Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XVII. Noviembre
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XVII. Noviembre

Noviembre siempre debía ser bonito para Sofía, era ley.

Mes preferido, mes ritual, mes de inventarios y comienzos limpios.

Sin embargo, no podía evitar que le rozaran los aires fríos del noviembre anterior —el final, había sido un fiasco total—.

Este, en cambio, venía resultando espectacular.

«Que siga así», pensó, cerrando la puerta de su habitación tras de sí.

Encendió la lámpara del rincón de estudio, acomodó el portátil sobre el escritorio y revisó el encuadre: pared sobria, estante con varios libros acomodados, su rostro sereno y sutilmente maquillado. Respiró hondo.

Había cruzado correos y mensajes con la doctora Niurka Castillo, pero nunca habían tenido una conversación en vivo.

Sabía lo justo, lo que había averiguado en Google y en las conferencias que tenía colgadas en YouTube.

Se trataba de una neurocientífica de prestigio, divulgadora dura, con acento español que cortaba el aire, y elegancia sin alardes.

«No parece ser una mentora cálida. Tal vez sea más como un espejo incómodo».

Minutos después la sala de Zoom  admitió por fin a la doctora. La imagen apareció nítida. Una mujer de unos cincuenta, estilizada, con el cabello bien recogido y una blusa clara que parecía hecha a su medida; tenía la mirada clínica e inquisitiva.

—Doctora Sofía Robles, ¡por fin! —saludó Niurka con una sonrisa apenas dibujada—. Un placer.

—El placer es mío —respondió ella, cuidando que la voz no delatara su inoportuna mezcla de emoción y nervios.

—Antes de entrar al asunto central… tengo curiosidad. ¿De dónde le viene la veta literaria? Se le nota la pasión en la escritura. Ya sabemos que escribir le hace bien al cerebro, y que hay mucha gente que la practica como terapia, pero… esto no es de ahora.

—Supongo que de mi madre. Y, bueno, de niña gané concursos de literatura en la escuela primaria. Mi profesor de entonces se decepcionó bastante cuando, años después, se enteró de que estaba estudiando Medicina.

—Pues le ha servido combinar ambas pasiones. —Niurka consultó el reloj de reojo—. Pero vamos a lo que vamos, que ando corta de tiempo. Su manuscrito me ha cautivado, sobre todo, por el atrevimiento.

—¿Perdón? —Sofía no esperaba esa declaración.

—Los textos tienen mucha alma —dijo la doctora, acomodándose los espejuelos en el puente de la nariz—, pero les falta un poco de precisión. No puede pedirle al lector que entienda antes de sentir.

—¿Acaso no es eso lo que nos falta en la vida real y arruina todas las buenas respuestas que podemos dar ante ciertos estímulos?

—Sofía se inclinó hacia la pantalla, hablando despacio—.

La gente reacciona a lo que siente, y mucho, a veces solo basta imaginar, sin entender todavía el porqué.

Por eso quienes sí han aprendido a entender a fondo pueden manipularnos.

Niurka ladeó la cabeza, sonriendo con suficiencia.

—Entiendo su objetivo, pero no me lo rebate la emoción, sino la lógica —explicó con calma—.

Es cierto que sin un marco metodológico no hay pruebas, pero conviene situarlo en el lugar adecuado.

Si obliga al lector a reflexionar antes de permitirle sentir, perderá su confianza y el libro se quedará en ese punto muerto donde tantos lo abandonan por falta de conexión.

—Bebió un sorbo de agua—. El lenguaje poético puede humanizar la ciencia sin sustituirla; utilícelo para vincular desde la sensibilidad y, después, explique cuanto considere necesario.

Sofía sostuvo la mirada. «No voy a achicarme, yo sé que mi intención funciona, solo tengo que demostrárselo».

Pero una inquietud conocida le presionó el esternón. Admiración y resistencia en proporciones exactas, una no podía existir sin la otra.

—O sea, podría modificar las entradas de cada capítulo —propuso Sofía con mesura—, validando las emociones que puedan surgir según el tema, para que los lectores no minimicen sus propias reacciones.

Y después asegurarme de explicar que no tiene por qué ser siempre así, ya que es posible entrenar la respuesta.

—Es una alternativa estupenda —admitió Niurka—. Piensas muy rápido. Una de las razones por las que sugerí a la editorial mantener su manuscrito sobre la mesa es que aquí hay inteligencia emocional al alcance de cualquiera, incluso de lectores poco habituados. Pero tenemos que trabajar la armazón.

La palabra armazón  se quedó suspendida entre ellas.

—En eso estamos de acuerdo.

—Muy bien. Partiendo de ahí —Niurka abrió una carpeta sobre el escritorio—, enfoquémonos en que su libro brille.

Quiero que, cuando lo vuelva a presentar, nadie dude de que debe publicarse porque —deslizó las gafas un poco hacia abajo—, más de dos editores han sugerido que el manuscrito no era de interés, que no llegaba…

Algo se desplazó dentro de Sofía. Una pieza mal encajada en la maquinaria que hasta entonces había funcionado sin ruido.

Niurka no era tibia, pero tampoco cruel. Era una fuerza orientada a la estructura y a la precisión. Una de esas presencias que no aplastaban, pero obligaban a recolocarlo todo.

