XII. Eso era todo #4
Pero, una vez más, Sofía quedó suspendida al borde de un estallido que prometía ser devastador, y —una vez más—, él se retiró en el segundo preciso para que eso no sucediera.
—Diego…
—Tienes que pedírmelo.
—No me hagas esto otra vez, por favor —suplicó casi sin voz.
—¿Qué quieres que sí te haga entonces?
—Todo —jadeó.
—¿Y qué es todo ? Dímelo.
Pero la frustración se apoderó de ella y lo empujó con furia hasta incorporarse en la cama despojándose por completo de la bata y quedando desnuda sobre a él, sin medias tintas.
Hasta ese instante, él solo la había ido descubriendo por partes; nunca la había admirado entera.
Se quedó inmóvil, embelesado, los ojos parecían arderle de las ganas de tocarla, morderla, besarla toda…
y ella aprovechó el instante para tirar de la pretina y desabrocharle la cremallera; él cooperó, imperturbable, hasta quedar sin nada de ropa mientras le deslizaba las manos por cada línea de su cuerpo.
Cuando ella, por fin, lo contempló desnudo, sus ojos que quedaron atrapados entre la impresión y el susto, y luego parpadeó, como si necesitara un segundo para asimilarlo …
pero el deseo, lejos de frenarse, se desbordó.
—¿Ya viste que era verdad? —dijo él, ufano, consciente de su anatomía.
Ella lo vio todo, y aunque se le aflojaron las rodillas, se atrevió a quedarse sentada a horcajadas, pero con cuidado , sobre él.
—Ahora hay que ver si funciona —le retó.
Él chasqueó la lengua contra el paladar y dejó que sus manos se acomodaran sobre las caderas de ella. Estaba consternado. Aquella tampoco era la Sofía que él tenía recreada en su mente. Aunque, vaya, que a sus fantasías sí que se le acercaba bastante.
—¿Quién eres? No te conozco ¿De dónde saliste? —bromeó con desespero tratando de incorporarse un poco en tanto atrapaba su cintura.
—Un asunto que tienes pendiente —respondió ella con la palma de una mano sobre su pecho.
Lo empujó de nuevo contra la cama, lo tocó, tanteó, probó…
en lo que él se concedía unos segundos para dejarse llevar, que solo duraron lo que quiso que duraran y, en el instante en que ella cometió el error de cerrar los ojos…
la sostuvo con fuerza por la cintura y giró sobre ella dejándola de nuevo atrapada bajo su torso, bajo su control.
Le entrelazó los dedos de las manos y se las extendió sobre su cabeza, dejó un beso breve en una de sus muñecas, una mordida en el hombro y la sostuvo, la sostuvo más.
Con una mano y la ayuda de sus dientes abrió rápidamente el envoltorio que esperaba en la mesita, lo deslizó con cuidado sobre su erección, se apoyó en el respaldo de la cama y, por fin, se hundió en ella, sin retorno.
La mantuvo bajo su cuerpo, mandando él, llevándola otra vez a ese límite intolerable, pero lo hacía despacio, con cuidado y estrategia.
—Hazlo como siempre lo has imaginado —le susurró ella mientras atrapaba el lóbulo de su oreja entre sus dientes—. No te cohíbas. No me voy a romper.
—Cállate, Sofía, por favor… No hables —bufó.
La respiración de ella se quebró en tanto presionaba con sus caderas hacia arriba… pero sonrió, porque acababa de descubrir el efecto de su voz y sus palabras en el autocontrol de Diego. Y por supuesto, iba a usarlo.
—Anda —volvió a provocarlo entre gemidos, casi sin aliento—. Cuéntame cómo ha sido todas las veces que lo has imaginado.
—Que te calles, Sofía.
Ella sonrió creyendo que había logrado doblegarlo, pero él aspiró sobre su cuello, rozó sus pechos con la lengua y vio en su rostro el desvanecimiento.
—Tranquila —contuvo un latigazo que le recorría por la espalda—. Cierra los ojos y siente.
El mundo de repente se redujo a dos cosas: la voz de él dándole órdenes suaves y la manera implacable en que ella cumplía cada una.
Cuando Diego notó que las contracciones se apoderaban de las piernas de ella y que su espalda dibujaba un arco, la sujetó con más fuerza por la cadera y, por fin, en vez de dejarla caer, la presionó aún más contra él.
Le besó las mejillas, los párpados, el cuello…
La ola de placer fue salvaje, la deshizo entera.
Sofía se desvaneció en un cortocircuito que la dejó a oscuras; el cuerpo le vibró desde dentro, largo.
Él la sostuvo durante la sacudida, manteniendo el pulso con el mismo control con el que la había llevado hasta allí.
Pero el temblor de ella lo atravesó, y cuando ahogó su respiración jadeante contra su boca, ya no fue capaz de contenerse.
Aceleró el ritmo y, al sentirla rendirse en una oleada soberbia de espasmos, se dejó ir también, apenas unos segundos después.
Luego se tumbó a su lado, sudado, agitado, tembloroso y pleno.
—¿Eso era todo ? —le preguntó él, unos segundos después, con los latidos aún caóticos, buscándole la mirada.
Sofía ladeó la vista hasta encontrarle los ojos, con la respiración todavía dominada por el subir y bajar de sus costillas, pero con todos sus músculos ya relajados...
—Eso era todo.
Él le besó la frente y la atrajo a su pecho. El pulso en su yugular seguía marcándose, pero seguía siendo el dueño de la escena y —por un instante— también de ella.
—¿Quieres más?