XXI. El juramento hipocrático dice que…
Sofía parpadeaba más de la cuenta mientras sus labios ensayaban una sonrisa que no estaba dispuesta a sostener.
Se estiró la bata blanca sobre el scrubs , respiró hondo por la nariz e intentó mantener su expresión solemne todo lo que pudo, porque allí mandaba la neuróloga, no la mujer que, el mismo día en que se cortó el cabello, se cruzó con aquel hombre misterioso que luego se atrevió a bloquearle los pasos sobre una moto.
—Soy la doctora So….
—Con el nombre más lindo del mundo…, lo recuerdo perfectamente —la interrumpió él, riendo todavía—. La suerte es misericordiosa. Y yo que pensaba que tenía un día de mierda.
Victoria intercambió miradas con ambos, confusa.
—¿Ustedes se conocen?
—Ni tanto —aclaró Sofía—. Una coincidencia que apenas puedo recordar.
Se mordió el labio inferior, sopesando la casualidad.
—Te dije que el destino tenía…
—Vías misteriosas —lo interrumpió Sofía esta vez con media sonrisa, víctima de su propia incoherencia.
«Que acabas de decir que no te acuerdas, lista».
—Pero, por lo visto, también un poco trágicas —se apresuró a agregar—. Vamos a lo importante. Nombre completo, por favor.
Él entrecerró los ojos. La claridad del salón le molestaba.
—Marcel de la Torre —respondió Victoria, adelantándose—. Hasta aquí llegó el de la moto .
—Pero ¿qué haces, Vicky? —dijo él colocando el antebrazo sobre sus ojos— el misterio era una variable importante en la historia que tenemos juntos, y acabas de eliminarla.
Victoria puso los ojos en blanco mientras Sofía sonreía de costado consultando el historial. «Historia juntos, dice…».
—¿Edad?
—¿En serio hablar de números es necesario? —preguntó él socarrón.
—Claro. Las cefaleas a los veinte no suelen tener las mismas causas que a los treinta, ni que a los… —alzó la ceja en broma— ¿cuarenta?
—Tengo treinta y nueve, doctora Sofía —contestó resignado—. No sabía que se me notaba tanto.
Y no, la verdad era que no se le notaba en lo absoluto
—¿Fecha de nacimiento?
—31 de enero de 1977.
Sofía anotó los datos. «Números serios».
—De esos treinta y nueve te queda muy poco ya —dijo entre dientes sin levantar la vista.
Él fingió no escuchar; el pulso le martilleaba las sienes con insistencia.
—Ahora sí, háblame de ese dolor de cabeza. ¿Desde cuándo estás así y dónde te duele más?
—Cuatro días. Me duele mucho en el lado izquierdo. —Colocó la palma de la mano sobre el hueso frontal—. Siento como latidos fuertes que no paran.
—¿Y qué estabas haciendo cuando comenzó?
Él pasó la lengua en un gesto inconsciente por su labio inferior y le atravesó las pupilas con aquellos ojos azules profundos como al océano.
—Teniendo sexo —respondió apenas susurrando.
—¡Marcel! —lo inquirió enseguida Victoria.
—Tengo que decir la verdad, ¿no?
—Por supuesto —dijo Sofía anotando la información en el historial, sin inmutarse—. Es más frecuente de lo que crees. ¿Náuseas, vómitos, molestia con la luz?
—Me molesta la luz. Náuseas, un poco.
—¿Rigidez de nuca, fiebre reciente, golpes en la cabeza, cambios en la visión?
—No.
—¿Has tenido dolores como este antes?
—Sí, parecidos, pero se me iban con café, algún analgésico o poniéndome algo frío en la frente. Pero esta vez no. Esta vez se me ha ido de las manos. Ah, y nunca me habían comenzado… ya sabes… en tales circunstancias.
Sofía trató de sofocar la sonrisa mordiéndose las mejillas, pero no pudo.
—De acuerdo. Vamos a examinarte. —Tomó la linterna pupilar—. Mira mi dedo y síguelo… ahora la luz. Bien. ¿Mareo si te incorporas?
Él obedeció y negó a la última pregunta, pero se sostuvo con las manos agarradas al borde de la camilla.
