Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XII. Eso era todo
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XII. Eso era todo

A las once de la noche, la paciente con Guillain-Barré seguía sin dar tregua.

Sofía y el doctor Rolando trabajaban codo a codo junto al intensivista, encadenando maniobras y chequeando vitales, pero nada mejoraba, al contrario.

La mujer se apagaba ante sus ojos, cada vez más débil y menos capaz de seguirles el ritmo.

Sofía se inclinaba sobre ella para pedirle que contara en voz alta hasta diez.

Uno… dos… tres…,  pero no llegó más lejos.

El aire se le quebraba a mitad del intento, y las palabras se hundían dentro de su pecho como si se hubiera cerrado una compuerta interna.

Sofía miraba el monitor, luego el abdomen, que apenas se elevaba, y no podía esquivar ese tirón frío que conocían bien quienes habían visto a un cuerpo rendirse antes de tiempo.

Sofía lo sabía. Siempre le había impresionado la rapidez con la que progresaban algunos síndromes autoinmunes, cómo el cuerpo, en un error devastador, no solo se atacaba a sí mismo, sino que, además, saboteaba los tratamientos destinados a salvarlo.

En otros contextos, aquello habría sido una metáfora impecable; allí, sin embargo, era una realidad cruda, involuntaria y dolorosamente irreversible.

Conectaron a la paciente a oxígeno de alto flujo, pero cada respiración se hacía más ineficaz y más agotadora.

—Tranquila, estamos aquí contigo —le susurraba Sofía, mientras el intensivista se preparaba para intubar y ajustaba los parámetros en el ventilador.

Pero los ojos de la mujer, deslustrados bajo unos párpados casi vencidos, ya anticipaban ese diagnóstico que a ningún médico le gusta declarar. El tórax casi no se elevaba y las venas del cuello desfallecían como hilos tensos que, de pronto, se rendían.

Entonces sonaron las alarmas y el pasillo se llenó del eco de órdenes rápidas y afiladas.

Lo que estaba sucediendo no era nuevo. Cuando un caso de esta índole llegaba demasiado tarde a la UCI, los médicos debían trabajar en ese territorio ambiguo entre la urgencia y la resignación, y quedaban atrapados en un estrés que, a pesar de todo el entrenamiento, desgastaba más que las horas largas de turno.

El respirador ya estaba encendido, las jeringas alineadas y el carro de paro abierto, por si acaso.

Sofía seguía la curva de presión arterial y el ritmo cardiaco.

Taquicardia, luego bradicardia… y al final, un silencio eléctrico que lo ocupó todo.

La inmunoglobulina continuaba en la infusión, pero el sistema inmune ya había hecho el daño. Los nervios ya estaban desconectados de los músculos respiratorios como cables rotos.

—¡Atropina! —ordenó el intensivista.

—Epi también preparada —respondió Rolando sin levantar la voz.

Compresiones. Drogas en bolo. Silencios expectantes. Sofía reanimaba con una terquedad que era puro afecto; no quería soltarla, no todavía. Y fue entonces cuando Rolando se acercó por detrás con la delicadeza de quienes llevan años lidiando con despedidas inevitables.

—Sofía —murmuró, lo justo para que solo ella lo oyera—. Déjame seguir yo. Tú observa a la paciente desde acá, como una doctora.

Ella retrocedió medio paso. Solo medio, pero suficiente para que la realidad se impusiera áspera y lacerante.

«No hay vuelta atrás», pensó. Aquella mujer había llegado al hospital demasiado tarde…

y ya no tendría ocasión de preguntarle por qué.

En doce minutos, la vida se le fue apagando, como una lámpara que iba perdiendo potencia.

Nadie pudo detenerlo. Se quedó a su lado un rato más, con los ojos encharcados, alisando la sábana que la cubría, como si en aquel gesto pudiera aliviar un poco la injusticia de lo irreversible.

—Hora de la muerte: 11:47 p. m. —declaró el intensivista.

—Tiene solo treinta años —musitó Sofía—. No supo lo que era tener hijos… y, quién sabe, cuántas cosas más se le quedaron a medias.

—Tenía —la corrigió Rolando con suavidad—. Y sí, seguro que se le quedaron muchas. Pero puedes decirle a su familia, con absoluta tranquilidad, que hiciste todo lo posible por salvarla.

—Y aun así no pudimos.

—Porque, por mucho que nos guste creer lo contrario, todo lo posible  a veces no alcanza.

Sofía permitió que el peso de la noche la empujara y se dejó caer en la silla contigua, mientras Rolando, haciendo uso del tacto y la sabiduría que solo se afinaban tras años de sostener vidas —y muertes—, se agachaba a su altura.

—No podemos salvar a todos, Sofía. —La miró fijo, pero sin dureza—. Y no puedes hundirte cada vez que no lo consigamos.

Ella asintió. Sabía que tenía razón, pero saberlo no amortiguaba el golpe ni la impotencia que sentía. «Respira por la nariz», se recordó, evocando las palabras que había escrito en un capítulo de su propio libro:

Cuando aparecen el miedo, la rabia, la frustración o la ansiedad, nuestra corteza prefrontal —el piloto consciente de la mente— pierde fuerza. En ese momento basta con reconocer lo que sentimos y dejarlo estar. Ser humanos incluye concedernos el permiso de ser vulnerables.

