XX. Sin frenos, pero con brújula #2
Un correo de Adam había entrado el mismo día de su cumpleaños y había quedado atrapado en la carpeta de correos no deseados. Lo abrió.
Feliz cumpleaños, Sofía.
Espero que estés feliz y realizada, y que la vida te traiga maravillosas sorpresas.
También espero que… Nada. Sé que no viene al caso, pero siento la necesidad de decirte que no me perdono por haber sido tan cobarde. Debí luchar más por ti.
Te he extrañado cada día desde que te alejaste —o te alejé— de mi vida.
Lo creas o no, siempre pienso en ti.
Un abrazo.
Yo.
Al final un link de Spotify.
♪En otra vida…
Nuestros hijos heredaron mi paciencia y tu sonrisa, caminamos y leemos poesía.
Mierda, es que nos fue genial en otra vida.
(…)
En otra vida escribimos un « felices para siempre » .
Pero en esta solo me tocó perderte y esperar que, de algún modo, me recuerdes. ♪ [16]
«Pero qué idiota eres, hombre». Sofía inspiró hondo para no reaccionar, para no dejar que los dedos obedecieran al primer impulso de enviar en respuesta ese mismo pensamiento sin editar.
Escuchar la canción fue como rociar alcohol sobre una herida.
Un corrientazo le recorrió la piel sin anestesia.
El estómago se le encogió y apareció esa necesidad absurda de dar un abrazo que ya no tenía sentido; también regresó la sensación más lacerante de todas, la de haber significado muy poco para él, pese a toda la intensidad con la que se habían vivido y a todas las canciones que anduviera escuchando para sentirse más a tono con sus propias metidas de pata.
Había que ser incoherente, no, lo siguiente.
El recuerdo de las noches de lágrimas interminables volvió a ocuparle el pecho. Y entonces se juzgó. Se juzgó con dureza por estar sintiendo todo aquello ante un mensaje que, como siempre, llegaba demasiado tarde.
Se quedó contemplando la pantalla unos minutos hasta que se obligó a cambiar el ángulo.
A mirar desde otro lugar y con otro prisma.
Al final, lo que Adam había hecho mal no había sido con ella, sino consigo mismo.
Había sido él quien había terminado viviendo en contra de lo que sentía, y ese era un peso que le correspondía cargar.
Porque sí, tenía razón: había sido un cobarde.
Y aunque, si era sincera, le resultaba reconfortante que por fin lo reconociera, eso no cambiaba nada.
No le gustaba que apareciera de repente y le invadiera la paz.
No le gustaba que todavía consiguiera moverle cosas dentro que creía superadas.
La claridad regresó despacio, porque eso es lo que pasa cuando una mujer se atreve a mirarse de frente. El verdadero riesgo nunca estuvo en saber lo que quería, sino en atreverse a descubrir, si aquello que se escondía detrás de ese deseo, iba a ser bueno para su alma.
Sofía ya había pasado por ahí y había elegido renunciar a lo que quería con todas sus fuerzas en nombre de su propia lealtad.
Y sí, leer aquel mensaje dolía. Dolía por todo lo que no pudo ser, a pesar de haberlo sentido con tanta devoción.
Dolía recordar a la mujer que había sido a su lado.
Pero entonces pensaba en la que podría haberse convertido si se hubiese quedado, y esa imagen le gustaba todavía menos.
Había hecho lo correcto. Y, en medio de su introspección, por fin devolvió los dedos al teclado.
Gracias, Adam. Pasé un cumpleaños genial.
Recién veo tu email. Estaba en una carpeta de correos diferidos, pero no fue intencional, lo prometo. Supongo que es cosa del algoritmo de Gmail, que parece que empieza a decidir por su cuenta… y bueno, ya sabes.
Otro abrazo para ti.
Cerró la pantalla y aceptó que tal vez —solo tal vez— la vida los había cruzado en un momento en el que jamás habrían podido mirar juntos hacia la misma dirección.
***
En lo personal, Sofía seguía siendo una mujer imperfecta y en construcción, pero había dejado de pelearse con cada curva del camino o, al menos, eso intentaba.
Avanzaba sin un plan rígido, aunque no sin criterio.
Se había propuesto vivir el presente de forma que sus resultados dependieran de ella y de nadie más.
El universo parecía empeñado en abrirle puertas impensables y ella se limitaba a cruzar aquellas que realmente quería cruzar.
No estaba para complacer a nadie. También estaba convencida de que sus necesidades físicas eran exactamente eso: necesidades físicas.
