Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XIX. La propuesta
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XIX. La propuesta

El despacho del director imponía sin necesidad de advertencias.

Todo estaba en su sitio, en orden quirúrgico, pulcritud sin frialdad, ni concesión al exceso.

El olor a espresso recién hecho lo inundaba todo.

Al pararse frente a la puerta, uno se enderezaba sin darse cuenta.

Pero no por el lugar; era por él. Un hombre mayor, alto, de hombros anchos, que ocupaba el espacio con naturalidad, organizando el mundo a su alrededor y no al revés.

Su voz grave no necesitaba elevarse para acomodar la escena; bastaba con que hablara para que todo encajara en su lugar.

Un cirujano brillante, rotundo e incontestable.

De esos que no exigían respeto porque lo atraían con su sola presencia, de los que lideraban incluso cuando callaban.

Sofía tocó dos veces y asomó la cabeza.

—Adelante, doctora Sofía —dijo, levantándose a medias para recibirla antes de volverse a sentar—. Tome asiento.

Ella se sentó con la espalda recta, apoyando el bolso sobre las piernas para no tener las manos en el aire. El director abrió una carpeta con papeles marcados con post-its  de colores oscuros, se tomó un segundo para ordenarlos y alzó la vista.

—Voy a ser claro y conciso que seguro tiene mucho trabajo.

—Se cruzó de brazos y adoptó una postura más relajada acomodándose en el respaldo—.

En poco más de dos meses se abre una certificación internacional en Neuroimagenología en el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía en la capital, que será impartida por unos neurorradiólogos alemanes. Quiero que vaya.

—¿Yo? —la pregunta le salió antes que el aire, pero se obligó a sonreír cuando se percató de lo obvia que había sido su sorpresa. Recalculó de inmediato—. Sí… claro que sí.

El director sonrió al notar su asombro y luego asintió satisfecho, cerrando la carpeta que tenía sobre el escritorio.

—Tengo la intención de crear un departamento de Neuroimagenología aquí, en nuestro hospital. Me gustaría que lo lidere cuando termine la Especialidad. Pero, para eso, que cuente con esta certificación será clave.

Sofía sintió un clic interno, algo encajando por fin en el sitio justo donde se echaban a andar los sueños insospechados. «¿Qué está pasando conmigo? Es como si todo se sincronizara para empujar hacia delante».

—Vale —dijo, sin titubeos, aunque el temblor en la voz fue notable.

—Perfecto. Le preciso las fechas —continuó él—. Comienza en febrero y dura cuatro meses íntegros en la capital. Para facilitarle la vida, haré coincidir su rotación de Neurofisiología en el Instituto Nacional con esas mismas fechas. Así no tendrá que viajar dos veces.

Sofía parpadeó. Cuatro meses. Tesis. Examen estatal. Guardias. Consultas. Neurofisiología. El libro. Todo se mezcló dentro de su cabeza. «Mierda».

—Gracias. Eso ayuda mucho —logró decir tragando saliva.

—La logística del hospedaje corre por su cuenta —añadió—, salvo que prefiera la residencia estudiantil universitaria. Hay cupo.

—Paso —Sofía dejó escapar una risa lúgubre—. Demasiada adrenalina de pasillo. Buscaré un sitio fuera.

—Me parece sensato. —Anotó algo en otro post-it  sin perder el hilo y lo pegó en la pantalla del ordenador—.

Mi secretaria gestionará las cartas y los accesos a laboratorios de imagen avanzada.

La cohorte la coordinará el doctor Ríos, de Radiología.

Tiene fama de exigente, pero es brillante.

Habrá residentes del Instituto, incluso especialistas. Le convendría tejer red.

Sofía arqueó las cejas, casi divertida por la elegancia del eufemismo .

« Tejer red . Qué manera tan bonita de renombrar el acto abrumador de socializar con extraños».

—Otra cosa. —El director se levantó alisándose la bata—.

Sus profesores dicen que usted tiene claridad pedagógica.

Me gustaría que, a su regreso, diseñe un protocolo para el departamento que pueda ser compartido por Neurología, Neurocirugía y Psiquiatría…

y se prepare de una vez para obtener su primera categoría docente.

