XVI. Catarsis #2
Apretó los ojos. La verdad era que no había podido evitar entregarse, y aquello no estaba bien por una razón muy simple que nada tenía que ver con el orgullo: Sofía no estaba en el mismo lugar, no quería arrastrarla a una esquina donde ni él mismo sabía situarse… y donde ella, jamás encajaría.
Comprendió que había cruzado una línea. Dormir con ella toda la noche ya no era un gesto sin consecuencias, y aquel versito de las no ataduras emocionales empezó a cobrar entonces un poco más de sentido.
Porque pasar tiempo con alguien que nos gusta tiene algo adictivo.
Uno termina acostumbrándose a la presencia del otro, a los mensajes, a los pequeños rituales compartidos.
Y perder el control sobre eso puede resultar maravilloso...
siempre y cuando, al otro lado esté ocurriendo exactamente lo mismo.
Pero ¿qué pasaba cuando no era así? ¿Cómo se suponía que debía Diego controlar algo que ya había empezado a importarle?
Porque ese era el verdadero problema. Ya no se trataba de acostarse con Sofía, no se trataba siquiera de dormir abrazado a ella.
El problema era que empezaba a echarla de menos, que se preocupaba por su seguridad…
y que, por primera vez, la posibilidad de salir dañados de todo eso había dejado de parecerle un riesgo teórico.
Si seguía avanzando por ese camino, tarde o temprano tendría que enfrentarse a un cataclismo emocional para el que no estaba preparado.
Y Diego, que siempre había presumido de saber dónde estaban sus límites, acababa de descubrir que aquel era un terreno en el que caminaba completamente a ciegas.
Abrió los ojos. La sostuvo por la parte alta de los brazos, justo donde rozaban los tirantes caídos de su vestido y dejó que los pulgares le recorrieran los hombros desnudos en una caricia lenta. Exhaló despacio.
—No quiero poner en riesgo esto tan bonito que ha surgido entre nosotros, Sofía —dijo, apretando los labios—.
Y no hablo de la parte física, sino de todo lo que hay fuera de la intimidad.
—La sujetó más fuerte por los brazos mirándola fijo a los ojos—.
Eso me importa más que mi necesidad de tener orgasmos contigo.
Para él, esto ya no era un eufemismo. Desde que Sofía se dejó conocer, había descubierto en ella un lugar que no sabía que buscaba.
Un puerto al que llegar sin armadura, un oído que no exigía espectáculo, una amiga que le sostenía las ideas cuando se le caían.
Con ella podía ser él. Y esa forma nueva de estar le pesaba más que cualquier incendio del cuerpo.
No iba a ponerla en juego por un impulso visceral, pero la renuncia que estaba dispuesto a hacer le resultaba difícil en extremo.
Sofía asintió despacio.
—Gracias por decirlo —respondió ella mordiéndose las mejillas por dentro—. Y gracias por entender que no tienes que probar nada conmigo. De verdad, no tienes que hacerlo.
Diego lograba respirar más tranquilo a medida que el entorno recuperaba su escala. Fuera del auto, las pocas luces que quedaban se apagaban, y dentro, la vergüenza cedía y dejaba sitio a la transparencia. Se quedó mirando la línea pálida de una farola reflejada en el parabrisas.
—Te llevaría a mi casa, te prepararía un trago… —Le acarició la línea de la mandíbula—, pero ahora mismo siento que hacer eso no está bien.
Sofía lo estudió en silencio, con la mano aún jugueteando en el cuello de su camisa.
—¿Pasa algo más que yo no sepa, Diego? —preguntó ya más seria.
—Sé que soy un cabrón y que esto que te digo puede chocar con el tipo de hombre que crees…
que hasta yo mismo creo que soy; pero me da miedo meter la pata y que te vayas de mi vida.
No niego que lo nuestro, en la cama, es…
—buscó la palabra y sonrió de lado— brutal.
Pero esto otro, en cambio… —hizo un gesto hacia ella— después de más de diez años, tenerte cerca, poder hablar contigo…
eso no quiero arriesgarlo, Sofía. Si seguimos así después de un tiempo, me vas a odiar más que antes.
Y no quiero eso. Te lo dije desde el principio.
Yo no sé cómo querer a una mujer como tú.
Ella tragó en seco. Algo en esa frase la inquietaba y la obligaba a recortar sus propios egoísmos, ella tampoco estaba segura de querer que él la quisiera de otra forma, y entendió que, quizá, lo más sensato era pausar la intimidad y darse la oportunidad de vivir otras cosas juntos.
Pero, definitivamente, no las dos cosas a la vez.
—Tenemos que dejar de tener sexo. ¿Eso es lo que quieres decirme? —lo ayudó—. Y no encuentras cómo poner esas palabras en tu boca sin cargar con el arrepentimiento cuando lo extrañes después. Hay que ponerle fin a nuestros encuentros físicos, en toda su expresión. Es eso, ¿verdad?
Diego sostuvo la expresión de sus ojos, agradecido por la traducción.
