XV. Happy Birthday, Paula #3
En aquellos días de secundaria —él… seis, casi siete años mayor, siempre rondaba por su escuela con su propia ley— bastaba con que sonara música en el recreo para que medio patio se le rindiera.
Diego tenía varias pieles y las usaba sin pudor: el showman del corro improvisado, todo precisión y brillo; el cínico de la puerta de salida, con sus premoniciones irónicas y, de vez en cuando, el encantador que sabía muy bien cuándo bajar la mirada y dejar que se la robaran.
Las muchachas soñaban con llevarlo de galán a sus fiestas de quince, pero él rara vez se prestaba.
Prefería lucirse en el centro del círculo y no en fotos ajenas.
Sofía, por supuesto, nunca quiso festejo de quince ni mucho menos semejante galán.
En aquel entonces ya tenía al suyo —torpe para el baile, pero feliz para la vida— y un plan que no incluía cederle el compás a nadie más, porque, claro, aquello era para siempre .
Aun así, era suficiente con asomarse a la pista para reconocerlo. Diego siempre partía la música en cuatro y el espacio obedecía. Ella no lo soportaba entonces o eso se decía a sí misma para mantenerlo a raya; pero sí que le resultaba muy placentero observarlo desde la orilla.
Esa noche, verlo ahí en la pista con una de sus mejores amigas y, cómo no, buscándola con la mirada cada cierto compás, le arrancó una sonrisa inesperada.
Y es que las vueltas que daba la vida… eran como las de la salsa.
Al final nos devolvían al principio, solo que con un poco más de dominio sobre nuestros propios pasos.
Había cambiado el escenario, mas no el guion.
Diego seguía siendo aquel de muchas caras, el que encendía el círculo y hacía comentarios incisivos en los bordes.
Y a Sofía, aunque jamás lo hubiera admitido en público, ese contraste siempre le había generado un misterio demasiado peligroso como para atreverse a indagar.
Él la observaba de soslayo, ufano… La curvatura que se le dibujó a ella en los labios al mirarlo fue su premio secreto.
La canción explotó en trompetas y, al final, Rachel quedó pegada a su pecho durante algunos segundos con la respiración agitada.
Aplaudieron alrededor, fue inevitable. Diego hizo una reverencia teatral y se retiró, sin mirar a nadie.
Rachel volvió junto a Sofía con el pulso a mil y el peinado desordenado… y se inclinó a su oído.
—Si como baila en la pista es en la cama —suspiró— estás hecha, querida. ¿Por fin el búcaro?
Sofía sonrió meneando la cabeza, sin darle ni quitarle la razón, pero justo en ese instante los teléfonos empezaron a vibrar al mismo tiempo.
Parecía una alerta de esas que llegan al unísono, y lo era…
solo que la alerta venía desde otro punto de la ciudad.
Primero el de Rachel; después el de Sarah; enseguida el de Camila.
En las pantallas encendidas estaban los nombres de Rafa, Ariel y Raúl.
Las chicas se miraron. Nadie contestó. Demasiada música, demasiadas pruebas y demasiada casualidad. Rachel ignoró la llamada y alzó la vista hacia Sofía.
—Tenemos que irnos —dijo, sin drama—. Nos toca llegar a casa antes de que ellos lleguen.
Paula rodó los ojos decepcionada. Amber alzó la copa celebrando la retirada estratégica y anhelada. Camila ya tenía el bolso en la mano y el remordimiento en la comisura de la boca, y Sarah miró la pantalla pensando en contestar; con Ariel no habría problema, pero igual dudó.
—No le contestes, Sari —le dijo Rachel, bajando la voz—, ellos andan juntos aún, si no, no habrían llamado al mismo tiempo. Vámonos de aquí, que es donde primero van a buscar y donde no nos pueden encontrar.
Sofía sonreía para sus adentros. Rachel iba detrás de la adrenalina que extrañaba, porque —seamos francas— lo más sencillo habría sido avisarles a los chicos dónde estaban y que las encontraran allí.
¿Se incomodarían un poco? Posible. ¿Se asombrarían por el sitio elegido?
Podría ser. ¿Reclamarían por no haberles dicho antes de ir?
Lógico. Pero nada estruendoso pasaría; al fin y al cabo, los tres eran hombres inteligentes y modernos.
En cambio, la mentira por omisión sí los descolocaría…
pero eso, justo entonces, no importaba. La sensación de estar haciendo algo indebido era una descarga de catecolaminas exquisita.
No había nada de malo en esa bocanada de libertad, fuera de horario y bajo su propio riesgo. ¿O acaso sí?
Diego las vio moverse hacia la salida y, sin pensarlo, fue detrás.
