Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XVIII. Café con Rachel #2
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XVIII. Café con Rachel #2

Abrió el documento en el primer capítulo.

Entrelazó las manos sobre la nuca, cerró los ojos y volvió a la frase que a Cesar tanto le gustaba repetir: Lo imposible no está ahí para que le temas; está ahí para que lo conquistes.

Miró la pantalla del móvil. Una de las notificaciones resaltaba con su nombre.

Cesar:

Llámame en cuanto termines de hablar con la doctora.

Ella sonrió. No dudó y marcó en su contacto. Él atendió al primer tono.

—¿Puedes poner video? —le preguntó él.

—Sí. ¿Y tú?

—También.

Las cámaras se abrieron. Cesar curvó los labios al verla; a Sofía le centellaban los ojos, como si le hubieran ampliado el pecho para poder contener su corazón hinchado de tanta emoción.

—Cuéntame.

—Estoy nerviosísima —dijo pellizcándose los labios—.

Esa mujer es un hada madrina disfrazada de villana.

Es un jodido bisturí del quince. Parece exigente, pero conmigo fue clara, directa y sin crueldad…

o al menos no demasiada. —Se mordió risueña la uña del pulgar—.

Creo que me va a servir muchísimo. Me parece mentira que una neurocientífica de ese nivel me esté guiando.

Es… —buscó las palabras, sin encontrarlas del todo— es como si alguien hubiera visto justo lo que quiero hacer y, en lugar de decirme que no llegue tan alto, me hubiera señalado una escalera.

Y entonces siguió. Le contó la conversación casi entera, de las objeciones, las metáforas, el mapa, la escala, la columna vertebral, la promesa del prólogo.

Y mientras hablaba con él, el nerviosismo inicial se fue pareciendo más a la ilusión consciente que a la euforia.

Cesar no la interrumpió. La contempló enternecido hasta que terminó.

—Qué bien me siento cuando te veo feliz, Sofía.

No me preguntes por qué. Es algo que simplemente es y ya.

Una emoción con vida propia —bromeó—. Pues nada, ahora respira y céntrate.

No tienes que elegir entre la precisión científica y el alma.

Solo tienes que saber cuándo hablarle al cerebro y cuándo al corazón y tú… tú eres un poco cerebrista .

Se rio por lo bajo, intentando no cohibirla con la palabra.

—¿Y si Niurka tiene razón y esto es un atrevimiento? —preguntó ella estirándose la piel sobre la ceja—. ¿Y si estoy intentando algo que no sé hacer?

—Entonces aprenderás a hacerlo. Lo has hecho toda la vida. Algunas historias están ahí esperando a que lleguemos solo para que seamos un poco más valientes.

Sofía suspiró y se dejó caer contra el respaldo de la cama.

—¿Y había que ponerse tan linda para conversar con esa doctora? —preguntó él, con su risita canalla de manual.

—Por favor Cesar, no empieces con tus cosas —dijo Sofía, con los ojos entrecerrados, casi suplicando.

—Perdona, es que… esos espejuelos.

—Me aseguraré de quitármelos cada vez que hable contigo.

—Y la bata. La bata también.

—La bata no es negociable. —Rio—. ¿Tú qué tal?

—Bien. Adaptándome a tener pareja estable, a dar partes de mi ubicación y esas cosas. Mi vida siempre ha sido muy libre —dijo, sin dramatismo—. No puedo negar que el descontrol me define mucho y me asusta que llegue alguien a querer curarme de eso.

Sofía frunció los labios.

—No te quejes. Tener pareja implica también modificar algunas conductas.

—No me quejo, no, no aún —se defendió—, aunque la verdad es que paso poco tiempo con ella. Tengo mucho trabajo y también necesito tiempo para mí.

Sofía asintió, neutra. No quiso seguir entrando allí.

—¿Ya contaste lo del libro en el hospital? —prosiguió él.

—Todavía no. No quiero que parezca que voy por la vida vendiendo humo. No sé… no quiero que me vean pretenciosa.

—Eso no es ser pretenciosa, es trabajo y mérito. El truco es… ¿cómo te dijo? —repitió Cesar—. Primero la columna vertebral y luego el vestido, ¿no era así?

Sofía ladeó la cabeza, riéndose con la cita reciclada.

—Tal cual.

—Entonces diles lo justo. Que estás en proceso, que tienes una tutora genial, que te ilusiona… Sin lentejuelas.

—Lo haré, pero cuando me confirmen la publicación.