—Voy a tocarte —dijo Sofía—. Dime si aumenta.
—No me puedo quejar —bromeó— hoy es mi día de suerte.
Ella viró los ojos y sin dilatar el asunto presionó suave sobre su sien.
—Ahí —dijo él—. Ahí es donde late fuerte.
—Vamos a canalizar una vía y a administrar un medicamento para las náuseas —indicó Sofía a la enfermera, con voz serena y luego se giró hacia ellos—. Voy a coordinar un TAC urgente para descartar las causas más peligrosas. Pero por ahora, calma. No hay signos de alarma.
—¿Espera… van a pincharme? —preguntó Marcel, con los ojos desorbitados.
Sofía no pudo evitar una carcajada. «¿En serio? Con esos bíceps de Thor y se amilana con una aguja de 22G. Respira, Sofía, mantente profesional. No te rías. Bueno… un poquito sí».
—Gracias, Sofía —dijo Victoria, ya más tranquila, en tanto le susurraba a su hermano un compórtate entre dientes.
—Es un pinchacito y listo —explicó ella con una sonrisa divertida—. Vamos, Marcel, que mides casi dos metros, hombre. No me digas que te vas a dejar intimidar por una agujita tan pequeña. Esperaremos el resultado de la imagen para definir el tratamiento.
Marcel tragó saliva y desvió la mirada, repentinamente consciente, de lo mal que había quedado aquel numerito delante de Sofía.
Minutos después, se dirigieron juntos a Radiología.
El pasillo era oscuro y solo se escuchaba el eco de sus pasos.
Él avanzaba en la camilla y ella caminaba medio paso por delante, con la orden de la tomografía entre los dedos.
Tenía claro que, llegado ese punto, cuidar su dignidad ya no era la prioridad.
Lo urgente era obtener la imagen, definir qué tenía y aliviarle el dolor.
Marcel había dejado de ser el de la moto para convertirse en su paciente.
—Pasé casi una semana con la esperanza de volver a verte pasar —dijo él, como si no fuera a entrar a un tomógrafo.
—La esperanza es peligrosa —respondió Sofía—. Y hablar tanto no te ayuda con el dolor.
Ella sabía nadar en aguas insólitas; aun así, la cercanía de ese hombre con apariencia de deidad esculpida, le desacomodaba los latidos.
—Después de esto sí me vas a dar tu número, ¿verdad? —preguntó Marcel, curvando apenas hacia arriba sus perfectos labios.
—Mientras seas mi paciente, no —respondió ella sin hacer contacto visual.
—Pero eres mi doctora. El juramento hipocrático dice que…
—Cuando Hipócrates escribió aquello los teléfonos no existían —lo atajó.
—Pues exijo, ahora mismo… otra doctora.
—Mejor no juegues esa carta y quédate quieto. Entra, respira… e intenta no moverte.
—¿Qué tan malo puede ser?
—Hay cosas más malas —abrió la puerta del salón de tomografías y se inclinó apenas a su oído para bajar la voz—. Pero creo que esto es solo un recordatorio amistoso de que, a cierta edad , no se prueban experimentos de veinteañeros en la cama…
La nuez de Adán de Marcel ascendió y descendió visiblemente, sin desconectar sus ojos de los de ella.
—Eso que me acaba de decir no es ético, doctora.
Sofía bajó la cabeza y dejó escapar una sonrisa.
—Calla y compórtate que aquí mando yo. Luego vemos si la suerte sigue siendo misericordiosa.
Treinta minutos después, de vuelta en Urgencias, Sofía fue al grano.
—La TAC está perfecta. No hay sangrado ni nada que sugiera aneurisma. Por cómo empezó el dolor y lo que cuentas, estoy casi segura de que es una crisis migrañosa. Ya te estamos cortando el dolor con medicación intravenosa.
—Sí, estoy al tanto…—aseguró mirando el catéter—. Entonces hoy no me muero.
—Hoy no. —Sonrió ella—. Quiero verte en consulta en una semana. Reevaluamos y cerramos ahí lo demás.
—Menuda forma de invitarme a una cita, doctora.
Sofía rodó los ojos, pero ya era tarde; la sonrisa le había ganado terreno en una comisura.