—Le diré lo que veo —prosiguió Niurka—. Tiene capítulos con hallazgos potentes, pero el método está implícito.

Necesitamos que esté explícito. Qué evidencia, qué grado de evidencia, cómo traduce usted la literatura científica al lector.

Si va a hablar de respuesta de estrés, no basta con nombrar la amígdala; ubique el circuito, proponga un ejercicio práctico, mida el cambio.

Y, por favor, evite la tentación de usar metáforas donde corresponde un diagrama.

—Las metáforas anclan la memoria —replicó Sofía—. El diagrama se olvida, la imagen se queda.

—Ambas pueden convivir —concedió la doctora—. Pero en estos casos vamos al revés. Primero el diagrama, luego la imagen. Primero enderezas la columna vertebral y luego te pones el vestido.

Sofía apretó el bolígrafo que no estaba usando. «Tiene filo esta mujer… pero me viene bien».

Y así fue como noviembre comenzaba con una colisión de mundos que, de pronto, empezaba a parecerle necesaria.

—Le propongo algo concreto —dijo Niurka—. Escoja tres capítulos donde su voz esté más fuerte. Llévelos a quirófano con todo lo que hemos hablado hoy. Si lo logra tres veces, el resto del libro sabrá cómo respirar.

—¿Pero y si pierdo un poco de emoción en el intento? —bromeó Sofía.

—Si la emoción solo se sostiene en emoción —respondió Niurka, tajante—, no es emoción: es reacción y usted quiere lograr todo lo contrario, ¿no? Transformar al lector, no conmoverlo un rato.

«Realmente quiero las dos cosas, sé que así funciona mejor, pero ella no está lista para esa conversación».

A Sofía se le escapó una sonrisa por las comisuras.

Había algo de soberbia en su seguridad, sí, pero también una honestidad consigo misma que le había costado mucho construir y a la que jamás estaría dispuesta a renunciar.

—Está bien —asintió—. Lo haré, pero sin perder mi estilo.

—Otra cosa —añadió Niurka—. Su público no será homogéneo. Habrá profesionales y habrá curiosos. No les hable igual en el mismo párrafo. Y, por favor, un glosario al final con términos que usted usa como si fueran cotidianos.

—Anotado —dijo Sofía, con un brillo expectante en la mirada.

—No le estoy pidiendo que se vuelva otra persona, doctora Sofía —acotó Niurka, y por primera vez el tono se le suavizó—.

Le estoy pidiendo que su mejor versión tenga un esqueleto a la altura.

Su libro no va a ser un manual; va a ser un mapa, una especie de charla y casi puedo garantizarle que también será compañía.

Pero un mapa sin escala es solo un póster bonito, y ni guía ni acompaña, por el contrario, estorba.

Sofía respiró despacio.

«Un mapa», repitió en silencio. Le gustaba la palabra. Le gustaba más de lo que esperaba.

—Gracias —dijo sincera—. Es mi primera vez y estoy un poco asustada, pero me ayuda mucho que se lo tome tan en serio.

—No son halagos, es trabajo —cerró la doctora—. Su propuesta tiene madera. Solo recuerde que la diferencia entre lo bueno y lo extraordinario está en decidir caminar esa milla extra. Nos vemos en una semana con esos tres capítulos intervenidos y si me convence con ellos, le escribiré el prólogo.

—De acuerdo —respondió Sofía, intentando esconder la emoción que le producía la posibilidad de que alguien como la doctora Niurka escribiera el prólogo de su libro.

Pero la doctora lo notó. Alzó las cejas, divertida… y la retó.

—El brillo en sus ojos la delata, doctora Sofía. ¿Lo ve? Todo fluye mejor cuando puede permitirse sentirlo.

Hubo un microsegundo de silencio antes de la despedida, como si ambas midieran lo que había cambiado en apenas veinte minutos.

—Ah, tengo que decirle una cosa —añadió Niurka—. Esa manera suya de llamar a los artículos… ¿neurocizañas?  Al principio me pareció un tanto irreverente, y aún no me convenzo de que sea buena para el libro en sí, pero al adentrarme en la lectura he comenzado a percibirla exquisita.

—Ya sabe lo que dice la neurociencia… La percepción se transforma con la experiencia.

—Buen punto —respondió Niurka, con una leve ironía en el gesto—. Póngale fe y ganas a ese libro. Es un muy buen proyecto. Le envío las anotaciones y sugerencias por correo. Que tenga linda noche.

La pantalla se oscureció y la habitación volvió a ser habitación.

Sofía deslizó la silla hacia atrás y apoyó la frente en el borde frío del escritorio.

Aquel Zoom había sido un espejo que le devolvía la imagen de todo lo que podría llegar a lograr…

si no incluía factores extra en la ecuación.

No le asustó mirarse, aunque vértigo, sí que le dio un poco.

Se sentía como una sinapsis interrumpida.

Las dos neuronas dispuestas, próximas incluso, pero sin el neurotransmisor necesario para que el encuentro ocurriera. Faltaba algo. Pero no sabía qué era.

«Este noviembre sí. No lo puedo creer».