Hubo una pausa de esas que se acomodan en los vacíos. Sofía miró de reojo las notas abiertas junto al ordenador.

—Mándame los tres capítulos cuando los saques del quirófano  —le pidió Cesar—. Te los leeré como un lector quisquilloso.

—Hecho. Gracias.

—Y, Sofía… este noviembre se te ve bien.

—A ver si se comporta —respondió, mordiéndose las mejillas mientras rememoraba todo lo ocurrido.

Cortaron. Sofía volvió al manuscrito y comenzó a leer las anotaciones.

Pregunta-Evidencia-Práctica-Imagen.

Luego, apoyó los antebrazos sobre el escritorio, dispuso sus dedos al teclado y, sin mirar el reloj, empezó a escribir.

XVIII. Café con Rachel

El sol ya empezaba a caer cuando Sofía regresó del hospital.

Después de diez minutos dando vueltas por casa, cambiándose de ropa y convenciéndose de que el mundo podía seguir funcionando sin ella durante una tarde, terminó refugiada en el sofá.

Estaba dispuesta a olvidarse de su propia existencia durante un par de horas cuando el móvil vibró.

Un mensaje de su amiga apareció en la pantalla.

Rachel:

Te caigo en diez.       Ve poniendo el café.

Y cumplió. Rachel llegó con gafas enormes, coleta alta y una bolsa de panecillos recién horneados que se parecían al pecado.

—Oye… tu casa huele a adulto funcional —dijo, olfateando el aire en broma—. Me preocupa.

—No te acostumbres —rio Sofía—. Siéntate, que hoy sí tengo café decente.

Dos tazas, dos platos, un cuenco de azúcar y otro de miel. Rachel se preparó la bebida negra a su gusto y, al dar el primer sorbo chasqueó la lengua, satisfecha.

—Bueno, cuéntame —disparó—. La doctora. La entrevista. ¿Aprobada o mandada a revalorizar?

—Digamos que estoy en período de prueba —respondió Sofía, apoyando la taza—. Me dijo que le cautivó el atrevimiento, que tengo alma , pero que me falta armazón . Que primero el diagrama y luego la metáfora. En fin…

—Qué delicia de dictadura. —Se frotó las manos Rachel—. La amo sin conocerla. ¿Y tú, cómo saliste del encuentro?

—Con la cabeza caliente y el ego anestesiado. Se lo comentaba a Cesar. Es exigente, pero parece justa. Sentí que estaba frente a alguien que me quiere a la altura… y que no se dispersa en halagos.

—¿A Cesar dijiste? —Arqueó una ceja—. ¿Sigues hablando con él?

—De vez en cuando. Es algo raro. Algo que no soltamos —dijo Sofía apretando los labios.

—Bueno… no entiendo nada, pero ustedes son adultos —concedió—. Igual me toca preguntarte por el otro satélite. —Puso los ojos en blanco—. ¿Y Diego?

Sofía se acomodó en el respaldo y no esquivó la pregunta.

—Con Diego las cosas cambiaron. Dimos un giro de trescientos sesenta grados.

—O sea, volvieron al mismo sitio —dijo Rachel, arqueando una ceja—. Tradúceme.

—De cierta forma sí. No tenemos sexo desde hace más de tres semanas. Y no creo que volvamos a tenerlo.

Rachel abrió la boca un segundo, teatral, y luego la cerró sin escándalo.

—¿Estás segura de que estamos hablando del mismo Diego? —ironizó—. Pero… ¿qué pasó? ¿El búcaro ocupaba demasiado espacio en la decoración?

—Tengo mis teorías —explicó Sofía haciendo un ademán de exquisitez al probar los panecillos—.

Y ninguna tiene que ver con semejante búcaro que, por cierto, nada de lo que especulan por ahí es mentira —sacudió la cabeza para espantar las imágenes que volvían a acecharla—.

Creo que lo que pasó es que Diego se implicó más de lo que hubiera querido.

Se asustó a tiempo y adoptó una posición muy madura.

Prefirió la amistad. Lo dijo y lo sostuvo.

Y, sinceramente, me sorprendió lo bien que nos llevamos así.

Podemos conversar de casi todo. Es raro en nosotros, pero funciona.

Además, creo que enterarse de que va a ser papá le reajustó un poco las prioridades.

Rachel la miró con la cabeza ladeada, evaluándola, como si buscara una trampa invisible.

—Bueno, tú sabrás —dijo al cabo—. Solo vigila que la amistad no sea una coartada estratégica para meterse en tu cabeza.