Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) X. On the Highway to hell
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X. On the Highway to hell

Dos horas después de aquel abrazo que había sido un inesperado exorcismo emocional—, Sofía caminaba de regreso a casa.

El atardecer descosía los bordes de la ciudad y ella seguía, pensando y pensando, atrapada en su playlist incongruente.

Una balada rota, un reguetón nostálgico, un piano minimalista.

«Apaga la mente. Ya está. Let it Go ».

Entonces el teléfono vibró y en la pantalla apareció ese tipo de mensaje que le cambiaba a una la expresión… y la frecuencia cardiaca: ¿Cuál es la velocidad máxima a la que has andado en esta vida?

Era Diego, claro que era Diego… sin embargo, Sofía siempre había creído que ir deprisa era mala idea, que cuando una aceleraba demasiado, la vida se volvía un borrón sin nombre en el que los rostros se disipaban, las decisiones se volvían accidentales y los sentidos se escurrían como viento que no se podía atrapar. Así que respondió.

Sofía:

Dicen por ahí que la velocidad excluye al hombre de sí mismo, que dejas de ver muchas cosas cuando vas tan rápido.

Los tres punticos de escribiendo  aparecieron, desaparecieron y volvieron.

Diego:

No saben lo que dicen. Aquí no importa lo que vean tus ojos, sino cómo te hace el corazón por dentro.

El corazón y todo lo demás.

Ella sonrió a su pesar y sintió cómo las últimas horas se desprendían de su espalda como ese chal que no queremos dejar de usar, pero que ya pesa demasiado y no combina con las nuevas tendencias.

Entendía que el arte de soltar era gradual y caprichoso, pero que, cuando por fin llegaba sin esfuerzo, podía convertirse en un don encomiable.

Tal vez esa noche, andar un poco más rápido… la ayudaría en el proceso

Sofía:

Ok. ¿Qué tienes en mente?

Diego:

Paso por ti a las 10:00 p. m.

***

A las diez en punto, dos faros apilados llenaron de luz la acera de su casa y el rugido vibrante de un motor le vibró bajo las costillas, incluso antes de distinguirlo.

Diego había llegado en una de esas motos exuberantes con las que algunos chicos parecían cortar la ciudad en rebanadas, lo bastante ruidosa para convocar miradas insidiosas y lo bastante rápida para dejar cualquier pregunta atrás.

Sofía había imaginado que la experiencia veloz sería sobre cuatro ruedas. Había negociado consigo misma aquello de mantener la calma, gobernar el miedo y no perder el control. Pero ver la moto ahí —como un remate insolente y desafiante— le paralizó de repente el movimiento de sus piernas.

No obstante, no se echaría atrás. Ni de broma.

La sensación de que había visto a Adam por última vez esa tarde le latía con violencia en el pecho, aunque él no lo hubiera verbalizado.

No era un dolor nítido, sino un vacío áspero que surgía de la duda de haber dejado pendiente algún intento más.

Quizás seguía queriéndolo, pero de ese modo resignado en que se quiere lo que se sabe que no se puede tener.

Y ya conocía demasiado bien cómo funcionaba la rutina del autoengaño: un mensaje de madrugada, una excusa torpe, un intento de no sentir el eco del final…

Si seguía pensando así las probabilidades de terminar llamándolo más tarde se volverían demasiado altas.

Tal vez por eso, aquella moto esperándola en la acera tuvo un efecto inesperado.

No sería una huida ni un darle la espalda a la realidad, sería una forma distinta de vivirla.

Algo que la obligaría a mirar hacia adelante y no al mismo sitio de siempre.

Así que alisó el nudo de su camisa blanca sobre su cintura, con toda la intención de alejarse de lo que le dolía.

Respiró hondo y se acercó a Diego antes de que la nostalgia volviera a decidir por ella.

Diego llevaba también unos vaqueros gastados combinados con un jersey  color café y mangas recogidas hasta la flexura del codo.

En su rostro había un encanto electrizante porque todo lo sencillo, en él, siempre parecía calculado.

Pero lo que de verdad la intrigaba era esa fusión imposible que lo definía.

Era un tipo ligero, peligroso, adictivo…

y, aun así, parecía tener la capacidad inexplicable de hacerla sentir segura.

Aquello era un fenómeno extraño. Tal vez porque siempre lo había observado desde fuera, viéndolo cuidar de Karla como si fuese su hermana menor, con ese celo de guardián que no admitía fisuras o porque había comprobado lo maravilloso que era con su madre y el rol protector que asumió desde que su padre murió o quizá porque estaba acostumbrado a vivir deprisa, sin pedir permiso, a mirar el borde del precipicio como quien consultaba un reloj…

y no haberse caído jamás —al menos, no en público—.

Diego había salido ileso de su propio caos durante años…

y eso lo volvía irremediablemente exótico.

Fuera lo que fuese, todo aquello hacía que el peligro que lo rodeaba pareciera una posibilidad anecdótica.

Al final, él seguía ahí. Había sobrevivido, ¿no?

Y en ese razonamiento absurdo y, hasta un poco irresponsable, Sofía encontraba un ancla para su coraje repentino.