—¡Marcel, por favor! —lo reprendió Victoria otra vez, con ceja alzada de profesora.
—¿No la has escuchado? Ha dicho que quiere verme en una semana.
—¡Marcel!
—Perdón, profe. Me comporto. —La miró a ella—. Donde me cites, estaré.
—¿Alguna duda? —preguntó Sofía, guardando el bolígrafo en el bolsillo.
—Varias —dijo él—, pero prefiero aclararlas cuando no me duela la cabeza. Y cuando no tengas media Urgencias esperándote. Eres muy popular por aquí.
—Sensato. Vuelvo en un rato a reevaluarte para darte el alta.
Sofía ya se giraba hacia el pasillo, en tanto Victoria se quedaba a la cabecera de su hermano con los brazos cruzados.
—Marcel —le ordenó en voz baja—, con Sofía no te pases de listo.
—¿Así de tajante? —Sonrió él ladeando la cabeza.
—Compórtate. Para mí ella es alguien muy importante. Fue mi alumna y hoy la respeto como colega. ¿Queda claro?
—Yo también la respeto.
—Haz que se note —replicó Victoria, sin desviarle la mirada—. No vengas a jugar al galán encantador ahora, que aquí te trajo el dolor por tus excesos, no el destino .
—Pareces mi maestra y no mi…
—Soy tu hermana mayor y por lo visto, sigue siendo necesario que también sea tu maestra —cerró Victoria—. Y ya que te duele la cabeza, mantente calladito, respira y deja que la medicación haga su trabajo.
El hospital prometía una noche larga. Sofía atendió a tres pacientes más y, en cuanto tuvo chance se escabulló hacia la sala de descanso en busca de café. Removía el azúcar, mirando cómo el remolino oscuro engullía la espuma, cuando la voz de Maritza le rebotó en la nuca.
—Aprieta el botón de espresso —le sugirió con sarcasmo—. Ese aguachirri [17] que tú te tomas no resucita a nadie.
—Maritza —Sofía frunció el ceño fingiendo curiosidad—, ¿por qué estamos coincidiendo tanto en las guardias?
—Porque ahora soy especialista y jefa de servicio, ¿te parece razón suficiente?
—respondió tanteando una paletita de madera para remover su café—.
Además, tengo el privilegio de acomodarme las guardias según quién esté por especialidad.
Hoy mis preferencias estuvieron… generosamente alineadas con mi paz mental.
—Duplicó la colada—. ¿No te gusta estar de guardia conmigo?
—No es queja… es que te conozco bien, y sé que ahora mismo vas…
—…a preguntarte por tu paciente de la nueve.
Sofía meneó la cabeza y ahogó la carcajada en la taza.
—Es que no se te escapa una, mujer.
—Por favor. Es Marcel, el hermano de la profe Vicky. Es un colirio… una experiencia visual exquisita. ¿Me vas a decir que no te acuerdas de él cuando estábamos en segundo y él pasaba a verla a la facultad?
—La verdad es que no.
—Ay, Sofía. Te juro que a veces me irritas… Me irritas mucho —protestó Maritza—. ¿Tampoco te acuerdas de aquel día en el Café Ciudad en que él estaba sentado a la mesa de al lado de la nuestra, con aquel pelo medio largo y esos ojazos y tú...?
—Mariano viene por ahí… ¡cuidado! —bromeó Sofía, interrumpiéndola.
—Mariano no está de guardia hoy. Y tendrá que revalorizar si quiere volver a coincidir conmigo.
—Hizo una mueca—. Quiere casarse. Me lo soltó de golpe.
A mí, que mis padres me han tenido presa media vida…
La propuesta fue de manual y sin brillo.
Lo dejé refrescar, a ver si resintoniza su mente y regresa con algo mejor pensado.
«Mejor no pregunto», y asintió, reconociendo el control emocional de su amiga.
—¿De verdad conocías a Marcel? —insistió Sofía.
—Muchacha, ¿y quién no? La ciudad entera sabe quién es. No sé cómo es que no te acuerdas de verdad. ¿Tú en serio has visto a ese hombre? —Maritza chasqueó la lengua—. Se fue del país hace años. Tengo entendido que ahora viene por temporadas.
