XIII. Nunca es el café, sino con quien te lo tomas #3
Sofía cedió curvando los labios en una media sonrisa.
—Al fin…, ¿qué tienes? —insistió él.
—Mi mejor amigo se va a Estados Unidos. Él es muy importante para mí.
—Ufff… cada vez son más los abrazos de despedida en los aeropuertos de Cuba. Este país no tiene solución.
Diego se sentó a su lado, dejó que se desahogara un poco y luego se quedó mirándola un instante largo; le conmovían sus ojos húmedos, sí, pero el deseo que tenía instalado bajo la piel comenzaba a parecerle demasiado urgente.
—Entonces… —continuó, pellizcándose los labios— ¿no tenías tantas ganas de comerme vivo como parecía cuando llegaste?
Sofía rio más amplio esta vez.
—No tantas… —«Pero, ya que estoy aquí… ¿por qué no? »—, aunque ahora que lo pienso, no he comido nada hoy.
Necesitaba una tregua. Él entendía el arrebato y también el silencio…
así que no se esperó mucho, se inclinó hasta rozar su boca primero con cuidado; después, como si por fin lo soltaran hambriento frente a su presa.
La empujó a la cama de un tirón y terminó de quitarse la camisa, la desnudó cómo pudo, aunque no hacía mucha falta…
ella había llegado desnuda esa tarde, más de lo normal.
Antes de hundirse en ella y comenzar a marcar el ritmo con sus caderas, apoyó su frente en la de ella e inspiró profundo… clavándole la mirada. Quería que se sintiera segura, que se dejara llevar. Y ella lo hizo.
Por un momento, a Sofía todo se le salió de la big picture : el vuelo definitivo , la cafetera que no quemaba, el te voy a extrañar mucho . Todo se redujo al placer de sentir a Diego dentro de ella otra vez, sincronizándola con lo que sí había. Salvándola.
«¿Por qué busco a alguien que no me importa en un momento así?». No hubo respuesta en la cabeza, no se estaba haciendo la pregunta correcta, no del todo… y la reacción de su cuerpo desafiaba sin piedad a la teoría.
A veces solo necesitamos una orilla, no importa si es puerto conocido o muelle de paso.
***
Sofía salió del baño de la habitación de Diego con el pelo recogido en un nudo improvisado, ya con la ropa de vuelta a su cuerpo y la bata del hospital en el brazo.
Había recuperado esa prisa que le llegaba siempre después, cuando su mente racional le recordaba que no debía permanecer demasiado tiempo entre volcanes.
Diego ya estaba vestido con la camisa abotonada a medias y las mangas arremangadas, frente a una licuadora que rugía triturando los hielos. Le sirvió el daiquirí en un vaso frío con el borde azucarado, y se lo dejó sobre la encimera.
Ella recogía su bolso y se apresuraba a la salida.
—Bueno… gracias por… —Se volteó a decirle, pero Diego no le dio tiempo a completar la frase.
Él cruzó el espacio con el vaso en la mano, como si no tuviera prisa por llegar y aun así llegara antes que ella.
—Quédate treinta minutos a compartir el trago conmigo y luego te llevo —dijo, ofreciéndole el daiquirí.
Sofía lo miró, primero al vaso, luego a él. Dudó un segundo.
—Treinta minutos y me voy sola. No tienes que llevarme —aceptó, marcando sus condiciones.
Diego sonrió meneando la cabeza, pero no rebatió. Sabía por qué ella lo hacía y lo respetaba.
—Hecho.
Sofía se apoyó en el desayunador, sin sentarse del todo. Probó el coctel, que se sentía tan frío como tan necesario. Diego jugueteaba con una servilleta del otro lado, mirándola con intención.
—¿Siempre corres así?
—No siempre, pero tengo muchas cosas que hacer hoy —respondió ella, y volvió a beber.
Él no intentó llenar los huecos, la dejó estar.
De reojo, Sofía alcanzaba a ver la cama deshecha por la puerta entreabierta de la habitación y pensó en el arrebato que la había traído hasta ahí; en lo fácil que había sido colarse en su casa, en sus sábanas…
y en el miedo a confundir una tregua con destino por lo simple que parecía.
Sacudió la cabeza. «No sobrepienses, Sofía».