Ella no pudo evitarlo. Sintió en el centro de su pecho el latigazo dulce de la ambición. «Todo esto va muy rápido». Se agobió de pronto, pero una premisa recurrente la rescató de la ansiedad. «Di que sí primero y luego averiguas el cómo; así no te cierras las puertas».

—De acuerdo.

—Bien —concluyó el director—. ¿Dudas?

«Respira. Parece demasiado, pero puedes sostenerlo».

—Todas —respondió, esbozando una sonrisa asustada.

—Una respuesta a la altura —comentó el doctor mirándola fijo, con las palmas apoyadas sobre la mesa—. Puede parecer mucho bombardeo, pero no habría pensado en usted si no estuviera seguro de que puede hacerlo.

—¿Mis profesores ya lo saben? —preguntó Sofía.

Una parte de ella no entendía por qué mejor no iba al entrenamiento alguno de ellos.

—Claro. Yo me había hecho una idea sobre usted, pero no formo parte de su día a día.

Ellos fueron quienes la propusieron. Y, por supuesto, hay otra cosa, todos están demasiado comprometidos aquí como para pasarse cuatro meses a tiempo completo fuera de sus casas.

Usted, en cambio, puede hacerlo ahora y volver con ese conocimiento para el servicio.

Ella sintió que se le encogía el estómago. Entre la propuesta, la confianza del director y aquella revelación inesperada, todo empezaba a resultarle un poco abrumador. «Me propusieron ellos».

—Perfecto, entonces.

—Hoy mismo le envío la propuesta de cronograma y algunos contactos importantes. Confío en usted, doctora.

Sofía curvó los labios, plena.

—Gracias por la oportunidad.

Abrió la puerta del despacho con la inercia de quien ya tenía el día trazado… y en el gesto automático chocó de frente con otra bata blanca. El golpe fue seco, de codo contra carpeta.

—Perdón —dijo el que venía entrando, reculando el paso.

—Mire por dónde camina —soltó Sofía, reactiva, encontrándose con unos ojos nuevos, casi amarillos, al levantar la mirada.

—Espere, doctora —la detuvo el director, desde adentro—. No se vaya.

Sofía se giró. El recién llegado seguía en el umbral. Un joven de estatura mediana, rubio, delgado pero entornado, de piel tersa y tez blanca, despeinado con irreverente encanto, y con la credencial torcida colgando de un bolsillo.

—Llegas tarde. Como siempre —dijo el director con severidad clavándole los ojos al muchacho.

—Culpa del ascensor… que pasa más horas roto que funcionando —bromeó el otro, levantando las manos.

El hombre exhaló profundo antes de presentarlo.

—Él es mi sobrino. —Lo señaló con una mano mientras miraba a Sofía con un rictus de impotencia dominando su expresión—.

Residente de primero Radiología. Y sí, ya lo ve, va ligero por la vida.

Irá con usted a la certificación, porque ese departamento también necesita a alguien que se prepare en eso… y así de paso se encamina.

Sofía asintió, sin decidir todavía si sonreír o no.

—Un placer, doctor ¿…?

—Alejandro… Alejandro Ramírez —respondió él, tendiéndole la mano—. ¿Estás segura de que no me conocías? —añadió, con una sonrisa de esas medio cínicas.

—¿Y por qué tendría que hacerlo? —devolvió ella, seca, casi pesada.

—Es broma doctora —aflojó Alejandro, sin dejar de mirarla—. Todavía estoy aprendiendo dónde queda cada sala. Primer año. Recién aterrizado del internado la semana pasada.

—Pues más te vale aprender rápido —concluyó el director—. Y endereza esa credencial, que parece que nada te importa demasiado en esta vida.

Alejandro obedeció y bajó la vista un segundo, como un niño humillado al que se le pasa rápido la pataleta. Luego volvió a observarla más atento, con respeto y hasta con cierta vergüenza.

Sofía registró la transición y, por reflejo incondicionado, puso hielo en su propio pulso.

—Intercambien contactos —sugirió el director—. A lo mejor si comparten alquiler les sale más… económico.

