XII. Eso era todo #2
—Tampoco es para tanto… no te creas tan especial —bromeó él—. De todas formas, yo tenía que ir hoy.
Pasaron unos treinta minutos y Sofía notó que se alejaban de la ciudad.
—Por Dios, pero cómo te gusta el campo.
—Me encanta… Mucha tranquilidad y muy poco ruido.
—¿Falta mucho?
—No, ya llegamos.
Giró a la izquierda desde la carretera hacia una entrada larga que parecía apartarlos del resto del mundo.
El camino los condujo hasta una finca amplia que exhibía una jardinería impecable con setos bajos, hiedras trepando por las paredes y una franja de grama color esperanza, sin dudas, recién cortada.
La casa, de un color hueso suave y con ventanas estilo Miami, tenía un portal que la abrazaba por completo y un par de hamacas bajo el alero.
A pesar del cuidado, el lugar se veía silencioso, casi deshabitado.
—¿Y aquí quién vive? —preguntó Sofía cuando se detuvieron.
—Nadie. Solo vengo yo de vez en cuando —respondió Diego poniendo el freno de mano—. Es de una de mis tías que se fue del país… Yo la cuido. —Le guiñó un ojo y bajó para abrirle la puerta.
—Es bonita… —comentó Sofía mientras observaba el lugar desde afuera— aunque, la verdad, yo no soy muy rural.
—Sí, ya me queda clarísimo. Pero deja que entres.
Cruzaron el portal y él abrió la puerta principal.
El contraste entre lo que sus ojos veían y las ideas que Sofía se había hecho en su cabeza, le produjo una sorpresa agradable.
No era una casa de campo, de hecho, parecía un chalé de ciudad plantado en mitad de la nada, fuera de contexto.
Espacios abiertos, detalles en madera clara, decoración minimalista y un aire fresco que entraba por todas partes.
La sala tenía unos sofás bajos rodeando a una mesita rectangular de cedro que iba a tono con las ventanas y, desde allí, se veía al fondo una isla de cuarzo que delimitaba el área de la cocina.
Diego empujó la puerta de una habitación justo a la derecha.
—Toma una ducha —dijo, señalando el baño en suite —. Voy a preparar algo para desayunar… y luego duermes. Cuando te despiertes, entonces ajustamos cuentas.
Le sonrió. Sofía no tuvo objeción; dejó caer los hombros, como si por fin pudiera soltarlos. Estaba demasiado cansada.
Él observó, casi hipnotizado, como arrastraba el cuerpo hacia la habitación, y alcanzó a gritarle desde el corredor:
—¡Usa lo que necesites!
Par de minutos más tarde, ella agradecía la presión del agua tibia en aquella bañera enorme, deslizándose desde la raíz del pelo hasta los tobillos.
Sonreía para sí… rememorando. Conocía a Diego desde hacía años y estaba convencida que aquella casa de la tía bien podía ser un invento.
Él siempre había tenido un talento natural —y sospechosamente efectivo— para invertir dinero.
Ganaba bien, pero mantenía un perfil bajo; no le gustaba presumir.
Se había graduado de Economía y daba clases en la universidad dos o tres veces por semana, más por honrar el título que por el salario.
Como todos en Cuba, no vivía de eso. No se podía.
«No voy ni a preguntar; mejor no saber». Al cerrar la ducha, vio unas toallas blancas en la alacena; se envolvió la cabeza con una y el cuerpo con otra. Frente al espejo, recorrió el entorno con la mirada. «Esto parece un hotel… ¿Y ahora qué me pongo?».
La ropa limpia se había quedado en la mochila, dentro del auto.
Vio dos batas de baño colgadas; tomó una, dejó caer la toalla y se la puso.
Se secó un poco el cabello y luego lo dejó suelto, rebelde y libre.
Se miró otra vez. «Obviamente no me trajo a la casa de su tía solo para que descanse».
El baño la había despertado, y su cuerpo empezaba a recordar que también tenía otras necesidades.
El olor lejano del café la hizo salir descalza de la habitación.
—Te faltan unas chanclas de baño —le soltó con sorna, asomándose a la cocina donde lo había visto, preparando unas tostadas.
Ya él había dispuesto sobre la isla un plato con guayabas, piñas y naranjas en trozos. Ella se sentó en una de las sillas altas.
Diego le sonrió.
—Anotado. La próxima vez estarán ahí.
Sofía apoyó los antebrazos en el cuarzo.
—Te veo muy seguro de que habrá próxima vez… —Entrecerró los ojos—. ¿Dónde está?
—¿Quién?
—La señora que ayuda en la casa y te hizo todo esto.
—Me subestimas. —Diego se inclinó hacia ella desde el otro lado hasta casi rozarle la nariz con la suya, mientras curvaba la comisura derecha—. Mucho me subestimas tú.
—Es que no entiendo qué estás haciendo.
—Desayuno. Tenemos hambre, ¿no? —respondió mientras se apartaba para traer una jarra de jugo de naranja.
—Sí, pero… ¿no te parece que te estás yendo un poco lejos?
—¿Por preparar desayuno?
—Y por rentar este lugar para venir solo un día… No era necesario, de verdad.
Diego soltó una carcajada.
