Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXII. Presunto villano
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XXII. Presunto villano

Con la excusa de planear la cena de amigos del veinticinco de diciembre, Rachel y Sofía invadieron el apartamento de Paula el jueves por la tarde con una caja de pastelitos de guayaba humeantes.

Ella abrió la puerta sin maquillaje y con el pelo recogido a medias.

Esta vez el abrazo de tres se extendió unos segundos de más hasta que el olor excesivo a ambientador floral hizo toser a Sofía.

—¿Limpiaste? —preguntó esta, olfateando el aire.

—Aún no termino —respondió Paula guiándolas hacia la cocina para poner la cafetera—. Estoy perezosa hoy.

Al principio llenaron el espacio con charla ligera.

Chismes del hospital, el pitbull que Rachel y Rafa habían adoptado, lo enamorada que se veía Camila, la contracara cínica de Amber cuando le pidieron que llevara a su novio a la cena, la insinuación de Sarah sobre casarse en los próximos meses…

y, aunque Paula parecía prestar atención, apenas respondía con frases cortas desdeñosas: claro…

, qué risa… , imagínate… , rogando internamente que sus amigas no la hicieran acercarse a los bordes peligrosos que estaban ansiosas por cruzar.

Por supuesto que sus rezos no llegaron al cielo.

—Bueno. Ahora sí. Cuéntanos de tu novio —exigió Rachel, apartando su taza—. Lo siento, querida, pero no puedo estirarlo más. Nos has tenido al margen casi… tres meses —añadió con cariño, pero reclamando sus derechos de abeja reina del panal.

Paula inspiró hondo, desviando la mirada hacia el techo y alzando las cejas hasta que dejó caer los hombros.

—En primer lugar, no es mi novio. —Se sirvió más café—. Y estoy segura de que ya ustedes saben quién es.

—Yo no lo conozco —aseguró Sofía, hurgando en los vestigios que tenía en la mente de su rostro el día que los vio juntos.

—Yo sí —confirmó Rachel—. Pero solo de vista y por comentarios. Sé que se llama Oscar, y que es bastante popular. Pero habla tú, Pau, vamos.

Paula acomodó la pierna derecha debajo del muslo izquierdo y siguió con la vista una pelusa en el borde del tapete, pero Rachel repiqueteó con los dedos en la mesa y el sonido que produjo la trajo de vuelta.

—Estamos saliendo —dijo al fin—. Nos estamos conociendo y pasamos mucho tiempo juntos… A veces se queda. O yo me quedo. —Se tocó el lóbulo de la oreja—. La verdad, no le hemos puesto nombre a… esto. Nos estamos dejando llevar.

Sofía sonrió de costado, exhalando lento.

—¿Y tú quieres ponerle nombre?, o sea… ¿lo necesitas?

—Me gusta creer que no… tal vez sea verdad que no —respondió Paula con un temblor insinuándose en el labio inferior.

Sofía se quedó en silencio, diseccionando el conflicto de su amiga; era demasiado visible. Rachel, en cambio, ladeó la cabeza con una sombra de sospecha indisimulada en el rostro.

—¿Y está disponible? O sea… ¿no hay compromisos colgando ni historias a medio cerrar?

La duda quedó suspendida en el vapor del café. Paula no contestó enseguida; sabía que ahí estaba el filo.

—Supuestamente, no —contestó bajito—. No hemos entrado con detalles en ese terreno. No se ha dado la oportunidad… —dejó la frase abierta, como una puerta entrecerrada.

Sofía juntó las manos sobre la rodilla flexionada en la silla.

—No hablar también es una decisión, Pau —replicó, intentando no sonar inquisitiva.

—Lo sé. —Paula la alcanzó con los ojos un segundo—. Y me asusta escucharme en voz alta… pero estoy tratando de que no me interese saber demasiado.

—Entiendo; a veces, no saber aplaca un poco la responsabilidad por lo que sea que venga después —admitió Sofía.

