Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XV. Happy Birthday, Paula #2
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XV. Happy Birthday, Paula #2

Sarah recuperó el brillo en la segunda canción; Camila olvidó el salto epigástrico y se dedicó a buscar la cadencia; Amber se entregó en cuerpo y alma a la arritmia muscular que la caracterizaba; y Paula y Rachel —por supuesto— comenzaron a soltar las caderas como si nadie las estuviera mirando.

Sofía, en cambio, encontraba la vibración exacta entre el bajo y la respiración; bailaba como turca millonaria contenida, elegante e incapaz de desinhibirse del todo o de hacer el ridículo  en ninguna circunstancia.

La última vez que había bailado sin sopesar los efectos colaterales ni las miradas eternas, se había ido a casa acompañada por un neurocirujano que había terminado dejándole el corazón en trocitos diminutos imposibles de reacomodar.

Pero sí, estaba demostrado. Bailar para ellas era una forma de vivir el presente en estéreo..., sobre todo cuando compartían la pista.

***

Se vale aclarar que las discotecas en Cuba no eran como en el resto del mundo. Para empezar, en cada ciudad había muy pocas. Dos, con suerte tres. Se podían contar con los dedos de una mano.

La música tampoco engañaba a nadie. Nada de electrónica, qué va.

Predominaba el reguetón cubano y puertorriqueño, alguna bachata o merengue suelto y, por supuesto, la salsa, omnipresente.

Quizá —con muchísima suerte— se colaban algunos hits  internacionales en determinados locales, pero no era lo habitual.

Esta disco, antes llamada cabaret, era el punto de encuentro de todos los que tenían ganas de bailar, conocer gente, perder un poco la cabeza…

y, también, ir de cacería. Pocos hippies  en acción; muchos mickies , reppas , faranduleros, dueños de pequeños negocios, y los llamados nuevos ricos  que habían aprendido a moverse mejor que nadie entre la escasez y el oportunismo.

Algunas mujeres utilizaban el lugar para presumir de la última moda importada desde Estados Unidos y del novio de turno, que solía ser —casualmente— alguno de los vendedores más famosos de celulares, traficantes de tabaco o comerciantes de divisas extranjeras.

A ellas jamás se les ocurriría fijarse en médicos, abogados o graduados universitarios cuyos salarios no alcanzaban ni para cubrir la comida del mes.

En Cuba, ser profesional era —y es— una condena financiera.

Una pasión mal administrada. Un lujo que casi siempre se paga con miseria.

La prosperidad allí no venía con títulos universitarios.

Para Sofía y sus amigas, aquella disco no era un lugar de visita frecuente.

Solo iban cuando necesitaban subir la energía al máximo y perder el control por unas horas.

No era El Templo, bohemio, melancólico, con su soul  triste y su presupuesto bajo.

Aquí los precios de un solo trago eran desorbitados y ellas —todas— habían elegido la condena financiera .

Algo que, sin duda, debían resolver de una manera u otra.

Porque el dinero también es necesario para la felicidad.

Ya está bien de romantizar lo contrario.

No era una serendipia ni una señal del destino que, hacia una esquina en penumbra, estuviera Diego fumando tabaco con un amigo.

A decir verdad, lo extraño habría sido que no estuviera allí; era noctámbulo por naturaleza, la noche le pertenecía.

Pero Sofía ni siquiera había contemplado esa posibilidad. No lo tenía en su órbita.

Él andaba perdido en sus propios humos cuando su amigo le tocó el hombro y señaló con la barbilla hacia el centro de la pista, donde seis mujeres bailaban solas, como si nadie más existiera.

Diego siguió el gesto y, aunque el panorama destacaba a Paula y Rachel —imposibles de ignorar cuando de bailar se trataba —, sus ojos se desviaron sin remedio hacia Sofía.

El pelo corto dejaba su nuca expuesta a ratos, y la caída del vestido azul oscuro delineaba su silueta con insolencia. Diego no pudo evitar imaginarse hundiendo el rostro en aquel cabello, respirando ahí. Quitándole el vestido. Pero algo pudo más que todo eso. «¿Qué rayos hace Sofía aquí?».

Aplastó el tabaco en el cenicero a su costado y sacó el móvil.

Sofía buscaba la cámara en su celular para una hacer una selfie  confidencial, pero al mirar la pantalla los labios se le curvaron inevitablemente hacia arriba.

Diego:

¿Es que me andas persiguiendo?

Ya esto es acoso.

Ella alzó la vista y recorrió la disco con una mirada rápida: luces rebanando el humo, haces violetas, gente apiñada en oleadas. «Imposible. No puedo encontrarlo». Demasiadas cabezas, demasiados brillos, demasiadas sombras.

Se movió medio paso hacia el borde de la pista y afinó el foco.

El bar lateral, las columnas, la cabina del DJ, la zona oscura junto a la escalera.

Entonces lo vio. Hacia una esquina penumbrosa y matizada por el humo estaba Diego petrificado, mirándola, con el celular entre las manos. El móvil de ella vibró de nuevo.

Diego:

¿Voy y te saludo o te dejo bailar?

