XV. Happy Birthday, Paula
XV. Happy Birthday, Paula
Los domingos no eran de fiesta, pero en el calendario del grupo había una excepción tallada a fuego: los cumpleaños no se posponían.
Así que estaban todas —Sarah, Amber, Rachel, Camila, Paula y Sofía— en un café de esquina, lámparas bajas y olor exagerado a canela.
El plan era simple: charla breve, cuña de pastel y a casa. Ilusas.
Paula entró diez minutos tarde con el pelo en unas ondas largas que nunca se hacía y un vestido verde que decía cielito lindo , resaltando sus curvas. Dejó la chaqueta en el respaldo, para comenzar su propio show.
—Hoy se me celebra primero y se me critica después —anunció, riéndose.
Sofía fue la primera en abrazarla; con toda la intención de ponerla incómoda. A Paula no le gustaban los abrazos, le generaban presión social.
La piedra negra de su cadena asomó un segundo sobre la blusa y Paula la agarró entre el índice y el pulgar, supersticiosa.
—Ese amuleto… como que te ha vuelto la vida más interesante últimamente, ¿eh? Hoy me lo prestas —bromeó.
Pidieron café y una cuña de pastel con velita improvisada —un cerillo que Rachel encendió con teatralidad—. Cantaron Feliz cumpleaños a seis voces imposibles y aplaudieron como si la mesa fuera un escenario.
Paula sopló el cerillo con la misma fuerza del deseo que no pensaba contar.
—Venga, las reglas de la tarde —marcó Rachel, palmeando la mesa—: drama, ninguno; fotos, pocas; novios, ausentes; y a Paula no se le discute hasta mañana.
—No trajimos los regalos hoy —aclaró Camila curvando los labios hacia abajo—, para que puedas moverte sin dificultades. Te los llevamos mañana a tu casa.
—Entrega diferida —remató Amber haciendo un mohín.
Sofía alzó la taza.
—Brindemos por otro año sobreviviendo a Paula siendo Paula.
Rieron. Le robaron cucharadas al pastel hasta que la charla se desgranó en chismes inofensivos y microplanes para la semana.
Paula carraspeó con un brillo nuevo en los ojos.
—Tengo algo que decirles. —Giró la taza entre los dedos, hundiendo los ojos en el café—. Conocí… bueno, me reencontré con alguien. Es una persona que ya había visto por ahí y se me cruzó, otra vez… Nos estamos acercando.
Hubo un coro sincronizado de ¡oh-oh! más intrigado que escandalizado. Rachel entornó los ojos, dramatizando. Camila se inclinó hacia delante y Sofía sostuvo a Paula con mirada de ¿en serio?
—Nombre —exigió Amber, seca, solo para cumplir con su papel.
—Ninguno por ahora. —Paula sonrió misteriosa—. Ya me conocen. Primero tengo que verlo funcionar y después les cuento.
A Paula le costaba lidiar con la incertidumbre. Eso de lanzarse a las profundidades sin conocer las corrientes de los mares antes, no era algo que se permitiera.
—Cualquiera piensa que es prudencia —murmuró Amber—. Sabrá Dios quién es el mamarracho que no quiere presumirlo.
—Después del último fiasco —masculló Paula, sin victimismos—, he perfeccionado el protocolo de seguridad.
Sofía le apretó la mano bajo la mesa. Sarah, que venía retrasada de ánimo toda la semana, le susurró un tú sé feliz, lo demás da igual , en tono bajo, pero sincero.
Y, al rato fue Rachel la que no soportó más el minimalismo del lugar.
Miró el reloj, el local, el cerillo apagado, el cielo de domingo… y se le activó el resorte.
—Este café está bien para confesar pecados veniales, pero ya me aburre. Tengo una idea mejor y no admito debates al respecto.
—Definitivamente no —dijo Amber por puro reflejo.
—Definitivamente sí —respondieron todas las demás, cómplices innatas.
—Nos vamos a la disco —decretó Rachel, sacando el brillo labial—. Hoy tu cumpleaños no se nos queda en una taza de porcelana, Pau. —Le dedicó un guiño con el ojo izquierdo—. Te toca lucirte en la pista.
Paula fingió pensarlo medio segundo y acto seguido sonrió de medio lado.
—Hecho. Hoy cumplo 25 con los decibeles altos.
—Pero tengo que avisarle a Raúl… —dijo Camila preocupada.
—¡Sin novios! —recordó Sofía, levantando la taza vacía.
El pacto de la noche estaba vigente desde el último chat : Salida de chicas, sin anexos .
—Tranquila, Cami, Raúl está con Ariel y Rafa jugando billar en el Sport Bar —le recordó Rachel traviesa—. Estarán entretenidos.
Pagaron dejando una propina generosa —que Paula, por supuesto, cuestionó—, recogieron carteras y promesas, y salieron al aire del domingo con esa ligereza que aparecía cuando una en la tribu cumplía años y las otras estaban al servicio de hacerla feliz.
***
Iban seis en el taxi, un Chevrolet del 49 de museo, de esos tan habituales en Cuba: ni demasiado apretadas ni del todo cómodas, con las rodillas rozándose y los bolsos apoyados en el regazo.