Rachel carraspeó y le lanzó a su amiga una mirada de contención; pero estaba de acuerdo, y quizá por eso no se permitió su impulso natural de casamentera romántica. Se quedó en su silla, a la distancia precisa. Había algo en toda esa historia que la sobrepasaba.

—¿Te sientes bien con él, Pau? Fíjate que no he preguntado si feliz . Me basta con que sea bien .

Paula pensó en los chistes que él hacía, en su risa cuando compartían un momento divertido, en cómo él la tocaba como nadie lo había hecho…

pero también en las noches silenciosas que la acechaban cuando se iba de pronto, en esa sombra repentina que le cruzaba la mirada cuando le sonaba el teléfono y él lo colocaba boca abajo.

—Me siento…, viva —la frase salió antes que la prudencia hallara su lugar—. Y sí, no les voy a negar que a veces me falta el aire.

Sofía soltó una risa cortita.

—Eso se llama estar… —buscó las palabras— en problemas.

—En problemas, pero consciente —se defendió Paula, curvando apenas los labios hacia arriba.

—Yo lo que creo es que estás en problemas que no quieres evitar; ese hombre te gusta bastante —agregó Rachel.

—Chicas, por el momento no quiero que él sea tema —susurró Paula, rotunda—. Pero no puedo negarles que se me está colando en la cabeza.

Rachel se mordió las mejillas por dentro y se pasó la lengua por los dientes para ahogar su impulso sobreprotector.

—No es que sea un tipo alto, medio en forma y casi apuesto, aunque demasiado serio —explicó Paula—.

No es que tenga temperamento de macho alfa  ni que me arrincone contra la pared, como nos gusta a casi todas.

Tampoco es su manera de mirarme con esos ojos negros que, a veces, me dan escalofríos —suspiró, resignada—.

Es que me gusto un poco más a mí misma cuando estoy con él…

Me siento cómoda siendo yo; no tengo que estar lista  para esperarlo.

—Se acomodó en el respaldo con los brazos cruzados—.

Es tan descansado no tener que maquillarme ni hacerme el pelo todos los días para verme linda .

Él puede llegar ahora mismo y no me provoca urgencias.

Sé que, tal como estoy, podríamos terminar en la cama… o teniendo sexo sobre la encimera… y…

—Bueno, bueno… vaya que estás descriptiva —la interrumpió Sofía, divertida.

Paula sonrió.

—Solo intento explicarles, aunque no sepa muy bien por qué, la razón por la que me gusta estar con él… a pesar de todos sus misterios y silencios.

Rachel asintió despacio pero no se calló.

—Tanto silencio a veces parece que salva, pero después cobra factura cuando estalla por dentro. Entiendo que se meta en tu cabecita, pero me preocupa más que se meta en tu corazón. Solo recuerda que estamos aquí; con nosotras no necesitas disimular nada.

—Tranquila, Rache. Me estoy cuidando mucho de no hacer planes para momentos que, quizá, no lleguen nunca. Estoy siendo… no lo sé, ¿sensata?

—Al menos tienes la intención —añadió Rachel, con la mandíbula tensa; no podía evitar ver frente a ella a una Paula vulnerable, a la que no quería que un tipo tan cabrón, como estaba segura de que era Oscar, le hiciera daño—.

Así que ándate con ojo, porque siempre se empieza así, primero te atrae un poco, mucho, demasiado.

—Marcó comillas en el aire con los dedos—, luego empiezas a ver lo bueno que es en mil cosas y, después…

—Creo que no es necesario decretar el desenlace, Rache —la cortó Sofía—. No siempre es igual para todos. Aún es solo un presunto  villano; no tenemos pruebas para adjudicarle el título. Take It Easy, Girl.

—Solo quiero asegurarme de que, si va a saltar, tenga tiempo de agarrar el paracaídas.

Paula enarcó las cejas y las enfocó a ambas, entrecerrando los ojos.