—Y por esa mirada que me estás lanzando —agregó Sofía, frunciendo el ceño—, deduzco que me toca decretarlo a mí.
Él soltó una carcajada.
—No puedo decirlo yo; no puedo decirlo teniéndote semidesnuda sobre mí. No puedo decirlo con tantas ganas de hacerte mía ahora mismo. No quiero decirlo… así que, hazlo rápido, y dilo tú porque, de lo contrario, acabaré pidiéndote que intentemos otra cosa y…
—Quizá debamos limitar nuestros encuentros a lugares públicos —lo interrumpió ella—. Café, poca música y menos alcohol.
Él sonrió, como si hubieran bajado el telón antes de que terminara la obra, pero también un poco aliviado.
—Por más que me cueste aceptarlo… sí. Justo eso. Gracias por entender.
—A ti, por la sensatez a tiempo.
Diego le apartó el cabello detrás de las orejas, como si despejara su rostro de una tormenta. La miró muy cerca y, en ese gesto, volvió el brío a cada célula de su cuerpo.
—Pero entenderás que, contigo todavía en esa posición, tendré que añadirle una cláusula a ese contrato.
Ella se mordió el labio.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál sería?
—Que entre en vigor a partir del amanecer. Ahora mismo necesitamos despedir estos encuentros satánicos como Dios manda. —Le rodeó la nuca con la palma y rozó sus labios con las palabras que pronunció después—. No voy a dejar que te vayas con este último recuerdo mío, Sofía, por nada del mundo.
No hubo prisa. Atrapó su labio inferior entre los dientes, hasta que se le escurrió despacio.
Y luego la besó. Primero los bordes, después el centro, luego la esquina donde nace la risa.
Ella respondió con un ritmo más lento, de pulso y respiración.
Parecía que por fin salían juntos y triunfantes de un lugar demasiado ruidoso.
El coche se volvió una cápsula atemporal, donde sus deseos más animales conspiraron por última vez.
El cuerpo de Diego respondió sin titubeos.
El tiempo se les sincronizó en una ola honda y exacta y, cuando pasó, quedaron quietos, con los rostros pegados y la risa baja de los que, por fin, aterrizaban bien.
Afuera, muy lejos, alguien cerró una ventana.
***
Los días pasaron sobre ellos como pasan las mareas cuando uno mira hacia otro lado.
No hubo mensajes a deshora ni puertas entreabiertas.
No quedaron cicatrices. Diego se había retirado a tiempo, justo en el borde donde empezaba a rozarse la ilusión y eligió ser coherente con los límites que no estaba dispuesto a cruzar.
Porque la vida no es una novela romántica.
No siempre el chico turbulento cambia cuando aparece una mujer que lo desafía, y no siempre ella desea cambiarlo.
A veces la gente es lo bastante lúcida para entender que la atracción y la simetría de rarezas no garantizan compatibilidad emocional, y aprenden a dejarlo estar, a pasar de largo sin drama.
No siempre se trata de arreglar a nadie.
Sofía también lo supo. Aquello podía ser hermoso.
Vivir y experimentar el placer sin etiquetas y —a partir de entonces— la libertad de quedarse a desayunar si le apetecía o de irse si prefería guardarse…
Pero algo le quedaba clarísimo. Había una autonomía hermosa en aquello de no tener que amar siempre, en no violentar lo que el corazón no elige, en dejar a la vida ser.
Diego y Sofía empezaron a cambiar la cama por mesas pequeñas en bares o cafés, con buenos cócteles o cortaditos y música baja.
Se veían una vez por semana; a veces menos, a veces más.
Lo suficiente para no perderse y lo justo para no volver a quemarse los dedos.
Funcionaban, el uno para el otro, como puntos de apoyo, como catalizadores de cambio.
Él la esperó con el abrazo necesario en el aeropuerto el día en que Eddy se fue, y luego la llevó a la Terraza Ibérica.
Esta vez pidió un Cabernet Sauvignon reserva de la Rioja; el drama lo ameritaba y, con la ciudad desplegada a sus pies, intentó cambiarle los colores asfixiantes de la despedida, por los otros menos ruidosos que solía traer la esperanza.
Le contó que había aceptado una propuesta para dar clase tres meses en una universidad en Guadalajara y, también, de todo lo que planeaba para cuando naciera su hijo. Estaba convencido de que sería varón.
A Diego le sorprendía que el ritual que habían construido funcionara como una burbuja en medio del día a día.
Él siempre llegaba antes, pedía dos —de lo que hubiera— y se sentaba de espaldas a la calle y de frente a sí mismo.
Luego aparecía Sofía, sin maquillaje de guerra ni perfume de combate; a veces con olor a hospital.
Sin la presión de tener que impresionar.
Y, aunque la piedra negra siguiera colgando de su cuello, aunque el cuerpo a él se le retorciera y un dolor incómodo lo entrenara en contenerse, aprendía a contemplarla para recordar, pero desde un orgullo tranquilo.