Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XVIII. Café con Rachel #3
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XVIII. Café con Rachel #3

—Tranquila mujer. —Sonrió Sofía—. Yo me conozco.

Por ahora, esto me sirve… y te garantizo que ya nadie se mete en mi cabeza así de fácil.

He invertido mucho en estudiarla. Además, se va tres meses a México por trabajo, a dar clases, dentro de un par de semanas…

capaz y hasta se quede por allá si logra llevarse a su ex con él —dio otro mordisco al pan— que en tal caso dejaría de ser su ex para volver a ser su mujer, y tendrían un niño con nacionalidad mexicana. Algo de eso me comentó.

Hubo un silencio de sorbos y migas. El sol se desplazó un poco más creando una franja sobre la mesa.

—Por cierto —añadió Sofía, como quien deja caer una piedra en agua tranquila—, el último día que estuve con él vimos pasar a Paula con su nueva conquista.

—No me toques ese tema —respondió Rachel irritada.

—Mmm… ¿ya sabes quién es? ¿Así de grave como tu cara? —Sofía le buscó los ojos.

—Así de… complicado —la corrigió Rachel, devolviendo la taza al platillo—. No quiero prejuzgar pero… él no es para ella.

—Diego dijo igual. Que lo conoce bastante bien. Y no sonó para nada encantado.

—Diego y yo seguro que no coincidimos en muchas cosas —resopló Rachel—, pero en esta… me temo que sí. Igual, Paula está contenta y se le escapan detalles importantes. A mí también me ha pasado eso de estar contenta y dejar de ver… o ver solo lo que me conviene.

—Ah, mira —exclamó Sofía divertida—. En eso también coinciden. Me insinuó algo parecido.

—Y en el baile —añadió Rachel, con una risita socarrona.

—Bueno, Paula no ha hecho presentación oficial todavía —retomó Sofía—. Tampoco toca atormentarse.

—Porque sabe que vamos a reaccionar y no a responder. Todavía no nos has enseñado lo suficiente para controlarlo —cerró Rachel, otra vez con los ojos en blanco—. Por el momento observemos como espectadoras pasivas. Si se complica más de lo permisible, activamos el operativo de intervención.

— Operativo —se burló Sofía—. Modo Rachel activado.

—Volviendo a ti… ¿cómo te sientes tan libre y sin testosterona dominando la escena? —preguntó Rachel.

—Ligera. —Sofía se encogió de hombros—. Me gusta tener esa esquina limpia. Por ahora me da paz.

—Paz no es poca cosa. Y te queda bonita, te suaviza la frente.

—Gracias, esteticista espiritual.

—De nada, neurodivulgadora emocional. —Le guiñó un ojo.

Se quedaron un rato hablando de la vida como solo ellas lo hacían. Encontrando salidas a todos los laberintos internos que las desajustaban hasta que Rachel se levantó, dio una vuelta por la sala como quien inspeccionaba un escenario y se tumbó en el sofá.

—¿Sabes? —dijo—. Me gusta verte enderezando la columna antes de ponerte el vestido. Casi me convences de que la estructura puede ser sexy.

—La estructura es sexy —afirmó Sofía—. Solo hay que saber dónde apretar. Tú eres arquitecta. Sabes de lo que hablo.

—Bandida. —Se rio Rachel—. Te extrañaba.

—Yo también.

Rachel miró el reloj.

—Me tengo que ir. Desde el día de la disco, Rafa anda un poco paranoico… no imaginas lo molesto que se puso.

—Pues normal… es porque le importas.

Rachel la abrazó con fuerza antes de marcharse. Sofía llevó las tazas al fregadero y apoyó la frente en el marco de la ventana dejando que el vidrio le devolviera una versión tenue y un poco deslavada, de sí misma. Pensó en Paula, en ese hombre sin nombre, en ese silencio raro, incluso para ella.

Paula siempre había sido reservada con el mundo, sí.

Pero con Rachel y con ella tenía otro registro.

Una intimidad de puerta entornada, de cosas dichas a medias, pero al final entendidas del todo.

Últimamente no. Últimamente estaba lejos del chat , respondiendo tarde, comentando poco, como si hubiera empezado a vivir en otro huso horario emocional.

Caminó hasta el dormitorio casi sin darse cuenta.

Se dejó caer en la cama y miró el techo, como si allí fueran a ordenarse los hilos.

«¿Qué clase de tipo es ese? ¿Y por qué a Paula le conviene esconderlo?

». La idea llegó con el regusto agrio de narradora implacable y de ojo clínico que había visto antes ese patrón.

Y es que, a veces, cuando las mujeres nos acostumbramos a sostenernos solas, el ego nos hace horas extras.

Basta con que un hombre complicado se interese y nos ofrezca justo eso que llevamos tiempo convenciéndonos de que no necesitamos para que una parte de nosotras empiece a creer que tiene la situación bajo control, que es inmune a los finales apocalípticos y a las malas decisiones.

De pronto, sentirnos deseadas nos vuelve más valientes, más seguras y, en el peor de los casos, más convencidas de que somos muy listas.

La experiencia, sin embargo, lleva siglos empeñada en demostrar lo contrario, porque una cosa es creer que podemos soportar una caída y otra, muy distinta, descubrir cuánto duele cuando llega.

Sofía se incorporó en la cama. «Observemos. Sin juzgar..., pero con los ojos abiertos». El teléfono vibró y se iluminó la pantalla.

Dr. Villalobos- Director

Doctora Sofía, por favor, mañana a las 10:00 a. m la espero en mi oficina.

Tengo algo importante que conversar con usted.

No llegue tarde.

Sofía leyó el mensaje dos veces y frunció el ceño. «¿Qué hice? Qué raro esto».

Apagó la luz del cuarto. La pantalla del celular volvió a encenderse un segundo después, con el mismo mensaje ya leído, como si insistiera en subrayar la cita.