XI. Hojas de otoño #3
—No. Así está bien —lo cortó Sofía—. Mejor seguir cada uno con su vida, sin interferencias.
William asintió.
—Eso pensé —respondió guiñándole un ojo antes de seguir su camino.
Pero…, como rezaba el viejo proverbio, no iban lejos los de adelante si los de atrás corrían bien , y aquello que se trataba de alejar terminaba atrapándolo a una, sin remedio. Tocaba aprender a abrazarlo.
—¡Sofíaaa! —gritó de repente Maritza con paso acelerado desde el pasillo—. Espera, no te vayas.
—¿Qué pasa, mujer?
—¿No te enteraste…?
—Mmmm, no. ¿De qué?
—Julia…
—Ay, no. No me interesa.
—No, y te creo, pero es que este chisme está muy bueno.
—Maritza, no quiero sa…
—Se fue con otro —la interrumpió con sorna.
—¿Queeé? —preguntó Sofía parpadeando.
—Dicen que cuando Adam llegó…, ella ya no estaba. —Se mordió el labio ladeando la cabeza—. Y que ahora está en Grecia, creo que con un ex. ¡Qué fuerte!
«A eso se refería William con lleno de sorpresas ».
Y se estremeció al notar el peso extraño de la noticia en el estómago.
No sentía tristeza ni tampoco alivio, pero no podía canalizarlo, era una cosa rara, incómoda…
un recordatorio punzante de la metida de pata épica de Adam y de que ya no había nada que hacer.
«Tanto luchar por cumplir su cronograma, tanto dejarme fuera de sus planes para cumplir sus proyectos… y pasa esto. El karma es muy jodido».
—¿No vas a decir nada? —insistió Maritza.
—No tengo nada que decir —«No lo entenderías»—. O, bueno…, sí, tengo curiosidad. ¿Cómo es que te enteras de los chismes tan pronto?
—El doctor Arango lo comentó en la UCI hace un rato. Tú sabes que ellos no se llevaban muy bien.
—Celo profesional… Él es un tipo muy autosuficiente y Adam siempre fue un reflejo viviente de la estirpe de neurocirujano que él nunca podrá llegar a ser… Así que no es confiable tu fuente.
—Oye, que es verdad —insistió Maritza.
—Bueno, en ese caso, era lo mejor que podía pasarle a él. No estaba enamorado de ella —«Dios, ahora es que cobra sentido cada palabra que me dijo Julia aquella noche. Lo tenía todo fríamente calculado»—. Ahora tiene la oportunidad de encontrar a una mujer a la que sí pueda amar.
—Perdón, pero esa no es la respuesta que merece esta información, y las dos lo sabemos. —Maritza entrecerró los ojos—. No me mientas. Dilo alto. Se lo merecía.
Sofía sonrió, todavía anonadada.
—Te repito. Estaba peor con ella —«y sí, se lo merecía, pero igual le duele más en el ego que en el corazón y no aprende nada»—. Igual a mí me da lo mismo. No me interesa.
Cerró la conversación, intentando creerse sus últimas palabras y echando a andar, sin darle más cuerda a Maritza.
Caminó de vuelta a Urgencias a hacer su trabajo, pero en la cabeza, una sola frase se repetía, seca y luminosa como un flash: «No puedo creer que esto sea verdad». Pero no iba a hacer debates internos. No tenía sentido, aunque, de que jodía, jodía… Aquello era una burla hacia todo lo que nunca fue.
Enderezó los hombros, se ajustó la bata y pidió los resultados que faltaban del primer caso.
Tenía por delante un día largo, y el café —negro y sin azúcar— empezaba, por fin, a hacer efecto.
Justo antes de entrar al salón, el teléfono vibró dentro del bolsillo del scrubs. Miró la pantalla: Diego llamando.
Sofía observó su nombre unos segundos. La sonrisa no llegó a manifestarse, pero estuvo a punto. En los últimos días, cada vez que Diego aparecía, una pregunta insistente le trepaba por la garganta. «¿Por qué no?».
—Hola, Diego.
— Vecina… ¿qué haces hoy?
—Trabajar. Algunos todavía hacemos eso —bromeó—. Estoy de guardia.
—Ah… y yo que ya tenía muchas ideas para esta noche.
Sofía respiró hondo.
—Tengo una duda, ¿por qué me buscas cuando me buscas?
—Perdón —dijo él—, no entiendo.
—Sí entiendes. ¿Por qué hoy y no hace tres días, por ejemplo? ¿Qué resuelvo yo en tu vida cuando me llamas?
—Anda, que tienes el ego alto, mujer. Te busco cuando estoy relajado…, no te busco para relajarme.
—Ah, mira tú qué considerado —«Teniendo en cuenta que llevas más de una semana sin escribir ni un texto debes llevar una vida bastante tensa»—. Seguro debería sentirme especial por eso.
La sonrisa canalla de Diego se escuchó del otro lado de la línea.
—Sé que contigo no funciona el mismo manual. Lo tengo clarísimo. ¿Te recojo mañana cuando salgas de la guardia?
—Mañana voy a estar destruida; el día promete.
—Eso me da morbo… nunca te he visto destruida . Pero no te preocupes, te prometo que podrás descansar todo lo que quieras.
El ¿por qué no? volvió a tomar el control.
—Vale. Te aviso cuando termine.
—Un beso, vecina . Nos vemos mañana.
Cortaron. Sofía se quedó mirando su reflejo en negro de la pantalla.
Diego no era una amenaza para su estabilidad emocional, eso era un hecho, pero cada minuto con él resultaba una experiencia intensa, ineludible y casi adictiva.
Con él había que vivir el instante como si se fuera a acabar en un chasquido.
Lo que viniera después no era asunto de nadie.
Y, por supuesto, esa seguridad que tenía de sí mismo era, en exceso, sensual.