Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XIII. Nunca es el café, sino con quien te lo tomas
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XIII. Nunca es el café, sino con quien te lo tomas

Sofía despertó en aquella cama grande y fría, que no era la suya.

Estaba sola, desnuda bajo una sábana blanca cuya textura la invitaba a quedarse ahí un rato más.

Se llevó una mano a la frente, sonrió sin fuerza y pensó en lo plácido que resultaba el sueño que sucedía al cuerpo rendido.

Se habían quedado dormidos… después del segundo round. Diego ya no estaba.

El reloj en la pared marcaba las siete de la tarde. Buscó la bata de baño, se la puso y salió de la habitación. Desde la entrada se oyó el clic       de la cerradura, y apareció Diego descalzo, con un pantalón de lino beige , sin camisa, con aquellos trazos de tinta en su piel diciendo lo justo.

Una rosa de los vientos pequeña en el pectoral izquierdo, una frase en cursivas que parecía en latín al borde inferior de la clavícula derecha y, en el costado, un lobo geométrico que seguía la línea de las costillas. «Es un loco de mierda, pero la verdad es que está muy bien».

—Hola, vecina  —dijo él, acercándose con esa parsimonia suya que a veces desesperaba—. Te dije que ibas a poder descansar.

—Y lo hice —«Después de dos combates extremos exquisitos»—. Me siento… como nueva.

Se detuvo a un par de pasos, con la bata recogida a la altura de las rodillas.

—Porfa, ¿me traes la mochila para vestirme y… luego me llevas a mi casa?

—Aquí está. —La agarró del Sofá y se la alcanzó—. Ya la había buscado.

El aire arrastraba un olor amable y comestible a humo y romero. Desde la terraza llegaba el chisporroteo constante de las brasas.

—Estoy haciendo unos cortes de carne al carbón —le comentó sin darle mucha importancia—, por si te apetece.

—Seguro. —Se puso la mano en el abdomen—. Tengo hambre.

—Tienes tiempo. Dúchate, vístete tranquila —le sugirió Diego susurrando sobre su cuello—. Te llevo a tu casa cuando termines… o después de que comamos. Tú decides.

Sofía asintió mientras giraba sobre sus pasos de vuelta a la habitación. Antes de entrar le lanzó una mirada de soslayo por encima del hombro. «Qué buena espalda».

Se duchó y se vistió. Se revolvió el pelo con la mano, lo sacudió dos veces y salió guiada por el olor exquisito de la carne a la parrilla.

Diego tomaba un trago de whiskey  sentado sobre un tronco de árbol cortado que hacía de banco; ella se dejó caer en una hamaca que colgaba a su lado.

—No tienes que irte. Puedes quedarte si deseas… —dijo él en tanto arrancaba unas ramas de hierbabuena de la tierra a sus pies para prepararle un mojito —y mañana te llevo bien temprano.

—Diego… no confundamos las cosas.

—Oh, no. Tranquila. No lo hice ni lo hago. Sé perfectamente lo que sucede entre nosotros —le respondió incorporándose para prepararle el trago y cortar las carnes—. Pero también sé que no pasa nada porque duermas aquí. Eso no significa que estemos estrechando lazos o creando compromisos.

—¿Ah, no? Pues yo creo que por ahí empieza.

—No, te lo pido, no seas de esas, Sofía.

—¿De esas    cuáles?

—Otra víctima de las seriecitas cursis de Netflix y del fake emotional coaching , buscando encajar en lo que se usa; de las de: ay…, no podemos dormir juntos, ni hablar de nuestras vidas privadas… Esto es sexo y nada más  —dijo imitando la voz de chica.

—¿Y acaso no lo es?

—Por favor, Sofía. —Clavó la punta del cuchillo en la carne y a ella la traspasó con sus ojos azules oscurecidos—. Eso es pura hipocresía, tú lo sabes. Y más en tu caso. Contigo no debe ser fácil que sea sexo y nada más. De hecho, creo que nunca lo es.

Sofía se levantó fingiendo un suspiro y se dirigió hacia una de las sillas al borde de la mesa. Dio un sorbo lento al mojito, bastante sorprendida por las palabras de Diego, y curvó la comisura hacia arriba…

—Entonces, ¿crees que no hay peligro si pasamos más tiempo de la cuenta juntos?

—A ver, lo que somos y lo que no somos, los dos lo sabemos —respondió él—, así que marcaremos los límites cuando haga falta, sin invadirnos y sin necesidad de debatirlos.

Ella dio otro sorbo, asintiendo con teatralidad, pero más impresionada todavía. Él sirvió trozos de carne en un plato, añadió ensalada y lo deslizó hacia ella.

—El tema es que —prosiguió él—, ese speech de sin ataduras  …

a mí se me cae de las manos. Es una farsa.

—Chasqueó la lengua haciendo un mohín—. Capaz y el raro soy yo, pero, si te quiero escribir, te escribo.

Si me quieres responder, mejor. Si quiero desayunar contigo te invito, y, si tú no quieres, pues no pasa nada.

—¿Te sucede mucho? —preguntó ella, en lo que se llevaba a la boca su primer trozo de carne—, ¿que te digan que es solo sexo y nada más?

—Creo que muchas mujeres lo han adoptado como una moda para parecer más interesantes, modernas e inalcanzables.

—Abrió las palmas hacia arriba—. ¿No te jode la contradicción?

O sea… hacen eso persiguiendo el resultado opuesto a lo que intentan aparentar…

, porque lo que quieren, al final, es más atención. Por Dios, tienen que parar.

