Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XIII. Nunca es el café, sino con quien te lo tomas #2
15%

XIII. Nunca es el café, sino con quien te lo tomas #2

Las palabras cayeron y espesaron el aire de la sala. Sofía parpadeó. Él ya había ido y vuelto con el pasaporte español, pero el tono con el que había sonado este definitivo , no parecía admitir objeciones; sonaba contundente.

—Esto es cosa de Sasha, ¿verdad? —se le escapó a ella.

La pregunta no venía de los celos, sino de sus percepciones más sinceras. Sasha funcionaba como un plan con piernas bonitas, una brújula que no dudaba y, a Eddy le había encantado ese trazo seguro desde el inicio.

La madre asomó el rostro desde la cocina, triste e inquisitiva a la vez.

—¿Y tú qué crees?

—Por favor, ustedes dos. —Eddy apretó la mandíbula—. Soy adulto y tomo mis decisiones. Sasha es mi novia. Es normal que hagamos planes juntos.

—Claro —dijo Sofía—. Es tu novia desde hace dos meses. Solo quiero asegurarme de que los planes sean tuyos y no de ella. Todo esto es muy repentino, Eddy.

—Está decidido. No hay vuelta atrás.

El silencio ocupó todo el espacio. Afuera se escuchaba un portazo lejano; arriba, una silla raspaba el piso.

Pero dentro, a Sofía se le apretó el pecho como si le ajustaran un corsé invisible.

Sentía que se asfixiaba, pero ella sabía respirar —tenía oficio para eso—, solo que, al manual, esta vez, le faltaba la página del plan B.

Eddy no solo era su mejor amigo. Era el guardián con las llaves de repuesto y el humor siempre a mano; el que llegaba con pizza a desactivar un mal día; el que le leía el ánimo por la posición de sus cejas; el colchón donde caer y rebotar sin romperse, el que fingía de novio celoso cuando Sofía quería esquivar algún satélite o sacaba sus mejores perchas para provocar celos en los que intentaban pasarse de listos.

Una mujer con un mejor amigo hombre tiene la dicha de conocer la lealtad sin espectáculo, de contar siempre con el chiste que corta el nudo, con la mirada que salva en fiestas incómodas, con la llamada que nunca juzga…

y Sofía estaba a un palmo de ser esa mujer, pero con su mejor amigo a más de noventa millas y sin puentes.

Pensar en perderlo de su órbita la desajustaba más que abortar un buen plan de vida.

—¿Cuándo pensabas decírmelo? —preguntó resignada.

—Lo decidí hace dos días. —Apretó los labios—. Quería que lo supieras por mí.

La madre volvió con dos tazas de café y las dejó en la mesita.

—¿Y el trabajo? ¿Y tus padres? —preguntó Sofía buscando anclas.

—Ya hablé con Recursos Humanos. A mami y a papi me los llevo conmigo apenas pueda. Sasha tiene familia allá y prometieron ayudarnos. Verás que saldremos adelante rápido.

Estaba claro que sus palabras no admitían negociación. Eddy no parecía capaz de asimilar otra lectura de la realidad y, en ese punto, todo lo que no coincidiera con su ruta nueva quedaría fuera de foco. Sofía tuvo que lidiar con el nudo en la garganta.

—Entiendo —dijo.

Y lo entendía. Con Sasha o sin Sasha, la isla —a cierta edad— se quedaba chica para quienes querían superarse y cumplir sueños.

Esta no iba a ser la primera despedida ni sería la última.

En Cuba, últimamente, los adioses llevaban récord de estadísticas.

Pero esta tocaba otra cuerda… una suya, una sin la cual… la vida se le desafinaba.

Él la miraba con ternura y una culpa que Sofía sabía que no merecía sentir.

—No quiero hacerte sentir mal —le dijo él.

Pero el malestar no venía de sus decisiones, sino de todo lo que a ella se le movía por dentro.

Pedirle que se quedara sería egoísta e inocuo.

Además, amar también consistía en abrir los brazos y dejar ir.

Y Sofía entendió que Eddy ya había cruzado mentalmente la frontera, que su decisión no era un arrebato ni tampoco una locura; era la huida de un país que se había quedado sin esperanzas.

—No me pidas que no me duela. Se me ha movido bastante el piso. ¿Cuándo te vas?

—El viernes de aquí a dos semanas. Ya tengo el vuelo.

—Perfecto. Te acompaño ese día al aeropuerto y…, cuenta conmigo para lo que necesites.

Pronunciar perfecto  le enderezó la columna. Él soltó una risa, pero sin alegría.

—Sabía que ibas a decir eso.

—Ya me conoces —se mordió las mejillas por dentro—, demasiado.

La madre se sentó en el borde de un sillón.

—Yo no sé si esto es lo mejor, Sofi —confesó—. A veces siento que lo están empujando.

Eddy viró los ojos; conocía los celos de su madre con Sasha.

—No creo, confía en él —le dijo Sofía, con una expresión ya más suave—. Ya sé que da vértigo, pero el vértigo también puede ser el camino para que tenga… tengan , un mejor futuro.

La madre asintió, aún con los ojos anegados. Eddy se inclinó a Sofía.

—Te voy a extrañar mucho.

—Y yo a ti. Pero nos veremos todos los días —dijo ella, enseñándole el celular, al tiempo que el corsé invisible le apretaba un poco más. Algo en ella sabía que no sería del todo así.

Sofía recorrió con la mirada la planta sin flor de la ventana, el cuadro torcido que siempre había jurado enderezar, la taza astillada de los cafés de madrugada. Todo parecía pasar factura.