Treinta minutos podían ser una eternidad o un parpadeo, pero ninguno de los dos parecía dispuesto a discutirlo. Sofía bajó el vaso dejando una marca húmeda sobre el mármol y se permitió aflojar los hombros.
Comenzaba a sentir que con Diego todo resultaba sencillo.
Una frase al vuelo, una sonrisa torcida, y ya estaban dentro de una conversación que parecía tener años de confianza.
No era solo su desparpajo; él sabía escuchar.
Ya lo había sorprendido notando detalles que ella misma pasaba por alto, y era verdad, era un loco de mierda , de los que andaba por la vida sin medir consecuencias, pero también era un interlocutor exquisito.
Y, como amante fortuito… bueno, ahí también tenía un talento innegable, el de aparecer en el momento justo y desaparecer antes de que la neuroquímica provocara adicciones o modificaciones en el código genético.
No era que se escondiera, pero Diego cuidaba más su sombra que su imagen…
y Sofía había notado que tenía mucho cuidado de que no los vieran juntos más allá del plan de una amistad sutil —risas, cafés, personas que nunca se inclinaban demasiado— no porque no quisiera que lo vieran con ella, sino, más bien, para que a ella… no la vieran con él.
Esa tarde, sin embargo, el ambiente parecía más denso y él hablaba menos.
Sofía sabía reconocer la incomodidad ajena cual dolor viejo en su propio cuerpo, pero lo dejó a su ritmo.
Él tamborileaba con los dedos, miraba su vaso y luego a ella, como buscando permiso para bajar una guardia que nunca admitiría tener en alto.
—¿Sabes qué? Yo también recibí una noticia fuerte hoy —soltó al fin.
Evidentemente quería hablar de algo y, aunque ella se debatía entre si debían o no…
, en ese instante no tenía moral para dejarlo plantado.
A fin de cuentas, ella había sido la primera en irrumpir su espacio privado para llorar sobre su hombro por un asunto bastante personal. Le tocaba asumir el efecto de rebote.
—¿Qué te ha pasado?
—Hace unas horas me enteré de que voy a ser papá.
—¿Cómo? ¡ Wow ! ... —«Joder, y ahora qué digo, la verdad es que no quiero detalles, pero no puedo ser tan odiosa»—. ¿Felicidades? —dijo por fin, más en modo tanteo que en celebración.
Diego sonrió, socarrón. Notaba la sorpresa de Sofía y lo fuera de lugar que se sentía, pero no se detuvo. Verla así era disfrutable.
—Sí… estoy feliz.
Ella lo miró con un asombro que no llegaba a ser gratificante. Siempre lucía tan soltero, aunque nunca se lo había preguntado. Él se adelantó, leyéndole la curiosidad en el rostro.
—Mi ex y yo llevamos más de tres meses separados. Ella recién se enteró del embarazo.
—¿Estás feliz entonces?, ¿de verdad? —insistió Sofía ahora sí mirándolo de frente.
—Creo que sí. Siempre me ha gustado la idea de ser papá.
—Pues… salud por eso. —Levantó el daiquirí sin darle mucho cordel al asunto. Los hielos tintinearon—. Quizás deberías intentar arreglar las cosas con ella. No me toca decírtelo, pero tal vez haya una buena razón ahora.
—Quizá —dijo él, tras una breve pausa, llevándose también el vaso a los labios—. Pero con ella tengo un problema enorme. Nunca tenemos de qué hablar. Es complicado.
Sofía lo entendía. Estaba muy claro de que el silencio mal compartido solía ser agobiante.
«El matrimonio es como una larga conversación.
Al entrar en un matrimonio, uno debería preguntarse: ¿crees que podrás tener buenas conversaciones con esta persona hasta la vejez?
». Había leído esa reflexión de Nietzsche hacía mucho tiempo y nunca la había olvidado.
El teléfono de ella vibró sobre el mármol.
En la pantalla apareció una notificación de Gmail.
El remitente: Editorial Ínsula , la editorial española a la que había enviado su manuscrito.
El asunto: Dictamen preliminar sobre el manuscrito enviado .
No lo abrió. Se pasó el pelo detrás de la oreja, cogió el bolso y apuró un sorbo que no necesitaba.
—Necesito irme, Diego —dijo—. Tengo algo muy importante que hacer ahora.