La excusa perfecta para subirse a esa moto y asumir cualquier riesgo.

Diego apagó el motor y se bajó sin quitarse el casco.

—No sé qué te ha pasado —dijo, tendiéndole el otro casco a ella—, que me has dicho que sí por segunda vez tan pronto. Pero, sea lo que sea, me encanta.

—El mérito es todo tuyo —respondió ella, inspeccionando el broche del cierre—. Estás muy oportuno últimamente.

A él se le escapó una risita canalla en tanto se subía de nuevo a la moto y la acomodaba entre sus piernas.

—Pensé —inquirió ella, como si levantara un acta de su propia cautela— que iríamos sobre cuatro ruedas.

—Lo sé —dijo él asegurándose de que el casco le quedara bien ajustado—. Por eso es que no.

Sofía rodó los ojos para disimular el destello de adrenalina.

—¿A dónde vamos?

—Tú confía y sube.

«Confía, dice».

—Si te digo que pares, paramos —aclaró ella, clavando la mirada en sus ojos bonitos antes de subir.

—Si me dices que pare, doy la vuelta antes de que termines la palabra. —Le guiñó un ojo—. Y, si algo te incomoda, me tocas dos veces el hombro.

Ese era el problema con Diego… lo que de verdad incomodaba era lo fácil que hacía sonar el sí . Así que Sofía le dio dos toques en el hombro antes de subir y él soltó una carcajada sin mirarla.

—No, pero la incomodidad que te provoco solo por ser sexy y existir, es de toda la vida. Esa no cuenta —advirtió, divertido—. Tendrás que asumirla con dignidad.

Ella por fin se acomodó detrás, muerta de la risa.

Probó las estriberas y apoyó las palmas en sus propios muslos.

Diego no se volvió, pero sintió el pequeño espacio que ella intentaba dejar entre ambos así que se limitó a reír ufano y con perversión, a sabiendas de que ese hueco no iba a durar demasiado…

que sería ella misma quien acabaría cerrándolo antes de lo que se imaginaba.

—Vas a querer sujetarte —murmuró—. A mí, preferiblemente.

—Engreído —espetó ella, dejando por fin que las manos encontraran sus costillas.

La moto despertó con un temblor bajo ellos… y Sofía se olvidó de todos los espacios que consideraba prudentes entre los dos.

Las primeras cuadras fueron una negociación entre el miedo y la memoria muscular.

Diego evitaba las rutas obvias, giraba donde las calles se estrechaban y se metía por recovecos angostos que ella ni siquiera sabía que existían.

Cruzó el puente viejo —ese que cada año parecía que iba a venirse abajo antes de Navidad— y ella, en su fenómeno de anticipación, en ese por si acaso  que evaluaba desde el inconsciente, se percató de cómo él miraba dos veces los espejos antes de cambiar de carril, de cómo se aseguraba de tener terreno seguro para hacer de las suyas.

Y comenzó a creer, que tal vez, ir rápido no significaba perder los detalles sino saber elegir cuál de ellos importaba más.

En algún momento se sintió lo suficiente cómoda como para apoyar la barbilla en su hombro, o tal vez, solo tuvo ganas de hacerlo.

Él la sintió, pero no hizo teatro, soltó la mano izquierda un instante y la posó sobre el dorso de las de ella, que estaban entrecruzadas y aferradas con fuerza a su cintura.

Para ser sinceros, con más fuerza de la necesaria.

—¿Estás bien? —gritó, levantando un poco la cabeza.

—Contra todo pronóstico —respondió ella, alzando un poco el tono sobre el viento, sorprendida de oír la risa en su propia voz.

—Pues ensaya y agárrate más fuerte, vecina , que ahora es que esto va a empezar…

—Es un poco tarde para irnos lejos, ¿no crees? ¿A dónde me llevas?

—Tú confía.

♪ No Stop signs, speed limit. Nobody’s gonna slow me down

…

I’m on the highway to hell ♪ [9]

Diego se detuvo en la entrada de una carretera desierta que conectaba la ciudad con el pueblito que estaba en la falda de la sierra del norte.

El asfalto se abría como una boca oscura y ancha con algunas luces parpadeantes dispersas en el paisaje.

Comprobó que Sofía estuviera bien sujeta con un toque en el casco, otro en sus manos, un breve giro de cabeza para encontrar sus ojos… y claro, una sonrisa.

—¿Lista?

—Lista.

Y sin más, aceleró.

«Él es un loco de mierda». Era en las palabras de Paula en lo que pensaba Sofía cuando alcanzó a notar que la aguja trepaba como si tuviera prisa propia.

Lo último que vio antes de cerrar los ojos por puro reflejo de autoconservación, fue el velocímetro saltando a 160 km/h.

Y resultó que, en vez de encogerse, un mundo desconocido se le encendió por dentro.

El viento la rozaba como una tela fina tensada contra la piel y la vibración del motor retumbaba en su pecho como un tambor. Sentía —en cada célula— que aquel marcador seguía subiendo… y, como era lógico, a esa velocidad la realidad se distorsionaba.