Paula iba delante, en modo croqueta, entre el conductor y Rachel; las otras cuatro, detrás.
El auto iba cosiendo luces por la avenida cuando Sofía, con la frente apoyada en el vidrio de una de las puertas traseras, se percató de que, aquel día, después de contarle a Cesar sobre la respuesta sobre su manuscrito, nunca hizo la llamada pertinente para informarles a ellas.
—La editorial española me respondió —dijo en voz baja, como si no fuera importante.
Todas se giraron a mirarla con los rostros iluminados de alegría.
—No es un sí —aclaró—, pero estoy en la mesa. Tengo una entrevista con una neurocientífica que parece importante. Estoy feliz. No es una certeza, pero la posibilidad ya significa mucho.
Paula le estiró la mano hacia atrás cómo pudo desde su posición.
—Eso cuenta como regalo de cumpleaños para mí. Te lo dije que la ibas a romper con ese libro.
El cristal le devolvió a Sofía un reflejo borroso que le recordaba que seguía sin tenerle mucha fe a los milagros…
aunque quizás no se había detenido a pensar en que lo que estaba sucediendo no era un milagro sino el resultado de sus horas de estudio y empeño.
Pero al mirar a sus amigas, interrumpió sus escaramuzas mentales y sonrió.
«Me gusta este lugar donde no hay hombres desordenándome el mapa».
Rachel iba enternecida observando la ciudad, cuando de pronto se volvió hacia todas con un regocijo palpable.
—Qué bien se siente estar solas y juntas por fin. —La sonrisa se le ahogó en un suspiro—. Sin nadie más marcándonos el ritmo.
Sí, la sincronicidad entre los pensamientos de mujeres que pasan mucho tiempo juntas suele ser a veces escalofriante.
Rachel no lo decía en voz alta, pero aún entraba en conflicto con la añoranza de su vida de soltera.
Extrañaba el silencio elegido, la cama entera y la improvisación sin permisos.
Le pesaba ese tránsito que tantas mujeres atraviesan cuando cambian de forma abrupta su manera de habitar el mundo —ser libres y, al mismo tiempo, querer quedarse junto a alguien—.
Y todavía estaba aprendiendo a no vivirlo como una traición a sí misma y sí como parte natural del proceso.
Sentirse así era necesario, comprensible y, profundamente humano.
Sarah apoyó la cabeza en el respaldo, divertida.
—La vida en pareja es más bonita de lo que creen —murmuró—. Tiene sus encantos. Creo que estar con alguien no nos saca del círculo; todo va de confianza y tiempo. Y, si me apuras, de elegir bien el sofá.
Todas se rieron.
—¿Ya te ha tocado el sofá, Sarah? —preguntó Sofía, curiosa.
—Hasta ahora hemos cumplido con la regla de no irnos a dormir sin hacer las paces —explicó—, pero el día que haga falta, no seré yo la que se vaya al sofá. Puedes estar segura.
El chofer soltó una carcajada. Camila se inclinó hacia Rachel, con ojos de estreno.
—A mí vivir con alguien me da vértigo…, pero sospecho que, cuando encaja, debe de ser espectacular.
Paula —consciente de la elegancia del silencio— apretó la mano de Rachel y se guardó el comentario, mirando las luces pasar como si leyera señales.
Amber chasqueó la lengua contra el paladar y, como siempre, se fue a por libre sin mirar a nadie.
—Al final una siempre quiere lo que no tiene. Si estamos solas, deseamos compañía; si tenemos compañía, reclamamos oxígeno propio. Nuestros cerebros son caprichosos al cien por cien.
Sofía rodó sobre su dedo el anillo que le había regalado su madre y se permitió un segundo antes de hablar.
—No le des demasiadas vueltas, Rache. Donde tu alma se sienta en casa, ahí es —le dio dos palmaditas en el hombro desde el asiento trasero—.
Podemos juntarnos solo nosotras de vez en cuando y también puedes tener a Rafa en tu cama cada noche; que te acompañe al mercado y te lleve el café por las mañanas.
No hay que elegir. Pídete el menú completo.
Se hizo un silencio encubridor hasta que alguna rio por lo bajo y el taxi tomó la siguiente avenida. La tribu estaba ahí, íntegra, y ese premio de vida también contaba como destino.
***
La disco era la más grande y la más alborotada de la ciudad: luces en diagonales, un bajo que desordenaba los cuerpos y la sensación de que todo podía pasar si la noche quería. Entraron en un frente cerrado, riéndose con el comentario de Rachel:
—Si alguien pregunta, andamos en una despedida de soltera, solo que no hay novia —y se hicieron sitio junto a la barra lateral.
—La primera ronda va por mí —dijo Rachel sin escatimar en los precios—. Cinco margaritas… y un mojito para la doctora que va a publicar un libro.
—Yo hoy me porto bien —avisó Sofía, presumiendo una sonrisa que lo desmentía —y lo del libro, aún no es seguro.
—Deja la modestia —espetó su amiga empujándola por el hombro—. Eso es un hecho. Estoy segura.
La música las empujó desde el primer compás. Como siempre sucedía, subieron a la pista y bailaron entre ellas, sin coreografías ni selfies , con esa libertad exquisita de hoy solo existimos nosotras.