XI. Hojas de otoño
Pasaban los días y la vida cambiaba, imprevista, como siempre hacía.
Las tardes de octubre solían arrastrar cierta nostalgia, pero Sofía, que vivía a contracorriente, se volvía justo lo contrario, hiperproductiva.
Amaba el otoño y esos colores en los que el mundo parecía bajar el volumen para respirar un poco más despacio.
Aquel día, en el umbral de la noche, el filtro ámbar del crepúsculo se derramaba por la ventana detrás de su escritorio y, en la pantalla del ordenador, la última frase del manuscrito parpadeaba como si tuviera pulso.
Ella apoyó los codos en la mesa y acomodó la nuca hiperextendida sobre las manos. Había escrito la palabra Fin .
Durante meses se había entregado al estudio y la investigación con un rigor obstinado, desmenuzando evidencias neurocientíficas para después traducirlas a un lenguaje humano, cercano y cálido que invitara a los lectores a mirar hacia dentro, recorrer sus propias contradicciones y aprender a regular impulsos, emociones y comportamientos sin sermones ni tecnicismos soporíferos.
Su intención nunca había sido impresionar a nadie con datos complejos, sino ofrecer herramientas reales para entenderse mejor, sustentadas en la manera en que el cerebro moldeaba la conducta, porque tenía clarísimo que comprenderse a uno mismo podía cambiar por completo la forma en que una persona atravesaba por la vida.
Había sido difícil escribirlo, sí —equilibrar precisión científica y empatía siempre lo es—, pero esa tarde sintió que había logrado lo que buscaba. Y el alivio le vibró por dentro de forma inesperada.
Llevaba días analizando perfiles editoriales, comparando catálogos, líneas temáticas y el tono de cada sello, hasta que terminó seleccionando tres editoriales que, en teoría, podían encajar con aquel proyecto extraño a medio camino entre la neurociencia, el ensayo emocional y las herramientas prácticas de vida: una en Ciudad de México, otra en Buenos Aires y una última en Madrid, especializada en colecciones híbridas donde quizá aquel manuscrito tendría alguna oportunidad real de existir.
El libro estaba escrito desde un recorrido profundamente íntimo de autoobservación y experiencias personales, pero sostenido también por evidencia neurocientífica actualizada.
No era exactamente divulgación académica, pero tampoco autoayuda tradicional.
Y justo por eso le costaba tanto encontrarle un lugar.
Sin demasiada esperanza, terminó enviando el manuscrito a las tres. Octubre siempre parecía un buen mes para soltar, dejarse llevar y renacer.
Después de enviar el PDF, se recostó unos minutos en su cama y pensó en Cesar.
Él había sido el primero en decirle hazlo cuando una tarde aleatoria hacía más de un año, a ella se le ocurrió comentarle la idea, y luego había seguido el proceso creativo de cerca.
Todas las veces que ella estuvo a punto de abandonarlo —que no fueron pocas— él se las arregló para decirle lo que necesitaba escuchar para que siguiera adelante.
Sofía sintió un pequeño temblor la boca del estómago, ese retorcijón de los cierres de ciclos a los que aún les falta una pieza importante por encajar.
«A ver qué le parece…», pensó. Y le envió un audio:
Sofía:
🎙️ Mensaje de voz:
Por fin he terminado el manuscrito del libro.
Lo envié a tres editoriales muerta de miedo.
La verdad no creo que respondan, pero quiero que sepas que me he sentido muy afortunada de tenerte cerca todo este tiempo.
Te envío el manuscrito terminado para que leas lo que te falta.
Tuviste mucho que ver en que llegara hasta el final.
Entre Sofía y Cesar existía un espacio ambiguo en el que no estaban ni demasiado juntos ni demasiado separados.
Compartían una intimidad que no se nombraba y un respeto nuevo que a veces dolía.
Desde aquella llamada en casa de Camila, la comunicación se había vuelto menos íntima y más libre de ansiedad.
En los mensajes que intercambiaban, las palabras llegaban como vendajes emocionales que se colocaban antes de que apareciera la herida.
Él no había podido volver; la vida iba demasiado rápido para ambos y, si era honesta, ella tampoco había insistido porque no estaba dispuesta a darse permiso para sentir nada que la desajustara.
Cerrar puertas desde su cerebro consciente era su mejor forma de respirar tranquila, y eso hacía, sin orgullo ni culpa.
También la realidad que habitaban los dos imponía un stop invisible…
pero, por alguna razón, Cesar no había querido irse del todo.
Hacía unos diez días había conocido a alguien que le gustaba lo suficiente como para intentarlo y aún no había tenido valor para contárselo a Sofía.
No quería ser él el primero en avanzar abiertamente.
Aquella tarde, en Nueva York, el mensaje de audio de Sofía se reprodujo en altavoz por accidente, justo delante de la otra chica. Ella no dijo nada, pero él notó cómo un rictus de duda se le encogía en el rostro… y entendió, que si quería intentar algo nuevo debía respetar ciertos límites.