Ella necesitaba darse ese permiso así que salió al balcón y dejó que las lágrimas escaparan.

Un minuto. Dos. Luego otro… hasta que por fin el temblor de su respiración cedió.

Se limpió las mejillas con el dorso de la mano y volvió a entrar.

«Mañana lo haremos mejor». Estiró su bata, y se preparó para darle la noticia, junto a su profesor, a la familia de su paciente.

El día había sido tan violento que, en cuanto cayó en la cama del cuarto médico, se rindió sin resistencia. Al amanecer despertó a las seis y se alistó para ir a la entrega de guardia, pero el doctor Rolando la interceptó cuando salía por la puerta.

—Vete a casa —le sugirió—. Yo me ocupo hoy.

Tantos años siendo neurólogo y profesor le habían tejido una especie de callo, no óseo sino límbico, en ese rincón del cerebro donde se procesa lo que duele. Sofía, en cambio, apenas empezaba a formarlo, y aquello —lo sabía bien— llevaba tiempo.

En ese momento recordó a Diego. Estaba agotada, era un manojo de emociones dispersas en nudos; no tenía humor para verlo, pero justo cuando se debatía entre escribirle o no, le vibró el móvil en el bolsillo de la bata.

Diego:

Buenos días, vecina. Déjame saber cuándo acabes.

Sofía suspiró y escribió casi en automático:

Sofía:

Ya terminé

Sofía:

Pero…

No alcanzó a enviar sus excusas.

Diego:

Estoy ahí en cinco minutos.

«Bueno… solo espero que no sea en moto», se dijo mientras se retocaba los labios y se acomodaba un poco el pelo. Bajó al estacionamiento, escaneando la zona y tratando de ignorar ese cosquilleo inesperado que se le instalaba bajo las costillas.

Diego:

Siempre te has visto tan sexy con ese uniforme.

A ella se le curvaron las comisuras hacia arriba y no alcanzó a disimularlo; pero aún no lo veía.

Diego:

Te viiii. Te vi reírte. Ten cuidado con eso…

A tu izquierda. Estoy en el auto.

Unas luces parpadearon en la dirección indicada y entonces vio a Diego bajarse y caminar hacia ella, como siempre…

, como si el tiempo y el espacio se sometieran a su presencia.

Él le dio un beso discreto en la mejilla y, antes de abrirle la puerta, tomó la mochila que llevaba rezagada en el hombro, para dejarla en el asiento trasero.

—¿Estás cansada? —preguntó cuando terminó de acomodarse al volante.

«Después de veinticuatro horas de guardia, cuatro ingresos, un paciente fallecido, y dieciséis pacientes en sala, pues no… ni un poco».

—Mucho.

—¿Prefieres que te lleve a tu casa?

Sofía alzó una ceja y se mordió el borde izquierdo del labio inferior.

—¿Tú no dijiste que en tus planes se incluía la opción de descansar?

Él sonrió, complacido. La pregunta había sido un testeo peligroso y obviamente, no esperaba escuchar un sí como respuesta.

—Pues no se diga más…

Ella dejó que la mirada se perdiera en la carretera. Fue inevitable que la imagen de su paciente la alcanzara y el corazón comenzara a latirle más rápido.

—¿Te pasa algo? —preguntó él.

—Perdí a una paciente anoche… Tenía treinta años. Una muchacha.

—Lo siento. —Y le dedicó una mirada tierna de esas que atraviesan el iris, luego la pupila, y acaban instalándose en el cerebro en modo abrazo—. Debe ser muy frustrante.

—Es raro. Sé que no fue culpa mía, pero…, se supone que es mi trabajo evitar que eso pase.

—Eres doctora, no Dios. No lo pienses demasiado.

Sofía se encogió de hombros y volvió la vista a la calle.

—A veces no sé si escogí la profesión correcta —desvió la mirada hacia sus manos, prensadas entre sí con demasiada fuerza, hasta casi dolerle—. ¿A dónde vamos?

Apretar se la s manos hasta hacerse daño era una manía involuntaria. Cuando la ansiedad la desbordaba, se aferraba a sí misma de esa manera; quizás esa era su manera de juntar los pedazos que se le soltaban dentro.

—A un lugar que sospecho que te va a encantar —respondió él, sin mirarla, mientras estiraba el brazo derecho y le cubría las manos apretadas con la palma—. Uno que casi nadie conoce.

Él no le dijo nada al respecto, pero con sutileza le separó los dedos con cuidado y rompió el nudo tenso que ella misma había formado.

Después le entrelazó despacio los dedos de la mano izquierda y no pudo evitar recordar aquel día caótico en el que ella había hecho lo mismo con él.

Y allí, en la tibieza de su piel, Sofía logró encontrar un poco de calma. «Quién lo iba a decir».

Tras unos segundos ella retiró el antebrazo derecho para apoyar el codo en la ventanilla y sostenerse la mejilla en el puño, mientras soltaba la otra mano de él y se acomodaba el pelo.

—No me digas que me llevas hasta otra piedra fría a la que recostarme en un camino fantasmal.

—Eres tremenda. —Diego ladeó la cabeza, incapaz de contener la carcajada—. Qué manera más elegante de reclamar confort. Y yo creyendo que había sido muy original.

—Original no sé, pero turbio y rústico… bastante.

—Tranquila. —Se lamió los labios con perversión—. Esta vez es más sofisticado.

—Eso no conviene —se burló ella.