XVI. Catarsis #3
Al principio hablaban de lo que no escocía: trabajo, chismes de segunda mano, titulares ajenos.
A mitad del café o del trago, sin aviso, entraban en aguas más hondas.
El tiempo se les iba como a dos seres que descubrían la amistad después de años de esquivarse y —de unos cuantos días de poseerse enteros—, pero, ahora, desde lugares nuevos.
Sin promesas ni exigencias, con la hipótesis confirmada de que lo que no era amor también podía estar bien, si se elegía de frente.
***
—¿Y si escribes otro libro? —insinuó Diego una de las últimas tardes que se encontraron, jugando con el borde de su vaso de whiskey —. Algún día deberías animarte y escribir una novela sobre nosotros. Sería una buena historia.
Sofía arqueó la ceja.
—¿Una novela, dices? —Sonrió—. No sé si tengamos tanto como para una novela… pero si algún día escribo una, algún capítulo ya te tocará. No te apures.
—No te olvides de mencionar mis cualidades. —Bajó la vista— anato-mo-fisio-lógicas . ¿Lo dije bien?
Sofía movió la cabeza de un lado a otro en medio de una carcajada.
—Por Dios… —respondió, tapándose la cara con las manos—. Tengo memoria gráfica. Cállate ya.
Diego la miró un segundo de más devolviendo los labios a una posición más neutra. A esa distancia, el deseo ya no dolía, aunque seguía latiendo en silencio y provocaba contracciones innecesarias en su entrepierna. Así que se permitió decir lo que, otras veces, habría escondido en un gesto.
—Siento —redirigió los ojos hacia ella sin perder la ternura— que me estás extrañando.
Sofía se echó hacia atrás y cruzó los brazos, teatral.
—¿Intentas leerme la mente, Diego?
—Sé que es pretencioso —admitió—. Pero sí.
Ella sostuvo la mirada un latido más y luego soltó los hombros.
—Pues te ha salido de maravillas —admitió—. Porque sí. Aunque no te lo habría dicho y no lo reconoceré delante de mis amigas… la verdad es que sí te he extrañado.
Él sonrió sin mostrar los dientes. Aquella validación, sincera y simple, lo reconfortaba.
Y aunque estaba seguro de que la decisión había sido la correcta, escucharla lo movía de sitio y confirmaba que su vida no pasaba por el costado de Sofía sin al menos rozarla.
No obstante, elegía permanecer en zona franca; desde ahí podía decidir que su atracción por ella naciera de un plano consciente, uno al que tuviera acceso —y manejo— completos.
—Entonces estamos —dijo— en buen lugar.
—Por ahora —remató ella, con ese filo que lo mantenía despierto.
El camarero dejó otra ronda y Diego fantaseó con que, quizá, algún día encontraría su propia sombra entre las páginas de Sofía.
Ya habían agotado los temas pendientes cuando él sintió ese tirón en la nuca que suele dar el destino para obligar a cambiar de tema… haciendo que su mirada se desviara a través de la ventana, pero sus ojos se oscurecieron en el acto.
—No mires brusco. —Se inclinó hacia delante, bajando la voz—, pero… ¿en serio?
Sofía entrecerró los ojos, confundida.
—¿Qué cosa?
—Paula —hizo un ademán con la barbilla hacia la calle— y ese personaje… ¿andan juntos?
Ella giró el rostro hacia la ventana lo justo para verlos cruzar la esquina del bulevar: una risa nueva en el rostro de Paula, el brazo de un hombre desconocido y una conversación cómplice imposible de imaginar. La escena clásica de los principios. La ligereza del todo está perfecto .
Se volvió hacia Diego que tenía la expresión de quien acababa de notar el elefante rosado en la habitación, imposible de ignorar, pero difícil de nombrar.
—¿Lo conozco? No me suena
—Tú puede que no —dijo él—. Yo sí. Y bastante bien.
—¿Y?
Diego hizo una pausa, como quien afinaba un instrumento. Pesó las palabras, consciente de su propio sesgo, pero convencido de que aquella era una alerta que valía la pena activar.
—¿Y…? —repitió—. Bueno. Si yo no soy para ti, y en eso estamos de acuerdo… él no es para Paula. Y en eso, estamos de acuerdo diez veces más.
Sofía siguió con la mirada el contorno de su amiga alejándose, notó el gesto feliz, la manera en que le tomaba la mano a su acompañante. La advertencia de Diego quedó flotando.
—¿Tanto así? —preguntó frunciendo el ceño.
—Ojalá me equivoque.
Sofía se mantuvo sobreaviso, en ese modo silencioso en el que uno vigila el horizonte sin dejar de conversar. No había presentación oficial todavía; así que no tocaba atormentarse.
—Paula es lista —dijo—. Y ahora está contenta.
—Por eso mismo —susurró él—. Cuando uno está contento, lo de listo merma.
—¿Lo dices por experiencia?
—Ah, todo lo que diga será usado en mi contra —bromeó—. Solo hablaré en presencia de un abogado.
Ambos rieron, a gusto. Diego pagó antes de que llegara la cuenta.
Sofía intentó protestar; él negó con la cabeza.
Salieron juntos hasta la esquina y se despidieron con una cita tácita para un próximo café que nunca llegó y la conciencia compartida de que, en algún punto del mapa, una amiga en común acababa de entrar en una historia que, según las premoniciones de un bandido con experiencia, podía salir bastante mal.