X. On the Highway to hell #2
La incertidumbre empezó a caérsele de encima por trozos. Primero, los hombros cedieron; luego, el nudo del estómago empezó a aflojar y, por último, aquel puñetero ¿y si sale mal? —que llevaba años poniéndole cinturón de seguridad a todo— se borró de la ecuación.
Cuando su cuerpo por fin se relajó un poco, percibió en el aire un olor a mar tan fuera de contexto que tuvo que reírse. Y, sin saber cómo, le regresó a la boca el sabor del tempranillo de unos días atrás. De repente, el vino y el océano compartían espacio en su memoria sensorial sin pedir permiso.
El miedo se desvaneció ante la sensación casi psicodélica de estar viviendo el presente a todo volumen. Detrás de los párpados, los colores se mezclaban en trazos líquidos, subiéndole la saturación a su vida, mientras su cuerpo se volvía borde y centro al mismo tiempo.
El límite entre ella y el mundo parecía difuminarse y, joder… ¡qué bien se sentía!
La dopamina hacía piruetas con sus percepciones y la adrenalina filtraba sus pensamientos hasta excluir cualquier intento de prudencia.
El tiempo perdía su propia disciplina. Y si eso no era la libertad absoluta, se le parecía mucho.
No estaba huyendo, pero tampoco persiguiendo nada. Solo estaba existiendo, intensamente.
Si todo aquello se lo hubiera contado un paciente, probablemente habría improvisado una explicación impecable sobre sinestesia y redes neuronales. El problema era que la paciente, esta vez, era ella.
Todo tenía filo y, sin embargo, nada cortaba.
No todavía. A los quince minutos de rodar a velocidades extremas, la moto fue perdiendo bramido hasta quedar en un ronroneo bajo y, por último, en silencio.
Cuando Sofía abrió los ojos y se quitó el casco, notó que estaban en medio de la nada.
Los contornos de las montañas se dibujaban bajo la luz de la luna, todavía distantes, como una sierra de carbón sobre el cielo. Pero ya no tenía miedo.
Diego se había detenido al final de un desvío sin salida, donde una lengua de asfalto se desprendía de la carretera principal y moría allí, delimitada por dos árboles frondosos que parecían ceibas ancestrales y por formaciones de piedra enormes que, de noche, daban más suspenso que curiosidad.
Muy arriba, las estrellas parecían más cercanas que de costumbre.
—De verdad, no sé por qué la gente se droga —dijo ella, aún exaltada, examinando el espacio.
Diego sonrió mientras le soltaba el cierre del casco.
—Porque no todo el mundo sabe conducir tan bien una moto a toda velocidad como Diego.
— Ni tidi il mindi sibi quindicir tin bien ini miti quimi Diegui —repitió Sofía imitando su voz a la vez que le daba un empujoncito de hombro—. ¿Dónde estamos?
Observaba el lugar con una intriga creciente.
—¿Y eso qué importa? —objetó él, colgando los cascos en el timón —. Aquí no hay intrusos y eso es lo que cuenta. Disfrútalo.
Caminó unos pasos hacia ella, haciéndola moverse despacio en reversa hasta acorralarla entre sus brazos contra una de las piedras del fondo.
Ella sintió la superficie fría traspasar la tela en su espalda, pero no se quejó, se limitó a observarlo mientras él le rozaba apenas la mejilla con la punta de la nariz.
—¿Te ha gustado el paseo?
—Bafff… ¿Podemos hacerlo otra vez? —se mordió el labio por dentro y lo miró fijo.
—No —negó él, rotundo, casi susurrando sobre su boca—. Pero puedo hacerte sentir lo mismo de una manera menos peligrosa.
Estaba claro que Diego conocía muy bien aquel lugar. Las piedras enormes con pasadizos estrechos por donde se colaba la claridad de la noche, las ramas colgantes como cortinas y la luz indirecta de los faros componían una escena muy estratégica. Llevarla ahí no había sido una improvisación.
—¿Siempre te sale bien esto? —preguntó ella, alzando la barbilla hasta rozarle los labios en un descuido intencionado.
Él se pasó la lengua por el borde de sus dientes superiores acariciándose el interior del labio y se separó un poco dejando que sus ojos bajaran, atraídos por la piedra negra que colgaba en el cuello de Sofía.
—La verdad, no —admitió—. La mayoría de las veces las que vienen no hablan tanto… y todo se vuelve muy aburrido. —Se apartó un poco más, dándole espacio.
—¿Cuántas veces has venido hasta aquí solo para llevar a alguien al límite y aprovecharte de los excesos de adrenalina? Confiesa —preguntó ella, mientras él rozaba con las yemas el trazo que dejaba la cadena, en el camino hacia su escote.
Ella no apartó su mano esta vez.
—Las suficientes —afirmó— como para que hoy salga perfecto.
—¿Y qué te hace pensar…?
Sofía no terminó la frase. Él no le dio tiempo. Le rodeó la nuca con una mano —firme, posesiva—, la atrajo con fuerza y la besó, con hambre… sin concesiones, dejándola sin aliento. Ella respondió de forma instintiva, sin pensar en nada más. No podía.
Cuando separaron las bocas, sus frentes se quedaron apoyadas una contra la otra, y ambos respiraban agitados, reducidos a un deseo que se volvía en extremo delicioso como para ser amordazado.
Él seguía sosteniéndole el cuello y, antes de apartarse un poco, le atrapó el labio inferior entre sus dientes en un gesto tan involuntario como revelador.
—Tú nunca te callas, ¿eh? —musitó, divertido.
Sofía contuvo la respiración, entre nerviosa y exaltada.
«¿Qué hago aquí? ¿Cómo se me ocurre?». Pero sus ojos lo buscaron con desespero para besarlo de nuevo, solo que esta vez, él puso las manos en sus hombros para frenarla.
—Despacio… ¿a dónde vas tan rápido? —Curvó los labios—. ¿No era que la velocidad excluía al hombre de sí mismo ?
Sofía sonrió. Que él hubiera memorizado la frase difícil solo para usarla en su contra en un momento como ese, tenía mucho mérito, pero no pudo decir nada al respecto, porque él comenzó a besarle la comisura, el arco de la mandíbula, el cuello…
y siguió bajando con avidez por la curva de sus pechos hasta el primer botón de la camisa.
La miró entonces, pidiendo permiso con los ojos. Ella sostuvo su mirada, impaciente y él desabrochó un único botón para volver a besar sobre sus senos, dejándose llevar por el olor de su piel y los latidos apurados que retumbaban en su pecho.