una celebridad y no me he enterado?
—No… pero soy tu paciente. Y siento que no has desarrollado bien el interrogatorio —se defendió—. Tengo una hermana doctora que siempre ha dicho que el noventa porciento de los diagnósticos están en las preguntas.
Sofía puso los ojos en blanco y recordó a Maritza: «Si no le preguntas todo haciendo la historia de la enfermedad actual, estás fallando como semióloga».
—Ya tú estás diagnosticado, pero ya que insistes, podemos indagar en otros factores de riesgo aparte de la edad… — concedió ella tragando saliva mientras colocaba una mejilla sobre la palma de su mano—¿A qué te dedicas, Marcel? Aparte de a eso de andar tentando o haciéndole trampas al destino.
—Soy profesor de Artes… y pintor, creo.
Sofía se sorprendió de una forma bonita. Siempre había sentido debilidad por los artistas y sus sensibilidades; en ese mundo encontraba espejos y matices que rompían estereotipos y encajaban mejor con su idea de libertad.
«Ay no… no, no, no, no». Fue casi una súplica interna.
—¿Artista plástico? ¿En serio? No tienes pinta.
—¿Por qué? ¿Por qué no vengo a consulta médica con pantalones de lino ancho y sandalias de piel…?
—Creo que te falta la melancolía.
—Eso lo dices porque aún no me conoces bien —espetó él.
—Bueno… ahora que te observo bien, en tu muñeca derecha sí hay pistas —dijo al notar un par de manillas de cuero que, de repente, le resultaron exóticas—. Se me hace raro no haber coincidido; yo ando de exposición en exposición, de teatro en teatro, de concierto en concierto…
—Es que doy clases en Florencia, Italia. He vivido más de la mitad de mi vida allá.
«Florencia», se repitió hacia dentro, y el pulso le lanzó una pequeña advertencia que no estaba en el protocolo.
— Wow … ¿y qué tipo de clases das exactamente?
—Me especializo en talleres de estudio de la figura humana y emoción pictórica. Tengo un pequeño estudio-taller en Oltrarno.
—¿Ol… ol… qué? —preguntó Sofía pellizcándose los labios, ya más extasiada de lo que le habría gustado con la historia psicosocial que había dejado a medias el día de la guardia.
«Ay, Maritza, deja que yo te cuente».
—Oltrarno —respondió él, con aquella voz que parecía arrastrar siglos de vivencias interesantes—.
Significa al otro lado del Arno . El Arno es un río que corta a Florencia como una cicatriz hermosa.
El centro de la ciudad es el museo que todos quieren ver; Oltrarno es el detrás de escena.
—Marcó comillas con los dedos—. Allí somos lo que somos y no necesitamos que nos miren para saber que existimos.
Los turistas suelen dejarlo de último y muchas veces no llegan… pero los que llegan se deslumbran.
La capacidad de asombro de Sofía estaba siendo desafiada; se sintió dentro de una película y, por supuesto, desconfió de su suerte. Ahora en su cabeza había más preguntas que antes, pero decidió tragárselas.
—¿Y vas a estar en Cuba mucho tiempo esta vez? —la interrogante salió sola.
«Sofía… ¡Cállate ya!».
Él leyó mucho más de lo que ella había soltado en la pregunta.
Y entonces lo volvió a hacer. Volvió a hacer ese maldito gesto con la boca que la había descolocado la primera vez que se vieron.
Retuvo el labio inferior entre los dientes durante un segundo, lo liberó enseguida y lo humedeció con la lengua en un movimiento fugaz, dejando la sonrisa como sello final.
No parecía un gesto estudiado ni seductor a propósito, tal vez por eso resultaba tan perturbador.
A Sofía le funcionaba como una señal de transición, un puente entre lo que sentía y lo que terminaba mostrando… y joder, qué bien le quedaba.