—Gracias por todo profesor. Ya lo conversaremos después —respondió Sofía antes de retirarse por fin.

El hombre mayor se alejó al recibidor, repartiendo indicaciones a su asistente en tanto Sofía daba pasos hacia el corredor lateral. Alejandro se hizo a un lado para dejarla pasar y caminó detrás, a la distancia justa.

—Doctora —la alcanzó con un tono suave, evitando la urgencia—, ¿me da su teléfono?

—No hace falta —respondió ella, haciendo un gesto desdeñoso con la mano que era a la vez punto final y cortesía—. Coordinamos por correo institucional.

—¿Correo insti… qué? —repitió, como si saboreara una palabra arcaica—. Eso es cosa de gente mayor .

Sofía lo fulminó con la mirada.

— Okey, okey  —dijo alzando las manos en señal de redención—. Está bien. Solo que… si surge algo urgente…

—Si surge algo urgente, llamas a la central y te comunican conmigo —lo cortó Sofía, apoyándose en el marco de una puerta para ceder paso a una camilla—. Te sorprendería lo bien que funciona lo básico cuando uno lo usa.

Él rio bajo, sin sorna.

—Anotado. Volver a lo… básico .

—Eso y enderezar la credencial —añadió ella, desviando la mirada.

—Ya va derecha —aclaró él—. Yo… me enderezo después.

Entraron juntos al ascensor. Adentro, el espejo les devolvía dos perfiles contrapuestos. Por un lado, la seguridad cansada de ella, y por el otro, la expectación limpia y descomedida de él. Alejandro pulsó el tres. Sofía, el cinco.

—¿Radiología en el tres? —preguntó ella, aunque no sabía ni por qué.

—Voy con la doctora que está en recorrido a hacer mis primeros ultrasonidos en Medicina Interna. Dicen que así uno se cura del susto más rápido.

—El susto no se cura —espetó Sofía—, se administra con el tiempo.

Él sonrió con algo parecido a respeto.

—Me gustan esas frases. Parecen sacadas de un libro o algo así. Supongo que vienen con la experiencia.

«¿Y este qué edad se piensa que tengo?». Pero lo ignoró.

El ascensor se detuvo en el tres. Las puertas se abrieron, pero Alejandro no se movió.

—¿Te bajabas aquí, no? —señaló ella.

—Sí, pero… —hizo un gesto introspectivo, curvando la comisura de un lado—. ¿puedo acompañarla al cinco? A lo mejor se le ocurre otra frase interesante que pueda anotar.

«Ay no… esta cosa rara de los ascensores no».

Sofía puso los ojos en blanco acoplando toda la paciencia que le quedaba y lo miró un segundo más del que se concede a un desconocido.

«Infumable, pero tierno». Apretó el cinco con el nudillo, aunque ya estaba encendido y el ascensor siguió su curso, con ese silencio que solo interrumpía el zumbido del motor.

Cuando las puertas se abrieron, Sofía salió sin mirar atrás.

Alejandro, en cambio, no se movió.

—Doctora… —la llamó justo antes de que las puertas se cerraran.

Ella se giró.

—Me encantó conocerla —añadió él, y le lanzó un guiño rápido antes de volver a marcar su piso.

Ella no pudo evitar que la imagen de Alejandro se desdibujara en su mente y, en su lugar, apareciera Adam, repitiendo el mismo gesto con menos descaro, pero con un efecto infinitamente mayor.

Un escalofrío le recorrió la columna vertebral y le tensó cada músculo del cuerpo.

Nunca volvería a sentir aquello. Nunca se repetiría esa respiración en su cuello, ese nerviosismo pueril que habitaba donde nada podía controlarse, esas ganas nefastas de…

Negó despacio con la cabeza, obligándose a cortar el pensamiento. Siguió hasta su sala, empujó la puerta con el codo, dejó la bata sobre el respaldo de la silla y se detuvo ante la ventana que daba al huerto del hospital. Miró largo, demasiado.

« Kindergarten, Ni lo pienses», se dijo, dejando escapar un medio suspiro.