Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) IX. Entre la dignidad y la nostalgia
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IX. Entre la dignidad y la nostalgia

Sofía llegó temprano al hospital, con la electricidad residual de la noche aún impregnada en la piel, valorando seriamente la posibilidad de que a Diego le hubieran suplantado la personalidad.

Aunque, en el fondo, la sorpresa venía justo de lo que no había pasado…

y de esa parte de ella que se había quedado esperándolo o, peor, necesitándolo.

A las once terminaba el pase de visita y le explicaba a un residente de primero las referencias anatómicas para una punción lumbar cuando el teléfono vibró en su bolsillo.

William llamando .

Descolgó en la segunda vibración.

—¿Sí?

—¿No vas a venir? —preguntó él, sin preámbulos—. Está por comenzar.

Sofía parpadeó. Las palabras le abrieron un hueco en el pecho.

«Adam. La ceremonia de graduación. Por Dios…

la olvidé». Se llevó el pulgar a una ceja, como si pudiera reacomodar su agenda en ese gesto.

Esa fecha estaba subrayada en su cabeza…

y hasta en su historia. Habían hablado tantas veces de ese momento que la culpa asomó enseguida, incómoda, buscando dónde instalarse.

Y, aun así, una duda —bastante razonable, por cierto— la atravesó.

«¿De verdad me toca estar ahí? ¿Qué sentido tiene presentarme en un momento tan importante?

Adam es un hombre casado; ella no está aquí…

pero existe. ¿Y yo? ¿Qué lugar ocupo si aparezco?

Y…, más importante todavía, ¿tengo ganas de estar ahí? ».

El conflicto no le daba tregua a su mente.

Su admiración por Adam como neurocirujano seguía intacta —quizá condenada a permanecer ahí para siempre—.

Una parte de ella quería ir a verlo brillar, mientras cumplía la meta más ambiciosa que se había trazado jamás.

Presenciar su grandeza podría haber sido algo bonito…

pero también sería el recordatorio más afilado de por qué ella ya no formaba parte de su vida.

Y justo entonces se sentía liviana. Liviana de verdad.

Viviendo con amplitud, sin pesos a la espalda, ajustándose a sí misma a una postura que por fin, no dolía tanto.

No podía permitirse el lujo de una recaída, ni siquiera de juguetear con la idea.

Porque estar allí, entre la gente que lo celebraría, significaba exponerse a un latido que había tardado demasiado en silenciar.

«No pienso volver a sentir eso. No puedo y no quiero».

Sofía cerró los ojos y vio la escena. Filas de sillas blancas, birretes en alto, flashes  que cortaban el aire, pero cerró la puerta de esa imagen con un giro seco de voluntad.

—No puedo, Will… Estoy atascada en consulta —hizo una pausa, hubo un parpadeo de duda—. Dile que… No. Mejor no le digas nada. Ya le enviaré yo un mensaje.

Se quedó un segundo más con el teléfono en la mano, sintiendo cómo la llamada pesaba en su palma y luego respiró hondo, enderezó la espalda y volvió a instalarse en esa nueva realidad que sí dependía de ella, la única que podía sostener sin romperse.

—Siempre traza mentalmente la línea de Tuffer —volvió a decirle al residente de primero—, la que une ambas crestas ilíacas, suele cruzar la columna a nivel de L4 y luego…

***

Minutos después de supervisar el proceder… Sofía se reclinó en una de las sillas del cuarto médico, busco el chat  de Adam y escribió, conteniendo un suspiro:

Sofía:

Hace mucho que eres un neurocirujano brillante, hoy solo lo estás celebrando.

Yo te vi lograrlo y eso me hace feliz. Siento no haber podido estar.

Orgullosa de ti, siempre.

Adam:

Gracias Sofía, Por… todo .

La respuesta quedó suspendida en la pantalla.

A Sofía le tembló una sonrisa triste en el rostro, mezcla de orgullo y melancolía.

Por aquellos días, todo con Adam le sabía a final, a un final sin ruido, sin drama, sin grandes discursos.

Y eso no era una tragedia, era más bien esa calma borrosa que suele llegar después de un largo nudo…

una que, también la inquietaba, como inquieta todo lo que se desprende.