Nada más. Y aquella seguridad tenía cierto punto de arrogancia, incluso para ella.
Últimamente no se tomaba demasiado en serio a ningún hombre que se cruzara en su camino.
¿Podría estar dejando pasar a alguien extraordinario?
Era posible. ¿Pensaba invertir energía en averiguarlo?
En absoluto. Hubo una noche en la que la tribu intentó plantearle el asunto con toda la sutileza que fueron capaces de gestionar, pero Sofía salió de aquella conversación con la impresión de que estaban exagerando.
—No hay peligro; todo está controlado —les aseguró.
Le había costado demasiado llegar a ese punto como para permitirse quiebres.
—Solo te pido que no confundas la libertad con ir por ahí en piloto automático —dijo Rachel, en modo protectora—. No quiero tener que recogerte a las tres de la mañana, cuando un tipo despechado te deje tirada solo porque te dio por demostrar algo.
—No estoy intentando demostrar nada, ¡por Dios! —protestó Sofía—. Es justo lo contrario. Y yo sé cuándo frenar.
—¿Y si el freno te falla? —preguntó Camila—. Eso pasa con bastante frecuencia.
Sofía sostuvo su copa un segundo en el aire con teatralidad.
—Entonces uso el de mano. —Se dio un sorbo del vino—. O me bajo del auto.
—¿Pero y si aparece alguien con potencial? ¿Un buen candidato para padre de familia, por ejemplo? —insistió, por supuesto, Rachel.
Pero Sofía le puso cara de terror. No había frase más devastadora.
Por esos días se le antojaba otro destino, sin etiquetas ni previsibilidad.
Le había agarrado el gusto a despertar sola, con el corazón en calma; no quería manos que la agarraran para marcar territorio, que la presentaran en familias entusiasmadas, ni que la invitaran a reuniones sociales importantes.
—Si aparece alguien con potencial, saldré corriendo.
No era la respuesta que esperaban y, aun así, rieron. No por el chiste, sino porque reconocieron a la Sofía de siempre escondida detrás de aquella salida por la tangente.
A solas, sin embargo, ella afinaba las reglas como quien afilaba su navaja.
Just in case . Citas cortas. Mensajes claros desde el minuto uno.
Regresar a dormir su casa, siempre. Desayunar sola.
Nada de excusas educadas para sostener lo insostenible.
Y no, no estaba siguiendo ninguna moda como había insinuado Diego aquella vez, estaba haciendo lo que quería y necesitaba.
Sus energías estaban orientadas hacia otras cosas más importantes , y sí que lo eran.
No obstante, la brújula seguía encendida y el norte estaba bien definido.
***
La noche del tercer domingo del mes, Sofía estaba de guardia. El día había ido tranquilo. Nadie lo dijo en voz alta —por superstición o experiencia—, pues solo con pensarlo bastaba para sentir el terror. Se había recostado cinco minutos en la sala de descanso cuando la enfermera asomó la cabeza.
—Doctora, la profesora Victoria de Patología está localizando a la guardia de Neurología en Urgencias.
Sofía se incorporó de inmediato. Conocía a Victoria, había sido su maestra, una mujer brillante y directa. «Qué raro. ¿Qué le habrá pasado a Vicky?», pensó al tiempo que se cruzaba el bolsito y salía con paso eléctrico.
Cuando se acercó al umbral vio a Victoria conversando con la jefa de enfermeras y se acercó.
—Profe, la guardia de neuro soy yo. ¿Qué ocurre?
—Gracias a Dios eres tú. —Victoria juntó las palmas con el gesto contenido—. Yo estoy bien. El que no está nada bien es mi hermano. Tiene un dolor de cabeza muy fuerte… y ya estoy asustada.
—¿Su hermano? —Escaneó en su memoria, tratando de identificar si le conocía, pero nada se aclaró—. Vamos a verlo. ¿Dónde está?
La profesora señaló una camilla cercana donde un hombre de cabello oscuro estaba sentado de espaldas, con los pulgares presionando las sienes en un vaivén cíclico y obstinado.
—Buenas noches —dijo Sofía al acercarse—. Soy la neuróloga de guardia. ¿Puedo…?
El hombre giró la cabeza y su propio gesto le arrancó una mueca de dolor, pero consiguió sostenerle la mirada y un atisbo de sonrisa comenzó a temblarle en el rostro.
«Joder». La sorpresa fue mutua.
—Pero si eres…
—El de la moto —completó él, curvando con perversión la comisura de sus labios, con la misma voz grave y sensual de aquella mañana de agosto.
«Ay, no, no, no. Esto ahora no».