XXIII. Milagros navideños
La Nochebuena de Sofía fue un paréntesis luminoso.
La tía Olga cocinó como solo ella podía y dejó la mesa como si fuera un altar.
Pernil dorado con sazón a naranja agria y ajo machacado, congrí suelto y brillante, yucas con mojito criollo y chicharrones que sabían a hogar.
La abuela, reina del dominó, cantó doble-seis dos veces seguidas entre refranes, rezos y trampillas invisibles; y su madre, antes de la cena, alzó la copa y dio las gracias por la familia con esa ternura genuina que a Sofía le estremecía el alma y le recordaba su fortuna.
Isabel —torbellino y carcajada— cruzaba el pasillo con unos cuernos de reno mal puestos y hacía bailar a todos con villancicos de reguetón improvisados.
Así debían sentirse los lugares seguros.
Las tardes-noches del veinticinco estaban reservadas desde hacía años para las chicas.
A las cinco en punto, cual ritual ineludible, todas caían en el apartamento de Rachel y se acomodaban como en su propia casa.
Esta vez ella se había esmerado. La decoración tenía su firma de arquitecta puntillosa en todas las esquinas; guirnaldas minimalistas en verde oscuro y dorado mate, velas aromáticas alineadas por alturas, una mesa impecable con bajoplatos de mimbre y servilletas de lino atadas con ramitas de romero.
El árbol no era alto, pero cada adorno ocupaba su lugar, oropeles discretos, una estrella grande opaca, pretendiendo no robarle luz a nadie, y seis estrellitas de madera con el nombre de cada una grabado en blanco.
—Esto parece un showroom , Rache —dijo Paula rodando los ojos por todo el espacio.
—Pues no creo que haya ningún showroom con garbanzos fritos como los míos —respondió Rachel, destapando una fuente humeante.
El vino corrió lo justo para aflojar hombros y lenguas.
Se rieron de sí mismas, rememoraron anécdotas de sus diabluras y empezaron con un amigo secreto que ya tenían preparado desde días atrás.
La noche se sentía exquisita, con ese pulso de complicidad y alegría que siempre les nacía cuando estaban juntas.
Los asombros también latieron fuerte esa Navidad.
Amber fue la última en llegar y, para sorpresa unánime, no entró sola.
A su lado venía su famoso novio misterioso, el mismo que nunca se dejaba ver o que ella prefería mantener oculto.
Era un tipo de unos treinta y pocos, mediana estatura, piel blanca, cabello oscuro y expresión seria; su mandíbula cuadrada se percibía tensa y en sus hombros parecía cargar una incomodidad mal disimulada.
« Perfect match para Amber», pensó Sofía; «dos caras de la misma moneda».
—Hola —saludó él, comedido—. Soy Nelson. Gracias por recibirme.
Todas notaron a Amber apretarle los dedos como si le pasara una clave.
Hubo miradas veloces, evaluaciones en silencio y, por supuesto, una aceptación cortés que Rachel recondujo con una bandeja de quesos.
Pero no fue todo. Cuando los buñuelos quedaron sobre la mesa, justo después de la cena, Sarah y Ariel se pusieron de pie y se tomaron de la mano con una sonrisa nerviosa que terminó despertando la curiosidad de todos.
—Queremos decirles algo… —empezó ella, con su vocecita de felicidad y, sin anestesia, mostró una sortija.
Un silencio sepulcral invadió el espacio.
—Nos comprometimos —dijo Ariel—. Y queremos casarnos el verano próximo.
Sarah se sonrojó desde el cuello hasta las mejillas y las chicas se quedaron con la boca abierta en un pequeño shock . Rafa, que notó el colapso inesperado, alzó la copa y aflojó el instante.
—¡Pues enhorabuena!
Y acto seguido todos alzaron sus bebidas casi a la vez. El tintinear de los vasos hizo que la noticia pareciera más real… y menos incoherente.
Durante el intercambio de regalos hubo un silencio que se quedó resonando.
