XI. Hojas de otoño #2
—¿Sabes? En estos días hay una canción que repito en bucle, supongo que porque me recuerda a ti. Pero no me pone triste —aclaró—. Te la dejo en el chat . Que tengas linda noche.
Sofía miró el móvil. Cliqueó el enlace y la canción se reprodujo de inmediato. Se sonrió, al ver el título. Una parte de ella ya sabía lo que iba a sentir cuando la escuchara.
La voz de Adam Levine, el vocalista de Maroon 5, entró suave por los auriculares:
♪ Do you Think of me, of what we used to be?
Is it better now that I'm not around?
…
I don't wanna know, know, know, know
Who's taking you home, home, home, home
And loving you so, so, so, so
The way I used to love you, no. ♪ [12]
Las frases caían sobre ella como llovizna en invierno. No molestaban del todo, pero tampoco la dejaban intacta. Se quedó mirando el techo, escuchando, dejando que la música hiciera lo suyo y le recolocara cada emoción en un sitio seguro.
Cuando la música paró, abrió el chat de Y ahora qué hiciste y escribió:
Sofía:
Me siento un poquito rara. Cesar tiene novia.
Paula:
¿Y qué esperabas, princesa egipcia? No eres tú porque no te dio la gana. Elegiste, en cambio, revolcarte nada más y nada menos que con Diego.
Sofía:
No me he revolcado con Diego… ¡aún!
Camila:
Cuando me enteré, no podía creerlo. No los imagino juntos.
Sofía:
Debe ser karma. Me pasó igual cuando te vi con Raúl. Y, que conste, Diego y yo no estamos juntos ni estaremos jamás.
Rachel:
Ay… con lo que me gusta Cesar para ti…. Pero y Diego, ¿Cómo que todavía NADA?
Paula:
Ustedes saben que a ella le pasan las cosas más insólitas. Literal!!! Diego la dejó en esa.
Sofía:
No fue tan así, pero no les voy a explicar.
Rachel:
Uyyy…conociendo sus antecedentes también debe haber sido difícil para él. Pero, entonces, ¿de este búcaro no sabemos nada tampoco?
Sofía:
Nada confirmado. Aunque tengo buenas sospechas.
Rachel:
Tú cuídate, Sofía que Diego no es hombre para ti. Y no vuelvas a hacer lo de la otra noche en esa moto. Tú no eres así. Eso fue una locura.
Sofía sonrió al recordar. Se había disfrutado muchísimo la otra noche, pero Rachel no estaba lista para esa conversación.
Sofía:
Ok, mamá.
Amber:
No entiendo cómo empezamos hablando de Cesar (que por fin entró en vergüenza) y terminamos hablando de sabrá Dios quién.
Paula:
Ah, ¿estabas ahí…?
Sarah:
Y yo también estoy. Pero… un poco perdida con tanta información, la verdad.
Sofía:
Luego te explico, Sari.
Paula:
El domingo es mi cumpleaños. ¿Nos juntamos?
Rachel:
Pues claro. Y ya sé a dónde podemos ir. Pero vamos todas solas… sin novios.
Camila:
Mmm… ok.
Sarah:
No hay problema.
Amber:
Ni muerta lo llevaría con ustedes.
Paula:
Le diré a mi novio imaginario que no puede ir.
Sofía:
Conmigo sobra la orden.
***
El miércoles amaneció con guardia. Sofía llegó al hospital antes que nadie, quería tener todo organizado antes de que el caos se desatara en Urgencias.
El primer caso que tuvo que atender la conmocionó.
Una mujer de treinta años —atleta de fin de semana—, había llegado con esa mezcla de pudor y miedo que provocan las rarezas del cuerpo, incapaz de mover las piernas.
Su esposo la acompañaba y explicó que hacía unos quince días había tenido una gastroenteritis violenta y que, desde hacía cuatro, se quejaba de corrientazos en los miembros inferiores a los que no les dio importancia, culpando a los más de diez kilómetros que había corrido.
Cuando Sofía la examinó, encontró una debilidad muscular que al parecer había ido ascendiendo lentamente y pidió consentimiento para prepararla para una punción lumbar.
La sospecha de un Guillain-Barré de diagnóstico tardío le tensó la nuca; en el estado en que había llegado la evolución podía complicarse y empezaría esa negociación difícil que los médicos mantienen con lo imprevisible.
De inmediato llamó al doctor Rolando —de guardia localizable— para avisarle del caso.
Él se alistó enseguida para ir a supervisarla en el hospital.
Sofía se sumergió tanto en el manejo del caso que, rozando el mediodía, todavía no había probado el primer sorbo de café.
En la estación de siempre, esta vez cambió el ritual. En lugar del cortadito, se preparó un doble espresso , sin azúcar. Era lo que tomaba Adam cuando el agotamiento le alcanzaba los huesos.
—Ya veo que te adjudicaste algunas buenas costumbres —dijo William, apareciendo a su lado.
Sofía sonrió.
—Dicen que el café es mejor sin azúcar… pero no es para mí, solo que hoy necesito cafeína en estado puro. —Tomó aire—. Por cierto, valoré un caso temprano en UCI. Creo que es un tumor cerebral.
—Dame las coordenadas y paso en cuanto pueda. —La observó un segundo más—. ¿Cómo estás? ¿Y, por fin, el libro?
—Yo, bien. Y el libro… bueno, he lanzado la moneda al aire. Algún día sabré si sale de mi ordenador o se queda ahí para siempre. Todavía no sé si hice bien enviándolo a las editoriales.
—Será un éxito. —Le regaló una sonrisa—. No tengo dudas.
—¿Has sabido de él?
William bajó la vista al suelo.
—Nos escribimos todos los días. Su vida está… llena de sorpresas; cambios muy bruscos diría yo, pero ya se acomodará —frunció los labios antes de mirarla con precaución—. Me ha preguntado por ti, pero le he dicho que mejor te deje tranquila. Aunque, si prefieres…