XVI. Catarsis
Diego apoyó la mano libre sobre el muslo de Sofía casi por instinto, y aceleró en cuanto dobló la esquina.
La calle desierta era un corredor de aire fresco y luces anémicas; la ciudad, a esas horas, parecía un cuerpo delgado con los huesos marcados.
El aroma que desprendía la piel de ella le golpeó de lleno los sentidos provocándole aquella reacción tan visceral como inoportuna que empezaba a repetirse cada vez que la tenía cerca.
Una ola de calor le recorrió el cuerpo y tuvo que contener una maldición por lo bajo.
A esas alturas ya no podía seguir fingiendo que aquello era casualidad.
Sofía bajó la vista con una victoria silenciosa curvándole los labios, y posó su palma sobre la mano de él, empujándola un poco más arriba, arrugando la tela del vestido, para detenerlo segundos después… y disfrutar su súplica.
El corazón a Diego se le disparó. El flujo sanguíneo se le redirigió hacia los territorios más íntimos.
Buscó a tientas la primera salida oscura a la derecha.
Una calle estrecha, al costado de un parque natural de farolas tímidas, donde la madrugada se volvía más feroz.
Frenó suave, dejó los focos encendidos y neutralizó las pocas luces que desde ahí los acechaban.
—Ven —dijo casi en un susurro, mientras reclinaba su asiento todo lo que podía.
Ella lo miró con una expresión de indulgencia fingida. Soltó su cinturón y cruzó a acomodarse a horcajadas sobre él con la celeridad de quien ya conocía el terreno. El respaldo cedió un poco más y hubo un intercambio de respiraciones, de manos y de esas urgencias que hacen crujir las telas.
El primer beso fue inesperado, intenso y largo.
La boca de ella buscándolo con decisión, los dedos rozándole la nuca, el pulso concentrado en la lengua, el perfume mezclado con la noche y, las ganas, marcándoles un pálpito frenético en las arterias.
Ella le desabrochó los primeros botones de su camisa y se aventuró a rozarle la clavícula con mordiscos pequeños que le erizaron toda la piel…
haciéndolo desabrochar su cremallera con urgencia y romper con los dientes el envoltorio de un condón que sacó con prisa del bolsillo trasero de su pantalón y que asumió su rol de inmediato, justo antes de que él la sujetara fuerte por la cintura y la empujara con cuidado hacia abajo…
hasta lograr el ensamble perfecto. El cuerpo de ella respondió de inmediato, leal e inequívoco, marcando el ritmo con las caderas.
Diego dejó de pensar y la dejó ser. La sostuvo, la siguió, pidió más con las manos aferradas a sus curvas y, durante unos segundos, todo fue lo de siempre: hambre, instinto y esa pasión compulsiva que los arrastraba.
Hasta que algo se salió del carril. Él lo notó en el acto, en un lugar demasiado concreto como para fingir que no estaba ocurriendo.
«No. No ahora, Diego. No». Pero el cuerpo ya había tomado una decisión por su cuenta.
Su mente inconsciente acababa de enviar una orden que los músculos obedecieron sin rechistar, y la respuesta fue tan fulminante que no dejó margen para la negociación.
Su propio pensamiento lo golpeó por dentro, cargado de impotencia, de una doble y cruel impotencia.
Probó ignorarlo. Aceleró los movimientos, intentó las caricias que siempre lo encendían, el ritmo que no fallaba…
pero esta vez su cuerpo no atendió la llamada.
El calor seguía ahí. El deseo, también. La contracción, en cambio, iba cediendo poco a poco, hasta que se retiró del todo.
Sofía lo percibió al instante, en cada espasmo suyo que dejaba de encontrar destino, así que dejó de moverse y le sostuvo el rostro entre las manos, obligándolo a hacer contacto visual.
Diego no podía siquiera mirarla. Apartó los ojos hacia la ventana empañada, tragó saliva e intentó una broma que nunca llegó a tomar forma.
Entonces inspiró largo y profundo, por fin rendido a esa calma que había llegado antes de tiempo y sin el efecto deseado.
No era falta de ganas. No era ella. Sofía estaba hermosa y le incendiaba cada milímetro de su piel, como nada ni nadie lo hacía. El bloqueo había sido mental. Su cerebro, por alguna razón, creó una barrera, inhibió el impulso, desconectó los músculos y lo obligó a retroceder a toda velocidad.
Se quedaron unos segundos así, piel con piel, dejando que el pulso cediera un poco y encontrara otro modo de sincronizarlos.
—No sé qué… Lo siento, Sofía —fue todo lo que alcanzó a decir.
Sintió el rubor donde menos lo quería: en la nuca, en los pómulos, en la memoria.
La frustración le golpeó el esternón con una fuerza desmedida, y reconoció su orgullo alzándose, listo para fabricar cualquier explicación técnica, cualquier excusa aceptable.
«El cansancio. El whiskey . La noche. La postura».
Mentiras breves de supervivencia. Pero la verdad llegó con una frialdad que le cortó la voz.
