XII. Eso era todo #3
Él tuvo que exhalar hondo para no perder las riendas…
y una sonrisa de todo menos inocente, se le curvó en la boca.
Le rodeó la nuca con las palmas y tras acomodar los pulgares bajo el arco de sus mandíbulas acercó su rostro con una fuerza comedida.
Mordió su labio inferior, despacio y luego la besó con hambre, con el hambre de todos los años en los que ella lo había ignorado y, también con la que contuvo, aquella noche rústica que compartieron. El beso fue largo e implacable.
Cuando por fin separaron sus bocas, él comenzó a bajar a mordiscos cortos por su cuello, observando como ella se iba rindiendo de a poco con los ojos cerrados.
Pensar era una tarea imposible para ella.
—Mírame, Sofía —murmuró contra su piel.
Sus miradas se enredaron y ella obedeció sin resistencia.
Diego la sostuvo en peso por la parte posterior de sus muslos para luego sentarla sobre una mesa de madera que había en la terraza.
Ella lo acogió entre sus piernas, rodeándole las caderas y anudándole sus manos finas en el cuello para mantenerlo cerca y lograr sacarle de encima el polo blanco que llevaba, sin apartarle los ojos ni un segundo.
Él volvió a tomarla por la nuca, tiró de la tela que la cubría un poco más hacia abajo, dejando las curvas altas de sus pechos apenas insinuadas y bajó hasta ellos deslizando la lengua desde el arco donde el cuello se vuelve hombro.
Sofía tembló, separó aún más las piernas y lo envolvió con más fuerza.
—No te muevas, Sofía —le ordenó—. Te juro que hay deportes de riesgo más peligrosos.
—Tú habla por ti —lo provocó.
Y ella no lo sabía aún, pero él estaba hablando por él. Claro que sí.
—No te esfuerces más que este es mi territorio. —Hundió los dedos en su pelo y se acercó a su oído—. Aquí no puedes dar órdenes.
Ella intentó desafiarlo, marcar el ritmo; pero él deslizó las manos bajo la bata y la sujetó por las caderas imponiéndose, presionando los dedos en sus curvas y dejando rastros invisibles sobre su piel desnuda.
Diego notaba que los latidos de Sofía andaban desbocados.
Claro que lo notaba. Y la hizo esperar unos segundos más de lo tolerable, respirando sobre sus mejillas, dejándola suspendida justo en ese borde donde el deseo empieza a doler cuando se deja en ascuas.
Sabía muy bien lo que hacía. Postergar el placer era expandirlo, pero para ello habría que aprender a contenerse…
y en ese tipo de contención, sin dudas, él tenía todas las llaves.
Entonces le dio un mordisco breve en el lóbulo de la oreja y ella soltó un gemido seco que parecía una súplica; él aprovechó para sellarle la boca con la suya, como si firmase un pacto del cual no pensaba retractarse.
Las uñas cortas de Sofía se encajaban en su espalda, exigiéndole todo lo que aún no le concedía.
Al sentir cómo ella se aferraba a su cuerpo, la levantó sin mucho esfuerzo y la llevó adentro sin dejar de besarla…
, en la boca, en el cuello, sobre el pelo…
La habitación los recibió en silencio y, de repente, parecía un sitio muy pequeño para todas las ganas que se tenían.
La dejó caer con cuidado sobre la cama tendida en blanco y se colocó encima, apoyando el peso de su torso sobre los antebrazos, anclándole la mirada de una manera indecente y voraz.
Sabía cómo y dónde la quería, derrotada bajo su cuerpo, pero entera.
Ella abrió los labios para decir algo, pero no llegó a pronunciar palabra.
Él ni siquiera tuvo que tocarla para imponerse una segunda vez.
Su respiración, su control, su cercanía, su manera de mirarla… todo era una orden.
Sofía no había visto nunca los tatuajes en el pecho de Diego, solo el rostro de un león a líneas sobre su bíceps derecho. No era fan de ellos —o eso creía—, pero no pudo negar lo obscenamente sensuales que resultaban sobre la piel clara y ahora brillante de sudor de sus pectorales.
Él descendió lento con su lengua por el centro de su pecho sintiendo cada estremecimiento que se suscitaba en ella.
El pulso de Sofía golpeaba a contratiempo.
—Así me gusta —murmuró él sobre su piel mientras seguía bajando hasta llegar a ese punto donde ella comenzaba a perder el aliento y el poco control que le quedaba.
—Diego...
—Shhh. Calladita…Y quieta —susurró estirando el pulgar y presionando sobre sus labios.
Le abrió la bata un poco más hacia los lados, hasta exponer su cuerpo casi por completo y luego le sujetó las muñecas sobre la sábana fría, para reanudar el descenso entre sus piernas, midiendo cada movimiento con una devoción burda y feroz, muy cercana a la perfección.
Sofía quiso atraparle la cara, tomar el control, voltearlo a su antojo. Pero él volvió a impedirle el acceso mientras seguía hundiendo su lengua en ella con ese ritmo acompasado que llevan quienes han aprendido muy bien dónde termina el autocontrol y comienza el incendio.
—Así… —celebró él, agarrando un soplo de aire—. Exactamente así.
Ella se contraía con cada movimiento nuevo que la lengua de él hacía. La piel se le erizaba de extremo a extremo, pero decidió no luchar. El control había dejado de pertenecerle. Diego estaba llegando al punto de la explosión, solo tenía que insistir, y empujar un poco más para detonarla.