Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) X. On the Highway to hell #3
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X. On the Highway to hell #3

La guio despacio hasta apoyarla otra vez contra la piedra. La luna delataba sus lunares, aunque a ratos se escondía y solo quedaban sus respiraciones jadeantes. Cada vez que él se pegaba a ella, Sofía notaba una presión contundente sobre su pelvis, abrumadora y magnética.

Intentó tocarlo sobre la cremallera más de una vez —la curiosidad le ardía en la punta de los dedos—, pero él le retiraba la mano y esbozaba una sonrisa cínica en la que cabía toda su ventaja.

—Ni te lo pienses, Sofía. Conmigo no vas a investigar —le susurró entre dientes—. ¿Tienes dudas? ¿La gente dice muchas cosas sobre mí? ¿La curiosidad te está matando, verdad?

La provocó lo suficiente antes de atraparle las muñecas y restringirlas a cada lado de su cuerpo, dóciles bajo sus pulgares.

Entonces volvió a besarla hondo, sin pudor, y terminó de desabotonarle la camisa con una calma exasperante, dejándola a merced del aire tibio y de su mirada demasiado hambrienta.

La contempló con una paciencia cruel… porque, aunque Diego no necesitaba mapas pues se sabía los atajos de memoria, había algo muy placentero en el acto de observarla débil, casi suplicante, frente a él.

Así que recorrió los tirantes de su sostén nude  con la yema de los dedos, siguió rasgando los bordes y luego lo apartó lo justo para deslizar la mano por debajo y acaparar todo con su palma, dejándole saber que estaba ahí, dueño de su piel, traspasando su ropa.

Pero al notar cómo ella cerraba los ojos se retiró con lentitud a observarla —quería inspeccionar el efecto— justo antes de comenzar a deslizar la lengua entre sus valles de una forma tan perfecta que rozaba la barbarie.

Su mano descendió por su abdomen, deliberada, como si fuera el único trayecto que le importara recorrer.

Le desabrochó el pantalón sin apartar la vista de su expresión y deslizó dos dedos bajo las bragas hasta encontrar la humedad precisa para alimentar su ego y su deseo al mismo tiempo.

Entonces sonrió contra la piel de su cuello, satisfecho.

Presionó. Acarició. Entró solo lo imprescindible, ese mínimo capaz de desequilibrarla entera.

La sintió a punto de rendirse en oleadas de espasmos que iban y venían, perdiendo cualquier atisbo de control, y lo celebró en silencio, manejándola convencido, de que, en ese instante, el mundo de ella se reducía al movimiento de sus dedos dentro de su cuerpo y al temblor brutal que aquello le provocaba.

El pecho de Sofía subía y bajaba; los músculos parecían sincronizarse para contraerse todos a la vez. Ella, en un reflejo puro de autopreservación, le sujetó la muñeca con fuerza, empujando su mano más profundo.

—Diego… —la voz le salió rota, como una súplica que no llegó a formarse.

Él sonrió. Sabía que ella estaba a un paso de explotar, y justo eso buscaba.

La sostuvo donde quiso, empujó varias veces seguidas y marcó el ritmo con paciencia de verdugo, sosteniéndola justo en el borde.

Rozó con el pulgar donde debía… aceleró con los otros dedos y, cuando el vértigo iba a atravesarla, retiró la mano del interior de sus bragas.

Sofía se ahogó en un gemido inconcluso, devastador… sintió que se encendía una luz en mitad de la oscuridad más embriagadora. El silencio entre los dos abrió un abismo despiadado. Ella se estremeció, aturdida mientras la respiración se le volvía un incendio adentro.

Diego le rozó la boca con la suya.

—Aún no —le advirtió, con aquella calma incoherente—. Fueron muchos años, Sofía… muchos años recibiendo desplantes tuyos. Quiero que me lo pidas.

Ella apretó sus dedos contra la piedra.

«No te lo voy a pedir». Y sintió el temblor delicioso de contradecirse.

Él volvió a tocarla para provocarla, calculando distancias, repitiendo el descenso con otro trazo igual de exacto y cruel, abusando de los roces implacables, pero cada vez que el borde se acercaba, se retiraba, como si la decisión del destino fuera suya. Y lo era, ¡vaya que sí lo era!

—¿Te gusta? —preguntó, sin rastro de misericordia.

—Sí —jadeó—. Me gusta.

—Genial —susurró junto a su oído, retirando la mano otra vez—. Pero si no me lo vas a pedir hoy, te tocará aprender a respirar. El deseo es peligroso, Sofía. Pensé que ya lo sabías… Pero te prometo que también hay mucho placer en esto de quedarse con las ganas.

La luz de la luna redibujó sus perfiles.

Sofía cerró los ojos y, obediente —solo a su autocontrol y a la piedra que la sostenía—, decidió que el borde también podía ser un lugar habitable, una frontera custodiada donde el aire se inspiraba lento, a voluntad; un territorio al que, contra toda prudencia, podía volver más tarde, por sus propios medios, en la soledad de su habitación, sin tener que suplicar clemencia.

«El gusto no te lo voy a dar esta noche». Y dejó que la negación ardiera, lenta y frenética, en el mismísimo centro de su placer.

♪ Se ha puesto la noche rara. Han salío luna y estrella.

Me lo ha dicho una gitana (¿Qué?)

Mejor no salir a verla (no).

Sueño que estoy andando por un puente y que la acera,

cuanto más quiero cruzarla,

más se mueve y tambalea.

Malamente

Mala-mente ♪ [10]