—¿Ustedes decidieron intercambiar roles hoy?

Las tres rieron y, luego, se hizo un silencio necesario.

Cada una comió un pastelito sin decir nada; Paula saboreaba el azúcar en sus dedos como si no hubiera almorzado que —conociéndola— era lo más probable.

Definieron las tareas de cada una para el veinticinco, hasta que Rachel se levantó primero.

—Tengo que irme; soy una mujer de casa y mi prometido  me espera para que cocine, porque no sabe ni freír un huevo —anunció.

Sofía la imitó y se despidieron, dejando pendiente hablar un poco más del asunto… en otro momento.

***

Cuando salieron a la calle, Rachel no esperó ni los minutos de silencio reflexivo que usualmente sucedían a este tipo de charlas.

—Me da miedo lo que pueda pasar con Paula. —Giró los ojos para mirar a Sofía—. Él es… demasiado agradable, pero debajo hay otra cosa. No sé qué es, pero la hay.

—Lo vi, sí —dijo Sofía en tono preocupado—. No sé si es oscuridad o solo un silencio mal puesto. Igual, Paula está… —pensó el adjetivo correcto— ¿abierta?  Eso me preocupa y me alegra a la vez.

—Tengo entendido que es un mujeriego reconocido, que pasa por amante apasionado de dark romance … y, casi siempre estos tipos terminan siendo traumados con enfermedades mentales no diagnosticadas.

—Creo que igual estás exagerando un poco y anticipándote a los acontecimientos. Si lo piensas, este tipo de hombres también tienen sus enanos interiores y sus esquirlas frágiles —argumentó Sofía acelerando un poco el paso—. En Diego tienes un ejemplo. Yo todavía estoy sorprendida.

—Puede ser, pero la excepción es excepción por una razón… Ojalá y solo sea paranoia mía —replicó Rachel, alzando la ceja.

—Ojalá —repitió Sofía.

Se despidieron en la siguiente esquina.

***

Paula cerró la puerta con cuidado y la casa recuperó sus silencios ruidosos; reunió tazas y platos en la fregadera, puso música y siguió limpiando.

Ella era de todo menos tonta. Sabía que, cuando una estaba feliz, el sentido común solía cederle el turno al exceso de esperanza…

y le gustaba pensar que, en algún rincón del inconsciente, ya estaba tomando medidas para huir a tiempo de consecuencias que todavía no conocía, pero consideraba posibles.

«¿Y si ya he saltado… y aún no lo sé?»; pensaba, mientras se daba cuenta de que, paracaídas , no tenía ninguno al alcance.

Una canción aleatoria la estremeció. La voz inconfundible y desgarrada de Mon Laferte con Tu falta de querer .

Se apoyó en una silla y miró sus pies descalzos bañados por el agua fría. En el celular había dos mensajes de él. Uno con una foto del mar; otro con un cuando tú digas . Pero no respondió. Abrió la ventana y subió el volumen de la música.

Paula no quería estar ilusionada o, al menos, no quería que se notara.

Se lo había prometido a sí misma. Repasaba en bucle la pregunta de Rachel: ¿y está disponible?

Repasaba la respuesta a medias que dio. Repasaba la risa esquiva de él cuando el día antes le había preguntado, por qué cuando iban a su casa, siempre la recogía tan tarde.

El celular vibró otra vez. Oscar había enviado un selfie  con una palmera de fondo y un te debo un ceviche  en un texto debajo. La sonrisa que se le escapó a Paula se apagó casi antes de nacer cuando recordó que él, se había ido solo a la playa esa semana por trabajo.

«¿Y eso qué, Paula? Su vida privada no es de tu incumbencia». Siguió pasando el mocho sobre el piso mojado.

♪ La hiedra venenosa no te deja ver.

Me siento mutilada y tan pequeña.

Ven

y cuéntame la verdad,

ten piedad… ♪ [19]