Cerró el chat  y guardó el móvil porque, si una no anda clara, le abre paso a la esperanza, y la esperanza puede ser un analgésico tramposo de esos que alivian el dolor a corto plazo, pero también te quitan la paz. Respiró hondo. «En unos días se irá. Esta vez, definitivamente».

En la consulta la esperaban pacientes con dolores y pesares que no dependían de la graduación de Adam, sino de la coherencia de ella.

Se ajustó la bata, peinó con los dedos el mechón rebelde que le caía sobre el cuello…

y se fue a lo suyo, con ese tipo de firmeza que solo aparece cuando una está consciente de que, aunque la elección que se ha tomado duela ha sido la correcta.

***

Septiembre se deshacía, hoja a hoja, pero el exceso de estudio y trabajo no cedía.

Sofía avanzaba en sus proyectos, ordenada y firme, pese a seguir cruzándose con Adam en los pasillos cuando, en teoría, él ya no debía estar allí.

Pero no preguntaba. No quería saber. No podía querer saber.

Suena raro, pero así era. «Si no pregunto, no existe. Y si no existe, no duele».

Coordinar con sus amigas era un rompecabezas de turnos, guardias y agendas que cambiaban como si tuvieran vida propia.

Cuando por fin coincidían, el tiempo se volvía fugaz e intenso como un café bien cargado antes de una guardia larga.

Aun así, todas mantenían el radar fijo sobre Camila, que seguía instalada en su idilio de manera obstinada, asumiendo a la perfección el papel de rescatadora entrañable: una Penélope sin telar, esperando a un Ulises náufrago de sí mismo.

La noticia de Raúl llegó antes de lo previsto.

Le adelantaban la salida de prisión un par de semanas.

Camila estaba feliz y nerviosa a la vez; a merced, por supuesto, de ilusiones mal administradas que no la dejaban analizar el hecho de que esta vez lo tendría delante, pero de regreso a la realidad.

Sin filtros y sin heroicidades que inventarse para no romperse. Libre, sí… pero en todos los sentidos.

***

Las tardes en Urgencias casi siempre eran extenuantes, pero con Maritza al frente todo resultaba más ágil —y, a ratos, hasta divertido—.

Aquella vez, había pedido a Sofía valorar a una mujer de cincuenta y dos años con cefalea súbita y rigidez de nuca.

Sofía la examinó a detalle y, en minutos, la tomografía confirmó la sospecha, era una hemorragia subaracnoidea y el patrón de presentación sugería aneurisma. «Tengo que llamar a Adam».

Su mente le jugó la trampa en automático y ya tenía el celular en la mano. El impulso le brotó de la memoria muscular… o de la emocional. Se detuvo. «No». Buscó el contacto de William y le marcó a él en cambio.

Maritza la observaba desde el escritorio y frunció los labios, asombrada.

— Wow  — le dijo con dramatismos, fingiendo la sorpresa—. Estás cien por ciento decidida a pasar esa página, según veo.

—¿Tú qué crees? —bromeó Sofía, tocándose el cabello recién cortado—. Si hasta me corté el pelo.

William puso la llamada en altavoz cuando contestó, mientras se lavaba las manos en la antesala junto a Adam pues recién habían salido de quirófano.

—Wil, creo que tenemos un aneurisma aquí en Urgencias —resumió Sofía—. Mujer, 52. Tomografía compatible con HSA. Te aviso antes de reportar formalmente a Neurocirugía, por si te interesa operar.

William miró a Adam con un gesto indisimulado de respeto y compasión.

—No lo reportes. Ya voy para allá —respondió.

Adam inhaló hondo, bajando la mirada al suelo.

—Te acompaño —dijo—. A fin de cuentas, es mi último día.

Se le humedecieron los ojos, pues otro tipo de bisturí le apuñalaba las entrañas.

Era esa sensación terrible de estar ante la última oportunidad…

y, al mismo tiempo, no tener nada bueno ni sensato que hacer con ella.

Le llegaron, como una ráfaga, las imágenes de Sofía llamándolo entusiasmada cada vez que entraba un caso así.

Pero aquel pacto ya no existía. Sofía aprendía a vivir sin tenerlo en cuenta.

Al menos él se había asegurado de que sus pacientes quedaran en buenas manos con William.

