Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XX. Sin frenos, pero con brújula
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XX. Sin frenos, pero con brújula

Era su cumpleaños veintisiete y no quería ruidos.

Sofía lo decretó sin rodeos: reunión en casa, poca gente y cero fuegos artificiales.

Las chicas asintieron sin discutir; la conocían lo suficiente como para saber que había años de fiesta y años de retiro…

y ese sábado de finales de noviembre tocaba retiro .

La tarde se deshilachó antes de las seis mientras la brisa del otoño se colaba entre las rendijas de las persianas.

Las amigas llegaron casi sin maquillaje, con el pelo recogido de cualquier manera, dejando los zapatos y el cansancio de la semana en la entrada.

Traían botellas en bolsas de tela, historias pendientes y abrazos en los bolsillos.

Sofía puso una playlist antigua y trovadoresca de guitarras suaves y voces que parecían saber cosas, y el salón de su casa se fue llenando de esas presencias que le hacían bien a su alma.

La manta compartida, las piernas cruzadas en el suelo, y aquellas exquisitas conversaciones sin filtros ni compromisos.

—Feliz cumpleaños, Sofía.

Y entonces empezó a cantarle con guitarra en mano.

♪ Tú vives despacio, yo busco un milagro

Tú corres sin miedo, yo olvido quién soy…  ♪ [15]

Era una canción inédita, todavía sin huellas de nadie más.

Todas se acomodaron alrededor de la pantalla envueltas en un silencio devoto.

Sofía sonrió agradecida. Llevaba mucho tiempo caminando a oscuras, pero, de pronto, sentía que avanzaba por un pasadizo ancho, lleno de ventanas luminosas.

Y ellas —sus amigas—, hacían que su vida fuera más bonita y más habitable.

A los pocos minutos, el olor de la lasaña de Isabel trepó desde la cocina. Su hermana apareció con la bufanda aún puesta y los ojos cansados de uno de sus viajes de mochilera.

—No pensarías que ibas a librarte de mí.

Corrió hacia ella y la abrazó fuerte, intentando remediar en ese gesto todas las horas distantes.

Después del postre —un flan de Amber que sabía a paraíso doméstico—, Rachel dejó sobre la mesa una caja adornada con un lazo.

Esperó a que Sofía la mirara antes de sonreírle. Dentro había un portátil negro pequeño.

—De parte de Cesar —le guiñó un ojo—. Dice que para que escribas donde sea.

Nada de notas largas ni promesas grandilocuentes.

Solo un objeto práctico, ligero, con un teclado perfecto y un mensaje claro en un post it : Aquí te veo haciendo lo tuyo …

.  Feliz cumpleaños, doctora . Sofía pasó el dedo por el marco, comprobó el peso con una sola mano y sintió una infinita gratitud.

La presencia etérea de Cesar era como la certeza de tener una colcha bien doblada al borde del sofá, en una noche de invierno solitaria.

En la pantalla del teléfono de Sarah apareció Eddy desde Miami. Orgulloso y vulnerable a partes iguales, alzó una copa en un brindis torpe y después acercó a la cámara una bolsa pequeña. Dentro estaba su perfume favorito.

A Sofía se le cristalizaron los ojos. Era el primer cumpleaños, en mucho tiempo, en el que él no estaba presente. La ausencia pesaba justo ahí, en el hueco detrás de las costillas, donde antes se guardaban las rutinas compartidas.

—Míralo por el lado bueno —le dijo Eddy con los ojos húmedos también al notarle la angustia en el rostro—. Aquí no tengo que ahorrar meses para poder regalarte este Versace.

Eddy llevaba la expresión inevitable del emigrante y, sin lugar a duda, el perfume no era el lado bueno.

Ni de broma. El lado bueno habría sido competir con él para ver a quién le quedaba mejor el mojito, discutirlo entre risas y terminar dejándolo ganar para que se ocupara de toda la coctelería de la noche.

Sofía lo conocía demasiado bien, y percibía el desfase, esa distancia sutil que no tenía que ver con los kilómetros.

Él parecía suspendido en un territorio incierto, entre las ganas de comerse el mundo y la resignación violenta que se aprende a fuerza de noches interminables y dolorosas.

Pero él disimuló todas sus grietas. Sonrió e hizo otro brindis. Solo quería verla feliz.

Las chicas reaccionaron como solo lo hacen quienes saben sostener sin hacer ruido.

Se agruparon, sonrieron y dejaron que el momento respirara.

Después llegó el regalo grupal en una bolsa púrpura con adornos dorados: una edición especial de Cumbres borrascosas , un labial rojo con la tapa personalizada que decía Just in case  y una cafetera portátil capaz de preparar una taza en un minuto, pensada para esos días de guardia hospitalaria en los que el cuerpo debía seguir, aunque el impulso se quedara corto.

Sofía abrió primero el libro. Inhaló hondo sobre las hojas, recorrió con los dedos el relieve empedrado del lomo y se prometió subrayarlo sin piedad en cada fragmento donde pudiera encontrarse a sí misma. Luego destapó el labial y se lo probó, sin ceremonia.

— Por si acaso  —bromeó frunciendo los labios.