—¿Es que ya se van? —alcanzó a Sofía a medio pasillo.
—Sí. Tenemos que irnos. Algo surgió.
—Yo puedo llevarlas —se apresuró… sin analizar lo que decía—. Así no se van solas.
—Somos seis.
—¿Y…? Se acomodan. Estoy seguro de que ya lo han hecho otras veces.
Todas se miraron. Rachel fue la primera en romper la línea.
—No es mala idea, Sofi. —Frunció los labios—. Parece que, para terminar la noche en paz… sí vamos a tener que incluir a un hombre en la ecuación.
—Lo cual demuestra que no solo son necesarios para la procreación —expuso Amber levantando una ceja.
Diego soltó una carcajada ladeando la cabeza. Paula encogió los hombros con resignación. Camila ya guardaba el móvil susurrando un ok y Sarah asentía en silencio.
—Está bien —concedió Sofía—. Llévanos hasta mi casa y de ahí cada una…
—De ninguna manera —la interrumpió él sin subir el tono—. Las dejo una por una. Mi último destino es tu casa.
«Claro que lo es». Sofía, contuvo la sonrisa.
En el estacionamiento, el auto de Diego parecía más grande de lo que recordaba. Sofía se sentó delante y el resto se ubicó en el asiento trasero… Paula y Camila encima de las otras tres. Él —caballero de cuna— abrió y cerró las puertas para asegurarse de que estuvieran seguras.
El retumbe del bajo de la discoteca quedaba atrás mientras la ciudad se despoblaba a medida que avanzaban.
Diego fue dejando a cada una de las chicas.
Primero se despidió de Amber, frente a su puerta; esperó a que entrara y echara la cerradura antes de arrancar de nuevo.
Camila se bajó unos minutos después, todavía escribiéndole un mensaje a Raúl y agradeciendo el aventón a Diego, sin levantar demasiado la vista del teléfono.
Sarah fue la siguiente; se quedó en casa de Ariel, y, al despedirse, la tranquilidad se le notaba en los hombros.
Paula recibió un feliz cumple, Paulita acompañado de un choque de manos a través de la ventanilla y, Rachel, que fue la última antes de Sofía, en cuanto puso un pie en la acera, se inclinó hacia Diego para dedicarle una de esas miradas suyas que mezclaban ternura, advertencia y amenaza, en proporciones difíciles de calcular.
—Conduce bien, y cuídala —le guiñó un ojo a Sofía—. No hagan locuras.
—Rache —le gritó Sofía desde su asiento—, veinte de diez.
—¿Perdona? —inquirió Rachel, confusa.
—El búcaro —le aclaró con una sonrisa que le coloreaba las mejillas—. Es un veinte de diez.
—Madre mía de la vida —dijo Rachel persignándose—. Pues activa protocolo de posicionamiento estratégico queridita… por si acaso.
Y se alejó hacia la entrada soltando una carcajada.
El vidrio subió y el coche quedó, por fin, con dos respiraciones. Diego no dijo nada; se limitó a sonreír después de mirarla de arriba abajo, con toda la intención de ponerla incómoda.
—¿Qué cosa es el búcaro? —preguntó con sorna.
—Un recipiente para colocar flores —respondió Sofía juguetona—. ¿Qué si no?
—Ya —asintió él, mordiéndose el labio inferior—. Conque veinte de diez, ¿eh? No está nada mal... supongo.
Sofía se tragó la carcajada y volvió el rostro hacia la ventana. En la calle…, la desolación típica de las madrugadas en las ciudades detenidas en el tiempo. Faroles apagados, otros parpadeantes, un perro cruzando sin prisa…
—Gracias por traerlas —le dijo ella por fin.
—No es nada, tampoco era una alternativa dejarlas venir solas—respondió él, dejando caer la frase sin mirarle a los ojos.
El semáforo de la esquina cambió a verde y la noche, también. Minutos después Diego se detuvo frente a la casa de Sofía y dejó el motor encendido.
«¿Y ahora qué?», pensaba ella. Aunque al parecer el mismo destello les cruzaba por la cabeza a ambos. Sofía no quería abrir la puerta. No así. No sin él… pero invitarlo a pasar a su casa tampoco era una opción. Mucho menos con esa electricidad tan potente centellando entre los dos.
—¿Hay alguien en tu casa? ¿Estás solo? —preguntó ella, sigilosa.
—Ya te dije que yo siempre estoy solo.
Ella tragó saliva.
—¿Estoy a tiempo de cambiar mi destino final?
Él sonrió socarrón.
—Siempre estás a tiempo de todo lo que quieras hacer conmigo.