—¿Rentar, dices? No, para nada. Es la casa de mi tía; ya te dije.
Sofía alzó las cejas, escéptica.
—Vale… era de mi tía. Se la compré —admitió—.
Voy pagándola a plazos. —Le deslizó una taza con café recién hecho—.
En teoría es mía… pero unos amigos españoles han invertido.
Quieren tener un sitio en Cuba para cuando vengan por trabajo.
Mientras tanto, la rento a turistas que tengan gustos… ya sabes…, rurales.
— Wow … suena a buena inversión. Aunque yo no sé mucho de cómo funcionan esas cosas aquí en Cuba, la verdad. —Se le escapó una risa corta—. Solo espero que haya muchos turistas campestres.
Él dio la vuelta y se sentó a su lado en otra banqueta. Sofía tomó una tostada mientras lo observaba con curiosidad, tratando de entender cómo podría encajar esta pieza nueva en aquel rompecabezas que nunca se había atrevido a completar.
—¿Siempre eres así? Me cuesta imaginarlo.
—Así, ¿cómo? —él le sostuvo la mirada sin soltar ni un músculo— ¿Detallista? ¿Organizado? ¿Adulto funcional?
—Algo así. —Sonrió tímida—. Me cuesta encajarte en este papel tan doméstico.
—Qué va. —la observó con cinismo—. Solo soy así contigo porque tú eres muy especial…, ya te lo dije. ¿Es eso lo que quieres escuchar?
—No me hace falta que me lo digas. Yo sé lo que soy y lo que no. Solo… —«que te conozco hace mucho tiempo y sé que a ti no te gusta perder el tiempo en cursilerías. Romantizar la vida no es lo tuyo»—. No es esta la imagen que ha estado en mi cabeza toda la vida sobre ti.
—Ay, Sofía, Sofía… —Negó en un gesto divertido y hasta tierno—. Tú te creaste una idea sobre mí y te aferraste a ella con obstinación durante muchos años. —Su sonrisa se fue apagando hasta desaparecer—. Eso te ha mantenido lejos y yo lo respeté. Pero no significa que yo sea como crees.
—La guayaba es mi fruta preferida —giró ella el tema sin disimulo—. Hacía tiempo que no la comía.
Desvió la vista hacia la ventana y, a menos de treinta metros, distinguió par de caballos galopando. Se levantó y caminó despacio hacia la puerta abierta que daba a la terraza.
El exterior parecía un lienzo paisajista.
Un patio de tierra compacta con sombras frescas, gallinas picoteando, dos caballos mansos al otro lado del cercado; tres cotorras en una jaula enorme, exquisitamente ambientada.
Plantas de guayabas, mangos, naranjas y limones completaban la escena.
Había tanta tranquilidad que las prisas del mundo parecían pausarse.
Diego se dejó llevar y caminó despacio detrás de ella hasta rodearla por la cintura sin planificarlo.
—¿Te gusta? —preguntó él.
Ella observó las manos de él sobre su vientre, sintió su barbilla en el hombro, su aliento en el cuello, y ese cosquilleo inquietante otra vez.
—Hay mucha paz aquí.
Las manos de él subieron y comenzaron a abrirse paso bajo la parte alta de la bata de baño, dejándole los hombros un poco expuestos. Ella cerró los ojos cuando él comenzó a aplicar una presión lenta y calculada sobre sus escápulas.
—Estás tensa.
«Debe ser muy obvio cuando es lo primero que notan al acercarse», pensaba Sofía mientras inclinaba la cabeza
—Mucho. Fue una noche larga —susurró.
Diego acarició sus clavículas con las yemas de los dedos libres que quedaban hacia el frente, y luego ascendió despacio por la piel del cuello, trazando círculos breves con los pulgares sobre su espalda alta.
El calor de sus manos iba aflojando los nudos musculares enlazando un movimiento con otro sin ninguna prisa.
Y a Sofía aquel momento empezó a saberle a gloria.
—Podrías dedicarte a esto para ganarte la vida —dijo ella, rindiéndose al masaje.
—Ni loco…, esto me gusta hacerlo gratis.
Él continuó y ella se permitió ceder al corrientazo que comenzaba a estremecerle el cuerpo entero. Se volteó entonces hasta quedar frente a él, un poco más baja; pero bien cerca.
—¿Y qué más haces gratis? —se interesó, en un susurro que casi le rozaba los labios al tiempo que tiraba de la trabilla de sus vaqueros para acercarlo más.
—¿Tú estás segura de que quieres meterte en este lío, Sofía? —preguntó él con descaro, acariciando el recorrido de su cadena de piedra negra, en tanto cada centímetro de la piel de ella se erizaba sin control.
—Si se entiende por lío , el orgasmo que me debes, pues sí.
Diego la tomó por la cintura y la acercó a su cuerpo hasta que no quedó aire entre los dos. Puso cara de… no deberías haber dicho eso , y le clavó el azul de sus ojos en las pupilas, como si necesitara unos segundos más para liberar el instinto que tanto tiempo llevaba reprimido.
—No traes nada debajo, ¿verdad?
—Nada de nada —confirmó ella, humedeciéndose los labios con la lengua, con toda la intención implícita que aquel gesto traía consigo.