Volvió la imagen de ella, tan hermosa y libre, bailando en la pista; el impulso de custodiarla que le apretó la respiración; la rabia de notar otras miradas queriendo devorarla; la inquietud absurda de que tuviera que regresar sola a casa; el gesto automático de ofrecerse a llevar a sus amigas; la convicción torpe de que algo podía salir mal si no se ocupaba él.
Y, en el centro de todo aquello: Sofía. Irrumpiendo en su vida tranquila, creándole una necesidad, empujándolo a asumir actitudes que —según todos los preceptos que tenía sobre sí mismo— no lo definían.
«¿Desde cuándo te importa ella así, Diego?». Llevaba ya un rato largo haciéndose la misma pregunta; pero ahora regresaba con filo. «¿Por qué te interesa tanto lo que le pase con ella?».
Dejó salir el aire. Abrió la boca. La cerró. La vergüenza le ardía en el paladar. Empezaba a entender el peligro en ese borde invisible al que se estaba acercando sin poder frenar.
—No es por ti —«Es porque me gustas más de lo que quiero.
Porque quiero más contigo de lo que tenemos y de lo que podemos.
Porque sé que, si lo intento, lo consigo…
pero solo sería por un tiempo. Porque jamás podría sostener una relación con una mujer como tú sin hacerte daño.
Sin que sufras. Sin que yo mismo lo haga.
Sin que acabes odiándome»—. Es que…, estoy tenso.
—¿Tenso?
—Sí. Perdona. —Se pasó la mano por la nuca—. Me quedé pensando en todo lo de hoy… y en por qué demonios no pude apartarme de ti esta noche. Ese no era mi lugar. Me jodió la cabeza verte allí, sola, sensual, apetecible, con tantos lobos a tu alrededor… y nada. Luego pasó esto.
Sofía soltó todo el aire que se había estado guardando.
No se apartó. Le estiró los bordes de la camisa desabotonada con delicadeza y apoyó la frente en la suya sin decir una palabra.
En la mirada de Diego reconocía algo distinto y difícil de descifrar; sus recovecos solían ser inaccesibles…
pero su terror de estar haciendo el ridículo era demasiado obvio.
—Diego, no tienes que preocuparte por esto. No conmigo. En serio —dijo, mientras separaba la tela y acariciaba la frase tatuada Per aspera ad astra —. A las estrellas, por caminos difíciles… ¿te acuerdas?
Diego curvó, sin darse cuenta, las comisuras hacia arriba.
—¿Imagino que, en este caso… la estrella serías tú?
—Pues, sinceramente… —Sofía ladeó la cabeza—, yo veía más como estrella eso que pasa cuando llegamos a… ya sabes… el final —bromeó.
—En ese caso no debería ser difícil —replicó él, aún con un pozo de frustración en la voz—. Esta ha sido una de las excepciones a mi regla.
—Diego… —Sofía le dio un pequeño golpe con el puño en el hombro—. Esto pasa más de lo que ustedes los hombres admiten. El cuerpo no es un interruptor. Incluso nosotras, las mujeres, no tenemos orgasmos todas las veces. Lo sabes, ¿verdad?
Diego viró sus ojos azules. La duda le rozó el orgullo pues… experiencia no le faltaba.
—¿Has fingido alguno conmigo?
Ella sonrió, tranquila.
—Lo que te haga más feliz.
Él ladeó la cabeza y, por fin, se relajó un poco.
Sofía seguía sentada sobre él y decidió rodearla con los brazos, hasta dejarla envuelta en un abrazo inesperado.
Cerró los ojos y se permitió unos segundos para no ser la versión impecable del macho alfa que siempre presumía.
Unos segundos de no bailar perfecto, de no conducir, de no resolver.
—Ya sé que tienes razón. —La apartó un poco para mirarla a los ojos—. Pero me jode igual.
—A mí me importa más que me digas la verdad —respondió ella, quieta—. Lo otro vuelve… siempre vuelve.
Él tragó saliva y decidió seguir escuchándola.
—De verdad —continuó Sofía, en voz baja—.
Hay demasiados prejuicios alrededor de esto.
Como si el cuerpo tuviera que obedecer siempre.
Y no es así. A veces es el estrés; otras veces la cabeza va por un carril y las terminaciones nerviosas por otro.
No es una evaluación de tu deseo ni de mis cualidades para provocarlo. Es… un acto humano.
—Doctora —dijo Diego, con cara de incredulidad—, la clase ha sido magistral, pero contigo sentada sobre mí espero que entiendas que no pueda procesarlo muy bien ahora mismo.
A pesar de la broma, las palabras de Sofía le habían caído con alivio. No lo absolvían, pero le abrían una salida. Y así, entre la risa de ella y la ternura que a él se le escapaba, se produjo una tregua deliciosa. Diego le acarició la espalda y, sin moverse, logró mirarse un poco hacia dentro.
El cuerpo —tal como había dicho Sofía— volvería; él lo sabía. Lo que lo dejaba sin aire era otra cosa más resbaladiza. Asumir que ya no la miraba desde la distancia irreverente de sus juegos, que se le había ido de las manos y, peor aún, que él mismo se había dejado ir.