La cafetera fue el remate ideal. Un minuto…

y te salva la guardia , leyó en la tarjeta.

Se la llevó al pecho. ¿Qué más podía pedir?

Al final, las reunió a todas en un abrazo grupal, apretado, de esos que valían más de lo que cabría en cualquier frase bien escrita.

«Y pensar que hay personas que nunca conocerán este tipo de amor».

Diego pasó solo unos minutos para felicitarla.

Le llevó unos tempranillos de Rioja y dos tablas generosas de jamones y chorizos ibéricos combinados con distintos quesos.

Sabía que a Sofía le encantaban las cortesías españolas.

En la bolsa dejó una postal que decía Feliz cumpleaños, vecina. Pero       no se quedó mucho rato.

—De madrugada salgo para la capital pues en la noche tenemos el vuelo a México —le explicó en la puerta antes de despedirse.

—¿Tenemos? —preguntó Sofía curiosa.

Diego metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros.

—Creo que, si voy a ser padre, lo lógico es que esté presente. Al final lo pensé mucho y… si no hubiera conseguido la visa para ella, me habría quedado.

—Vas a ser un padre excelente, Diego.

—Ven aquí —dijo él—, déjame abrazarte.

Y se abrazaron muy fuerte.

—Gracias por darme el chance de entrar un poquito en tu vida —le dijo él, bajando la vista un instante a la piedra negra de su colgante, antes de volver a conectar con sus ojos—.

Después de todo, creo que ya era hora de que supieras qué había detrás de esa versión de mí, que te empeñaste en odiar durante años.

—Me alegro mucho de haberlo hecho —respondió ella agarrándole la mano—. Escríbeme de vez en cuando.

—Claro que lo haré —aseguró él—. Y no te olvides de incluirme en la novela cuando sea que la escribas.

***

El resto de la noche se desbordó en risas, karaoke y segundas y terceras rondas. Anécdotas que iban y venían como olas pequeñas. Hablaron de lo que había salido bien, de lo que todavía dolía, de planes que daban un poco de miedo.

Sofía escuchó más de lo que habló. De vez en cuando miraba la mesa, el portátil nuevo, el plato vacío de lasaña, la copa con el aro de vino marcado y sus labios rojos impregnados en el vidrio.

—¿Estás bien? —preguntó Sarah.

—Estoy plena. —Le sonrió ella, rodeándole el cuello con el brazo.

No hizo falta torta, ni velas, ni tacones. El mejor recibimiento de los veintisiete fue tenerlas a ellas en la sala cálida de su casa, junto a la presencia etérea de sus otras personas preferidas, con sorpresas que no invadían y la sensación absoluta de que, por fin, todo estaba en su sitio.

Noviembre ya se escurría, pero esta vez a Sofía, la vida pesaba bastante menos.

***

Los días se desperezaban sin suicidios emocionales y Sofía ignoraba todos los estruendos que pudiesen implicarla.

Diciembre no tardó en imponerse y, sin piedad, comenzó a pasar factura.

Agendas apuradas, correos acumulados y esa manía de la gente de preguntarse qué quedó sin terminar en la lista de metas anuales decretadas en el enero anterior.

«Si por lo menos se plantearan metas consecuentes».

Se le iba el día entre el estudio, los pacientes y todo el trabajo que realizaba con su libro.

Sobrevivió a dos reuniones más con Niurka; subieron las exigencias, sí, pero también su seguridad.

Empezó a sentarse distinta en aquella silla frente a la cámara del Zoom , a hablar con datos y no con excusas.

La doctora Castillo, a su modo, la medía con ojo filoso. Le pedía —con su cerebrismo habitual—, ejemplos concretos de casos y, por alguna razón, comenzaba a indagar en qué perfiles neurocientíficos le interesaba seguir estudiando y hasta dónde estaba dispuesta a tensar la cuerda para crecer.

Una semana después del último encuentro, Sofía recibió un correo de ella anunciando un Taller. La había inscrito en un diplomado online  sobre Neurobiología de la consciencia que iba a impartir la propia Castillo.

Cupo asignado. Cero pagos y ¡por suerte!, porque costaba casi trescientos euros. Te va a venir bien . No para repetir lo que ya sabes, sino para que afines lo que todavía dudas.  Escribió Castillo en el cuerpo del correo.

Esa noche notó el reloj en la esquina de la pantalla de su portátil nuevo, llevaba el día partido por intervalos de cuarenta y cinco minutos, los cafés superaron la dosis habitual y se descubrió más cronometrada de lo que le gustaría, aunque también más precisa.

La diferencia entre su yo  de veinticinco y este de veintisiete le parecía abismal.

Menos ruido y más foco; menos a ver qué pasa , y más esto es lo que quiero que pase .

Y para eliminar el desorden visual antes de terminar el día, decidió limpiar un poco su correo electrónico.

Revisó la bandeja de entrada, spam , no deseados.

Mensajes sin abrir que ya no decían nada hasta que, de repente, entre ofertas caducas y newsletters  impersonales, un nombre de usuario inesperado le ardió en la mirada. «No me jodas».

Aquello llegaba como un eco imprudente. Y sí, era de él.