La presencia de Sofía resultaba intimidante, incluso si era etérea.
El timbre de su voz, la manera en que hablaba y pronunciaba las eses y las erres …
—decía él— podían detenerle los pasos a cualquiera.
Siempre había tenido la sensación de que ella le abría nuevos sitios dentro, sitios que le gustaba habitar.
Y cada vez que la recordaba, le invadía el mismo impulso irracional de montarse en un avión para ir a verla, aunque solo fuese por unas horas, costara lo que costara y perdiera lo que perdiera.
Pero eso no se lo había dicho a ella pues Sofía había dejado claro que no quería nada a medias, y él sabía que aquella distancia —la distancia entre dos personas que intentaban congeniar el futuro desde lugares distintos— era, quizá, una de las formas más genuinas de vivir a medias.
Esa misma noche, cuando se quedó solo, la llamó para felicitarla por haber terminado el libro y le prometió una lectura atenta.
Después de conversar unos minutos y escuchar su voz, tuvo que inspirar profundo para hacer lo que debía.
Había algo en Sofía que siempre lo desajustaba por dentro.
Su disciplina, su claridad, la ternura y el rigor para consigo misma, hacían que él la admirara sin disimulo, pese a que nunca se lo hubiera dicho por lo claro.
Para Cesar, ella encajaba perfecta en la imagen de la mujer con la que le gustaría compartir todo en la vida.
Conversaciones largas, silencios interesantes, viajes improvisados y esa complicidad que solía a veces confundirse con la suerte. Pero ni modo. Tenía que decírselo.
—Tengo que contarte algo —soltó finalmente, pasándose una mano por la nuca.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, acomodándose en la almohada mientras flexionaba el otro brazo sobre su frente.
Cesar cerró los ojos, dejó salir el aire y, decidió que, al pan, pan… y al vino, vino . [11]
—Es que conocí a alguien… y quizá, no sé, me dé una oportunidad con ella.
Sofía alzó las cejas en un gesto automático y percibió un vuelco interno que no quería validar.
Fue una punzada rápida, como esa que sintió cuando a los doce años perdió un partido de tenis por no presentación, sabiendo con absoluta certeza que, si hubiese jugado, nadie habría podido ganarle.
Pero ahora también sabía que no quería —o no debía— jugar a nada.
Estaba enfocada en encontrar camino para su libro, terminar la Especialidad y darle a su vida un orden nuevo y simple.
Lo demás… lo demás tenía que quedarse en pausa.
— Wow —dijo al fin, tras un silencio largo—. No puedo decir que me cae bien la noticia, ya sabes, ser hipócrita no es lo mío. Pero… aunque no se me note, me alegro por ti.
Cesar dejó escapar una sonrisa, mientras perdía la mirada en la oscuridad de su habitación. Esa sinceridad frontal de Sofía lo desafiaba al mismo tiempo que lo deslumbraba… pero esta vez, decidió imitarla.
—Es que… Sofía, tampoco he sentido que le hayas puesto mucha energía a que funcionara algo entre tú y yo.
—Apareciste en un momento en el que estaba arisca, Cesar —«Para que funcione algo entre tú y yo tendríamos que comenzar una relación a distancia, que sería desgastante, a expensas de que tengas tiempo libre y economía para poder venir a verme, sin hablar de una confianza a ciegas…
que ahora mismo no es factible. No es que no haya puesto energías, porque me gustas, te juro que me gustas.
Me gustas más de lo que admito y, hasta entiendo que no lo notes.
Nada, que parece que tengo un problema con lo que demuestro, aunque tal vez sea mejor así».
Eso era lo que quería contestarle, pero sabía que no podía—.
Y lo sigo estando. Tengo todo doliendo por dentro y por fuera y así no es saludable empezar nada.
En vez de como pareja, te habría usado como parche…
y ahora mismo no quiero nada que me haga sentir de más.
Comprendo muy bien que contigo cerca es muy difícil cerrar puertas. Tú eres un ser inevitable.
Él tragó saliva, aquellas palabras lo golpeaban y le acariciaban a la vez.
—Siempre tan ambigua —farfulló— pero, digas lo que digas, yo sigo teniendo un feeling muy difícil de ignorar contigo Sofía.
—Ya pasará. —Se incorporó ella, situándose frente al espejo para lanzarse a sí misma esa mirada de esto es lo correcto —. Seamos amigos y que la vida vaya marcando nuestros rumbos.
Los dos se tragaron sus quejas y argumentos.
—Eres una mujer tan caótica como especial, Sofía.
—Y tú…, tú eres una de mis personas favoritas en el mundo ahora mismo. Te lo juro. Pero nuestras circunstancias pueden hacernos más mal que bien. —Se pasó los dedos por el entrecejo, resignada—. Inténtalo con esa chica… y pórtate bien, que ya algo te conozco.
Cesar tenía los ojos tristes del otro lado del teléfono… y ella no tenía idea de cuánto.