—Te voy a dejar mi cafetera eléctrica —dijo él, tratando de distraerla—, que con las italianas te quemas.

—No hace falta. Nunca es la cafetera ni el café, siempre es con quién te lo tomas.

A Eddy se le atravesó algo en el pecho, sabía que ella tenía razón. Pasaría tiempo antes de que el café supiera igual. Emigrar tenía ese precio: la soledad, el desapego, aprender a que te gusten otros sabores. Volver a tomarse un café con Sofía iba a demorar.

Ella hizo un esfuerzo más por sostener el ritmo de la conversación, pero ya no podía más... tenía que salir de allí o iba a derrumbarse frente él, y eso era lo que menos quería.

—Todo va a ir genial, Eddy. Pero ahora tengo que irme… mañana a primera hora tengo seminario y no he estudiado nada —mintió, pero tenía que huir, y pronto—. Te llamo luego. Y que sepas que en estas dos semanas tendrás que ir a verme muchas veces.

Él la abrazó fuerte, con lágrimas en los ojos. Luego, su madre, más fuerte todavía.

«Si yo me siento así, y soy su mejor amiga… Mierda. ¿Cómo carajos se sentirá una madre en una situación como esta?».

—Gracias por quererlo —le dijo la madre.

—Gracias por parirlo —respondió Sofía, y la mujer soltó una risa jadeante.

Antes de salir por la puerta, Sofía se volvió.

—Una cosa más. —Lo miró fijo—. Sasha me cae bien, pero no dejes que te marque el ritmo.

No confundas el amor que tú tiendes a enamorarte rápido.

Intenta decidir por ti… Si te vas, que sea porque tú quieres y no porque a ella le convenga.

Si los planes coinciden, perfecto. Pero tú primero… , para todo lo que venga. ¿Me oyes?

—Te oigo.

—Entonces nos vemos mañana en la noche.

Salió con el bolso al hombro, respirando entrecortado.

La falta ya se sentía; una habitación mental comenzaba a vaciarse y tocaría inventarse puentes invisibles.

Bajó las escaleras. En el segundo piso se detuvo porque el cuerpo pidió agua; el alma, también, pero no lloró.

Si empezaba, iba a regresar y no quería hacerlo dudar, le tocaba acompañarlo. Entonces le escribió un mensaje.

Sofía:

Te odio un poquito, pero te quiero muchísimo.

Mañana a las 7, pasta con lo que haya, en mi casa.

Guardó el móvil y salió a la calle. El cielo tenía aquel azul sin indulgencias… irritaba de lo despejado que lucía.

«La amistad —pensó— a veces también consiste en sostener la escalera mientras el otro cambia de techo. Duele a ratos, sí, pero también es un privilegio».

No entendió por qué, pero el gesto le salió en automático. Agarró su móvil y marcó a Diego. Él contestó al instante.

— Vecina…

—¿Dónde estás?

—Mmm… ¿dónde necesitas que esté?

Diego vivía justo al lado de Karla, bastante cerca de la casa de Eddy. Sofía notó que estaba a unos quince minutos caminando y, sin calcular los riesgos, se lanzó.

—Estoy cerca de tu casa. ¿Estás solo?

—Ni en casa ni solo, pero en diez minutos lo estaré.

—¿Está muy mal que nos veamos allí?

La risa de él se escuchó burlona del otro lado de la línea.

—Soy un lobo solitario, vecina … no vivo con nadie hace muchos años. Nos vemos allí.

Diego no entendió nada, pero que ella lo invocara en menos de veinticuatro horas le encantaba.

Cuando Sofía llegó, él ya la esperaba en el portal.

Ella entró por la puerta abierta sin saludarlo agarrando su antebrazo, como si la casa fuese suya, y lo condujo al interior.

Nunca había entrado a su casa, pero de repente parecía que lo había hecho toda la vida.

Cerró la puerta con el pie. Le buscó la camisa y empezó a desabotonársela sin decir una palabra.

Intentaba apagar una alarma interna… pero Diego percibió el desfase y la dejó hacer el primer movimiento…

luego le apartó el cabello de la frente, leyendo el pulso en su cuello, el temblor en los dedos, la tristeza en sus ojos…

—Sofía —dijo acariciando su pelo—, ¿qué pasa contigo?

Ella negó con la cabeza.

—Hey… ¿tú estás bien?

—Estoy bien. —No lo miró fijo y la energía que emanaba de su cuerpo parecía a punto de estallar entre las paredes de la casa.

Diego la sostuvo por los hombros y buscó sus ojos hasta encontrarlos.

—Sofía —dijo sin apartarle la vista—. Respira.

Ella no pudo más y se echó a llorar contra su pecho. Él entendió que había algo más que sus ganas imprevistas de verlo, que debajo de aquel impulso inaudito había algún golpe reciente. La guio para que se sentara en la cama de su habitación y, cuando el sollozo aflojó, fue por un vaso de agua.

—¿Ya puedes contarme qué te pasa?

Sofía bebió un sorbo. Que fuera Diego quien en ese momento le estuviera preguntando aquello abría paso a otro cuestionamiento más alarmante todavía.

«¿De verdad estoy tan jodidamente sola… que he venido con Diego?».

Tenía lógica… Eddy no tenía muchas fanáticas en su tribu. Y ninguna iba a entender —al menos, no de verdad— que le doliera tanto. Ninguna lo conocía lo suficiente.

—No sé qué hago aquí, en serio.

—Parece que necesitabas un hombro… y me llamaste a mí. —Abrió los brazos con asombro—. Créeme, yo también estoy sorprendido.