—Hermano —murmuró William, bajando la voz—, no le digas que te vas. No te despidas hoy. Mejor que con el tiempo te pierda el rastro y ya está. Así duele menos.

Adam se agachó para ajustarse los cordones de los zapatos en un gesto innecesario, intentando contener algo que no tenía contención posible.

—No creo que le duela —dijo dejando escapar una sonrisa lúgubre—. Será un alivio para ella no tener que verme. Pero tranquilo, no le diré nada.

Y salieron ambos, con el pulso en modo operativo, hacia la puerta batiente de Urgencias. Allí, Sofía ya había coordinado una angio-TAC.

Ella los vio entrar juntos. William, risueño y relajado; Adam, con la bata blanca sobre el scrub , imponente, elegante y apuesto.

Se enderezó nerviosa… pero Maritza, guardiana fiel de su entereza, se plantó a su lado con los brazos cruzados, las cejas en alto y una sonrisa insinuada que no engañaba a nadie.

—No por mucho madrugar amanece más temprano —le susurró en el oído a su amiga.

«Pues ¿qué se le va a hacer? Ni modos», pensó Sofía.

Les presentó el caso a ambos. Antecedentes, hallazgos clínicos, tomografía. William examinó a la paciente, revisó las imágenes con Adam y empezó a escribir en el historial.

Sofía se alejó hacia un cubículo vacío, donde había dejado su bolso. Adam la alcanzó en la puerta.

—¿Cómo estás?

—Bien… con unas ganas tremendas de meterme en mi casa y no interactuar con ningún ser humano en al menos cuarenta y ocho horas. Estoy agotada —respondió mientras se acomodaba la correa del bolso sobre el hombro—. ¿Y tú?

—Pues… ahí voy. —La miró un segundo más y le regaló una sonrisa—. Me sigues intimidando con ese pelo así.

—Es que tú tienes un problema con todo lo que venga de mí —intentó bromear Sofía, y se arrepintió al instante.

«No abras esa puerta», se dijo.

Adam parpadeó, recolocando las frases en su sitio.

—No sé si el problema sea la palabra, pero…—hizo un ademán con los hombros para restar importancia a lo que decía—, da igual. Supe que te fue muy bien en el examen de pase de año.

—Pasaron ya más de tres semanas, pero sí. Cien puntos esta vez. ¿Y tú? ¿Cancelaste el entrenamiento de Neurofisiología en Buenos Aires, por lo que veo?

—Sí, no fui. No era mi especialidad y no tenía sentido. —Sonrió de lado—. Ciertamente la única razón por la que hubiera ido eras tú… Así que, en cambio, iré a uno de columna más adelante.

Sofía se mordió la lengua para no responder cómo deseaba y se limitó a dedicarle una mirada inquisitiva que él le devolvió con los ojos húmedos y una sonrisa tímida que ahogaba todo lo que quería —y no podía— decir.

—Pues… felicidades por el examen, Sofía. —Le tomó las manos con ternura—. Vas a tener un futuro brillante.

Ella no encontró qué responder; el simple tacto le congelaba los músculos, la glotis, la vida misma.

Adam no pudo contenerse y la abrazó sin avisar.

Primero suave, luego un poco más fuerte, porque necesitaba sostenerse y quedarse con algo al mismo tiempo.

Se demoró un instante en su cuello, tenía que olerla, memorizar algo para cuando ya no estuviera.

Pese a que ella ya no estaba desde hacía tiempo.

Sofía no lo entendió del todo al principio, pero sin querer se le nublaron los ojos y sentía que se desprendían piezas viejas en su pecho. Tal vez por eso lo abrazó también, con tanta solemnidad que dolía. Dolía mucho. «No preguntes nada, Sofía. No preguntes…».

Él se enjugó una lágrima con el índice flexionado, antes de soltarla.

—Nos vemos por ahí —dijo apartándose—. Tengo…, tengo cosas que hacer.

—Seguro —alcanzó a decir Sofía, con un nudo violento en la garganta y un vacío punzante entre las manos… convencida, de que esa sería la última vez que iba a verlo.

♪Aunque tú no lo sepas

me he acostado a tu espalda,

y mi cama se queja

fría cuando te marchas.

He blindado mi puerta

y al llegar la mañana

no me di ni cuenta…

de que ya nunca estabas.       ♪ [8]