—¿A dónde se fue?
—Europa, creo. No sé a qué ciudad.
—Ay, Sofía, tú vives en una dimensión paralela. Ya me cansé —protestó Maritza, dejándose caer en un sofá—. Por lindo, por raro, por esa sonrisita de postal. Le pasaron los años, sí, pero el tipo sigue siendo un espectáculo visual.
Sofía solo recordaba, como una foto mal escondida, el instante en que lo vio recostado a la reja de su casa, el agosto anterior con el jersey de mangas arremangadas pegado al pecho y el sudor marcando el hueso de la clavícula. Y concluyó que, Maritza, por esta vez, no estaba exagerando.
—Ya… pues bien —dijo, esquivando la mirada inquisitiva de su amiga—, y solo por curiosidad, ¿a qué se dedica?
Maritza arqueó una ceja, saboreando el exceso de preguntas y lo que le quedaba del café.
—Si no se lo preguntaste cuando hacías la historia de la enfermedad actual, estás perdiendo facultades como semióloga, [18] hermana.
—Le dio unos golpecitos piadosos en el hombro—.
Ahí no llego, cariño. Aprovecha tu jerarquía en Urgencias y pregúntaselo todo…
si tanto te interesa. —Dejó la taza—. ¿Tanto te interesa?
Sofía frunció los labios haciendo un mohín y la mandó a callar con la mirada.
—Por cierto, ¿cuál es el diagnóstico? —preguntó Maritza.
—Una crisis migrañosa.
—Perfecto. No te distraigas. Ve a ver si ya está bien, dale el alta y acógelo en tu benevolente consulta. Necesito esa cama. —Se bajó los espejuelos y le guiñó un ojo—. Lo vas a mandar a consulta, ¿verdad?
—A sus órdenes, jefa. Y sí…, claro, tendrá que ir a consulta —le devolvió el guiño a su manera.
—¡Esa es mi chica! —canturreó Maritza, señalándole el bolsillo—. Y retócate los labios por si acaso, para ciencia… y para fe. Nunca se sabe.
Sofía sonrió sin admitir nada. Dejó su taza, empujó la puerta con el hombro, salió al pasillo… y, just in case aceptó la sugerencia.
La cama nueve tenía la sábana ya estirada. Marcel estaba incorporado y con el rostro más suelto, conversando en voz baja con Vicky cuando Sofía entró. Al verla, alzó apenas la barbilla, en un intento de saludo tácito.
—¿Cómo te sientes? —preguntó ella.
—Como nuevo —respondió con una señita mientras liberaba esa sonrisa que parecía abrirle espacio al aire—. ¿Puedes mandar a que me quiten… esto? —alegó señalando el brazo con el suero. Sofía notó cómo se le marcaba el trayecto de sus venas sobre los músculos tensos.
«Por Dios, mantente inmune Sofía, resiste, solo es otro hombre guapo. Solo eso».
Lo evaluó de nuevo. Pupilas, signos vitales, sensibilidad.
Todo estaba en rango. Le explicó el alta con precisión y, en un papel, le anotó lugar y hora de la consulta para el martes de la próxima semana.
Marcel tomó la nota despacio dejando que sus dedos rozaran el dorso de la mano de ella, con una sensualidad calculada.
—Ahí estaré —y parecía que estaba prometiendo algo más que una cita médica.
Sofía asintió antes de despedirse, pero él le sujetó la muñeca, discreto, para darle las gracias.
Su mano estaba de nuevo salpicada de pintura, con una textura que combinaba la aspereza y la delicadeza a partes iguales.
Sofía sintió el tacto, sorprendida por la rapidez del pulso que se instalaba en las arterias de su cuello.
Vicky carraspeó con intención, y Marcel la soltó.
—Evita el ejercicio extenuante y la deshidratación, toma analgésicos regulares si reaparece el dolor. Y… por precaución, evita el sexo intenso en las próximas setenta y dos horas —sugirió Sofía, infranqueable.
Marcel sonrió con una sombra de cinismo, inclinándose lo justo para que el murmullo le rozara a ella en el oído.
—Demasiada intimidad entre nosotros en muy poco tiempo, doctora, ¿no le parece?