Sofía soltó una carcajada imprevista.

—Me has dicho hipócrita con mucha diplomacia.

—Es que no voy a dejar que caigas en ese saco, Sofía; es una tontería tremenda.

Somos adultos. Todo es tan sencillo como llegar hasta donde queremos y punto.

Y disfrutarlo, sobre todo disfrutarlo. Ya está.

No hay que hacer una lista de requisitos.

—Hizo una pausa y degustó de su plato—. Igual tú no debías preocuparte, porque resulta bastante difícil saber si disimulas que no te interesa nada o si de verdad te da igual.

Eres una mujer jodidamente indescifrable…

y lo peor es que eso me encanta. Uno es masoquista.

Era cierto que Sofía había aprendido a permanecer hierática, en especial en esos momentos en los que no consideraba necesario investigar lo que sí y lo que no. Así que alzó el vaso y lo giró entre los dedos, viendo el hielo golpear el tallo de la hierbabuena bien machacado.

—Mira —insistió él—, es sencillo. Si te quieres quedar, te quedas. Si te quieres ir, te llevo. Yo no voy a jugar a hacerme el inaccesible, aunque aparente lo contrario.

—Vale, pues me quedo —«me quedo porque me lo he creído todo y ahora mismo tengo la sensación de que al Diego que yo conocía le hicieron una lobotomía»—. Esta carne te quedó buenísima.

—Pues muy bien, entonces —repuso él, tratando de sofocar la sonrisa de triunfo con un trago de whiskey —. No te estreses, que no me voy a poner intenso. Estoy un poco disecado por dentro, pero acepto que sigo siendo humano.

«Sé de lo que hablas».

—Y, aunque no lo estuviera —continuó él—, no creo que tenga la capacidad de saber cómo querer a una mujer como tú.

—¿A una mujer como yo? ¿Cómo es una mujer como yo, Diego? —Soltó el tenedor y se cruzó de brazos, lanzándole una miradita de recelo—. Anda, ilústrame.

—Tú sabes bien lo que quiero decir. No busques que te engrandezca ahora explicándote.

Sofía volvió a sonreír.

—Ay, Diego, Dieguito… —Suspiró dirigiéndose hacia él, sentándose de lado sobre sus piernas y rodeándole el cuello con un brazo—. Dices eso porque no me quieres. Es así de sencillo. Ese tipo de sentimientos no lleva manual.

Él la observó hondo y le acarició la nariz con la suya. Sofía siempre le había parecido enigmática e inalcanzable sin que eso a ella le supusiera el menor esfuerzo… y, sin embargo, estaba ahí, sentada sobre sus piernas, hablándole de cosas profundas, creyendo que le daba lecciones.

—No es tan simple para mí —respondió él finalmente desviando la mirada.

—¿Qué dice ahí? —preguntó ella rozando con la yema de su dedo índice la frase escrita bajo su clavícula.

— Per aspera ad astra  —respondió colocando su mano sobre el dedo de ella—. A las estrellas por caminos difíciles . Lo tengo comprobado.

La noche los sorprendió tarde, entre mojitos, tragos de whiskey , caricias, besos y provocaciones que se trenzaban con las palabras… hasta que un deseo más grande los arrastró de vuelta a la habitación.

Esa noche durmieron juntos, al principio casi abrazados; después, cada uno hacia su lado de la cama. Nadie planificó nada, nadie puso límites en voz alta, nadie se contuvo.

***

Por fin eran las cuatro de la tarde del último día de una semana de trabajo extenuante… Sofía había entregado los casos de la sala a los doctores de la guardia entrante y estaba firmando las indicaciones médicas para irse a su casa a descansar, cuando la notificación en su móvil la distrajo.

Eddy:

Ven a mi casa cuando termines en el hospital. Es importante.

Eddy no era un mejor amigo dramático. No usaba la palabra importante sin motivo, así que Sofía salió directo hacia su edificio, con paso elástico y sin escalas.

Mientras avanzaba, pensó en lo poco que había visto a Eddy en los últimos dos meses.

Desde que había aparecido Sasha —su nueva novia—, una diseñadora joven, de pulso firme y mirada que no vacilaba, a él se le había acelerado el reloj.

Aquella muchacha alternaba un pragmatismo de temer con una sensualidad incuestionable; en muy poco tiempo se le había metido en la cabeza sin que él lo notara, aunque todos a su alrededor sí.

Él solo decía que ella le reordenaba las piezas por dentro y celebraba el cambio como si fuera un soplo de aire fresco.

Sofía subió las escaleras del edificio de dos en dos. La puerta del apartamento estaba entornada. Adentro, Eddy y su madre la esperaban en el sofá. Los abrazó a ambos, pero enseguida notó que la madre tenía los ojos enrojecidos y la expresión gastada de quien ya había llorado bastante.

—¿Qué pasa, Eddy? —preguntó Sofía preocupada.

La madre se retiró hacia la cocina, aunque permaneció con el oído al alcance de sus voces.

—Ven, siéntate aquí —dijo él con la voz temblorosa, señalando el espacio vacío a su lado en el sofá.

—Me estás asustando. —Se sentó.

Eddy le tomó las manos.

—Sabes que te quiero mucho, ¿verdad?

—Anda, Eddy, déjate de rodeos. Suéltalo ya.

Respiró hondo, los ojos se le cristalizaron.

—Me voy a Estados Unidos en dos semanas. Ya lo decidí. Y esta vez me quedo. Definitivo.