Sofía le dedicó una mirada fortuita en la distancia… antes de responderle.

Sofía:

Pues… claro, ven. Aquí no mordemos.

Diego:

Perdona, pero en eso discrepo.

Él pidió otro doble de whiskey a la roca y caminó pausado hacia la pista abriéndose paso entre las luces y el humo.

Camisa azul clara con los primeros botones desabrochados, pantalón oscuro, unos loeffler de cuero y ese aire fresco y seguro de sí mismo, que le funcionaba mejor que el resto de los outfits.

Casi todas las chicas notaron su presencia al mismo tiempo; el murmullo que provocaron llegó a rozar la indiscreción.

—Buenas noches, pandilla —saludó, con media reverencia.

—Ciudad pequeña —dijo Sofía, abriendo las manos en modo justificación—. Las coincidencias son inevitables.

Rachel la miraba con cara de fiscal con las cejas en alto.

—No la juzguen —musitó él, relajado—. Si la conocen bien, sabrán que no me invitó. No soy tan importante para su amiga.

Las cinco chicas soltaron la risa. Paula le chocó la mano; lo conocía de otras fiestas, de otros eventos sociales, de viejas relaciones familiares.

—¿No era que no había hombres esta noche? —disparó Camila, con un cinismo juguetón.

—Pues no. No los hay —respondió Sofía, sin perder el pulso del bajo.

—Soy gay —repuso Diego en tono socarrón—. No se preocupen por mí.

—Pero hombre igual, querido —acotó Amber.

Rachel soltó una carcajada y antes de que Sofía pudiera anticiparlo, Diego la guio con naturalidad hacia una esquina donde la luz era más tamizada.

—Estás… demasiado apetitosa con ese vestido —le susurró, cerca del oído—, y ese pelo corto… es pura maldad.

«Exagerado», pensó ella, aunque el halago le recorría la espina dorsal como un corrientazo.

Diego miró alrededor. El gentío, el empujón de la música, el roce impredecible de la noche.

El ambiente perverso. Los tipos malos,  al acecho como bestias hambrientas…

esos que él conocía tan bien. Luego miró el reloj.

—No deberían andar solas por aquí. —Le reacomodó la piedra de la cadena en el escote, antes de dedicarle una mirada abiertamente lujuriosa—. Lo digo en serio.

—Pero qué sensato te me has vuelto, hombre —replicó ella, enderezándole el cuello de su camisa, mientras le estiraba la tela sobre sus pectorales con la palma de la mano, justo antes de quitarle el vaso de whiskey  de los dedos—. Espero que no le hayas echado nada a esto, porque este me lo quedo.

—Eso tampoco deberías hacerlo —protestó él, mordiéndose el labio para intentar disimular la sonrisa que aquella Sofía — osada y siniestra — le provocaba.

— Just watch me…  —bromeó ella, dándose un sorbo antes de girarse y caminar en dirección a sus amigas.

Diego parpadeó cuando, al fin, se permitió notar la incomodidad. No con el deseo —ese lo disfrutaba, lo tenía asumido—, sino con lo fácil que le resultaba olvidarse de todo lo demás cuando ella estaba cerca. «¿Desde cuándo me preocupa cómo o con quién anda?».

Hizo un esfuerzo por ahogar la inquietud, pero no pudo.

Se quedó cerca, unos metros a la izquierda, como un satélite orbitando un planeta innombrable que tenía demasiada fuerza de gravedad.

No invadía su espacio. No se acercaba más…

porque había otra fuerza, menos evidente, que lo mantenía en su sitio.

Sin embargo, el conflicto le mordía por dentro.

«No es tu problema, Diego… Apártate». Pero no podía hacerlo.

Minutos después, la salsa tomó las riendas y los pies de él comenzaron a inquietarse.

A Diego la música se le metía en el cuerpo desde que era un adolescente.

Entonces dio unos pasos hacia el centro, marcó el tiempo con los chasquidos de sus dedos y, sin mirar a Sofía, se plantó frente a Rachel que ya se dejaba arrastrar sola por el compás de los metales.

—¿Bailas salsa?

Rachel no necesitó una segunda invitación. Plantó esa sonrisa de mujer que ya sabe, le extendió la mano y se dejó llevar.

Él colocó la mano derecha firme en el centro de la espalda de ella y, con la izquierda enlazó su derecha.

Rachel se acomodó a su compañero y la música se desplegó entre ambos con sensualidad; Diego marcaba y la chica lo seguía sin esfuerzo.

No tardaron en convertirse en el centro de atención de la pista.

La giró, la soltó apenas un instante y la recuperó en el un-dos-tres , preciso.

Parecía que hubieran bailado juntos toda la vida.

No lo habían hecho, pero el baile para los dos era puro instinto. Instinto bien aprendido.

Sofía siguió el vaivén con el vaso a media altura.

Observaba sin disimulo, enternecida, mientras el recuerdo de esos años sepultados se apoderó del instante.

«Otra vez esto». Que volviera ese vuelco en estómago le parecía algo necio, pero la verdad era, que mirar a Diego bailar siempre había sido un pequeño espectáculo.