Camila abrió el suyo que venía de parte de Sofía.
Al leer en voz alta la dedicatoria, que terminaba con un Gracias por tu alegría , intentó sonreír, pero se le encharcaron los ojos.
Dijo que era de la emoción; pero Sofía supo que no era solo eso.
Camila había llegado sin Raúl; explicando que él ya tenía planes con su familia y, por lo visto, ella no estaba incluida.
La fiesta siguió, pero el ambiente ya tenía otra densidad.
Entre brindis, karaokes perturbadores y una playlist que saltaba —sin vergüenza— de Mariah Carey a la Charanga Habanera, las horas se deshicieron en un chasquido de dedos.
Poco después de las once, el sonido de un claxon detuvo el coro desafinado de voces y risas.
—¿Eso fue una moto? —preguntó Rachel escéptica mientras veía cómo Paula corría al balcón.
Abajo, una Harley-Davidson brillaba imponente en la oscuridad y Oscar, con un casco negro bajo el brazo, alzó la vista, saludó con la mano y sonrió con sus dientes de anuncio de Colgate. Las chicas se asomaron detrás de Paula. Eran un racimo de curiosidad.
—Hasta parece inofensivo… —murmuró Rachel entre dientes—. Creo que quiere caernos bien.
Sofía hizo un ademán de puede ser , pero no dijo nada. Oscar volvió a saludar, discreto, como si pidiera permiso para entrar en una foto familiar, aunque en este caso, era más para llevarse a uno de los miembros de la misma.
Paula tomó su chaqueta y besó a todas en la mejilla.
—Me porto bien —bromeó guiñando un ojo.
—No creemos en los milagros navideños —dijo Rachel con una risita insípida, mientras la empujaba por el hombro con cariño.
La vieron bajar por las escaleras, cruzar la acera y abrazar a Oscar antes de que él mismo le colocara el casco y le ajustara la hebilla con una delicadeza que se notaba desde el segundo piso. Ella subió a la moto y enseguida se alejaron con las estridencias justas.
Rachel y Sofía se quedaron un minuto más en el balcón, apoyadas en la barandilla. La noche ya enfriaba.
—Hay algo ahí —insistió Rachel con los labios fruncidos—. No sé qué es, pero hay algo.
—Lo sé —respondió Sofía.
Media hora después, cuando ya recogían vasos y apagaban velas —Rachel con su precisión y Sofía con su paciencia— vibraron los móviles. Era un mensaje en el chat .
Paula:
Chicas, no hagan planes el día primero por la noche. Tenemos « party »
en casa de Oscar. No tienen que llevar nada.
Rachel y Sofía se miraron por encima del hombro. La vela de eucalipto de la mesilla del centro agonizaba, igual que las palabras que estuvieron a punto de decirse.
—Pues… —empezó Rachel.
—Pues veremos —cerró Sofía, y sopló la llama.
***
El lunes no hubo trabajo y el martes era de consulta. A Sofía no le entusiasmaba la quietud de esos días; sin embargo, el intercambio con los pacientes —esa habilidad para entrar en sus mentes y salir con una luz nueva— le resultaba adictivo.
Llegó temprano, se acomodó en la oficina médica, dejó el bolso junto a la estantería y encendió la lámpara de mesa. Tenía diecisiete pacientes esa tarde. Abrió la carpeta, inspiró hondo y, con el primer sorbo de café, chequeó la lista.
El escalofrío que le trepó por la columna le traspasó su propia mirada. Los ojos le brillaron distinto y una sonrisa bastante fuera de lugar le traicionó la calma. De pronto, la tarde parecía volverse más interesante.
Allí estaba la premonición haciéndose cuerpo. El destino sí que tenía vías misteriosas… y la suerte, con algún empujoncito, a veces sí sabía ser misericordiosa.
Se inclinó un poco más sobre la hoja, como si pudiera acercar el futuro con los ojos.
Paciente #13: Marcel de la Torre.